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Primer fotógrafo de moda

Adolf de Meyer

martes, 13 de marzo de 2018

Por María Cristina Jurado
Moda
El Mercurio

Cecil Beaton lo calificó como "Debussy de la fotografía". Con talento e imaginación, y a principios del siglo XX, fue un maestro de la técnica que se encumbró en la sociedad a punta de una identidad inventada. Desde 1913 abrió camino en la fotografía de moda, desde las páginas de Vogue. Una exposición lo recuerda en el Met de Nueva York hasta abril.



El mito en la vida de Adolf de Meyer, a quien el célebre fotógrafo Cecil Beaton vio como a un símil del músico Claude Debussy en su uso del cromatismo y la libertad creativa, comenzó desde su nacimiento, en 1868. Hasta hoy nadie sabe si este personaje, quien se convirtió en 1913 en el primer fotógrafo de moda de Vogue, nació en París -como él aseguraba- o en Dresden, Alemania, de donde era su padre y donde creció. Sensible y con visión estética, De Meyer se convirtió, gracias a su talento, en el nombre que inauguró la importancia de la fotografía en las revistas de moda, en reemplazo del dibujo y la ilustración que, hasta entonces, dominaban el mundo editorial en Europa y Estados Unidos. En las páginas de la versión estadounidense Vogue, Adolf de Meyer probó que la fotografía era un arte con capacidad de retratar las colecciones de moda.

"La vida de De Meyer es una fábula. Fue un hombre conocido por su elegancia y un marcado afán de aparentar: en una época se tiñó el pelo azul y decidió comprar un auto del mismo color para hacerle juego... Al trabajar en este proyecto, intenté al principio pasar por arriba de los inventos en su vida, pero me di cuenta de que sus coloridas historias fueron parte de su personaje como artista".

Así explicó al grupo alemán Deutsche Welle la curadora asistente de "Quicksilver Brilliance", Beth Saunders, su impronta al montar la exposición que desde enero, hasta el 7 de abril, recuerda a Adolf de Meyer en el Met de Nueva York. "Quise exhibir su desarrollo como fotógrafo, pero también mostrar cómo su interés en el efecto de la luz, el exotismo y el valor de la pose, fueron explorados de diferentes maneras a lo largo de su carrera", dice Saunders.

De Meyer, quien, con sus años en Vogue alcanzó el estrellato como fotógrafo de celebridades y de las estrellas más cotizadas de su época, se especializó en una imagen que otorgaba a la mujer una visión sinuosa y sensual que terminó por desterrar el hieratismo y la rigidez en el retrato de moda. Muchos famosos de la primera mitad del siglo veinte desfilaron por su lente, desde el actor John Barrymore a la heredera de los millonarios Vanderbilt, pasando por la Reina María de Inglaterra.

Vida a la medida

Se puede decir que Adolf de Meyer creó su propia carrera y su identidad. En cuanto pudo, agregó un título noble a su apellido y se convirtió en Barón Adolf, pero en su colorida (y larga) vida adoptó muchos nombres que adornó, alambicó y transformó según la situación y el país donde vivía. Alguna vez se llamó Barón Adolf Edward Sigismond de Meyer o bien Adolf de Meyer-Watson. También Gayne de Meyer, y en otras ocasiones, Adolph Sigismond Meyer.

Entre 1898 y 1913 se instaló en Cadogans Gardens, un barrio londinense que apuntaba a lo más granado de la sociedad victoriana y que, con el tiempo, se puso bohemio. Siempre dijo que los signos exteriores de riqueza eran necesarios para avanzar en una sociedad que privilegiaba a la clase alta. Observador, adoptó sus modales y códigos y, pronto, se mimetizó. Ayudaron sus éxitos: antes de 1910, sus trabajos comenzaron a aparecer en la prestigiosa revista Camera Work, junto a fotograbados de los más famosos retratistas internacionales. Camera Work era una publicación que, desde sus inicios en las manos de Alfred Stieglitz, intentó establecer la fotografía como un arte. De Meyer, casi un miembro de la sociedad eduardiana, e invitado permanente en casas más aristocráticas, nunca descuidó su principal interés: contribuir con su trabajo a la corriente del Pictorialismo, un movimiento que quería situar a la fotografía en el rango del arte y que se unía a la visión de Camera Work.

