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Entrevista | Buscando pistas en el pasado

Carlos Tromben: "Nuestra historia está llena de hechos dramáticos"

domingo, 26 de noviembre de 2017

Roberto Careaga C.
Revista de Libros
El Mercurio

En medio del éxito de los libros de divulgación histórica, el escritor se ha atrevido, con éxito, a narrar la historia: su trilogía Huáscar , Balmaceda y Santa María de Iquique ha vendido casi 30 mil ejemplares. Ganador del Premio Revista de Libros 2003, Tromben llegó a este momento tras un silencioso camino escribiendo policiales.



"Crecí en torno a las historias de la historia", cuenta Carlos Tromben (1966), recordando su infancia en Valparaíso, siempre con el relato de fondo sobre anécdotas de la historia de Chile, que su padre, un marino de su mismo nombre, narraba con tanta viveza y detalle que al retirarse de la Armada se dedicó a su pasión: escribir libros de historia. Tromben hijo dejó esos relatos en el fondo de su memoria, estudió ingeniería, fue periodista, se convirtió en escritor de policiales y de espías, hasta que hace cuatro años el eco de la voz de su papá se entrelazó con su escritura: en 2015 lanzó Huáscar , una narración coral sobre la Guerra del Pacífico, iniciando una trilogía que hoy, dos años después, lo tiene como el más masivo exponente de la narrativa histórica local.

Después de Huáscar , Tromben publicó en 2016 Balmaceda , en torno a la crisis política de 1891, y hace unos meses, Santa María de Iquique , sobre la matanza de los trabajadores del salitre en 1907. En conjunto, cubren un período de transformaciones en la sociedad chilena y esa es precisamente la ambición que las guía: a través de unos 50 personajes, de los cuales al menos 10 aparecen en toda la serie, se despliega un retrato general de Chile durante esos conflictos, en la que aparecen campesinos, obreros, profesionales, empresarios, políticos, artistas, extranjeros y un sinfín de personajes reales, desde Arturo Prat al sindicalista Luis Emilio Recabarren. La fórmula ha tenido eco en el público y hoy la trilogía ha vendido alrededor de 30 mil ejemplares.

Tromben apareció en escena en 2003, al publicar Poderes fácticos , una novela policial que seguía a los asesinos de dos artistas en 1973. Su debut venía ya reconocido con el Premio Revista de Libros de El Mercurio que obtuvo ese año. Luego avanzó en el género negro en libros como Prácticas rituales (2005) y La casa de Electra (2010); coqueteó con la historia en 2006 con Karma (ahora reeditada como La señora del dolor ), y lanzó dos volúmenes de cuentos con la editorial independiente La Calabaza del Diablo, Perdidos en el espacio I y II . Todo ese camino desembocó en lo inesperado: en medio del éxito de libros como La historia secreta de Chile , de Jorge Baradit, o Un veterano de tres guerras , de Guillermo Parvex, Tromben es quien ha enfrentado la historia desde la ficción.

Pero ficción basada en hechos reales. Sin licencias. Cada una de las novelas de la trilogía le ha demandado a Tromben al menos seis meses sumergido en los "vericuetos" de la Biblioteca Nacional. "La investigación es intensa. Leer libros y prensa de la época. A partir de un primer barrido, voy armando una escaleta en una planilla Excel, con personajes históricos y ficticios, con grandes hechos sobresalientes de la época, y de ahí voy derivando una estructura de tramas. Y a partir de ese esquema voy haciendo tiras de prueba, para dar con el tono, la voz de los personajes. Todo es un proceso continuo", cuenta. "Mi padre es un socio estratégico. Me presta su biblioteca y revisa y detecta inconsistencias técnicas", agrega.

-¿Trabaja como un historiador?

-En el sentido de la fuente, sí. Pero el historiador no puede ir más allá de lo que le dice el archivo. Tiene que sustentar todo lo que afirma. El novelista puede darse libertades a partir de los vacíos del archivo; si no están cubiertas algunas zonas, a lo mejor podrían haber sido de esa manera y tiene todo el permiso de hacerlo si está dentro de lo razonable, verosímil. ¿Es razonable elucubrar que el "Huáscar" fue capturado por una operación de inteligencia? Ahora sabemos con Guillermo Parvex que parece que sí. ¿Es razonable elucubrar que los huelguistas de Iquique se coordinaban con la policía para mantener el orden público? Sí, existen incluso testimonios de que los líderes de la huelga reconocen la labor del subprefecto de la policía de Iquique. Pero es una elucubración, tal como el novelista puede otorgarles una voz, un carácter, a los personajes históricos. Mi límite es que la conjetura no violente al lector, llevándolo a algo que puede parecer descabellado.

-¿Tenía pensada la idea de hacer una trilogía desde el primer libro?

-No, se fue armando. Después de Huáscar , estaba la opción de seguir con la Guerra del Pacífico, pero era repetirse un poco. Entonces me sedujo la idea de abordar la historia de Chile de distintos conflictos sociales. Y como extensión de la Guerra del Pacífico surgió la novela de Balmaceda, como un conflicto que divide a los mismos oficiales, marinos y tropas en dos bandos irreconciliables que se baten en campos de batallas sangrientos. Y de Balmaceda a Santa María de Iquique viene la exacerbación de las contradicciones sociales, ya no entre la élite que se pelea por el presupuesto, sino que la crisis social centrada en el riquísimo territorio de Tarapacá.

-En conjunto, hablan de un período decisivo para el desarrollo de Chile.

