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Juan Toro Quirilef

El primer guardaparques de Torres del Paine

domingo, 18 de febrero de 2018

TEXTO Y FOTOS: Sebastián Montalva Wainer, DESDE LA REGIÓN DE MAGALLANES.
Reportaje
El Mercurio

En el invierno de 1974, Juan Toro Quirilef llegó a Torres del Paine cuando allí no existía prácticamente nada. Convertido en el primer guardaparques oficial de Conaf en el lugar, su labor fue mapear un territorio apenas conocido y crear los primeros senderos turísticos, que hoy gozan de fama mundial. Desde entonces, nunca más salió de aquí. Hoy, a punto de jubilar, cuenta cómo lo hizo para vivir y sobrevivir en el que, pese al gran desarrollo de los últimos años, sigue siendo uno de los lugares más salvajes del planeta.



Es una mañana de diciembre en Laguna Azul, uno de los sectores menos visitados del Parque Torres del Paine, hasta donde no llegan los buses regulares. Aunque el día es luminoso, hoy el sol apenas calienta. Frente a la laguna -un ojo de agua de profundo color azul, coronado por las dos legendarias moles de granito que le han dado fama mundial a este lugar-, decenas de guanacos caminan por el pastizal, y lo único que se escucha es el sonido del viento, que revolotea entre los arbustos.

Justo en la entrada de este sector, bajando por un pedregoso camino de piedra, hay una casa de madera, con un jardín a la entrada, un invernadero y una pila de troncos de arrumbados al fondo. De pronto, un hombre de pelo canoso y baja estatura sale de allí, abre la puerta principal y saluda con una sonrisa. Es Juan Toro Quirilef, el dueño de casa, que ha vivido en este lugar, en el corazón mismo de la Patagonia, durante los últimos 44 años de su vida. Hoy tiene 65.

Juan Toro hace pasar y, una vez adentro, se sienta cerca de la cocina a leña, donde a esta hora se cuecen las papas para el almuerzo. El viento susurra entre las ventanas. En cualquier momento se pondrá a llover.

"Para vivir en el Paine tiene que gustarte. Si no, estás sonado", dice acomodándose los anteojos, mientras su mujer, Rosa Abello, lo escucha en silencio desde la cocina. "Mucha gente no ha aguantado, por temas familiares o porque la depresión los tenía cocinados. Afortunadamente, eso a mí nunca me ha ocurrido. Yo tuve la suerte de que mi señora me ha acompañado todos estos años. Mis dos hijos se criaron acá. El Paine para mí es mi casa".

Juan Toro hoy viste de uniforme: pantalón, camisa y polar verde, con una insignia de Conaf en el pecho. Es su ropa de trabajo, la vestimenta oficial de guardaparques, labor que lo arrastró hasta acá durante el frío de invierno de 1974, cuando no había prácticamente nada ni nadie, salvo un puñado de colonos y cuidadores de ovejas que se paseaban entre las cercas de las antiguas estancias Cerro Castillo y Cerro Guido. Precisamente, fue en 1974 cuando esas estancias, que habían cumplido su plazo de arrendamiento para la Sociedad Ganadera Tierra del Fuego, fueron incorporadas como nuevas zonas protegidas del Parque Nacional Torres del Paine -que se había creado en 1959-, y cuando recién comenzaron a abrirse los senderos turísticos hoy conocidos como W y Circuito Grande.

De hecho, Juan Toro, que es considerado el primer guardaparques oficial del Paine (porque existe el registro anterior de un "guardabosques" -como se le conocía por entonces- llamado Sergio Gallardo, hoy fallecido, que vino algunos veranos a fines de los años 60 desde Puerto Natales, más que nada para cumplir labores de vigilancia), trabajó en la creación de todas esas rutas junto con otros guardaparques que vinieron después.
"Mi labor era conocer el área al máximo", explica ahora, sentado en el sofá de su casa, que en rigor pertenece a Conaf, aunque como lleva tantos años acá es como si fuera suya: las paredes están decoradas con fotos familiares, como las de sus dos hijos, que se criaron en el parque. "Yo me dedicaba a recorrer, siempre a pie, porque en esa época no teníamos caballos. Tenía que conversar con las personas que encontraba, anotar su nombre, preguntarles cuántos animales cuidaban, porque todavía había colonos. Para ser guardaparques tiene que gustarte la naturaleza, y eso a mí siempre me gustó. Así que cuando tuve la oportunidad de venir, era cabro y dije: 'Bueno, voy a conocer'. Yo llegué al Paine pensando en que me iba a quedar solo dos años... pero me salieron bien largos".

