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A 50 años de "El chacal de Nahueltoro":

Las siete vidas de Miguel Littín

viernes, 27 de abril de 2018

ERNESTO GARRATT VIÑES
Reportaje
El Mercurio

El director de "El chacal de Nahueltoro" -elegida hace poco la mejor cinta de ficción chilena de todos los tiempos- está, a sus 75 años, más activo que nunca. Mientras confiesa haber superado un cáncer, el creador nominado dos veces al Oscar (por filmes hechos en México y Nicaragua) planifica un nuevo proyecto -"una película popular"- y repasa las enseñanzas y amistad con "maestros" de su juventud, como los ganadores del Nobel Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, y el surrealista Luis Buñuel. Así son los recuerdos de un clásico vivo del cine nacional.



Sentado detrás de su escritorio, con vista al luminoso paisaje de su natal Palmilla, en la Sexta Región, el director de cine Miguel Littín, de 75 años, comenta que leyó con gusto cómo en una página dominical de "El Mercurio" su película "El chacal de Nahueltoro" fue elegida por expertos como la "mejor cinta" de ficción del cine nacional.

-La película mantiene su vigencia. Cada vez que se exhibe ante público, la película respira, se agita y vive -asiente sobre el primer título que filmó en su vida: la historia basada en el crimen cometido por el campesino José del Carmen Valenzuela, quien asesinó a su pareja y sus hijos. Analfabeto, alcohólico y embrutecido por una vida de inquilinaje, la película de Littín puso bajo la lupa hace medio siglo no solo este caso de la crónica roja, sino que además estiró la discusión hacia la pena de muerte, ya que el José del Carmen Valenzuela que se ve en pantalla, a cargo del actor Nelson Villagra, es encarcelado, juzgado y puesto frente al pelotón de fusilamiento. Todo, cuando entre medio se aprecia su proceso de humanización, desde un carencia de instrucción hacia una toma de conciencia.

Filmada con estilo documental, con una gran fotografía en blanco y negro de Héctor Ríos, "El chacal de Nahueltoro" es un registro de una chilenidad profunda, no siempre evidente y que, claro, no pierde vigencia.

Este 2018 se cumplen 50 años desde que se inició el rodaje.

-Y 50 desde que la terminé -dice Littín-. Siempre se dice que fue en el año 1969, pero en realidad fue en 1968. Siempre cuento mis películas desde el día en que empezó el rodaje. Y esta la empecé el 2 de mayo de 1968.

La fecha se la sabe de memoria, porque fue el mismo día en que nació su hijo Miguel Ioann Littín, quien se convirtió en un reputado director de fotografía, cuya rúbrica se ha visto en filmes como "Machuca" (2004), de Andrés Wood, y en proyectos internacionales como "Manos de Piedra" (2015), con Robert De Niro.

-Estábamos en campo esa madrugada y esperábamos a que hubiera un poco más de luz -recuerda Miguel Littín sobre el primer día de filmación de "El chacal"-. Entonces pasó un asistente de producción, frente a la montaña, y me dijo: "Llamaron de Santiago... ¡nació tu hijo!". Justo en ese momento Héctor Ríos me dice: "Ahora, ahora" y yo replico: "Cámara". Así empezó el rodaje. La verdad es que son emociones complementarias, enormes para un hombre, saber que nace tu hijo y ver nacer tu película.

UNA TRAGEDIA GRIEGA. Sentado en su escritorio, Miguel Littín se ve como enmarcado por unos retablos que contienen motivos de la religión ortodoxa griega pintados al óleo.

-Los pintó mi madre -dice mientras también mira otras pinturas hechas por él mismo que adornan su espacioso estudio de la casa de Palmilla, localidad donde nació, creció y se formó su pasión por el cine.

Su herencia cultural, de origen tanto griega como palestina, está presente en este lugar y se puede ver además en fotografías del siglo pasado de abuelos y abuelas de otras latitudes, que llegaron a Chile y a Palmilla en busca de la felicidad. Littín estudió teatro en la Universidad de Chile, aunque sabía que el cine era un camino que iba a tomar tarde o temprano.

A los tres años, en la falda de su abuela Matilde, vio la primera película, proyectada en los muros altos de la casa de campo.

