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Fueron 26 horas de tensión, de negociaciones, de ruegos y de llantos de sus partidarios para que se resistiera a las órdenes de la justicia. Lula da Silva salió a pie de la sede del sindicato de metalúrgicos en São Bernardo do Campo (São Paulo) al final de la tarde de ayer, para entregarse a la Policía Federal (PF) que lo esperaba para llevarlo a Curitiba, donde tendrá que empezar a cumplir una condena de más de 12 años por corrupción y lavado de dinero. "Me voy con la cabeza en alto", dijo a sus adherentes, que lo trataban de tocar por última vez y gritaban "Lula somos todos". Los últimos momentos en libertad del político más popular de Brasil -a quien el juez Sérgio Moro le había dado plazo hasta el viernes a las 17:00 horas para entregarse- estuvieron marcados por el dramatismo de su discurso y las demostraciones de afecto de los militantes de su Partido de los Trabajadores (PT). Aquí, él es un héroe, un ejemplo a seguir, un mártir. Y ante ellos, tras una emotiva ceremonia por el que sería el cumpleaños de su fallecida señora, Marisa Letícia, Lula decidió explicar su decisión. Lo acompañaban su biógrafo, Fernando Morais; la ex Presidenta Dilma Rousseff; la presidenta del PT Gleisi Hoffmann; el ex canciller Celso Amorim; el senador Eduardo Suplicy; la precandidata presidencial Manuela D'Ávila y el ex alcalde de São Paulo, Fernando Haddad. "Viví mis mejores momentos políticos en ese sindicato", empezó Lula, quien hizo un apasionado recuento de sus logros personales y políticos, recordando especialmente a los 30 millones de brasileños que salieron de la pobreza. Luego se volvió contra las acciones judiciales y los medios a quienes acusó de "atacarlo" permanentemente. Aseguró que Moro -quien lo condenó por haber recibido sobornos por US$ 1,1 millones de la constructora OAS, a través de la reforma a un tríplex en el balneario de Guarujá, a cambio de contratos con Petrobras- mintió diciendo que el departamento le pertenecía: "Soy un ciudadano indignado". "Pero cuanto más ellos me atacan, más crece mi relación con el pueblo", aseguró. La multitud lo alentó, cantando "olé olé, olé olá, Lula, Lula". "Si ese fue el crimen que cometí (sus logros personales y políticos), yo quiero continuar siendo criminal", siguió, mientras el público gritaba "Lula, guerrero del pueblo brasileño". Justicia responsable Tras relatar su sufrimiento, el de sus hijos y el de Marisa -quien, aseguró, murió "de tanta tristeza"- Da Silva anunció que acataría la orden de detención: "Yo voy a aceptar el mandato de encarcelamiento, porque yo quiero transferir la responsabilidad de todo esto a la justicia". Su afirmación desató el caos. Decenas de seguidores estaban enojados. "Él no sabe lo que está haciendo, no sabe lo que le van a hacer en Curitiba, está loco", gritó un hombre de unos 40 años. "Yo me voy. No sirve de nada intentar borrar mi sueño, porque cuando yo deje de soñar, yo voy a soñar a través de la cabeza de ustedes", aseguró el ex Presidente entre lágrimas y casi sin voz. "Yo ya no soy un ser humano, yo soy una idea (...) Ellos tienen que saber que la muerte de un combatiente no acaba con la revolución", dijo y llamó a no desistir de la lucha. Aseguró que confía en que se probará su inocencia: "Ustedes van a ver que yo voy a salir de esa encrucijada". Bajó a saludar a la multitud, que le tiraba flores, y que, en medio de un intenso calor, lo levantó en brazos. Como un rockstar , todos querían tocar al "hijo de Brasil". De fondo, sonaba la canción "Apesar de você", de Chico Buarque, un símbolo de la lucha por la democracia durante la dictadura militar. Así, guiado por sus seguidores, ingresó nuevamente al sindicato. Apenas entró, y mientras Hoffmann gritaba "Lula somos todos", el ex Presidente se desmayó. Sus partidarios, asustados, dijeron que se iba a morir por un paro cardíaco. Un