Vida de campo

Juan Toro es el menor de 12 hermanos nacidos y criados en los alrededores de Curarrehue, Región de La Araucanía. De madre mapuche, Juan y sus hermanos siempre fueron del campo, como dice. Niños que, entre muchas otras cosas, sabían muy bien lo que era el clima de la cordillera o cómo había que subirse a un caballo. En 1969, con 17 años, Juan fue con unos amigos a buscar trabajo a una reserva que tenía la Conaf en los alrededores del río Llafenco, donde por entonces funcionaban aserraderos. Su contacto allí era Alejandro Sepúlveda, hoy fallecido, quien trabajaba para Conaf y unos años más tarde se convertiría en el primer administrador del parque Torres del Paine. Justamente, fue Sepúlveda el que, unos años después, le ofrecería el trabajo de guardaparques a Juan Toro, quien aceptó sin pensarlo demasiado.

"El trabajo me convenía porque me pagaban un poco más, pero todo era mucho más complicado", recuerda. "Al Paine solo venían algunos escaladores y no había ningún control. La gente acampaba en cualquier lugar, nadie les decía nada. Además, Natales estaba a unas 5 o 6 horas por tierra. Yo llegué en el invierno de 1974 y estuve un año viviendo solo en una casa que tenía Conaf en el sector de Pudeto (a orillas del lago Pehoé; hoy ese refugio ya no funciona). Mi jefe aparecía los fines de semana, con su familia".

Recién al año siguiente la soledad ya no fue tan grande. Juan Toro se casó con Rosa Abello y se fueron a vivir juntos al Paine, mientras comenzaban a llegar nuevos guardaparques. "Antes, vivir en el Paine era mucho más difícil", dice Guillermo Santana, uno de ellos, quien llegó en 1976 y, con el tiempo, se convirtió en uno de los mejores amigos de Juan Toro. "Era una forma de vida distinta, que te obligaba a vivir más con la familia. Yo tengo un alto concepto de Juan, ya que es un guardaparque autodidacta muy dedicado a su trabajo. Con 44 años de servicio todavía está vigente".

Rosa Abello, la esposa de Juan, hoy se sorprende al recordar esos primeros años. "Era una época difícil", dice mientras mueve las ollas de la cocina. "Uno se acostumbra porque es del campo, porque si hubiera sido de ciudad habría salido corriendo. Juan nunca ha reclamado, pero obvio que cuesta. Nosotros no teníamos nada".

Con la misión de mapear el parque, y cuidarlo a la vez, Juan y Rosa tuvieron que vivir incluso en sectores apenas habitables, como el valle del Pingo. Hoy, en la entrada de ese lugar, cerca del lago Grey, existe una destartalada casa de madera que nadie usa. Pues bien: Juan Toro y Rosa Abello han sido las únicas personas que han vivido allí. Estuvieron casi un año, mientras se construía la guardería Grey. "La casa no tenía baño, luz ni agua", cuenta Rosa. "Había un chorrito afuera de donde sacábamos y, cuando escarchaba, para tener agua teníamos que ir a la laguna a romper hielo, con hacha y chuzo. Nos alumbrábamos con velas cuando teníamos. Todas las salidas las hacíamos a caballo, porque el puente sobre el río Grey no existía. Pasábamos sobre dos palos, con los caballos por el río. Era feo".

Su hija mayor, Alejandra, nació en 1976, cuando ya se habían mudado al sector de Laguna Verde, donde al menos había casa con servicios básicos. Pero las adversidades del Paine no terminaban. "Lo único malo era el transporte", asegura Juan. "De Laguna Verde a la portería Serrano (sector del parque donde hoy funciona la administración) son 18 kilómetros. A veces teníamos control de pediatra y como no teníamos auto, íbamos a caballo no más. Cuando nevaba metíamos a mi hija debajo del poncho. En ese entonces éramos los dos jóvenes. No veíamos el peligro".

