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La caída de tvn

viernes, 27 de octubre de 2017

Rodrigo Munizaga
TV
El Mercurio




Cuando en 2004 el entonces director ejecutivo de TVN, Daniel Fernández, daba la bienvenida a la primera teleserie nocturna ("Ídolos") y decidía programarla de lunes a jueves en segunda franja nocturna, no solo le estaba quitando variedad a la programación del canal público, sino que también firmaba una sentencia: desde ese momento, la estación dependería de las telenovelas vespertinas y nocturnas para su éxito. Un año después, el director Vicente Sabatini fracasaba con "Los Capo", la televisora registraba inéditas pérdidas por más de dos mil millones de pesos y la directora María Eugenia Rencoret triunfaba con la nocturna "Los treinta" y se consagraba como ejecutiva clave.
En televisión todas las decisiones repercuten. Tarde o temprano. Cuando a fines de 2013 a Rencoret le tocó renegociar su contrato, un torpe "gallito" entre el entonces director ejecutivo, Mauro Valdés, y el presidente del directorio, Mikel Uriarte, terminó con la ejecutiva renunciando, llevándose a Mega a 70 personas junto a ella. Uriarte, que tenía una pugna de poder con Valdés, cuestionaba cada decisión, y al directorio no le pareció ni el sueldo ni las condiciones del contrato de Rencoret. La partida de la ejecutiva, que se había vuelto imprescindible por culpa de Fernández y Valdés, marca el inicio del fin para TVN. El canal, que ya había iniciado la cuesta abajo, derechamente se fue a pique con su partida y la de su equipo, hasta llegar a la situación de hoy, en que el canal depende de la capitalización por 47 millones de dólares de parte del gobierno -cuya discusión en el Senado se aplazó para el 7 de noviembre- para salvarse de la bancarrota.
Por cierto, la responsabilidad no está solo en empoderar y luego en dejar partir a Rencoret. También contribuyó a la debacle que en 2010 Canal 13 levantara a varios ejecutivos (David Belmar, Jorge Cabezas y Luis Hernán Browne), quienes se fueron con todo el know how a la competencia, dejando descabezada a parte de la plana mayor del canal estatal. Tampoco ayudó que pusieran directores de programación que tomaron malas decisiones: María Elena Wood, Marcelo Bravo, Nicolás Acuña y Eugenio García. Este último, en dos años de gestión, terminó de destruir la marca del matinal (con una seguidilla de cambios y rostros) y dio luz verde a numerosos espacios que fracasaron, porque era televisión anticuada, anichada o de mala factura ("Once comida", "Colegas", "Match", "Por ti"). Con él, TVN terminó de perder puntos de rating y, peor aún, relevancia. La permanencia de García, extendida de modo incomprensible, fue validada por la ex ejecutiva Alicia Hidalgo y por el directorio, siempre atento a opinar, pero que esta vez hizo vista gorda. Parte del mismo directorio que hace cuatro años se negó a traer a Jaime de Aguirre como director ejecutivo, y que este año visó su nombre para ocupar ese mismo puesto.
El dinero del Estado es de doble filo para el canal: por un lado, lo salva momentáneamente de una posible quiebra, pero por otro lado lo compromete. La estación, que no se financia "con el dinero de todos los chilenos", como creen muchos, ahora sí podría recibir presiones respecto a lo que se debe programar y lo que no. Entonces surge la duda razonable: ¿vale la pena mantener un canal público, al menos del modo en el que lo conocemos hoy? Obligado a ganar dinero, a competir con dos canales de grandes empresarios y otro de un conglomerado internacional, a hacer teleseries con la mitad del presupuesto de Mega para atraer público y a programar series chilenas de calidad como "Ramona", los sábados a las 22.30 -el peor día y hora de la semana-, porque en otro horario sería arrasada por la competencia.
En esa lucha feroz por el rating, un canal público no debería participar. Pero tampoco le sirve programar series chilenas que terminan marcando 5 puntos de sintonía -como ocurrió hace poco con "62: Historia de un Mundial"-, porque solo profundiza su problema económico. Cómo mezclar entretención y calidad fue una encrucijada que la estación supo bien equilibrar en los 90. Hoy urge encontrar una fórmula similar, pero en versión siglo XXI, que permita darle una nueva vida y sentido al canal público.

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