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Carlos Peña y las bondades del dinero y el mercado

domingo, 22 de octubre de 2017

El Mercurio
Daniel Swinburn y Juan Rodríguez M.

Entrevista | Una defensa de la modernización chilena:

Carlos Peña recuerda que en 1993 el entonces Presidente Patricio Aylwin fue invitado a la inauguración de un mall . Era el primer gobierno de la transición chilena, ese período -en palabras del rector de la Universidad Diego Portales- que "siguió a la dictadura que había llevado a cabo la revolución capitalista". Aylwin rechazó la invitación: "Nunca he ido ni pondré un pie en un mall ", dijo. "Lo encuentro [...] una ostentación de consumismo".

"El Presidente Aylwin, así como millones de personas de su generación, resistía, pero al mismo tiempo impulsaba, la expansión del consumo que el mall representaba", escribe Peña en las primeras líneas de su nuevo libro, "Lo que el dinero sí puede comprar" (Taurus), que llegará a las librerías la próxima semana. "Veinte años más tarde Chile se había convertido en uno de los países de la región con más metros cuadrados de mall por habitante".

En este nuevo ensayo, Peña desarrolla una de sus ideas fuerza: que y por qué el malestar y felicidad que sentimos los chilenos es "un rasgo persistente de la modernización de Chile". O sea, el autor expone y discute el lugar que ocupan el dinero y el mercado en la sociedad contemporánea, y lo hace a través de una excursión que nos lleva desde Aristóteles a Baudrillard, pasando por Rousseau, Kant, Nietzsche, Hayek y Zizek, entre otros autores.

Al preguntarle por razones que lo motivaron a escribir el libro, Peña responde: "Ejerzo una forma del periodismo y soy, además, profesor universitario: escribo entonces para dispersar ideas, alimentar el diálogo en la esfera pública y contribuir de esa forma a una mejor comprensión de lo que somos".

Una ilusión adolescente

El título de la obra es un guiño polémico al libro "Lo que el dinero no puede comprar", de Michael Sandel. Allí el filósofo estadounidense critica en un plano moral las limitaciones del mercado, pues, dice, hay cosas que el dinero no puede comprar sin corromperlas. "A Sandel le parece, por ejemplo, que vender el puesto en una cola es inmoral o darle dinero a un niño para que lea a Dickens pervierte la lectura. Todo eso es banal y revela poca confianza en Dickens. Sandel olvida que hasta el siglo XVII, la regla general en las sociedades humanas es que el estatus y la posición social están atadas a cosas que el dinero no podía comprar. Ese no era un mundo moralmente mejor (es de esperar que a Sandel no se le ocurra abogar por volver a ese tiempo). Desde la forma de vestir a la comensalidad -es cosa de recordar las leyes suntuarias que rigieron hasta entrado el XVII-, siempre estuvieron más allá del dinero. El estatus siempre estuvo atado a las cosas, y en la medida que estas no se podían comprar, el estatus se veía como un eslabón en la "gran cadena del Ser". Todo eso acabó con el dinero y el mercado. El dinero tiene la virtud (como explican desde Simmel a Luhmann) de desanclar las relaciones sociales y permitir que las posiciones sociales dependan también del desempeño y se independicen de la servidumbre personal. Esto lo vio muy bien Tocqueville cuando dijo que el dinero y el mercado no suprimen las clases, pero las desprovee de subjetividad y de destino".

Peña cree, singularmente en el caso chileno, que no se ha puesto suficiente atención en lo que sí ha hecho posible el dinero y el mercado. El libro, explica en la introducción: "No se ocupa de los defectos de justicia que esas instituciones puedan acarrear cuando se las deja entregadas a sí mismas, sino que se detiene en la significación antropológica y sociológica que poseen".

-En el debate público chileno, ¿hay déficit de información sobre el funcionamiento del dinero y del mercado ?