-Sí, en esos treinta años se pasa de una sociedad tradicional, de raigambre española y católica, a una sociedad plural, diversa, con inmigración europea, asiática. Y esto último, que es lo que aparece en Santa María de Iquique , en la ciudad de Iquique es muy intenso: a inicios del siglo XX, era probablemente el lugar más diverso de Chile. La población autóctona chileno-peruana, los comerciantes industriales europeos, la migración de la zona central chilena hacia las salitreras. Todo eso configura un territorio que era único.

-Y a la vez, en "Santa María de Iquique" va narrando situaciones en Inglaterra, Estados Unidos y Rusia. ¿Por qué conecta los hechos chilenos con los del mundo?

-El capital financiero ya era una realidad global en ese momento. Hoy hablamos de la globalización neoliberal, pero nos olvidamos que existió una anterior que tenía características muy similares. Estaba vinculada a la tecnología, a través del telégrafo, también del ferrocarril, a la industrialización, a la explotación de materias primas, a un circuito financiero industrial que cubría el mundo entero. Y eso es lo que está en crisis en 1907, y lo que sucede en Chile es una bajada pequeña en un país periférico, donde esa crisis desemboca en la tragedia de la matanza de Santa María.

-Al volver a estos hechos de nuestra historia, ¿lo hizo por su potencial literario o también por rescatar historias no contadas?

-Por ambas cosas. La historia chilena está llena de hechos dramáticos y entretenidos. En el caso de Santa María de Iquique el sentido fue retomar esta historia, que está en libros y fundamentalmente en la cantata (Luis Advis). Pero en general, son novelas que buscan escudriñar la historia de las mentalidades. Cómo van cambiando, qué tienen de continuidad y ruptura con nuestro momento actual. Los lectores de hoy pueden leer Huáscar o Santa María de Iquique pensando en que se parecen las situaciones políticas, que están los mismos apellidos de la élite antes y ahora. Los pobres, los ricos, las clases medias se articulan de formas no tan distintas antes y ahora. Sí, distintos, pero no tanto.

-¿Cree que en este período podemos hallar pistas para entender el presente?

-Creo que al lector algo le pica esta idea del ciclo que se repite: el ciclo económico que va en alza con el salitre, y luego cae. Ahora el ciclo del cobre arriba y luego abajo. La alternancia de gobiernos conservadores y liberales, luego reformismo. De sectores hegemónicos que tienen los mismos apellido antes y ahora. De sectores emergentes que buscan meterse en el juego político. Esas dinámicas aún operan. Esa idea de ciclo histórico creo que al lector chileno, culto, no necesariamente literario, pero que lee libros de historia, que lee las noticias, le hace mucho sentido.

-¿Eso es lo que explica, a su juicio, el auge que han tenido las novelas históricas y los libros de divulgación de esta materia?

-Es una mezcla en la que juega un papel importante la incertidumbre frente al futuro. En los 90 veníamos saliendo de la dictadura, entonces mejor no tocar mucho la memoria. La nueva narrativa chilena era bien en presente, hablaban de un ahora. Todo estaba bastante trazado políticamente, pero a partir de la crisis del 2009 se rebaraja el naipe, porque aparece una incertidumbre respecto del modelo económico, el modelo político de la transición, la Constitución, entonces ahí viene el interés por el pasado remoto en donde hallar pistas sobre el futuro cercano. Por otra parte, siempre ha quedado en el chileno una insatisfacción por el currículum escolar, la historia contada en el colegio. Por lo menos en mi generación. Se cuenta una historia totalmente trazada, sin accidentes. Entonces hay una fuerte desconfianza en la historia oficial recogida en el currículum escolar.

-Antes de llegar a las novelas históricas, publicó varios libros. Algunos policiales, otros claramente más literarios. Todos distintos a esta serie.

-Esas eran novelas un poco de aprendizaje. Fue un camino arduo, en que aprendí mucho. Fue difícil publicar, enfrentar la crítica. La literatura literaria es como un barco lleno de inmigrantes, con tipos colgando de la borda. Está súper saturado de autores y hay menos lectores. En cambio, la novela histórica, la novela de género, curiosamente tiene menos escritores y hay mucha gente que está esperando sus libros. También ha habido un aprendizaje de la industria editorial, que se ha especializado en grupos de lectores muy concretos y en función de eso diseñan portadas, estrategias de difusión. Esta es una industria mucho más madura que hace 10 o 15 años.

-¿Quiere seguir en esta línea como narrador?

-Sí. Ahora estoy un poco en una pausa reflexiva, pero me gustaría seguir adelante en el siglo XX. Cubrir la etapa de la modernización acelerada de los años 30, que es una época súper interesante. Aparecen nuevos grupos medios, el feminismo, las vanguardias artísticas y literarias.

-¿Le molestaría que lo compararan con Ken Follet?

-No, para nada. Es un seco Follet. Hizo un trabajo brillante de documentación y de articulación de personajes. Yo no tengo ningún problema con la novela de corte masivo. La distinción de alta y baja cultura no es algo que me quite el sueño. Si está bien hecho, si está bien documentado, si los personajes tienen complejidad y el lenguaje, siendo funcional y pragmático, tiene atisbos de narratividad más expresiva, no tengo ningún problema. Cuando publiqué en La Calabaza del Diablo no estaba ni siquiera en mis planes meterme en la novela histórica de corte masivo. De hecho, esos cuentos son súper literarios, minimalistas, medio carverianos. Me costaría volver a ese tono.

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