El desarrollo del parque y el mejoramiento de los caminos terminaron facilitándoles un poco más la vida. Su segundo hijo, David, nació en los 90, así que tuvo menos dificultades. Además, con el tiempo pudieron comprar un vehículo y, con ello, viajar más fácilmente a Natales o ir a buscar a sus hijos los fines de semana, que estudiaban internados en Cerro Castillo, la localidad urbana más cercana al parque. "Por eso yo siempre les digo a los chicos nuevos que llegan de guardaparques: 'Aquí ya está todo hecho. Ustedes tienen que seguir trabajando. Y hacerlo mejor que uno"'.

Los primeros senderos

Entre 1974 y 1976, una de las grandes tareas de Juan Toro y el nuevo equipo de guardaparques fue la creación de senderos y de un mapa para recorrer la zona. Si bien algunas huellas estaban marcadas por los estancieros, otras había que hacerlas desde cero, construyendo pasarelas con troncos de madera para cruzar los ríos -el gran problema a resolver en el Paine- o incluso partiendo las rocas para limpiar el camino. "Había viejos que sabían hacerlo con una técnica especial, pues son rocas volcánicas", cuenta Juan. "Casi siempre íbamos a pie y llevábamos pala, picota, chuzo y hacha. El Circuito Grande lo comenzamos a mediados de noviembre (de 1975) y en marzo siguiente ya estábamos listos. Casi no había turistas. Nosotros salíamos, dormíamos adentro del parque y luego volvíamos a la casa de guardaparques. Algunos tenían carpas de lona, pero otros alojaban a la intemperie no más".

Un primer objetivo era llegar al lago Grey, por ser un atractivo turístico mayor. De hecho, Juan Toro recuerda cómo era el glaciar por entonces, cuyo tamaño hoy ha disminuido en forma notoria. "El hielo llegaba hasta el sector de La Puntilla e incluso podías acercarte y tocar el hielo. Yo me quedaba horas mirando", cuenta.

Otra diferencia con esa época tiene que ver con los animales salvajes. "Había mucho menos que ahora", dice Juan, debido fundamentalmente a la presencia de ganado, pues el parque recién había dejado de ser parte de las antiguas estancias. Los pumas, por ejemplo, casi no se veían. Sin embargo, al poco tiempo, Juan Toro se convirtió en un experto en rastrearlos.

"Fue vital el trabajo que hicimos con Juan", recuerda el biólogo Agustín Iriarte, quien vivió en el parque a fines de los 80, compartiendo con la familia de Juan Toro, mientras hacía su tesis de máster y doctorado. "Él nos ayudaba en la captura de pumas para estudiarlos. Era muy bueno andando a caballo. Así seguíamos las huellas de los pumas en la nieve. No podríamos haberlo hecho sin un guardaparques que nos ayudara y conociera los caminos, o por dónde cruzar los ríos", asegura hoy, desde su oficina en Santiago.

 Guillermo Santana, quien años más tarde sería administrador del parque y hoy está a cargo del tema de incendios en Conaf, aporta otro dato. "Juan fue el nexo con los investigadores chilenos y extranjeros, era el que más interactuaba con ellos", dice, al teléfono desde Puerto Natales. "Trabajó con un grupo de estudiantes norteamericanos de Iowa y fue él quien capturó al primer puma. Lo tuvo que lacear desde su caballo, mientras estaba rodeado por perros. Es un muy buen baqueano".

Juan Toro recuerda bien su trabajo con pumas. Incluso le tocó buscar al felino responsable del único caso registrado en que un puma ha matado a una persona en Chile, lo que ocurrió en 1999. "Te puedo contar mi versión de lo que pasó", dice Juan. "Eran dos amigos que andaban pescando al otro lado del lago Sarmiento, en el desagüe de la Laguna Verde. Su compañero en un momento fue a verlo y ya no estaba ahí. Yo luego vi las fotos del cuerpo y era terrible. Era un puma chico, cuando lo encontraron lo mataron y el cráneo se lo llevaron (a estudiar) a Santiago. Antes era rarísimo ver a un puma en el Paine. Ahora no".

