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NUEVO LIBRO DE LA HISTORIADORA

Lucía Santa Cruz publica "La igualdad liberal"

domingo, 12 de noviembre de 2017

LUCÍA SANTA CRUZ
Publicación
El Mercurio

En este ensayo, la académica de la Universidad Adolfo Ibáñez y consejera de Libertad y Desarrollo, expone sus reflexiones generales sobre la desigualdad, sus causas, su relación con la pobreza y la dificultad que han enfrentado las experiencias igualitaristas. Y destaca además, muy especialmente, lo que a su juicio fue la verdadera revolución de la igualdad en Occidente, que ocurrió como consecuencia del surgimiento del pensamiento liberal clásico en los siglos XVII y XVIII. Extractamos un texto del capítulo "Reflexiones acerca de la desigualdad", del libro "La igualdad liberal", que estará en librerías el 21 de noviembre.



Isaiah Berlin, uno de los más grandes filósofos liberales del siglo XX, tenía una aguda conciencia respecto del poder y la influencia que las ideas ejercen en la conducta humana, porque ellas no constituyen solamente una realidad cognitiva o tienen una dimensión racional, sino que además son una apelación a las emociones. Esto es particularmente cierto respecto a la igualdad. Decía también Berlin que los intelectuales tenían la obligación de enfrentar con coraje y en forma crítica las ideas que surgen antes que se transformen en consignas incuestionadas, avasallen y pasen a gozar de un poder incontrarrestable sobre las personas y la sociedad. Respecto a la igualdad, podemos hacernos eco del clamor y la incitación emocional al igualitarismo que ha inspirado al socialismo desde siempre y que parece haber revivido en la segunda década del siglo XXI, o bien, por otro lado, podemos tratar de entender su inmensa complejidad.

Los filósofos suelen sostener que "los hombres nacen libres e iguales", pero esa aseveración es más una metáfora que una descripción de la realidad; o bien se refiere específicamente a la igualdad en dignidad y en derechos, que la sociedad debe garantizar a todos sus miembros. Porque el hecho es que, si bien en la época moderna las personas en la mayoría de las naciones han conquistado el derecho a ser iguales en derechos y ante la ley, ellas son desiguales en sus talentos y en toda suerte de bienes y atributos.

Los seres humanos, lejos de ser empíricamente iguales, diferimos no sólo en características externas. También en la situación económica que heredamos, el capital social familiar, la formación cultural, el nivel educacional, el ambiente natural y social, la edad, sexo, grado de proclividad a la enfermedad física o mental, habilidades físicas e intelectuales, talentos, grados de empatía, disposiciones, voluntad, estados de ánimo, estructuras de personalidad, ingresos, patrones de consumo, estilos de vida, conjunto de opiniones, valores, actitudes, comportamiento político, prestigio social, bienestar, patrones de fertilidad, patrones de mortalidad, etc.

Asimismo, muchos de estos elementos adquiridos culturalmente pueden ser desiguales y, en la práctica, son muy difíciles de equiparar sin una ingeniería social dictatorial, porque ello requeriría eliminar la influencia cultural de la familia en la socialización de los hijos. Por ejemplo, los padres con mayor capital cultural proveen un ambiente más propicio al desarrollo de sus hijos; y la estabilidad emocional y psicológica de los padres repercute sobre el desarrollo de la personalidad de los hijos. En definitiva, los padres transmiten a sus hijos no sólo sus ventajas o desventajas genéticas, sino también su patrimonio, su capital cultural y sus redes sociales, entre otros.

Estas diferencias tienen un componente que es biológico-genético; otro que es cultural -entendiendo por ello el conjunto de influencias históricas y sociales- y uno que es mero producto del azar.

De hecho, la pluralidad y la diversidad, incluida la desigualdad en muchas de sus formas, son elementos constitutivos esenciales de la sociedad moderna basada en la libertad y la autonomía de los individuos, y son valoradas como manifestaciones enriquecedoras de la vida social y como garantía de la libertad de las personas.

El economista y filósofo indio contemporáneo Amartya Sen sostiene en "Inequality revisited" que cualquier discusión sobre la desigualdad debe partir por la constatación de las desigualdades iniciales. Al proponer planes igualitaristas se debe poder determinar igualdad de qué y en qué esfera la buscamos: ¿De derechos?, ¿Ante la ley?, ¿De ingresos?, ¿De bienestar?, ¿De acceso al consumo? Y añade que es preciso medir las consecuencias que tiene la elección de igualdad en una esfera determinada sobre la igualdad en las otras esferas. El logro de un tipo de igualdad muchas veces es incompatible con el logro de otra. Del mismo modo, la idea de que imponiendo políticas pro igualdad en un ámbito vamos a tener necesariamente una sociedad más igualitaria, ciertamente no es un axioma ni tampoco lo comprueba la historia, porque muchas veces lo que resulta es una sociedad más desigual y más amarga. Por ejemplo, la igualdad de oportunidades puede llevar a grandes desigualdades de ingresos, pero puede ser más justa además de más eficiente que la imposición forzosa de la igualdad material, porque la igualdad de logros sólo puede alcanzarse limitando la igualdad de oportunidades de los más capaces. Dice Sen textualmente: "La retórica respecto a la igualdad debe reconciliarse con esta diversidad arraigada. La demanda por igualdad substantiva puede ser muy compleja cuando debe superar una desigualdad de hecho anterior grande". Esto, porque la única forma de igualar es suprimiendo el potencial de los más capacitados, lo que evidentemente requiere de muy severas medidas de coacción para lograrse.

El problema de la desigualdad es más complejo porque, como se ha dicho, hay distintos tipos y diferentes modos de medirla; y de acuerdo al parámetro que se adopte, los resultados son muy diversos.

Es más, las desigualdades hoy se dan en niveles de bienestar material y prosperidad muy superiores a los existentes hace 30 o 40 años y esto es relevante. Ello, porque es la indigencia y la miseria lo que priva a las personas de la posibilidad de ejercer su autonomía y de exigir su igual dignidad. Una vez alcanzado un cierto nivel de bienestar material, los individuos adquieren conciencia de sus derechos, mayores grados de independencia y una igualdad subjetiva que los transforma en iguales frente "al otro".

Por otra parte, existen desigualdades de naturalezas distintas, que tienen diferente legitimidad. La que nace de una correlación entre esfuerzo, mérito y recompensas es moralmente distinta a aquella otra que nace de privilegios, ya sea que estos provengan del nacimiento, de los gobiernos o de la desigualdad ante la ley. Por otra parte, no todas las desigualdades son siempre síntomas de fenómenos negativos. ¿Es posible afirmar que la desigualdad de los ingresos que se origina en la existencia de mejores niveles educacionales entre las generaciones más jóvenes es realmente mala? ¿No es acaso la inversión en capital humano buena en sí misma, porque aumenta la productividad (y en consecuencia los ingresos de aquellos con más calificaciones), aunque ello aumente la brecha entre quienes ganan más y quienes ganan menos? Por el contrario, ¿no es negativa, inconveniente e injusta la desigualdad que resulta de un mal sistema educacional?

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