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El legado marroquí de Claudio Bravo

sábado, 25 de noviembre de 2017

Por Por María Cristina Jurado, desde Marruecos
Reportaje
El Mercurio

Fallecido en junio de 2011, el millonario pintor hiperrealista dejó varias propiedades en Marruecos, que actualmente están convertidas en un museo, un hotel boutique y un centro de eventos. "Sábado" visitó estas mansiones y habló con algunos de los herederos, quienes relatan su vida junto al artista.



Pocos días después de su muerte, ocurrida el 4 de junio de 2011, un funcionario consular chileno abrió el testamento del pintor Claudio Bravo. Allí, el artista que vivió durante 40 años en Marruecos, dejaba las tres propiedades que tenía en ese país, todos lujosos palacios, en manos de quienes fueron sus personas más cercanas, a los que consideraba como miembros de su familia.


A su mano derecha y administrador de sus bienes, Bashir Tabchich, le heredó su casa principal: la mansión sahariana de Taroudant, enclavada en los montes Atlas, en el sur de Marruecos. Es un terreno de 60 hectáreas, con una gran finca de naranjales y olivos que, actualmente como museo y hotel boutique, es el punto de partida de una ruta turística para conocer el legado del pintor.


A Mohamed Tabchich, más conocido como Teté, hijo mayor de Bashir y a quien Bravo consideraba como su propio hijo, le dejó la casa principesca de Tánger, ubicada en medio de tres hectáreas de terreno que miran al mar. Hoy es un centro de eventos privados, como matrimonios y conferencias.


Y su mansión de Marrakech, en el corazón de su medina, quedó en manos de una de sus amigas más cercanas: la exreina y mujer del Shah de Irán, Farah Diba, su confidente durante años.


La cuarta posesión mencionada en el testamento era su obra pictórica, que comercializa desde 1981 en exclusiva Galería Marlborough de Nueva York. Ahora es propiedad de una de sus hermanas, Ana María Bravo Camus.

 A seis años de la muerte del pintor, no solo se han elevado los precios de sus cuadros en el mercado del arte internacional, sino que también ha crecido el mito en torno el destino de sus mansiones. En un recorrido por Marruecos, los herederos abrieron sus puertas a "Sábado" para revelar, por primera vez, cómo conservan la memoria y el legado de Bravo.  

Hay tres formas para llegar a Taroudant, y ninguna es sencilla. Desde el aeropuerto de Agadir, en la costa atlántica sureña, es casi una hora y media en taxi, por un camino que atraviesa las montañas Atlas. Desde Marrakech, en bus y taxi, son más de cuatro horas de transbordos bajo un sol inclemente. Y la tercera alternativa es llegar a la plaza Bab Doukkala, a un costado de la medina, para tomar un colectivo que demorará hasta cuatro horas. Todo eso, si uno entiende los códigos. Los marroquíes deben estar entre los pueblos más generosos y bien dispuestos del continente africano, pero es necesario conocer sus formas: el valor de la palabra, la honestidad, su aversión a la urgencia y la tensión, el respeto a la religión y el honor de la confianza.



Probablemente fueron estas características -además de los 340 días de sol asegurados cada año- las que convencieron a Claudio Bravo Camus, el pintor más internacional que ha tenido Chile después de Roberto Matta, a quien hoy solo compran príncipes y mandatarios, para que instalara su mansión principal en Taroudant, a los pies de la cadena Atlas.


Bravo, un artista discutido, creador polémico y un hombre con extraordinaria presencia de sí mismo  -cuyo cuadro White Package fue vendido en 2004 por más de un millón de dólares en Sotheby's-, pasó los últimos años de su vida rodeado de personalidades como Farah Diba y Jacques Chirac. Incluso estrellas como Paul McCartney llegaron hasta su palacio en las montañas marroquíes para comer junto a él.


Por eso, Taroudant -y Bravo, de paso- se convirtieron en un mito. Un paraje pardo y recóndito, tapizado de olivos, palmeras, cactus, pimientos, cipreses, naranjales y bambúes. Un paisaje agreste y fértil, de tierra rojiza y praderas asoleadas, que Bravo escogió como su tierra prometida, después de casi treinta años en Marruecos, país al que llegó a vivir en 1972. 