-No recuerdo cuál era, pero sí retengo la emoción de ver películas -dice sobre la época en que un entretenedor ambulante instalaba un proyector en la casa de su abuela para mostrar películas de aventura o de romance.

-Siempre jugué de niño a hacer películas o a hacer teatro con mis primos, tenía una proyectora y hacíamos experimentos, sacábamos fotografías, las proyectábamos, dibujábamos las películas, de modo tal que el cine siempre estuvo presente. Hasta que vi "Roma, ciudad abierta", que me cambió.

La cinta de Roberto Rosellini era distinta a los títulos de romances, de vaqueros o de corte mexicano que veían en familia. "Roma, ciudad abierta", dice, le dio la posibilidad de pensar en que el cine podía tener un efecto real en la vida real.

-Era muy difícil en ese momento en Chile hacer cine -recuerda sobre la falta de medios que había en el país hace más de medio siglo. Sin embargo, a través de la Universidad de Chile y el cine experimental se abrió una puerta. Miguel Littín se convirtió en asistente de dirección de Helvio Soto, Pedro Chaskel, Héctor Ríos y Fernando Bellet, quien, dice, marcó su vocación de cineasta.

Eran años de poca claridad respecto de qué proyecto realizar. Pero un día, cuando leyó un titular antiguo de un diario en casa de su madre en Palmilla, lo supo.

-Decía "¿Por qué mataste a los niños?". Y él (José Del Carmen Valenzuela Torres) respondía: "Para que no sufrieran los pobrecitos". Yo relacioné su respuesta casi inmediatamente con "Medea", y la respuesta es prácticamente la misma -explica sobre la obra de Eurípides, en la que la protagonista mata a sus propios hijos por venganza a su esposo.

-Entonces pensé: ¿En qué mundo vivo yo? ¿Cuántos siglos han pasado desde la Grecia clásica hasta hoy? La respuesta es la misma en la transcripción de una pregunta de un juez a un criminal en el último rincón de Chile, al lado del río Ñuble, en la reconstrucción de un asesinato, y en la de una heroína de Eurípides.

Grecia, como parte de su cuna cultural, siempre sonó algo natural a los oídos y ojos de Miguel Littín. Sus tíos eran archimandritas de la iglesia ortodoxa, como demuestran fotografías de ellos en blanco y negro en las murallas de su casa: aparecen con frondosas barbas, ataviados con togas llamadas rason y en la cabeza con un bonete cilíndrico llamado kameloukion.

-Puesto de este modo, la relación con la tragedia griega estaba muy presente en "El chacal.." -dice Littín-, porque era un hombre que no necesitaba arrancarse los ojos para no ver, porque lo que él quiso siempre era ver; no necesitaba expatriarse, porque nunca tuvo patria; no necesitaba escaparse de la posibilidad de matar a su padre, porque nunca conoció a su padre, ni enamorarse de su madre, porque tampoco la vio nunca. Y no tenía para qué descifrar el enigma, porque el enigma era él mismo.

NERUDA, GARCÍA MÁRQUEZ Y BUÑUEL. Con una extrema claridad, a los 25 años Miguel Littín recuerda que sabía lo que quería contar con "El chacal de Nahueltoro". Aunque hubo una posición adversa al inicio, con poblados donde los agredían durante el rodaje y les lanzaban piedras, al final la película logró reconocimiento y aceptación de la crítica y el público.

-Un día de mayo de 1969, Neruda me invitó muy temprano en la mañana. Fui a verlo y empezó a contarme lo que le había parecido la película y cómo lo había estremecido; yo realmente no podía creer lo que estaba escuchando.

Miguel Littín usa el adjetivo "maravillosa" para referirse a la relación con el Nobel chileno.

-Antes del gobierno de Allende, preparé durante dos o tres años los cumpleaños de Neruda, que hacíamos en vivo, con coros que cantaban su poesía en el set de televisión, con su presencia. Conocí a Neruda siendo prácticamente un adolescente y tuve la suerte de que me dejara ir a su casa y que me permitiera ver sus originales, porque estaba escribiendo.

El poeta y el cineasta -quien en 1973 le mostró su segunda película, "La tierra prometida" - pensaron incluso en hacer un nuevo Canto de Chile, que Neruda escribiría y Littín filmaría. Pero el golpe de Estado detuvo sus planes.

