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Silvio Caiozzi y Guadalupe Bornand

La película de sus vidas

martes, 24 de octubre de 2017

Por Claudia Guzmán V.
Entrevista
El Mercurio

Vivieron un amor furtivo que el rodaje de "La luna en el espejo" sacó a la luz. La recién premiada "Y de pronto el amanecer" los enfrentó a la muerte y al deseo de dejar el país. Tras 35 años juntos, el destacado realizador y su directora de arte cuentan su historia de amor.



Fotografías: Sergio Alfonso López.

Iba por la Kennedy a toda velocidad, la aguja del velocímetro estaba a punto de llegar a los 180 km/h y en su mente desfilaban las imágenes de la historia de amor de su vida, que amenazaban con llegar a un triste final. Silvio Caiozzi, el director que lanzó el cine chileno al mundo, protagonizaba un filme del género menos afín a su sensibilidad:

-Era una película de terror. Horrible, terrible -dice recordando esa jornada de agosto, cuatro años atrás, cuando le informaron que su esposa, la directora de arte Guadalupe Bornand, había sufrido un infarto cerebral. Sentado en un sitial de su casa en Lo Barnechea, Silvio se encoge en su lugar, hunde las manos entre las piernas y refugia la mirada en su pecho. Tras un largo suspiro, retoma sin poder ocultar las lágrimas que le causa recordar:

-Pensé que se iba a morir. Uno se imagina lo peor -continúa relatando con tensión en sus brazos, como si volviera a manejar-. Llegué justo a tiempo para ponerme detrás de la ambulancia donde iban ella y mi hija, Valentina. Íbamos rápido, yo los seguía y veía que de pronto bajaban la velocidad, que se detenían... Y de pronto la ambulancia se paró. Yo decía ¡por qué, por qué se paró!... Y ahí mi hija me dijo al teléfono que era por los dolores. Que Lupe, inconsciente, gritaba tanto por el movimiento que habían decidido estabilizarla antes de continuar.

A su lado está Guadalupe, tomando un mate y escuchando el relato de quien ha sido su pareja por 35 años, con serenidad. Encoge los hombros y cuenta:

-Yo, la verdad, no me acuerdo de nada. Solo sé que me iba a meter a la ducha y que me vino un dolor de cabeza muy, pero muy fuerte acá atrás -dice, llevándose la mano a la nuca-. Tiré el toallón al suelo y me arrastré hasta descolgar la bata de Silvio. Alcancé a pegar el grito y, como estaba empelota, me tapé bien.

Esa mañana el director de piezas claves de la filmografía nacional -"Julio comienza en Julio", "La luna en el espejo"- y su compañera desde la dirección de arte pusieron una pausa obligada e indefinida en "Y de pronto el amanecer", la película que supuestamente comenzarían a rodar apenas dos semanas después.

Lupe estuvo dos meses internada en la clínica, sus hijas montaron un campamento en el lobby del lugar y Silvio dejó las cámaras hasta que su mujer recobró la conciencia y pudo volver a ponerse de pie:

-La filmé cuando volvió a caminar. ¿Cómo no iba a filmar el milagro -dice él, con devoción?.

"Y de pronto el amanecer" tuvo que ser filmada casi un año después, solo cuando tras la convalecencia la pareja estuvo de nuevo lista para partir a rodar -su quinto largometraje en conjunto- a Chiloé.

La cinta recién fue estrenada en septiembre pasado, como parte de la competencia oficial del Festival de Cine de Montreal, y lo ganó, llevándose el Gran Premio de las Américas a la Mejor Película. Es el segundo filme chileno que se impone en los principales festivales cinematográficos del mundo -después de "Taxi para 3", de Orlando Lübbert, en San Sebastián-; por lejos el mayor logro de un largometraje local. Y suma para Caiozzi una nueva presea en ese circuito, tras la Copa Volpi que se llevó "La luna en el espejo" (1990) en Venecia y el galardón a Mejor Director, también en Montreal, para "Coronación" (2000).

Esa noche del 4 de septiembre, arriba del escenario canadiense, dando saltos de alegría en medio de una ovación del público, que se mezclaba con los gritos de "¡Tata! ¡Tata! ¡Tata!" del nieto que comparten con Guadalupe, Silvio sintió que esta historia llegaba a un feliz final.
 