Encandilado con su luz y resplandor de los días, pudo dedicar su vida a su gran pasión: producir cuadros de un realismo superior, trabajando sábados y domingos sin descanso. Su vida, dijo a revista "VD"en 2008, solo tenía sentido si pintaba. El mercado le pagó bien: este hijo de una familia numerosa, nacido en el campo melipillano, se volvió multimillonario.


Bashir Tabchich, 64 años, trabajó tres décadas para Bravo. No solo fue su administrador, sino que el compañero más importante que tuvo el pintor desde que se conocieron en Tánger. Esta tarde se sienta frente a la piscina de la casa de Taroudant, y mientras revuelve un té con azúcar morena, toma aliento antes de recordar los años que pasó junto al artista en este palacio.


-Conocí a Claudio Bravo a los 25 años; él tenía 42. Empecé conduciendo el auto, porque yo era mecánico, pero como soy un hombre correcto, me dejó servir la mesa, después fui su secretario, llevaba el dinero al banco y me ocupaba de sus obras cuando quería sacarlas al extranjero. Me convertí en su mano derecha. Cualquier cosa, él decía: "Habla con Bashir".


 Lo quise como a un padre, como a mi hermano. Fue un hombre con el que me llevé siempre muy bien. 


Bashir se emociona con facilidad al hablar del artista:

-Él estaba enamorado de su pintura. Decía: "Dios, lo único que pido de ti es que si muero, esté pintando". Y eso le pasó. Al final, estaba pintando, se cayó, vino el médico ¡y adiós! Pero él no quiso escucharme. Su único defecto siempre fue no escuchar. Él sabía mucho más. Podía escuchar a su hermana, pero a mí no, nunca me escuchó. 


Antes de seguir, Bashir le da un largo sorbo a su té.


-Eso me dolía. ¡Muchísimo! Pero no podía hacer nada. Y, al final, tuvo que ir a París a ver un médico. Y me pidió ir con él, porque le daba miedo marearse en el avión o en el aeropuerto. Sufría vértigo. Eso fue en 2011. Un mes antes de su muerte. Y allá el médico le dio una medicina. Todavía la tengo guardada.La relación de Bashir con Bravo le permitió, a su muerte, escoger el lugar de su tumba, en medio del jardín de la mansión. 


-Sí. El lugar estaba construido desde antes, lo hizo Claudio Bravo para sus cerámicas marroquíes de los siglos XVI, XVII y XVIII. Como a él le encantaban los marabúes, las cúpulas, hizo ese lugar así. Los santos nuestros, cuando se mueren, los ponemos en un marabú. Y yo tomé la decisión, porque para mí Claudio Bravo es un santo. Yo necesité ponerlo en el mejor sitio. El gran regalo que yo he hecho para él no lo hice en su vida, pero lo he hecho en su muerte. 


Bashir se para y camina por la enorme casa de Taroudant. 


-Pero voy a decirte algo: en este mundo no hay amigos. Y voy a decirte otra cosa: soy musulmán y soy un hombre que nada más trabajó con él más de 30 años ¡Y no tengo nada! Me vine con él desde Tánger, donde nací, lo dejé todo por él. ¡Y no tengo casa, no tengo nada! -Pero usted heredó esta propiedad.


-Sí. Pero esta casa ya era mía antes de que él muriera. Porque yo fui quien firmó, él no podía comprar aquí por ser extranjero. Él compró 60 hectáreas a mi nombre, eso fue en 2002. Él confió para que yo pusiera esta finca a mi nombre. Pero él sabía quién era yo, que a mí nunca me importó nada. Firmé y le entregué todo a él. Jamás hubiera hecho algo contra Claudio, él lo sabía.



Por momentos, pareciera que Bashir aún vive el duelo por la muerte de Bravo.


-Como decirte, han pasado seis años y todavía estoy... muy afectado. Aprendí tanto con él, muchísimo, muchísimas cosas. Las más importantes fueron a hablar con la gente, a tratar con la gente. Mis hijos estuvieron con él, éramos una familia. Claudio quería mucho a mi mujer, Rachida, porque veía a su propia madre en ella. Él nunca fue difícil, un hombre a quien lo quiso todo el mundo, lo quiso el pobre, lo quiso el rico.


Bashir, que habla en una mezcla de español, francés y árabe, reconoce que tras su muerte, hubo un cierto quiebre con la familia de Bravo y habla de alrededor de 50 cuadros  que estaban en Taroudant y fueron heredados por Ana María Bravo, la hermana del artista.


