Fondos Mutuos
Marx creyó descubrir la escritura invisible de la historia. Al leerla vio el capitalismo como un escalón que absorbía y superaba a los precedentes y que sería a su vez superado. La contradicción entre unas fuerzas productivas que hacían posible acabar con la escasez y una clase que se empeñaba en mantenerla se superaría gracias a un sujeto universal -la clase obrera-, que al sacudir de sí la explotación y hacer suya la plusvalía liberaría a la humanidad entera. Entonces la vida común se haría transparente y la sociedad escribiría por fin en sus banderas: ¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad! En esa imagen laten motivos que aparecen en otros lugares de la época moderna. El romanticismo de un Rousseau o un Schiller, con su idea de una humanidad escindida; una teleología que es también posible hallar en algún escrito de Kant o en las religiones soteriológicas; la lógica de Hegel, y su sospecha frente a lo concreto; el trabajo como el secreto de lo humano, que aparece también en Locke. Todo eso, en las manos de un genio indudable, aliñado con fervor moral, inspiró una teoría de la historia, una sociología de lo moderno, una crítica del consumo y un proyecto revolucionario para cuya realización, como muestra la historia del siglo XX, ningún precio pareció alto. Parte de esas ideas inspiran hasta hoy a las ciencias sociales (el materialismo, la idea de fetichismo), pero fundaron también una ortodoxia que tuvo epígonos (Berstein, Lenin) e intérpretes (de Plejanov y Lukács a Althusser). Y, desde luego, herejes. Los herejes son en su mayor parte de hoy. Todos ellos sospechan que esa escritura invisible no existe y que la historia no tiene un piso firme. Esgrimen a Marx, claro, pero aderezado con Lacan, con Schmitt, incluso con la teoría de las clases de Russell. La historia En vez de aparecer como un guion ordenado, con etapas ascendentes, cada una de las cuales absorbe y supera a la anterior, la historia se ha rebelado como una improvisación que toca en mil puertas o, como sugirió alguna vez Tolstoi, como un sordo que responde las preguntas que nadie le formula. Por eso, la literatura marxista o posmarxista descree de la necesidad histórica (es el caso, desde luego, de Ernesto Laclau, muy influyente en Chile). En la historia no hay libreto, sino un vacío, una sombra espectral que asoma una y otra vez. Le pasó a la historia lo que, según Russell, ocurrió a las matemáticas: se descubrió que no tiene lógica. Es lo que habrían enseñado los rebeldes rumanos que recortaron la estrella roja de la bandera: la tarea de la revolución es llenar un vacío. La historia no sigue un guion, sino que va al compás de la hegemonía que se alcanza mediante la política, articulando intereses de diversa índole. La hegemonía -una idea cuyos orígenes están en Gramsci- es la capacidad de encender la imaginación y anegar la cultura hasta que los intereses que promueve adquieran la ilusión de un sentido común. Si en Marx la historia era un guion escrito, ahora gracias a la idea de hegemonía aparece como un guion que se tacha y reescribe. La revolución ya no interpreta el guion de la historia: lo redacta. La teoría del valor Marx enseñaba que la fuente del valor se ocultaba en la producción (puesto que en ella se desplegaba el trabajo de cuyo plusvalor el capitalista se apropiaba); y apenas años después, Alfred Marshall (no confundir con T. H. Marshall el sociólogo del Estado de Bienestar) afirmaba que la fuente del valor estaba en el mercado, puesto que este permitía que los bienes fueran a parar a manos de quienes los valoraban más. El debate sigue pendiente; pero no cabe duda de que cuando las necesidades naturales se satisfacen (esas que según Marx permiten calcular el plusvalor) lo que empieza a importar son los deseos. Es cosa de ir a comprar El Capital a un mall para hallarle algo de razón a Marshall. El sujeto histórico Para Marx, el sujeto universal, aquel que reunía la totalidad de la condición humana y cuya emancipación arrastraría la de todos, es el proletariado, la clase obrera, que poseería así una condición central en la historia. Pero hoy esa centralidad de la clase obrera parece haberse perdido en medio de las tumultuosa política de la identidad y las llamadas luchas sociales, que son muy heterogéneas y van desde el consumo al sexo. ¿Significa