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Chile tuvo una larga tradición, célebres capitanes y hábiles destazadores:

Libro reconstruye la épica historia de la ballenera de Quintay

domingo, 07 de enero de 2018

Romina de la Sotta Donoso
Cultura
El Mercurio

Funcionó por 24 años y produjo desde aceite combustible hasta jabón Gringo. Pero representa mucho más, según los investigadores Marcela Küpfer y Carlos Lastarria.



En Quintay está la única planta ballenera chilena que se conserva en buenas condiciones gracias a la Fundación Quintay, que la convirtió en un museo de sitio, y al apoyo de la Universidad Andrés Bello, que instaló allí un centro de investigación.

"Las personas que cortan los tickets en el museo fueron trabajadores de la compañía Indus y vivieron en ese campamento que solo duró 24 años, pero representó el punto más alto de la industria ballenera en Chile", comenta Marcela Küpfer, coautora con Carlos Lastarria del libro "La ballenera de Quintay y otros relatos de la caza de ballenas en Chile" (Narrativapuntoaparte.cl, $10 mil). El volumen será lanzado el domingo 21, a las 21 horas, en la Feria del Libro de Viña del Mar.

Activa entre 1943 y 1967, su coto de caza se extendía desde Chañaral hasta la isla Santa María, en Coronel. La bahía de Quintay fue elegida por sus condiciones geográficas y climáticas por el capitán noruego Sofus Konrad Haugen. Era considerado el mejor arponero de toda la flota ballenera de la Unión Soviética y vino a Quintay contratado por Indus. Se nacionalizó chileno y volvió al país a pasar sus últimos años, pues aquí nacieron sus hijos y nietos. Él fue uno de los tantos marinos noruegos que trabajaron en Quintay y que incluso tenían un bar favorito en Valparaíso, el Neptuno.

"Chile tiene una tradición ballenera muy larga, de varios siglos, pero que se asocia más al sur", alerta Küpfer.

De hecho, entre la isla de Tierra del Fuego y el Estrecho de Magallanes, ya los yaganes y los kawésqar cazaban cetáceos con sus rudimentarios arpones y botes.

"Los pueblos originarios cazaban lo justo para alimentarse. En cambio, en los siglos XVIII y XIX hubo una verdadera invasión de balleneros noruegos, ingleses, americanos y franceses que cazaban para obtener los aceites de las ballenas y depredaron gran parte de la fauna. Eran cientos y operaban sin restricciones. ¡Incluso mataban crías de ballenas para capturar a la ballena madre!", asegura Carlos Lastarria.

"En el sur también existe memoria de la actividad ballenera en Punta Arenas, Chiloé, Valdivia, Concepción y Talcahuano", aclara Küpfer. Porque hubo pioneros chilenos del rubro, partiendo por José Olivares y la familia Bécar, en Tumbes (Talcahuano), en 1860. Y en 1983 cerró la última planta ballenera del país: Macaya Hermanos, en Chome (Hualpén).

Pero Indus fue la empresa más grande del país: entre 1938 y 1967 cazaron 30 mil ballenas.

El inicio en Quintay, eso sí, no fue sencillo. Para procesar los animales reclutaron a maestros descuartizadores de Chiloé, Valdivia, Talcahuano y Concepción.

"La ballena se ocupaba entera. El aceite se hacía derritiendo en calderos las grasas, y también se elaboraban muchos subproductos como jabones y aceites comestibles", aclara Lastarria. Entre las marcas más conocidas se cuentan el jabón Gringo, la margarina Dorina y el detergente OMO. Además, el apreciado ámbar gris se usaba para los perfumes; el esperma, para velas y pegamentos, y los huesos, para abono.

Aunque entre 1956 y 1965 operó en Los Molles (Iquique) una segunda y moderna planta de Indus, la empresa se asocia en 1964 con la compañía japonesa Nitto Whaling para operar en Quintay. "Fue el peor negocio, porque ellos venían en busca de la carne; se la llevaban en barcos frigorizados a Japón. Eso terminó siendo poco rentable y la planta finalizó sus faenas tres años después", dice Lastarria.

Pericia e instinto

Los testimonios de ex trabajadores y descendientes que recoge el libro son muy ricos. "Fue curioso, había gente que no había ido a Quintay desde que se cerró. Algunos tenían nostalgia y otros no querían recordar esa época, porque los había marcado ver a los animales destrozados y sangrantes", dice Lastarria.

Igualmente, revisan la fascinación de la literatura por esta industria, centrándose en los aportes clave de Salvador Reyes y Francisco Coloane. Así, se destaca la figura romántica del capitán ballenero. "Encarnaba la lucha del hombre contra la bestia. Es un personaje de leyenda, porque gana su prestigio como hombre de mar según su pericia e instinto. Al observar una ballena emerger, a 50 o cien metros de distancia, él sabía por dónde volvería a salir y ubicaba el barco en la posición correcta, sin instrumentos. Además, el capitán era el arponeador", detalla Küpfer.

La mayoría de los capitanes de Indus fueron noruegos, pero también hubo célebres chilenos. Por ejemplo, Humberto Olavarría y Óscar Mendieta. Este último, aclara Küpfer, "partió pelando papas para los 200 hombres del campamento. Un día le hicieron la prueba de mar, para ver si tenía estómago y toleraba el enorme vaivén del barco, y la superó. Y luego hizo toda la carrera: fue ayudante de cocina, cocinero, marino y capitán".

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