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Para amar Delhi:

Las tres caras de una ciudad

domingo, 24 de diciembre de 2017

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE INDIA.
Crónica
El Mercurio




Se le hunde la voz al español José Miguel Redondo cada vez que recuerda que en Agra el rostro le quedó cortado de lágrimas al contemplar la silueta casi sobrenatural del Taj Mahal. La palabra se hizo pobre. Solo la imagen habló. Una semana después, en la capital india se enfrenta a otro mausoleo, el del bisabuelo de quien construyera el Taj Mahal.

"Cuando en Delhi me situé frente a frente con la tumba del sultán Humayun me quedé sin palabras. Mi mente se paseó por la silueta y el fulgor blanquecino del Taj Mahal. Fue inevitable que esto sucediera. Las emociones entienden de paralelismos, y el edificio que tenía delante de mis ojos era el mejor de los preludios de la maravilla del mundo que viera en Agra".

Tal vez José Miguel Redondo abandonó el lugar arrastrando los pies, y por unos minutos la mirada se le cayó al suelo. Viajero de raza y bloguero con el nombre de Sele, ha visitado medio mundo -estuvo un mes en Chile- y mantiene intacto su goce por el ir más lejos, algo que desde niño le acompaña como una sombra.

La tumba de Humayun -con más de cuatro siglos- es una de las obras más nuevas de las que causan admiración en la capital de la India. La visitamos junto al profesor Abdul Kama, tan erudito como empecinado en convencernos de que el mundo suele ser poco justo con la ciudad que recuerda a los mogoles, descendientes de Gengis Khan y Tamerlán; la ciudad de los colonialistas británicos, que la convirtieron en capital. "Existe una Nueva Delhi para cada persona. Hay que saber escoger y hacerse una Delhi a la carta".

"Algunos parece que no supieron escoger", le decimos. Nos han contado que después de recorrer la parte no británica de Nueva Delhi, arrastrados por un torrente humano, por "callejones que huelen a lo desconocido, no a flores silvestres", terminaron el día sintiéndose cinco años más viejos. Un italiano -con media sonrisa- nos dijo que después del viaje ha tenido pesadillas por un mes entero. Lo que le puede producir Nueva Delhi es inquietud mientras el extranjero no se acostumbra a caminar entre dromedarios que tiran plataformas cargadas con fardos, en medio de vacas vagabundas, bicicletas, motos, carretones, rickshaws, tuktuks y otros vehículos que se rigen por la ley del caos. Pero una cronista del diario español El País, Nieves Llaca, tal vez interpretó a una mayoría de viajeros al hablarnos "del delicioso caos de Delhi".
Un lugar sin caos y sin el esmog del centro de la ciudad nos ofrece visitar el profesor Kama. Es el mayor templo hindú de la India, terminado hace poco más de una década. En su teléfono celular nos muestra imágenes de enormes dimensiones, extensos jardines, imágenes sagradas recién salidas del horno. Una inversión millonaria como en una catedral medieval. "Una torta kitsch", pensamos, sin abrir la boca, pero ponemos cara de "lo dejaremos para otro viaje". Anotamos el nombre:

"Akshardham".
Preferimos seguir recorriendo Nueva Delhi que vive las vísperas de Navidad. En el gran comercio ya se ven muchos Jaaraa Baabaa, los viejos pascueros indios, introducido por los anglicanos y la Coca-Cola. En muchas de las casas se repiten los adornos navideños de siempre: hojas de mango y velas encendidas para celebrar que la luz se impone a la oscuridad del invierno. ¡Subhkrisamas!, feliz Navidad, nos dicen sonriendo en muchos lugares.

Como Egipto y Mesopotamia
Ni kitsch ni caos ni navidades había sobre esta tierra en edades remotas. Hace cinco milenios, la zona formó parte de la cultura del Valle del Indo, una de las cunas de la civilización, comparable a las de Mesopotamia y Egipto. Junto al río Indo -que le diera su nombre al país y fertilidad a sus tierras- esas remotas ciudades eran construidas con rigurosos planos urbanísticos, con calles empedradas trazadas a cordel, cada una con pozos y sistema de cloacas, y viviendas hechas de ladrillos cocidos, con barrios de grandes ceramistas, tejedores, talladores de sellos, fabricantes de ladrillos... Nos dice Abdul Kama que tras muchas excavaciones y exploraciones no se han descubierto barrios improvisados, aunque existieron mil pueblos y varias metrópolis.

El área de influencia de la Cultura del Indo llegó hasta la actual Nueva Delhi. Pero cataclismos que desviaron los ríos y acarrearon sequías devastadoras habrían hecho que 15 siglos antes de Cristo esa primera civilización del sur de Asia quedara convertida en una cáscara. Un largo silencio. Cuando llegaron los arios, tribus que al parecer venían del Volga (Rusia), aquí no había nada ni nadie con vida. De su extinción algunos culpan a invasores iraníes y no a los cataclismos y devastadoras sequías. Pero no aparece aún el Champollion capaz de descifrar sus cientos de jeroglíficos y así conocer su historia. Muchos de sus aportes se pueden admirar en el Museo Nacional de Delhi. Cerámicas de gran calidad, esculturas en piedra, sellos con imágenes de animales.