esto que no hay sujeto histórico? Lo hay, pero él no existe antes de las luchas en las que se involucra, puesto que es el resultado de esas luchas. Esta constatación desafía la fijeza sustantiva de la clase y da lugar a la centralidad de la política: la confrontación política, más que los sujetos ontológicamente anteriores a ella, es la clave de la vida social. Esta constatación es la que, junto a otros factores, explica por qué un autor como Carl Schmitt (para quien la distinción entre el amigo y el enemigo es el a priori de la política) es tan leído hoy por la izquierda: es que él formula una concepción agonal de la vida que se ajusta bien a ese diagnóstico. La ideología En las formulaciones de Marx -o la ortodoxia que lo interpretó- la ideología era una "falsa conciencia", una forma de encubrir la realidad que impedía que la clase en sí llegara a ser para sí. Una formulación ideológica se parecía a un disfraz, una formación que encubría las condiciones de la dominación. Esta noción de ideología era el producto de una cierta ingenuidad epistémica: quien detectaba la ideología era portador de una conciencia verdadera. Pero ocurre que la ideología puede ser verdadera y aun así ser ideología: una mentira con el ropaje de la verdad. Como explica ?i?ek, puede decirse la verdad respecto de algo (v.gr. denunciar a las universidades que lucran), pero así y todo esa verdad encubre los verdaderos motivos del obrar (realizar el ideal capitalista de la autorrealización mediante el esfuerzo). La ideología no es pues una falsa conciencia, sino una enunciación que oculta la posición del sujeto que la emite. Lacan (y ?i?ek siguiéndolo) agrega todavía otra forma de concebir la ideología: se trata de una fantasía que llena el vacío y evita la amenaza del Real, ese fondo irreductible de la condición humana que no puede ser simbolizado, esa herida que no puede ser suturada. El fetichismo de la mercancía Para Marx, la circulación de las mercancías y los apetitos que ellas desatan configuran una especie de fetichismo: se atribuyen a las cosas cualidades humanas que pertenecen, en verdad, a los sujetos que las producen. De ahí que Marx sugiera que en el capitalismo la realidad social está invertida: se revela como social no en la producción, que es el verdadero secreto de la sociedad, sino en la circulación de mercancías. El psicoanálisis lacaniano, tal como lo presenta ?i?ek, sugiere en cambio que en el consumo y el apetito sinfín del mercado opera el deseo, un vacío imposible de llenar que estaría en el centro de la condición humana. En los años sesenta Marcuse, un miembro de la Escuela de Frankfurt, quiso usar a Freud para colmar los vacíos que la teoría de Marx presentaba a la hora de explicar el capitalismo avanzado. Dijo entonces que el capitalismo instalaba un plus de represión sexual por la vía de mantener artificialmente la escasez. ?i?ek, en cambio, sugiere que la clave del capitalismo avanzado está no en la represión del placer, sino en el mandato de gozar, de buscar satisfacer el deseo. El súper yo contemporáneo no prohíbe gozar, ¡ordena hacerlo! El fetichismo sería sustituido por el imperativo del goce que alimenta el circuito del consumo y la neurosis de la vida contemporánea. Marx sale a la calle ¡Proletarios del mundo, uníos!, decía el Manifiesto. Era la única forma, según leyó Marx, de acabar con el capitalismo, de acelerar la historia. Pero ¿cómo cumplir esa máxima hoy en día cuando la identidad proletaria parece sustituida por identidades múltiples que van desde la etnia al género, y cuando en vez de lucha de clases parece haber competencia por el estatus mediante el consumo? La rebelión esgrime hoy múltiples motivos -el sexismo, la discriminación, el abuso del consumidor, el crédito estudiantil, la protección del medio ambiente- y casi nadie enarbola intereses de clase o pone en cuestión el capitalismo. El capitalismo pervive inconmovible y (como observó Jameson) es difícil imaginar cómo sería el mundo sin él. La política revolucionaria se ha desplazado desde la lucha de clases a otras esferas de la vida. Marx salió del sindicato y del partido. Hoy habita la calle y se mimetiza en los movimientos sociales; pero está algo desorientado por la edad y porque, aunque lleva el Manifiesto y El Capital bajo el brazo, la escritura invisible que creía haber leído se borró.