Fue en esa época cuando De Meyer alcanzó uno de sus peakscreativos, casi por casualidad. En 1912 fue invitado a registrar las primeras funciones en París de los célebres Ballets Rusos, dirigidos por Sergei Diaghilev. La estrella era un bailarín eslavo que marcaría un hito en la historia de la danza: Vaslav Nijinsky, quien terminaría sus días en un asilo psiquiátrico. De Meyer documentó las primeras imágenes de Nijinsky bailando en el aire ante una audiencia boquiabierta en el Théâtre du Châtelet, imágenes que dieron la vuelta al mundo. No solo consagraron al bailarín, también al fotógrafo, y constituyen parte medular de su archivo fotográfico.

En 1899, cuando ya era miembro de la Royal Photographic Society en Londres, a donde se instaló a finales del siglo diecinueve, se casó con una divorciada italiana, Olga Caracciolo de quien se decía era hija ilegítima del Rey Eduardo VII de Inglaterra. El matrimonio De Meyer se sinceró desde el principio: su unión era más de amistad que de amor, pero se entendieron bien y su relación potenció el trabajo creativo de De Meyer. Estuvieron juntos hasta la muerte de Olga, en 1931, y, aunque durante la Segunda Guerra Mundial gran parte del extraordinario archivo fotográfico de Adolf se perdió, sobreviven retratos de su mujer que dan prueba de su ojo para manejar la luz, la transparencia y la figura humana.

Con los años, el arte de este fotógrafo tomó la delantera y con él conquistó al mundo. Al comenzar la Primera Guerra Mundial, arrinconados por la ola de antisemitismo reinante en Europa -De Meyer era mitad judío- Adolf y Olga emigraron a Estados Unidos. Fue el paso decisivo que entronizó a De Meyer como precursor del arte de vanguardia y de creadores como Man Ray.

Su llegada a Nueva York marcó la etapa más fructífera en su vida glamorosa: en 1913, la prestigiosa editorial estadounidense Condé Nast lo contrató para hacer fotografías de moda en revista Vogue. Pronto, su talento y visión dieron frutos. Adolf de Meyer se convirtió en el primer fotógrafo de moda en la historia. En las páginas de Vogue e, influenciado por una mirada más fresca de la sociedad en Estados Unidos, De Meyer se esponjó en su creatividad. Alejado del fantasma y las precariedades de la guerra en Europa, desarrolló una carrera ligada a la innovación: su uso de la luz y la transparencia fueron marcadoras. En sus manos, las modelos y actrices más famosas de la época parecían entenderse con la luz sin palabras.

En Vogue estuvo hasta 1921. Al año siguiente, De Meyer emigró como jefe de fotografía a la revista Harper's Bazaar en París, lo que marcó su retorno a Europa. Allí estuvo otros 16 años, la culminación de su carrera en el mundo editorial.

El retorno

A partir de la Segunda Guerra Mundial, el artista vivió su primera declinación, a la luz de los años 40. Murió en 1946 en Los Angeles, California.

La actual exposición en el Met de Nueva York constituye un hito. Como la primera dedicada a este artista en los últimos veinte años y la primera en este museo, exhibe 40 trabajos que recorren la historia completa de la carrera de De Meyer. Entre ellos, sus fotografías de muchos rostros de la alta sociedad neoyorkina de inicios del siglo veinte -y benefactores del Met- , como el diseñador y conde Étienne de Beaumont, la aristócrata Lady Ottoline Morrell y la socialité americana Rita de Acosta. Una de sus principales series fotográficas en esta exhibición en Nueva York es la relativa al estreno de 'L'après-midi d'un faune', el famoso ballet que catapultó a Vaslav Nijinsky al estrellato. Conservada milagrosamente desde 1912, no solo muestra el espíritu de vuelo del bailarín. También el arte de De Meyer, que ha cruzado más de un siglo.

La muestra del Met no es casual. 'Quicksilver Brilliance' coincide con el 150 aniversario del nacimiento de Adolf de Meyer. La curadora asistente de la muestra, Beth Saunders, dijo a Deutsche Welle que, si el artista estuviera vivo y siguiera trabajando, 'yo lo seguiría de todas maneras en Instagram'.

Y Cecil Beaton resumió en seis palabras:

"De Meyer inventó un universo nuevo".

Tenía, probablemente, razón. *

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