-Nunca tuve problemas con ella. Pero ahora me he dado cuenta, en el último tiempo, desde que falleció Claudio, que ella... no la entiendo. Ella se fue a Suiza y cuando enterramos a Claudio, ella se llevó toda su obra. La sacó de Marruecos, no sé cómo. Y desde ese momento nunca más ha llamado por teléfono ni nada. Nunca más. Me duele.


Casada con un cirujano de Zaragoza, Ana María, a quien llaman 'Pilía', vive hoy entre Marbella, Zaragoza y ciudades de Suiza. No fue posible contactarla como tampoco se logró obtener información acerca de los cuadros de Bravo. "Sábado" intentó averiguar a través de la Galería Marlborough de Nueva York, que comercializa en exclusiva la obra del artista desde 1981, pero no hubo respuesta.


 Bashir Tabchich dice que hoy se apoya en su tercera hija, Najwa, de 23 años. Frente a la urgencia de decidir el destino de la mansión, decidieron reconvertir Taroudant en un hotel de lujo con solo 10 habitaciones y abrir un museo para mantener vivo el recuerdo del pintor. 


Pero eso es historia reciente.Después del entierro de Bravo, entre el verano europeo de 2011 y 2015, Taroudant se convirtió en una fortaleza solitaria en mitad del desierto. Los Tabchich, que viven hasta hoy en su propia casa a unos metros, apenas la visitaban, incapaces de lidiar con la ausencia del artista, explica Bashir. Unos pocos empleados la mantenían aireada y limpia. 


-Cuidábamos todo, como si él fuera a volver. Y siempre, hasta hoy, cuando me duermo, veo que Claudio vuelve, lo sueño. Y yo le digo: 'Mira, señor, todo está como lo dejaste. Menos la obra, que se llevó Pilía; el dinero y todo está igual, yo no he tocado nada". Como llevé una vida con él, no he tocado nada. Y le digo: "Seguí con todo como tú lo dejaste, por favor controla todo". Me pasé cuatro años solo cuidando. 

El Museo Palacio Claudio Bravo fue abierto en 2015. Hoy es visita obligada para los turistas que llegan al sur de Marruecos y forma parte de algunos tours en Agadir y localidades vecinas. Tiene por lo menos 150 visitantes mensuales en promedio, que llegan a Taroudant en especial en otoño e invierno. Durante el verano baja la actividad, porque la temperatura suele sobrepasar los 55 grados durante el día, por lo que la familia de Bahir vuelve a Tánger para capear el calor.



Los visitantes del museo se encuentran con momentos de la vida del artista: sus herederos cuidan cada detalle y todo permanece en un meticuloso orden, igual como lo diseñó y planificó el pintor hiperrealista en vida. Muebles sirios, objetos de concheperla, alfombras berebere, maderas preciosas y piedras exóticas dan vida a cada pieza. 



En su taller aún cuelga la tela roja que Bravo pintaba al sufrir el ataque de epilepsia que lo condujo a la muerte a sus 74 años; están sus pinceles, sus pomos de pintura, su taburete blanco. En su dormitorio, el mismo dosel, su cubrecama y, en su armario, sus chilabas de colores. Cada pieza se ventila, se limpia, sus objetos se pulen semanalmente. En el museo hay también piezas exageradas en su afán estético: tal como era Bravo. Y, en reemplazo de sus cuadros, hay fotografías en alta resolución. Tan reales que, a primera vista, parecen óleos. 



-Cuando Claudio Bravo comía langosta, los obreros y empleados también comíamos langosta -dice el mayordomo Mohamed o Moreno, como lo bautizó Bravo, por el color de su piel. Lleva 17 años en Taroudant, de los cuales 10 trabajó directamente con su famoso jefe: mantiene las piscinas, sirve en la mesa y dirige a los jardineros en el jardín exterior. Moreno nació en el Sahara, y llegó a la casa como obrero durante la construcción de la mansión. Fue quien sorprendió a Bravo justo antes de su muerte, desmayado en su taller. 


-Había salido a cenar con amigos, muy elegante. Y, cuando volvió, nunca lo vi tan cansado en mi vida. Volvió fatal, esa noche no durmió, tuvo pesadillas toda la noche. Y, al otro día, no quería dormir solo, tenía miedo. Pusimos una cama extra en su dormitorio para acompañarlo. A las cinco de la tarde del sábado, le llevo un té de menta a su estudio, él trabajaba. 