Amores tras el espejo

Silvio Caiozzi (73) y Guadalupe Bornand (64) se conocieron en medio de la grabación de "Historia de un roble solo" (1982), una producción del Ictus protagonizada por Nissim Sharim y Delfina Guzmán. En la ficción, los protagonistas son un par de menesterosos pensionistas que, en medio de la crisis económica, deciden casarse cuando él logra demostrar que es dueño de una propiedad. Puro sentido de la practicidad.

-Nuestra historia es más bien una teleserie -compara el director-. Los dos estábamos casados entonces; yo en segundas nupcias, con dos hijos del primer matrimonio y dos más de mi matrimonio de entonces.

-Yo también tenía dos -sus hijas junto al también director de cine Joaquín Eyzaguirre-. Entonces, la situación no era nada fácil. Más aún porque en la película estaba la Delfina, que era nada menos que mi suegra.

-Pero los dos estábamos con problemas en nuestros respectivos matrimonios, y las cosas se empezaron a dar -dice él.

Como buen cineasta, Silvio recuerda una imagen: la de una joven asistente enfundada en una jardinera de gabardina roja que hacía todo funcionar. Ella atesoró la impresión que le produjo este talentoso director que se movía por los pasillos, recreando los diálogos y movimientos de los personajes que los actores iban a interpretar.

-¿Sabes lo que me terminó de enamorar? -le pregunta él-. Cuando te escuché cantar "Gracias a la vida". Ahí yo dije "esto es". Era una interpretación que no había escuchado nunca. Yo decía qué manera de cantar, qué vida más linda debe tener... Y claro, después descubrí que la que tenía más problemas en la vida era justo ella. Y así y todo, cantaba así. Ahí, morí.

-¿Ah, sí? Eso no me lo habías contado nunca -le dice Lupe sorprendida. Ella, huérfana de madre desde los seis años, con un padre que lidió con el alcoholismo y la inestabilidad laboral, fue criada por una hermana mayor. Estudió Pedagogía en Música y dio clases en colegios, hasta que descubrió en el Ictus que lo suyo era la dirección de arte de los filmes.

Silvio y Guadalupe mantuvieron su relación a escondidas, hasta que en 1985, cuando comenzó el rodaje de "La luna en el espejo", el secreto se acabó. En medio del rodaje de esa historia de José Donoso, en la que un anciano montaba un juego de espejos al interior de su casa para no perder su vista al mar y, de paso, impedir la relación de amor de su hijo solterón con una vecina, fue que el romance de la vida real se evidenció:

-Como nos íbamos a rodar un tiempo a Valparaíso, le fui a dejar las niñitas a mi papá, que estaba en la playa -recuerda Lupe-. Ahí le dije: "Papá, esta es mi situación: me enamoré de otra persona". Y él me dijo, "está bien". No hubo problemas, lo entendió. Fíjate, tú.

-Es que él era un hombre muy claro, muy racional -dice Silvio-. Además, ya todo iba a ser muy evidente, porque a la casa a la que nos fuimos a vivir con el equipo, solo tenían pieza la Gloria (Münchmeyer), Rafael (Benavente) y nosotros.

Entonces, entre mate y mate, Lupe comienza a sonreír y le cuenta a Silvio un detalle que él nunca supo del inicio de la relación.

-Al comienzo yo te cambiaba el nombre -revela-. Porque, claro, cuando uno se separa, uno se separa diciendo que no hay nadie más, ¿no? Entonces, la primera vez que salimos con las niñitas y fuimos al sur, yo les dije que te llamabas "tío Francisco". Y todo estaba muy bien hasta que un día apareciste en el diario, y ellas dijeron delante de su papá: "¡El tío Francisco!". Ahí fue cuando mi ex marido se enteró.

Silvio y Lupe comienzan a reír. Y él recuerda:

-Cuando ya nos fuimos a vivir juntos, con las hijas de Lupe, estábamos preparándonos para filmar un comercial de desodorante, donde había una bailarina que agradecía al público.

-Rexona ballet -aporta ella.

Y Silvio sigue, sin dejar de sonreír:

-Nunca me voy a olvidar la cara que tenían las niñitas cuando descubrieron a este nuevo papá haciendo pasos de bailarina de tutú.

