Fondos Mutuos
Desde la década de los 70, El Salvador ha vivido entre conflictos humanos y desastres naturales. Para 1980, soportaba una cruda guerra civil, que dejaría aproximadamente 70 mil muertos y alrededor de 2.000 millones de dólares en daños. El conflicto terminaría en 1992, con un acuerdo promovido por la ONU. En ese escenario, los temas de conservación ambiental no figuraban entre las prioridades para la mayor parte de los salvadoreños. A excepción de Ricardo Navarro. Nacido en la región de Sonsonate, en el norte del país, este ingeniero mecánico poco a poco fue acercándose a las actividades en torno a la naturaleza. Tras graduarse de la Universidad Centroamericana, trabajó como profesor ahí mismo y también en Guatemala, y más tarde viajó para seguir estudiando en Estados Unidos sobre un tema que en esa época era todavía una novedad: cómo generar energía a partir del sol y del viento. En ese proceso, pronto Navarro comenzó a aprender conceptos nuevos sobre el medio ambiente. Y esa sensibilidad no lo dejaría más. De regreso en El Salvador, llevaría consigo varios libros sobre energías alternativas y, con lo aprendido, modificó el programa de las clases que daba en la Universidad Centroamericana para incorporar estos temas. En la década de 1970, mientras el país comenzaba a tensionarse en lo político, Navarro aprovechó su puesto en la Universidad Estatal de El Salvador para organizar tres congresos internacionales sobre Uso eficiente de los recursos naturales, Tecnología apropiada para los países en desarrollo y Necesidades básicas y tecnología. Con ello, por primera vez la comunidad de ingenieros de El Salvador pudo involucrarse en temas ecológicos. Navarro siguió enfocado en este tipo de iniciativas educacionales, pero cuando la guerra civil estalló definitivamente en los 80 su inquietud creció: luego de ver los choques armados, aparte de preocuparse por el destino del país y las muertes que se sumaban, Navarro quedó apesadumbrado por cómo el conflicto afectaba a los recursos naturales de El Salvador. La lucha terminó deteriorando significativamente a los bosques, llegando a convertir a El Salvador en uno de los países con mayor desertificación en Occidente en esa época. Así que el ingeniero asume esta causa y en 1980 funda el Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA), la primera fundación ecológica del país. A través de CESTA, y en cooperación con ambientalistas locales y otras organizaciones, Navarro pudo salvar varios sectores ecológicamente trascendentes: áreas como Guazapa, por ejemplo, habían sido bombardeadas con napalm. Integrada por varios profesores universitarios, CESTA se empeñó en promover tecnologías más sustentables. Tras el fin de la guerra civil, Navarro canalizó la experiencia que había ganado y se convirtió en uno de los principales actores tras el plan Recuperación Ecológica Nacional de El Salvador, que debía garantizar el cuidado y rescate de los sitios más dañados durante el conflicto. Hoy, además de ser el director ejecutivo de CESTA, Navarro es también uno de los principales promotores del uso de la bicicleta en El Salvador, y su trabajo ha sido reconocido por la ONU, que en 1997 le otorgó el premio Global 500 Roll of Honor, distinción que antes ha llegado a personalidades como Jane Goodall y David Attenborough. Más información CESTA-foe.org.sv