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Que las diferencias de salarios entre hombres y mujeres persisten ya es un dato totalmente obsoleto. Porque aumentaron.
Contrariando las campañas de igualdad de género en esta materia, el ingreso imponible de los hombres llegó a los $417.244, y el de las mujeres, a $353.513, según estadísticas de la Superintendencia de AFP para las cotizaciones enteradas en diciembre de 2007. La brecha, así, llegó al 18%.
Cinco años antes, en diciembre de 2002, la distancia entre uno y otro había sido de 14,1%. La diferencia salarial ha aumentado paulatinamente en los últimos años.
Estos datos representan la realidad de trabajadores formales que cotizan en el sistema previsional. Según el Departamento de Estudios del Ministerio del Trabajo, la brecha es mayor entre aquellos trabajadores menos formales (que no cotizan), porque, según la Casen 2006, la diferencia general de ingresos llegó a 24%, incluyendo asalariados y no asalariados.
¿Qué hay detrás?
Desde razones culturales hasta económicas explican esta diferencia. Y los argumentos son variados. Las brechas no son iguales en todas las regiones ni áreas. Por ejemplo, en la Región de Antofagasta la diferencia de género llega al 55%. "Y no es, como pudiera pensarse, por la minería", comenta Antonio Sánchez, de la Asociación de Industriales de esa región. En ese sector, los hombres ganan 6,6% más que las mujeres; en cambio, en pesca, la desigualdad entre los salarios de ambos sexos supera el 60%.
En todo Chile, las mayores desigualdades están en la industria manufacturera no metálica (37% de brecha), el comercio (35%) y la agricultura (34%).
"En general, un grupo importante de mujeres se desempeña en el sector terciario o de servicios, mientras que los hombres principalmente se ubican en actividades primarias (industria, agricultura)", dice el Ministerio del Trabajo al dar una posible explicación.
Sánchez cree que una razón de esta distancia está en que las jefaturas suelen entregárselas a los hombres, porque las mujeres son más inestables al pedir más permisos en función de su maternidad. Otra economista comparte que hay una razón de productividad detrás del dato.
Según la Dirección de Presupuestos, el ausentismo laboral femenino en el sector público en 2006 fue dos veces el masculino.
En 2008 habría 142 mil empleos más
Una desocupación a la baja gracias a la expansión económica constante, y un nuevo boom en la creación de puestos de trabajo se verían en 2008.
La Cámara de Comercio de Santiago (CCS) preparó un estudio que proyecta que la tasa de desempleo nacional promedio disminuirá de 7% en 2007 a 6,8% este año. Ello, gracias a que la generación de plazas laborales avanzaría en 2,2%, unas 142 mil nuevas ocupaciones (hubo 163 mil en 2007), mientras que el número de personas incorporadas al mercado sería inferior (2%), acorde a la tendencia. "Esto muestra cómo el crecimiento económico ha permitido absorber el contingente de población desempleada. Las cifras indican que se deja definitivamente atrás el período de alto desempleo, cercano al 10%, entre 1999 y 2004", plantea el informe. En cambio, se retomarían las tasas del período 1985-1995, del orden de 7,7%.
Los salarios reales, eso sí, se desacelerarán. Subirían en 2%.
La paradoja: aumenta la participación laboral femenina y baja la masculina
Más mujeres y menos hombres al ruedo laboral.
En los últimos 17 años, la participación laboral femenina creció desde 31,7% (1990) hasta un récord de 40,3% (2007), según los registros del último trimestre de cada ejercicio en el Instituto Nacional de Estadísticas (INE).
Para los hombres, en cambio, las cifras pasaron de 75,4% (y un peak de 77,8% en 1993) a 71,6%.
La participación laboral se entiende como el porcentaje de personas que, estando en edad de trabajar (15 a 64 años), cuentan con un empleo (ocupados) o buscan uno (desocupados). Aquellos que no están en esta categoría son la fuerza económicamente inactiva, compuesta mayoritariamente por dueñas de casa, estudiantes, jubilados y rentistas.
El investigador Felipe Silva, del Instituto Libertad y Desarrollo, dice que los datos de participación laboral masculina son especialmente preocupantes.
"Si miramos los datos del aumento en las mujeres, se entienden más fácilmente, porque parte de niveles extraordinariamente bajos, derivado de barreras culturales e inflexibilidades laborales", afirma.
Pero en el caso de los hombres, sobre todo en aquellos de los quintiles de menores ingresos, el asunto es distinto, pues allí la tasa de ocupación alcanza casi el 50% (versus el 78% promedio para el quintil de más recursos), de acuerdo con datos de la encuesta Casen 2006. Y cuando son jóvenes, el panorama es peor. "El problema es que muchos de esos jóvenes no están ni ocupados ni dedicados a los estudios. Entonces, si no están trabajando ni estudiando, ¿qué hacen?", pregunta.
A su juicio, esta distancia tiene varias explicaciones y agravantes. Por ejemplo, el salario mínimo desincentiva la contratación de jóvenes con menos experiencia y capacitación. En la medida que pasa el tiempo, aquellos que están ocupados ganan ambas (experiencia y destrezas), y amplían su distancia con aquellos que quedan fuera.
Mayor flexibilidad en horarios, jornadas y salarios -cree Silva- permitiría subsanar parte de estos factores.