El parque hoy

Si existe un testigo privilegiado del desarrollo que ha tenido este lugar es, sin duda, Juan Toro. Es él quien ha visto y experimentado de cerca cómo el parque pasó de recibir un puñado de visitantes a mediados de los 70 a los cerca de 260 mil turistas que están llegando cada temporada. Por lo mismo, su visión de lo que está pasando en el Paine es crítica.

"El parque creció mucho, y de golpe", dice sin titubear. "Nosotros hacemos la pega, que es proteger el recurso, pero es contradictorio: Conaf tiene muchas concesiones dentro del parque. Entonces tú le dices a tu jefe 'Hagamos esto' y te queda mirando. Se supone que ahora estaría terminando la concesión de la Hostería Pehoé (N. de la R: histórico hotel ubicado dentro del parque, cuya concesión termina en abril de 2018) y del catamarán (que cruza el lago), pero ¿qué hacemos con eso? Por lo que he visto y vivido, Conaf no tiene la gente capacitada para hacerse cargo. Entonces tienes que entregar de nuevo la licitación".

Juan Toro está convencido de que las concesiones deben restringirse. "No hay que dar más concesiones dentro del parque, y los contratos que se hagan deben ser por menos tiempo. Ahora acaban de hacer una tremenda cafetería en el sector donde estaba el estacionamiento para ir a la playa del lago Grey. Una tremenda mole. Eso sí que es espantoso. Hicieron un tremendo pasillo, como un terminal de buses. La casa del guardaparques quedó metida atrás. Y esa es una concesión. Esto se está escapando del control de Conaf. Si queremos controlar, no basta solo con establecer la obligatoriedad de una reserva para que venga menos gente. Tenemos que controlar lo que está adentro, las concesiones. Que se cumplan los contratos. Ahí está el problema".

Con 65 años ya cumplidos, Juan Toro sabe que está a punto de dejar la institución a la que le ha dedicado su vida. Pero todavía sigue trabajando tal como el primer día. Su rutina comienza a las siete de la mañana. Firma el libro de apertura del sector norte del parque, que está a su cargo. Revisa la casa -donde también viven otros guardaparques-, el corral de los caballos, el estado del generador eléctrico -artefacto vital para estar en contacto con el mundo, ver las noticias en la noche o revisar el WhatsApp-. A veces debe cortar leña o hacer pan para el día y, por cierto, siempre atender al público, mantener los senderos o salir a patrullar. En caso de ocurrir un incendio, también debe estar listo: a Juan Toro, de hecho, le ha tocado combatir los tres incendios históricos del parque: el de 1985, 2005 y 2011.

Una labor de décadas que, pese a todo, todavía sigue disfrutando, a juzgar por su cara de felicidad mientras cabalga por las praderas de la Sierra Masle, en los alrededores de Laguna Azul. "Yo ya estaba en el momento de echarme a volar, pero el último día negocié y me quedé, por ahora", dice más tarde, mientras las nubes comienzan a cubrir las Torres del Paine. "Esta es mi vocación, estar en la naturaleza. Con mi señora tenemos una parcela en La Araucanía, pero yo pienso que no va a ser lo mismo. Cuando me toca salir de aquí echo de menos el silencio, los caballos, levantarme temprano, sentir el aire libremente. Quizás ahora habrá que inventar algo para entretenerse".

Regresando de la cabalgata, Juan Toro camina cerca de la zona de picnic de Laguna Azul y saluda de lejos a un par de turistas. De pronto, una van que estaba estacionada y comienza a emprender el regreso se acerca. El chofer baja la ventanilla y grita:

-¡Don Toro! ¿Cómo está?

El conductor resulta ser un antiguo guía argentino que anda con un grupo de turistas extranjeros. Claramente, a Juan Toro lo conocen muy bien quienes han venido durante todos estos años al parque.

-Aquí estoy, ya a punto de terminar -responde Juan con una sonrisa-. Pinto las Torres y me voy.

El guía argentino se ríe también y, desde luego, le sigue la corriente.

-Es verdad. Usted llegó cuando las Torres estaban chiquitas y mire cómo están ahora. En todo este tiempo las ha ido regando.

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