Claudio Bravo le dijo a Moreno que se retirara: no quería que lo molestaran cuando pintaba. Pero él dice que permaneció, observándolo por la ventana. Al poco rato lo vio cómo se desmayaba. Llamó al médico, quien lo derivó en ambulancia al hospital de Agadir. Bravo nunca regresó: falleció a las pocas horas. Najwa Tabchich, criada en árabe pero educada en francés, y graduada en marketing, se encargó, hace dos meses, de abrir el hotel-boutique de 10 habitaciones que complementa la oferta turística en Taroudant. La familia hizo una sociedad con Saif Hôtels, una cadena hotelera internacional, que se encarga de promover el Palacio Claudio Bravo. 


Dice Najwa: 


-El primer año del museo fue malo. Pero en 2016 comenzaron a venir los visitantes, tras una entrevista que di al diario Agadir-Première. Y con la sociedad Saif ha resultado muy bien la parte hotelera: estamos en Booking, Airbnb y Tripadvisor.


 Ya vienen sobre 20 personas por mes, claro que no todos los meses son iguales. Y nos ayudamos con la finca: cultivamos naranjas, bananas, porotos verdes, berenjenas, vendemos una mitad en el mercado y la otra mitad la dejamos para los huéspedes del hotel. Nos va bien con los cultivos: entre la casa, el hotel y la granja, tenemos unos 40 empleados. 



También en el hotel está el recuerdo del pintor. Las tres grandes suites de lujo se conservan como las diseñó Bravo en vida: eran sus piezas de alojados. 


Hay, además, dos habitaciones medianas con baño privado y cinco pequeñas: son los antiguos dormitorios del personal. Fueron reacondicionadas.



-La mayoría de las cosas no las hemos tocado, quisimos que se mantuvieran como él las hizo; él era además arquitecto, en su taller aún tenemos los planos. Los techos, el cielorraso, todo lo diseñó él, a Taroudant lo llamaba 'mi Taj Mahal marroquí' -recuerda Najwa. 



Para ella y sus hermanos, la relación con Bravo pasó a ser familiar. Cuando esta joven gerenta se enteró de la muerte del pintor, se desmayó, dice, y agrega que su hermano Teté fue incapaz de emitir palabra durante tres días. 



-Teníamos una relación particular con Claudio Bravo. Llegábamos del colegio y corríamos a su estudio desde que éramos muy chicos, solo a nosotros nos permitía interrumpir sus horas de trabajo, a nadie más. Lo veíamos cuando nos íbamos en la mañana a la escuela, él salía a despedirnos. Crecimos siendo muy cercanos.  

La segunda mansión de Bravo está en Tánger, en la cotizada Ciudad Nueva, un barrio que ha subido sus bonos desde que allí vive la mujer del rey de Marruecos, Salma Bennani. Es un palacete de inicios del siglo XIX con 10 dormitorios, 10 baños, cuatro livings, tres terrazas y cuatros cocinas, además de su propio pozo, de dos casas laterales y un parque, que el artista compró en 1972. 


Hoy está administrada por Mohamed Tabchich, Teté, hijo de Bashir y hermano de Najwa, quien ha dicho a sus cercanos que no quiere abrir un museo ni un hotel, pero sí la arrienda para eventos privados. Teté vive en una pequeña casa a un costado y se mantiene con los arriendos y un emprendimiento de aceite de argán.


Hace algunos años puso un aviso de venta de la casona en la página web de Christie's, que aún circula por internet, pero enfrentado a su propia familia, pronto desistió del negocio.



Teté no respondió a los llamados de "Sábado", ni quiso contestar preguntas a través de su padre. Bashir intenta una explicación al mutismo de su hijo: 


-Hay mucha gente, muchos extranjeros que me han ofrecido comprar Taroudant, hasta 10 personas. Y yo he dicho: "¿Qué quiere comprar? Porque yo tengo 60 hectáreas de naranjos, y esta casa y mi propia casa al lado, pero también tengo una gran cosa que no puedo vender: tengo un museo donde está enterrado un gran señor. ¡Y eso no lo vendo!". Mi hijo tampoco puede vender. Por la casa de Tánger le han ofrecido 16 millones de dólares y él no quiere vender. 



-¿Qué hará Teté con la mansión de Tánger? 