A este lugar de Asia los arios trajeron las castas, los Vedas y muchos conceptos que hoy día se reparten por el mundo: nirvana, dharma, samsara... El "delicioso caos" que ahora vemos se habría gestado después de siglos de invasiones y colonialismos. Hasta que la ciudad y su área metropolitana -hoy con más de 23 millones de personas- se convirtieran en un mundo de escasez sin límites. El fenómeno se hizo incontenible después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el territorio del actual Pakistán se desgajó de la India, con venia británica, y un aluvión de hindúes atravesó la nueva frontera para instalarse en Nueva Delhi, donde ocupan barrios enteros. Millones de musulmanes hicieron el camino a la inversa. Fue el mayor desplazamiento de poblaciones humanas de la época moderna. Miles de muertos.

Y aquí estamos ahora, en un océano de culturas y credos. Esta no es la Plaza San Marcos de Venecia ni menos una villa pastoril de los Alpes. Es un escenario enorme para experimentar -intensamente- la complejidad del ser humano. Un plato fuerte para el viajero que ama los viajes al pasado sin retroceder en el calendario.
Aunque la ciudad entera se llama oficialmente Nueva Delhi, este nombre se usa más para identificar el sector creado por los británicos, y de ese modo distinguirlo de la Vieja Delhi de los mogoles, y de la Delhi Sur, más antigua. Todo puede ser una simplificación, pero sirve tal vez para orientarnos.

Al pasado en Nueva Delhi
Uniformado hasta las orejas nos recibe un robusto conserje de dos metros de altura, con mostacho tieso, que hace sonreír al profesor Kama. Hemos llegado a la puerta de The Imperial, hotel clásico donde se selló la independencia india. Aunque vamos a un breve desayuno de trabajo, el conserje no ahorra reverencias. ¡Entramos al pasado! Pero solo dando un pasito de 60 años en la milenaria historia local. Experiencia muy grata si solo queremos conocer el mundo de los que tuvieron mando en el Raj, como le llaman aquí al período de la ley británica sobre la India.

Es un hotel armónico, hermoso, refinado. En 1936 lo construyó uno de los asociados a Sir Edwin Lutyens, el arquitecto-urbanista principal del equipo que dio vida a la Nueva Delhi, cuando los británicos cambiaron la capital desde Calcuta a este lugar. Lo que hizo Lutyens no fue un aporte modesto: puso un lujoso injerto planificado en una ciudad muy pobre y sin orden. The Imperial está cerca de Connaught Place, el centro de la capital, y a 30 minutos del aeropuerto Indira Gandhi International, que en su tercer terminal nos acogiera con una escenografía inesperada: enormes esculturas de manos en los muros ejecutando diez mudras, gestos que hinduistas y budistas usan en el yoga intentando contactarse con la energía cósmica o su muchedumbre de dioses. Llegábamos a un mundo milenario, ajeno y misterioso. El hotel The Imperial, con toda su belleza y tradición del Raj, nos resulta tan extraño como perro en misa.

Más pretenciosa que linda, Nueva Delhi es un conjunto de ajardinadas avenidas geométricas que intentaron expresar el orden, la monumentalidad y el simbolismo occidentales, con algunas concesiones o guiños a la tradición india. Son notables su avenida ceremonial, tal vez la más amplia del mundo, llamada Rajpath; su arco de triunfo, el India Gate, y el desmesurado palacio del virrey, ahora del Presidente de la India. Según los autores del proyecto urbanístico -hombres que lucían la risita y la apostura de quien se siente contento en su piel y en el mundo-, lo que ellos quisieron hacer fue "una nueva Roma anglo-india" (son sus palabras). Se chingaron. En 2017, Nueva Delhi está cercada por una mescolanza de barrios rigurosamente tercermundistas. Contiene miles de calles donde se avanza en medio de una ingrata selva de letreros y de cables eléctricos -colgando desde cualquier parte y en todo lugar-, que en días de temporal hemos sentido amenazantes. En un vecindario muy británico, el palacio del antiguo Virrey parece un fantasma en medio del humo que cubre todo durante las semanas de fin de año en que los campesinos de la zona queman los rastrojos con el sistema más económico: un fósforo. Entre cables y humos aparece también el mayor templo de la religión sij de Delhi. Es un ex palacio con cúpula dorada. No le falta, claro, un bello estanque para el baño ritual de purificación, aunque sus aguas purifican poco: se han llenado de ceniza.