Lo que vino después fue el exilio para Miguel Littín: primero fueron diez años en México, y otros tantos en España. En el Distrito Federal, recuerda, coincidió con grandes figuras de la cultura, que lo acogieron en su seno.

-Hablábamos de cine con Carlos Fuentes; con Arturo Ripstein, gran amigo y hermano, o con Gabriel García Márquez, quien también estaba relacionado con el cine. O con Rulfo, que también escribía guiones para el cine. La vida intelectual mexicana se abrió hacia los chilenos y, en especial, yo encontré otra patria, no una segunda, sino otra patria en México, que se abrió entonces como una gran perspectiva cultural formativa.

En México también fue cercano del cineasta surrealista Luis Buñuel.

-Entablamos una amistad que duró todo el tiempo en que nos vimos en ese país. Al final, en su partida a España, me regaló el primer tomo de la primera edición del "Canto General" de Neruda, y me dijo: "Esto, como yo me voy, es mejor que lo tenga usted". Estaba firmado por Siqueiros y por Rivera. Le dije: "Esto está dedicado por Neruda, por Siqueiros, por Rivera, a usted nomás". Y él me contestó: "No hay problema", tomó una pluma y escribió "Para Michel, cazador de imágenes (que es como me decía), en nombre de Pablo, de su amigo Luis Buñuel". Y es uno de los grandes premios que he ganado en la vida.

La página la tiene enmarcada y es parte de los orgullos que luce en sus paredes, como el certificado de una de sus nominaciones al Oscar por Mejor Película Extranjera: "Actas de Marusia" (1975, por México) y "Alsino y el cóndor" (1982, por Nicaragua).

En España, su amistad con Gabriel García Márquez rindió frutos cuando el Nobel colombiano escribió el superventas "La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile", basado en la trilogía fílmica del chileno "Acta general", que rodó de manera clandestina en nuestro país.

-Gabriel fue a verme, cuando ya había terminado, a mi casa en Madrid, y un día me lo encontré en la mañana y me dijo: "Cuéntamelo todo... Pero te advierto que solamente puedes contarme lo que yo pueda repetir". Y yo le empecé a contar, a contar detalles.

-¿Y García Márquez tomaba notas, grababa?

-No, no grababa nada. Los secretos de "Gabo", de cómo el transcribía lo que él vivía en la vida, ojalá hubiese podido descubrirlo. Pero estábamos todo el día -o salíamos, o en un café- hablando, como muchas otras veces, en Madrid. Porque la vida nos permitió ser muy, muy amigos, y él fue prácticamente como un hermano mayor para mí, mayor en todo sentido. Yo, por ejemplo, pude leer "Crónica de una muerte anunciada" en un momento en que la estaba escribiendo; él me llamaba en la mañana y me decía: "Littín, vente", y me iba a su casa. El tiempo pasó y Littín asumió que las conversaciones eran quizás para un reportaje firmado por el escritor de "Cien años de soledad".

-Y un tiempo después lo encontré en La Habana. Me pasaron un manuscrito y empecé a leerlo con la gran sorpresa de la primera página en que dice: "Yo, Miguel Littín, hijo de Cristina y de Hernán", en primera persona. Y luego Gabo se me acerca, porque estábamos en el jardín de su casa, y me dice: "¿Qué tal la vaina?". Le contesté: "No sé qué es peor, si encontrarse con Pinochet o que tú escribas un libro sobre mí en primera persona". "¿Y por qué?", me pregunta. Y le respondo: "Bueno, porque esto no fue así, esto tampoco, y así". "Entonces, ¿me vas a corregir, me vas a censurar?", me dice. "No, pero si tú escribes en primera persona, Gabo, soy yo; si tú quieres pon otro nombre, pero si soy yo, entonces sí te puedo decir: esto no, esto sí o esto no".

Dice que el encuentro fue divertido, pero también dramático, porque había amistad entre ambos y "García Márquez también era premio Nobel... y corregirle a un premio Nobel no es fácil".