-Él confía en mí, sabe que soy yo quien controla su dinero. Él, para decidir cualquier cosa, tiene que hablar conmigo. Él quiere que su casa también pueda ser un hotel o algo, ¡pero él no tiene el poder! No tiene la fuerza, porque de verdad fue Claudio quien lo dejó un poco fatal. Porque él lo sacó de la escuela y lo trajó a Taroudant, él quería que trabajara aquí, pero siempre le daba plata.


 Lo acostumbró mal. Le ha dado plata, Teté siempre tenía plata en el bolsillo, ¿cómo iba a estudiar?, ¿cómo iba a trabajar? El mejor coche lo compraba para él. Un día, cansado, yo le dije a Claudio: "Mira, ojalá que se muera ese Teté". Y Claudio dijo: "Para mí, Teté es más hijo que para usted". 

En el barrio de Bab Doukkala, en plena medina de Marrakech, una milenaria puerta gris con cerrojo preserva la intimidad de otra de las propiedades que Claudio Bravo legó. La heredó la exreina de Irán y mujer del shah Reza Pahlevi, Farah Diba, gran amiga del pintor y visitante asidua en todas sus casas. Bravo la compró en 2000 y, desde esos días, vela por ella el guardián Hassan.



La casa es blanca y verde agua, los colores favoritos del pintor. Los mismos muebles de Taroudant, en maderas preciosas y cocheperla, objetos milenarios, muchos de colección: todas sus casas están puestas con refinamiento. Igual que Tánger o Taroudant, la residencia de Marrakech tiene patios árabes, con grandes fuentes y árboles que él mismo plantó: a Bravo le gustaba diseñar el paisajismo en sus casas. Y aquí, en su baño turco hamman, en su dormitorio, en su taller y en los múltiples salones parece subsistir su espíritu.


Hassan, musulmán, casado, cuatro hijos, trabajó directamente con el artista durante 11 años, hasta su muerte. Hoy guarda la casa con celo y esta es la primera vez que la muestra a la prensa desde que está en manos de Farah Diba. Aunque la de Marrakech fue la morada de invierno del pintor solo hasta la compra de Taroudant, fue una propiedad importante y Hassan, un empleado de confianza, quien entró a su servicio cuando solo tenía 28 años. Seis después de su muerte, él recuerda a Bravo:


-Cuando conocí al señor, yo trabajaba con una decoradora francesa, madame Jacqueline, quien compró y restauró esta casa para Claudio Bravo. Yo era su chofer


 Y cuando estuvo renovada, Claudio se puso a buscar un guardián y el señor Bashir le dijo que no encontraría a nadie mejor que Hassan para este trabajo. Y entré a su servicio, fue en 2000. En ese tiempo, él permanecía seis meses en Marrakech y seis en Tánger, porque él pasaba el invierno aquí y el verano allá. Había otra gente que cocinaba, que compraba en el mercado. Yo era su empleado personal, y cuando él partía, me quedaba a cargo de todo. Bravo no era un hombre conflictivo, asegura Hassan.

 -No era difícil. Tampoco lo sentíamos a él como un patrón. Él fue como nuestro padre, esa es la verdad. Porque él quería hacer el bien para todos, era muy generoso.

Yo aún lo siento en todos los rincones de esta casa. No existe un patrón o debe ser difícil de encontrar, que trabaje en su taller mientras sus empleados se bañan en su piscina. Como si fueran sus amigos. Nunca hizo diferencia con nosotros, en la cocina él hacía la lista de compras para que todos comiéramos lo mismo que él. Y en nuestras fiestas, estaba prohibido decirle que no iríamos para seguir de servicio.

 Él mismo se ocupaba para que todos pudiéramos ir a la fiesta. Pero cuando trabajaba, no hacía caso a los mensajes ni teléfono, ni nada. No se le podía interrumpir, estaba prohibido. Había que esperar que él nos hablara para que no se desconcentrara... A veces aún lo escucho sentarse, trabajar, pintar.


Más tarde, en Taroudant, a los pies de las montañas Atlas, Bashir Tabchich dirá: -Todo lo que hacemos es en nombre de Claudio Bravo. Yo quiero que él siempre esté vivo. Aunque yo muera, aunque todos desaparezcamos, que el pintor viva para siempre. Que todos sepan dónde está enterrado. Para eso trabajamos, para eso yo me levanto todos los días.

Para que él no muera jamás.

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