"Hay algo de eso, sin duda. El mercado, el dinero y otros fenómenos modernos siempre han desatado reacciones ambivalentes. Es cosa de leer a Rousseau (y antes, a Aristóteles) para darse cuenta cuán viejas son las quejas que provocan. Rousseau, y siglos después Marcuse, creyeron que el dinero y el mercado nos apartaban de nuestra verdadera naturaleza, que nos inoculaban necesidades falsas, que desataban en nosotros una pasión innecesaria. En cambio, otros como Simmel, Hayek o Miller sugieren otra cosa. Simmel y Miller piensan que la economía monetaria crea espacios de libertad subjetiva. Hayek o Dworkin, a su vez, piensan que el mercado y el dinero permiten que se exprese nuestra individualidad, que cada uno pueda perseguir sus fines y cooperar con otros sin rendirlos. Para quienes creen que la libertad se relaciona con la posibilidad de perseguir fines propios, apetecer cosas distintas y querer alcanzarlas, no cabe duda que el mercado y el dinero son imprescindibles para eso. Sin ellos, si la sociedad fuera como una escena pastoril, habría más abrigo emocional, pero también habría menos posibilidades que cada uno persiguiera lo que, conforme a su discernimiento, es la mejor vida para él. Habría, en suma, menos libertad".

Peña observa que los chilenos estamos molestos y felices con nuestra modernidad. Y que algunas críticas al capitalismo, el dinero y el mercado son simplistas. ¿No hay algo más, algo atendible detrás del desasosiego y de las críticas al "modelo"?

"Sugeriría distinguir entre el "modelo" y el mercado y la economía monetaria, que son cosas distintas. O, como prefiere Polanyi, uno de los autores que el libro examina, una cosa es la "sociedad de mercado" (la utopía de una sociedad donde el mercado lo regula todo) y otra el mercado y el dinero como instituciones que favorecen la libertad individual y son el reverso indispensable de la democracia. Uno de los defectos del debate en Chile consiste en una falacia frecuente: afirmar que quien subraya las ventajas del mercado es partidario de lo que Polanyi llamaba una "sociedad de mercado". Esa es una trampa retórica. Ahora bien, ¿produce el mercado una estela inevitable de malestar? Por supuesto: da libertad, pero también nos deja más solos; crea un ámbito de subjetividad e invita a diseñar la propia vida, pero también deteriora los grupos de pertenencia que nos abrigan y confieren consuelo (la iglesia, el barrio); premia el desempeño más que otros arreglos sociales, pero también nos amenaza con el fracaso. Esa es la modernidad desde sus inicios: una dialéctica de progreso y libertad, por una parte, y desilusión y frustración, por la otra. Y la mala noticia es que usted no puede tomar solo la parte buena del fenómeno y desechar la mala. Creer eso es una ilusión adolescente o, lo que es casi lo mismo, religiosa".

Entonces, el malestar es moderno. Pero, dice Peña, "sería bueno recordar que la crítica al dinero suele estar acompañada, con igual o más entusiasmo, del deseo de tenerlo. Y es que la relación con el dinero y el consumo es ambigua. El dinero tiene, por eso, algo de lo que el psicoanálisis llama lo abyecto: produce a la vez goce y repulsión". No es solo que la modernidad perturbe nuestra tranquilidad, también alimenta una nostalgia, más o menos mítica, por el pasado: "La modernidad siempre se vive (desde Rousseau) gozando de la autonomía que proporciona y, al mismo tiempo, con la sensación de que ella nos ha hecho abandonar una comunidad, una "arcádica vida de pastores en la que reinaría un acuerdo perfecto" (la frase es de Kant); un estado donde estaríamos liberados del agobio de inventarnos, aliviados de la pesada carga de sobrellevar la propia vida sin poder delegarla en un colectivo. ¿Acaso no hay algo de eso en el malestar del Chile de hoy: la creencia de que si miramos hacia atrás encontraremos un momento de integración y de justicia que abandonamos? Pero sabemos que en el pasado no hubo nada de eso. El inevitable malestar con la modernidad se alimenta de esa fantasía según la cual habríamos dejado atrás un mundo al que valdría la pena volver".

