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Homenaje Un libro con diversas miradas a su obra:

Mario Góngora como pensador de la cultura

domingo, 12 de noviembre de 2017

Juan Rodríguez M.
Pensamiento
El Mercurio

Quiso comprender su época. Por eso reflexionó sobre la sociedad de masas y la noción de Estado en Chile. Autores que van de la historia a la filosofía, de Gabriel Salazar a Joaquín Fermandois, se reúnen en "Mario Góngora: El diálogo continúa...", un libro que rescata al crítico, al ensayista.



Cuando Gabriel Salazar entró a estudiar historia en el Pedagógico, se encontró con una galería de maestros. "Y entre ellos, por cierto, don Mario Góngora (1915-1985), que indudablemente fue el profesor que más me marcó". ¿Por qué? Porque "iba construyendo un pensamiento histórico, no solo a partir de los documentos que tenía delante, sino de una enorme masa bibliográfica que manejaba en su cabeza de lector absolutamente empedernido", escribe Salazar, en "Mario Góngora: El diálogo continúa..." (Historia Chilena), un libro editado por el magíster en Literatura de la U. de Chile Gonzalo Geraldo y el licenciado en Historia de la U. Metropolitana de Ciencias de la Educación Juan Carlos Vergara.

Ambos organizaron, en 2014, unas jornadas de discusión sobre Góngora, cuyo segundo momento es este libro, en el que se reúnen las ponencias. Reconocen en Mario Góngora, según escriben en la introducción, "la figura del intelectual, del pensador, del 'ensayista', se diría -pensando en una tradición que en Chile contó con escritores como Martín Cerda, Luis Oyarzún o Ricardo Latcham-, la del que hace de su disciplina el intento por dar a sus preocupaciones político-culturales la forma de un diagnóstico de época".

Historia social

La pretensión es leer a Góngora más allá de la "revisión historiográfica especializada y fragmentaria", o sea, "como pensador de la cultura". Por eso el libro incluye nombres que vienen de la historiografía, claro, pero también desde la teoría literaria y la filosofía. Y desde la izquierda a la derecha, o tal vez más allá de ese binomio. Fuera de los editores y de Gabriel Salazar, son parte del libro los historiadores Joaquín Fermandois, Diego González, Alfredo Jocelyn-Holt, Erwin Robertson, Alejandro San Francisco y Aldo Yávar; el ensayista Renato Carmona y los filósofos Cristóbal Durán, Marcos García de la Huerta, Hugo Herrera (autor del prólogo) y Rodrigo Karmy.

En su artículo, Salazar destaca a Góngora como ese modelo de historiador que mira los procesos y no se queda solo en los datos. Su principal aporte a la historiografía chilena fue su "intento por interpretar, construir una visión hermenéutica de los hechos y las situaciones que iba encontrando en la investigación". Además, lo reconoce como uno de los precursores de la historia social. "Mario Góngora -escribe- abrió una ruta enorme para superar esa etapa en que solamente a uno le enviaban a los archivos a copiar y copiar documentos para los profesores".

Para Alfredo Jocelyn-Holt, Góngora es un intelectual antes que un historiador. Entre sus constantes identifica el "ensayismo" y el "eclecticismo" y, por eso, su oposición al positivismo y a las historias generales decimonónicas: "Oposición que da cuenta de por qué, en parte, su gran libro terminara siendo un 'mero ensayo', visto desde los prejuicios reinantes en su época e incluso hoy", dice.

"La mente de Góngora se despliega de muchas maneras, con intensidad y profundidad persistentes", anota Hugo Herrera. "Tradicionalista, conservador, comunista, nietzscheano, spengleriano, meineckeano, nacionalista, antiliberal, antipositivista; todas esas notas permiten dar cuenta de algún aspecto de su pensamiento".

Existencia común

A la enumeración que hace Herrera podemos agregar elementos, y todavía será incompleta: San Agustín, Santo Tomás, Pascal, Herder, Hölderlin, Schelling, Burke, Tolstoi, Dostoievski, Jaspers, Ortega y Gasset, Bloy, Heidegger, Karl Schmitt, Alberto Edwards, el padre Lacunza... O sea, Góngora fue un católico cercano al milenarismo y al lefebvrismo, contrario al Concilio Vaticano II. Bebió del romanticismo alemán para criticar la modernidad y su progresismo, y en ese contexto, a la democracia liberal y a la cultura de masas. Buscó una posición más allá de la polaridad socialismo-liberalismo.

Esas rutas confluyeron en su gran apuesta crítica: "Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile durante los siglos XIX y XX" (1981). Una obra que, además de tener éxito, generó y sigue generando debate, según muestra Alejandro San Francisco. Allí, Góngora plantea su polémica y a veces esotérica tesis de que en Chile el "Estado es la matriz de la nacionalidad". "El Estado es para Góngora un modo de ser, una forma de existencia en común", explica Herrera. Por eso, el autor cuestiona el giro antiestatista que tomó la dictadura, a la que en un principio apoyó: "Inicialmente cautivado por los cantos de sirena portalianos de la dictadura, Góngora salió pronto del engaño, justamente a raíz de la reforma neoliberal del Estado", escribe Marcos García de la Huerta.

El diagnóstico local se fundamenta en uno global: Góngora lamenta la absolutización de la técnica en el mundo contemporáneo, pues dejaría de lado los aspectos misteriosos de la experiencia. El nacionalismo de Góngora, dice Joaquín Fermandois, se articula con su tradicionalismo. Y tradición es para nuestro intelectual -son sus palabras- "el acervo de narraciones, de ideas, de sentimientos, de actitudes, cargadas de valor, que reposan en un consenso colectivo y que determinan creencias, pensamientos, sensibilidad de un pueblo o una cultura entera".

Diego González Cañete hace notar, sin embargo, que en Góngora no hay un programa político ni una guía de acción. "Góngora integra a Chile en un conjunto total de la cultura occidental y añora, más que un espíritu propiamente chileno, un valor común a la cultura cristiana, perdido irremisiblemente tras el triunfo de las democracias liberales y el capitalismo".

Rodrigo Karmy lee el "Ensayo..." "como una teología política de corte apocalíptico ". Su oposición a las tendencias liberales y marxistas que definen la época, "se resuelve en una fórmula apocalíptica al trazar el diagnóstico de una crisis, del fin de un modo de ser del Estado". Góngora hace filosofía de la historia, se erige como juez del tiempo histórico. El "historiador asume la función de diagnosticar la crisis del Estado, salvando al Estado y condenando al neoliberalismo".

Teología y vanguardia

Es "la crónica de una derrota anunciada", escribe García de la Huerta, quien ve en Góngora la renovación de una antigua idea: "El 'Estado creador de la nación', traduce una vieja concepción de la política que la identifica con el gobierno del Estado". "La verdadera historia será la crónica del 'Estado orgánico', la que magnifica a los protagonistas del relato y deja en penumbra (...) a la nación anónima. El 'Estado matriz' de la nación da la espalda al demos y reproduce el carácter autocrático del Estado colonial", dice García de la Huerta.

Para Jocelyn-Holt, el rechazo al pensamiento decimonónico coloca a Góngora en una postura vanguardista, pues quiere superar ese siglo, ser su antítesis. Vanguardista y, podemos agregar, fallida. O para decirlo con Fermandois: "Tenía como cierta simpatía por las causas perdidas, porque sentía que la resistencia a la modernidad es algo un poco perdido".

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