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La evolución del desempleo es lo que ha copado la atención en los últimos años, pero el tema que hoy comienza a preocupar a los analistas es la caída en la tasa de ocupación, que en el caso de los hombres viene registrándose desde 1992, cuando llegaba al 72,3% promedio y en 2006 se reduce a 68,3%, según datos elaborados a partir de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica (Casen).
Rosanna Costa, directora del Programa Económico del Instituto Libertad y Desarrollo (LyD), revisó el comportamiento de esta variable por quintiles de ingreso, comprobando que la situación se da con mayor fuerza en el quintil de menores ingresos de la población, en el que el porcentaje de hombres en edad de trabajar que están ocupados y que forman parte del 20% de los hogares más pobres es menor al de antes.
En este quintil, la tasa de ocupación había llegado al 63,4% en 1992 y fue descendiendo hasta llegar a 50,8% en 2006. Situación que no se explica por el ciclo económico, que es el mismo para todos los quintiles. Y ocurre que en el segundo quintil la evolución es decreciente hasta el año 2000, y luego comienza a repuntar entre 2000 y 2003. En tanto, en el quintil de mayores ingresos, la tasa de ocupación sube desde el 75,6% en 1992, al 77,8% en 2006.
Si la preocupación es la equidad, dice Costa, lo primero que tendría que hacerse es tratar de cerrar esta brecha que se está ampliando entre los ocupados del grupo más pobre y el quintil de mayores ingresos. Su percepción es que difícilmente los hombres que están en los hogares más pobres no estén ocupados porque no quieren trabajar.
No hay una respuesta técnica ni modelos econométricos de causalidad para explicar esta situación. Costa no descarta que haya efectos de cambios de tecnología, pero lo que importa es la constatación de que el mercado laboral está generando menor ocupación a quienes se debiera tratar de dar más empleo y que, además, tienen una baja calificación.
En su opinión, la caída en la tasa de ocupación de los hombres es consistente con la hipótesis de que los salarios en ese segmento están por sobre la productividad. Eso ejerce presión en los costos laborales, y las oportunidades de empleo se dan entonces con mayor dificultad.
De modo que medidas que aumenten los costos o la rigidez en el mercado laboral, que lleven a la informalidad y a perder empleo, pueden afectar a los grupos a los cuales se quiere proteger, dice la economista.
Por otra parte, las mujeres en Chile tienen una baja participación en el mercado laboral, en torno al 40%, contra niveles superiores a 60% en los países industrializados. Con todo, la tasa de ocupación en las mujeres subió desde 30,5% en 1992 a 38,9% en 2006, y aumenta en todos los quintiles de ingreso, fenómeno que debería continuar.