-¿Tiene solución este malestar?

"No tiene solución. Raymond Aron sugirió alguna vez que la modernidad era una dialéctica de progreso y desilusión. Y hoy sabemos que tenía razón. Como el Dr. Johnson le dijo a Boswell: "la vida humana no es un progreso de satisfacción en satisfacción, sino de deseo en deseo". Cuando alcanzamos un objetivo es solo para descubrir que no era exactamente ese el que anhelábamos. Y sobreviene la frustración. Es lo que suele llamarse la paradoja de la abundancia: las sociedades se ponen inquietas y se desasosiegan cuando aparentemente mejor están. Y, claro, esto se relaciona con la estructura del deseo humano, tal como enseña el psicoanálisis: el deseo humano es un vacío que nos mueve, pero que es imposible de colmar. En este sentido, las utopías políticas y religiosas, y también el consumo, se explican por ese deseo. O hay consumo o hay utopía".

-Recurriendo a George Perec, Baudrillard, Marx y Luhmann, usted muestra el valor subjetivo y simbólico que tienen los objetos que consumimos. ¿Qué razones explican este fetichismo?

"Bueno, son razones que han sido explicadas desde Veblen a Baudrillard. La gente no consume para satisfacer necesidades materiales, lo hace buscando distinguirse, editarse a sí misma. El consumo no tiene que ver con el valor de uso de las cosas, con la satisfacción de lo que llamaríamos necesidades naturales, sino con la diferencia que proveen, con su valor simbólico. El mejor ejemplo es la moda o el discurso publicitario. La gente no consume cosas, consume diferencias, distinciones. Los miles de personas que, cuando salga esta entrevista, en vez de ir a misa preferirán pasear por el mall mirando vitrinas, no buscan satisfacer una necesidad material: buscan un signo, algo al que atribuyen un aura, una cosa que les permita distinguirse a sí misma o distinguir a aquellos a quienes ama. Con algo de exageración, David Miller dice, por eso, que "el amor se hace en los malls" . Los seres humanos somos consumidores, por naturaleza, de signos, de distinciones, de diferencias. El consumo es una experiencia también de dignidad, la experiencia de ser un sujeto que elige, que se elige. Quienes desprecian el consumo o son religiosos o han olvidado que el origen que esgrimen para sí se fundó también en una distinción adquirida en la posesión de cosas".

El origen del fascismo

Peña hace un contrapunto interesante entre un defensor del mercado, Friedrich Hayek, y un detractor, Karl Polanyi. Mientras este habla de la "sociedad de mercado" como una falacia economicista, el primero se refiere al socialismo como la falacia constructivista. "Esa controversia es de los capítulos más interesantes en la historia de las ideas -explica Peña-. Ambos nacen en el Imperio Austrohúngaro, Polanyi en Budapest y Hayek en Viena, y ambos escriben libros decisivos el mismo año -1944-, buscando responder una pregunta: ¿cuál es la causa del fascismo, del abandono de la libertad? Sin embargo, divergen en las respuestas. Polanyi piensa que la causa del fascismo y del autoritarismo es la utopía del mercado autorregulado que habría imperado entre el siglo XVIII y el XIX. Cuando todo se convirtió en mercancía -explica Polanyi en su obra "La gran transformación"-, los seres humanos perdieron los vínculos que los unían y abandonados, solitarios, se entregaron a los brazos del fascismo. La "sociedad de mercado", la expresión que usa Polanyi, sería la causa de los peores males, un molino satánico, dice, que destruye todo lo valioso de lo humano. La falacia economicista -confundir la economía con el intercambio de mercado- sería la causa de la pérdida de la libertad".

-¿Y Hayek?