-Le dije: "Imagínate si escribe sobre ti Hemingway, qué es lo que vái a hacer tú... Yo, Gabriel García Márquez, nacido en Aracataca"... Bueno, pero él lo comprendió. El libro tuvo una gran difusión en todo el mundo, en Chile me he enterado que hay gente que dice que no fue, que no pasó, pero resulta que hay una película que se llama "Acta General de Chile".

PALMILLA EN EL CORAZÓN. Cuando terminó su exilio y pudo volver a Chile, con el preámbulo del retorno de la democracia, Miguel Littín vivió la experiencia de ser alcalde de Palmilla, durante dos períodos, entre 1992 y 1994, y después entre 1996 y 2000.

-Eso me permitió tirar un ancla con Chile, porque al inicio, cuando volví, entendía muy poco de la vida cotidiana del chileno. Llegué en la última lista (de retornados del exilio) antes del plebiscito, y después me fui porque tenía que terminar mi película "Sandino". Cuando regresé nuevamente, el 89, 90, no entendía, pero me vine aquí a Palmilla, y aquí me reencontré con mis rincones.

Fue un reencuentro con su historia. Una historia que hace poco más de cinco años cobró fuerza cuando fue diagnosticado de cáncer.

-Naturalmente, un día te despiertas y ya no es el mismo día, porque te dicen que estás enfermo y hay que superar esa enfermedad con rigor, con voluntad y con deseos de vivir. Pero este accidente, llamémoslo así, se va superando todos los días.

Miguel Littín dice que se focalizó en su filme "Allende en su laberinto" para ayudarse a superar ese mal trance.

-Me he preparado toda mi vida para hacer cine, y sé que tengo que levantarme con el alba cuando se filma, porque las primeras luces del día son las primeras luces de la vida, las primeras luces del tiempo, que son las luces del cine. Y me he preparado con rigor para poder físicamente responder a esa demanda del espíritu. Entonces, cuando me han tocado situaciones como la enfermedad, me he comportado de esa misma manera. Si de algo te puede servir, te puedo decir que a los nueve años tuve un problema de salud que me obligó mucho tiempo a no hacer ejercicios, porque tenía una infección pulmonar; sin embargo, gracias justamente a que hice lo contrario -mucho ejercicio- eso se superó y solamente recuerdo ahora porque me hace relación con el último incidente que tuve con mi salud. Ese cáncer lo logré superar como muchos chilenos y mucha gente en el mundo que ha tenido un incidente de esta naturaleza.

Y resopla con una risa:

-Tengo 75 años, bien vividos.

Con energía, agrega que está planeando un proyecto, "una película popular".

-Es una película que es una suma de todas las películas que hice antes. Quizás me he planteado como un desafío enorme hacer una película popular chilena; una película que, siendo universal, sea reconocida al interior de la aldea chilena, a la manera que lo fue para mí "La Tierra Prometida".

También se apronta a lanzar su última novela, "Los Murmullos del Silencio" -que se suma a sus anteriores libros "El viajero de las cuatro estaciones" (1990), sobre su abuelo materno griego, y "El bandido de los ojos transparentes" (1999)-, y desde el Instituto de Altos Estudios Audiovisuales de la Universidad de O'Higgins, que fundó en 2016 y del que aún sigue a cargo, se preocupa de formar nuevos cineastas y creadores.

-Las regiones, muy abandonadas por el Chile oficial, tienen una historia que contar. Chile es un país de rincones, como dijo con mucha sabiduría Mariano Latorre, y sus creadores son también de un Chile de rincones. Bueno, yo soy de región. Guardando las proporciones, como lo fue Neruda, la Mistral, Parra, Jodorowsky, Raúl Ruiz. Pero de pronto la metrópolis concentra todo.

Miguel Littín respira hondo el aire de su amplio patio.

-Yo soy de Palmilla.

"Un día te despiertas y ya no es el mismo día, porque te dicen que estás enfermo y hay que superar la enfermedad con voluntad y con deseos de vivir", dice sobre el cáncer que dejó atrás. "Pero este accidente, llamémoslo así, se va superando todos los días".

"Gabriel (García Márquez) fue a verme, en Madrid, y me dijo: 'Cuéntamelo todo... Pero solamente lo que yo pueda repetir'", recuerda el director sobre el Nobel, quien escribió el best seller "La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile".

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