grupo de médicos y paramédicos ingresó al edificio, mientras decenas de personas se aglutinaban en la puerta llorando y rezando. "Yo te amo, Lula", gritaban varios. Pronto, el miedo se disipó, cuando el ex Mandatario apareció por la ventana del edificio. En el sindicato, de siete pisos, cientos de personas gritaban, sin parar, cánticos en defensa de Lula. La sede es prácticamente hermética para los periodistas, pero Gleisi Hoffmann defendió el derecho de la prensa a mostrar lo que ella considera "el mayor atentado contra el pueblo brasileño" y permitió la entrada de "El Mercurio". Tras el desmayo, el jefe de prensa del Instituto Lula, José Crispiniano, fue tajante. "A partir de ahora quien se encarga de la prensa de Lula es Moro", dijo a este diario. Despedida privada Ya en el segundo piso del edificio, Lula llamó a su familia y amigos más cercanos para un encuentro en privado. La sala de espera parecía la de un hospital, donde cada ser querido va a despedirse de un enfermo terminal. Entre los políticos, Haddad -quien suena como plan B del PT para las presidenciales- fue uno de los primeros en ingresar. A su salida, dijo a "El Mercurio" que "estamos bien, pero podríamos estar mucho mejor". Geraldo Maranim, íntimo amigo del ex Presidente, dijo a este diario que temía una confrontación entre la policía y los "apasionados seguidores" de Da Silva. También confesó que se encerró en el baño y lloró a "mares, como nunca antes. Ese es uno de los días más tristes de mi vida". Es que él estaba con Lula, Marisa y Frei Beto cuando Da Silva cayó preso durante la dictadura. "No quiero que pase de nuevo por lo mismo", dijo. La llegada de la PF volvió a agitar a la gente que horas después de la misa, seguía afuera del sindicato. "Lula, no te entregues", le gritaban. Unos guardias se lamentaban que el ex Presidente, hincha declarado del Corinthians, tendrá que ver en la cárcel la final del campeonato paulista entre su equipo y el Palmeiras. Da Silva bajó para entregarse pero la gente no lo dejaba salir. El ruido de más de cinco helicópteros de la policía que rondaron el edificio durante el día le agregaba tensión al momento. La leal presidenta del PT se vio obligada a salir con un megáfono para pedir a los seguidores de Lula que dejaran que el ex Presidente saliera para no complicar su situación judicial. "El PT confía que esta es la mejor estrategia, tienen que confiar en nosotros", les insistió, llorando, como muchos otros. Finalmente, Hoffmann los convenció y la gente abrió paso para que el ex Mandatario -vestido con traje- dejara el lugar. Después de dos días atrincherado en el edificio donde nació su carrera política, cuando era líder sindical, caminó para subir a un vehículo de la policía, que partió escoltado. La caravana que salió de la calle João Basso fue directo a la sede de la PF de São Paulo, desde donde la comitiva que llevaba al preso más conocido del país despegó en un helicóptero hacia el aeropuerto de Campinhas. Cerca de una hora después, aterrizó en Curitiba (sur) y luego fue llevado en helicóptero hasta la Superintendencia de la PF, en donde, finalmente, se dispuso a pasar la noche en una sala que fue acondicionada para convertirla en la celda exclusiva del ex Presidente (ver infografía), separado de otros presos y bajo condiciones especiales. El juez Moro dispuso esos privilegios "en consideración de la dignidad del cargo que ocupó". ''No voy a parar porque ya no soy un ser humano, soy una idea, una idea mezclada con la idea de ustedes". ''Soy un ciudadano indignado, porque no les perdono que hayan transmitido a la sociedad la idea de que soy un ladrón". ''Si es por ese crimen, el de llevar a los pobres a la universidad, a los negros; que los pobres puedan comprarse un auto, ir en avión... Si ese es el crimen que cometí, voy a continuar siendo un criminal en este país, porque voy a hacer mucho más".