Cuando India era musulmana
Dejamos The Imperial. Estamos en uno de los tres grandes barrios de la ciudad, repleto de viejos tesoros: South Delhi o Delhi Sur. El profesor Kama nos advierte que en unos minutos hemos retrocedido 800 años, hasta la época en que el país de los hindúes empezó a ser musulmán.

Durante el siglo XIII, invasores afgano-turcos construyeron aquí la primera mezquita y crearon el Sultanato de Delhi. Mucho más tarde, uno de ellos, el sultán Alauddin, sería el primero que puso toda la India bajo el mando de los seguidores de Mahoma. En el lugar al que hemos llegado, los abuelos de Alauddin levantaron una de las construcciones admirables de Asia, el minarete Qutub, de más de 72 metros de altura, hecho en piedra roja y mármol, profusamente decorado. Cientos de turistas observan con asombro su estabilidad y figura.

En torno al minarete vemos una mezquita y las llamativas tumbas del propio Alauddin y la de un esclavo de origen turco que terminó como gobernante de la dinastía. Se cree que el minarete Qutub fue una auto ofrenda musulmana por la conquista de esta parte de India. El sultán Alauddin, luego de tomar gran parte del centro-sur del país, también quiso homenajearse a sí mismo superando al minarete de los abuelos, y puso manos a la obra. Cuando murió solo estaba terminada la base. Su minarete Alai tiene 24,5 metros de diámetro, 10 más que el Qutb, pero creció casi nada: parece una torta de chocolate. Nadie intentó concluir el proyecto. "Era un hombre sanguinario", dice el guía bajando la voz. Y sonríe (Tal como lo advirtió Pasolini, los indios sonríen a menudo, pero pareciera que nunca están alegres; su sonrisa es más de dulzura que de regocijo).

Esa descomunal torta de chocolate hoy forma parte del Complejo Minarete Qutub, Patrimonio de la Humanidad. Se encuentra en Mehrauli, una de las siete ciudades antiguas ahora fundidas con Delhi. En este South Delhi visitamos también la tumba de Humayun (ya hablamos de ella en las primeras líneas de estas páginas), y Tughlaqabad, una extensa ciudad amurallada. Luego llegamos a las tumbas de sultanes afganos y del Punjab que se conservan en los llamados Jardines Lodi. Su interesante arquitectura representa el comienzo de un estilo que los mogoles llevarían a su madurez absoluta en el Taj Mahal, por lo cual es difícil imaginar hoy a la India sin la herencia de esos reyes musulmanes.

Los tesoros de la Vieja Delhi
El Taj Mahal se encuentra culturalmente emparentado con un sector clave de Delhi. El creador de esa obra maestra fue quien fundó una nueva capital de la India en lo que hoy se conoce como Vieja Delhi. Utilizando su propio nombre, el sultán Shah Jahan la bautizó Shahjahanabad. Aquí construyó el formidable Fuerte Rojo, residencia imperial con dos kilómetros de murallas, que luce bastante descuidado. El mismo sultán levantó también otro de los prodigios de la arquitectura mogol, Jama Masjid, mezquita capaz de recibir a 25 mil fieles, tal vez toda la población islamista de la ciudad en el siglo XVII. Al visitarla en 2017 se la puede ver espléndida, pero con pocos fieles, por la huida masiva de musulmanes a Pakistán. Desaparecieron también los elefantes engalanados que ayer desfilaban por las calles vecinas para rendir homenaje al Virrey inglés durante el Raj. Y aún parecen resonar aquí los atemorizados gritos de independencia de 1947.

Desde dos ciudades gobernó el sultán Shah Jahan. Primero desde Agra, y luego desde Delhi, donde -enfermo- fue derrocado por unos de sus hijos. Lo dejó recluido en el Fuerte Rojo de Agra, con su vista fija en el Taj Mahal, el mausoleo de su esposa, muerta en parto. Así concluyó sus días en 1658 quien llevó al Imperio Mogol a su período más noble. Admirable y espléndido fue su Trono del Pavo Real. Las colas estaban cubiertas con diamantes de la India, incluyendo el célebre Koh-i-Noor, y por rubíes, zafiros y esmeraldas.

Un trabajo de tallado y joyería que tardó siete años y que el emperador instaló en su sala de audiencias en Delhi. Un día los persas se lo arrebataron, y sirvió en Irán hasta que el sha Reza Phalevi fue derrocado por el ayatolá Jomeni. El famoso diamante Koh-i-Noor hizo un largo recorrido, para terminar -¡usted ya lo adivinó!- en la Torre de Londres. Ahí se custodia la corona de Isabel II, de la que ese diamante es su adorno principal. Muchos han exigido su devolución ("nos pertenece"), pero el ex Primer Ministro Cameron respondió con una sinceridad que se agradece: "Si dices que sí, de repente verás al Museo Británico vacío...".

Sí o sí. Para tomarle el pulso a Delhi, hay que recorrer Chandni Chowk. Será una estimulante inmersión en el desorden organizado.

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