Silvio Caiozzi y Guadalupe Bornand se casaron en abril de 1991, un año después de que "La luna en el espejo" consiguiera el primer galardón internacional para el cine local, la Copa Volpi a Mejor Actriz para Gloria Münchmeyer. Recordando ese logro, la actriz describió hace unos días en estas páginas por que todo el mérito de ese premio ella se lo daba al director. Dijo que la experiencia actoral de trabajar en cine significaba una entrega total a la mirada del realizador.

-Ella dijo que el cine era casi un acto de enamoramiento con el director...

Lupe contesta en seco:

-Yo me di cuenta.

-¿Hay celos entre ustedes?

-Es terrible, terrible -se queja Silvio.

-Pero no soy de las que ando pintando el mono-define ella-. Lo que pasa es que por su manera de ser, por lo apasionado que es, termina por ser seductor.

Más tarde Lupe agregará que Silvio también es obsesivo y que le cuesta reconocer cuando no tiene la razón. Él contraatacará diciendo que en ella, que ha decorado esta casa de Lo Barnechea con cientos de candados, llaves y letreros antiguos rescatados de anticuarios y mercados persas del mundo, hay mucha más obsesión.

-La gran diferencia es que mi obsesión es dentro de la cabeza y la de ella es con las manos -explicará el realizador, recordándole el frío día de invierno en que llegaron a la casa, hace 30 años, cuando ella pasó horas tapizando los muros con sus colecciones antes de siquiera pensar en amoblar.

-Es que es una forma de organizar mi cabeza -le explica ella-. Hacer cosas mecánicas me ayuda a despejarme, porque, en general, los cambios me ponen mal. Me cuestan. Y esa vez era bastante obvio. El cambio de casa, los candados y las llaves tenían que ver con una necesidad de cerrar.
 
El pago de Chile

Hace 30 años, Lupe y Silvio también tuvieron a Valentina, completando siete hijos entre los de ella y los de él. La joven egresada de la Escuela Moderna de Música también tiene un rol destacado en "Y de pronto el amanecer": está a cargo de la música que acompaña el tema central de Luis Advis y, además, comparte créditos en la dirección de arte con su mamá. Ella les dio a Julián, el nieto de un año y medio que, cuentan sus abuelos, se pone a gritar "¡Tata!" cada vez que escucha aplausos como los de esa noche de septiembre pasado en Montreal.

Ha pasado más de un mes desde el triunfo y la dupla Caiozzi-Bornand reconoce sentir una cierta desazón por la falta de reconocimiento que el logro ha tenido en su propio país a nivel institucional.

-Lamentablemente este país está lleno de gente muy envidiosa -dice el director-. Y ha pasado en toda la historia de Chile. No es conmigo no más. La gente de más éxito artístico, sobre todo al final, termina yéndose de Chile. Desde Gabriela Mistral, siguiendo por Nicanor Parra, Claudio Arrau, Huidobro. ¿Te fijas? Aquí hay un problema cultural serio.

-¿Ustedes también han pensado en irse?

-Sí, yo le dije que nos fuéramos -dice Lupe-. Cuando empezamos a tener problemas con esta película, le dije que nos fuéramos a Italia. Me gusta allá porque, pese a todo el despelote de los italianos, tienen una gracia: que son expresivos. Tú puedes saber qué es lo que les pasa, qué es lo que están pensando; porque te lo dicen. Acá no. Acá te miran, te sonríen...

-Se toman la foto contigo, y por detrás...-completa Silvio, haciendo el ademán de agarrar un puñal.

No son pocos lo ejemplos que Silvio y Lupe pueden dar sobre cómo han sentido la falta de apoyo a "Y de pronto el amanecer". Cuentan que el filme postuló tres veces a ser financiado por el Fondo Nacional que otorga el Ministerio de Cultura y que, incluso siendo finalista, fue descartada por "no estar al nivel de la obra literaria original".

-Y no hay una obra literaria original -alega el director, sobre la ficción que mezcla ideas originales con personajes sacados de varios relatos del escritor Jaime Casas-. Solo obtuvimos fondos de Cultura gracias a que nos asociamos con un productor regional, y él postuló. También nos pidieron que estrenáramos la película en el Festival de La Habana, y yo dije que no, que quería partir con un festival Clase A, como Montreal. Y mira si es que no tenía razón.

-Encuentro tan injusto que lo traten de esta manera -se queja Lupe-. Dificulto que haya alguien que haya trabajado y que haya peleado más durante tantos años para lograr cosas para el cine chileno, como su ley. Este es un país que yo considero que no quiere a su gente, que no quiere a sus talentos. Si los pueden tirar al suelo, los tiran.

Lupe se enoja, prende un cigarro bajo la mirada de desaprobación de su marido, preocupado de que el hábito de fumar traiga otro infarto cerebral. Él dice:

-Cuando Lupe se siente herida por alguien o por algo, se ensimisma en ese dolor. Y puede pasar mucho tiempo y no olvida ni perdona. Muchas veces empieza a angustiarse internamente, y eso le hace mal. Yo, en cambio, no me puedo callar.

Lupe se conmueve, apaga el cigarro, y declara:

-Sentir que tienes al lado a una persona que es así, que dice lo que siente, que no miente ni me ha mentido, es una sensación maravillosa. Y creo que es lo que me mantiene enamorada hasta hoy.
 
La edad de la memoria

A cuatro años del episodio, Lupe no tiene secuelas visibles de su infarto cerebral, pero sí tiene algunos problemas de equilibrio, que llevaron a Silvio a acondicionar la casa con barras y manillas para su seguridad.

-Así y todo, ella fue a la filmación cuando pudimos retomar, y aguantó casi los dos meses allá (Chiloé)-dice el director-. Había que ver qué era peor, que fuera o que se quedara encerrada acá con la preocupación.

-Y fue mejor -opina ella-, porque solo estando allá se me ocurrieron cosas locas, como hacer un ataúd con tejuelas de las casas para una escena de funeral.

Aunque la ficción protagonizada por Julio Jung llegará a las salas solo el segundo trimestre de 2018, ambos suponen cuán hondo calará el relato de un periodista maduro que decide volver a su pueblo natal, para escribir relatos que le ayudan a descubrir cuántos de sus recuerdos eran reales y cuántos eran pura fantasía infantil, rabia adolescente o ímpetu juvenil. Silvio aclara que las más de 3 horas de película no están construidas sobre la base de flashbacks, sino que sobre esa bella pero engañosa realidad que solo la memoria puede dibujar. Una dimensión que permite a un hijo de sepulturero alcohólico e india mapuche convertirse en poeta, escribiendo epitafios para las tumbas clandestinas de los combatientes del Golpe Militar.

La pareja ya piensa en próximos proyectos.

-Me ha interesado el tema del alzhéimer -dice Lupe-. Descubrir el mundo en que cada uno se refugia al final. Hay mundos tan distintos, algunos aterradores y violentos, y otros tan divertidos, como el de la mamá de un amigo que cree que se casó con un maharajá y se la pasa regalando joyas y pañuelos. Me interesa descubrir cuál es el lugar en que cada persona se va a refugiar cuando no haya conciencia ya.

-Cómo cuando tú estabas en la clínica -le dice Silvio-, que viajabas por el mundo. Pedías que fuéramos a comprar empanadas en calle Florida (Buenos Aires) o nos mandabas a comprar a la Quinta Avenida (Nueva York).

-¿Cómo ha sido el proceso de envejecer juntos?

-Bonito -dice él-. Muchas veces hemos comentado que no tenemos mayores ganas de volver atrás y ser jóvenes otra vez.

Lupe dice sin nostalgia:

-Ni siquiera las ganas de volver a tener la energía de la juventud se comparan con todo lo que te dan los años juntos, el conocerse y, a la vez, darse cuenta de que siempre tienes la posibilidad de ir descubriendo nuevas cosas; porque uno va cambiando, y estar ahí para descubrirlo es maravilloso. Mientras uno siga despertando cada día, sabiendo que eso va a ser así, es lo mejor que a uno le puede pasar. *


"Este país está lleno de gente muy envidiosa. Y ha pasado en toda la historia de Chile. No es conmigo no más. La gente de más éxito artístico, sobre todo al final, termina yéndose de Chile", dice Caiozzi.

Sobre el infarto cerebral que sufrió Lupe hace cuatro años, Silvio Caiozzi dice: "Pensé que se iba a morir. Uno se imagina lo peor".

"Encuentro tan injusto que traten a Silvio de esta manera. Este es un país que no quiere a su gente, a sus talentos. Si los pueden tirar al suelo, los tiran", dice Lupe.

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