"Hayek, en cambio, en "Camino de servidumbre" hace el diagnóstico exactamente opuesto. La causa, dice él, es la creencia de que el orden social se puede diseñar desde una sola voluntad que con racionalidad omnisciente podría despejar el sufrimiento y la injusticia, que serían sinónimos de la falta de libertad. Hayek piensa que el fascismo y el socialismo comparten esa misma y errada convicción: la idea de que una conducción racional desde un centro podría acabar con la necesidad y hacernos libres. Esa convicción, dice, es el inicio de un camino de servidumbre (el título de su obra está tomado de Tocqueville). Llama a eso falacia constructivista. Es notable como estos dos intelectuales se plantean el mismo problema y lo resuelven de maneras tan distintas".

-¿A quién se siente más cercano?

"La historia ya ha revelado, me parece, que de esas dos falacias, la constructivista es la más peligrosa y la más incompatible con la libertad y la democracia".

-Según dice en su libro, las "minorías históricamente privilegiadas" ven en el consumismo "simple mal gusto y ordinariez", y los "intelectuales progresistas o creyentes" tienden a coincidir en su distancia frente al fenómeno. ¿La crítica al consumismo es clasista?

"Ante todo hay ignorancia (que espero el libro contribuya a corregir); pero también algo de clasismo. El clasismo consiste, a fin de cuentas, en afirmar la propia posición social pretendiendo que ella deriva de algo intemporal y no, como es obvio, de la misma posesión de cosas que ahora se critica. Los sectores que hoy arriscan la nariz frente a los malls prefieren las cosas viejas, porque en ellas se ha borrado la huella que denuncia su origen material, vulgar, innoble, que es el de todos".

-¿Qué cuestionamientos le haría al proceso modernizador chileno?

"A mí me parece que la principal crítica que puede dirigírsele es estar por debajo de los ideales normativos que esgrime para legitimarse. El capitalismo descansa sobre la idea de que los recursos que usted obtiene deben ser proporcionales a su esfuerzo. El ideal meritocrático es el ideal capitalista por excelencia. Y en Chile, los únicos que se han tomado en serio al capitalismo -como lo muestran sus reclamos por una educación igualitaria- son los jóvenes, ¡los verdaderos capitalistas de hoy! El desafío de Chile es poner a sus instituciones -desde el sistema político al educativo- a la altura de los ideales normativos que hoy alimentan la cultura. Esos ideales exigen distinguir entre desigualdades merecidas, las que son producto del esfuerzo, e inmerecidas, aquellas que solo se deben a la cuna".

-¿Cómo se puede distinguir entre ambos tipos de igualdad? ¿Cómo evaluar si alguien merece lo que tiene?

"No se trata de juzgar individualmente quién merece lo que tiene (cada uno es un testigo insobornable de su propia trayectoria). Esa es una cuestión moral. La cuestión política hoy es diseñar instituciones (la escuela y la universidad, entre ellas) que distribuyan recursos y prestigio atendiendo nada más que al desempeño de la gente y siendo ciegas a la cuna, la etnia, el origen social, la preferencia sexual. Esta es la importancia de una educación igualitaria e imparcial en la sociedad democrática. Igualar ciertos bienes básicos para legitimar la desigualdad -la estratificación- es el gran desafío de las sociedades modernas. Más que la igualdad a ultranza, se requiere diseñar las instituciones, la educación entre ellas, de manera de distinguir entre desigualdades merecidas e inmerecidas".

Hijos del dinero

Ya fue dicho, para Peña uno de los bienes morales que trae el mercado es el desanclaje de las relaciones sociales. Siguiendo a Luhmann, muestra que cuando el dinero funciona como un medio de comunicación simbólicamente generalizado, "la relación social ya no requiere un vínculo entre dos identidades personales", no existe ese vínculo social que reúne "a las personas en una unidad global".

-¿No se puede identificar a la élite política, social y económica chilena como un grupo socialmente vinculado, incluso a nivel personal?

"Tengo la impresión de que cada vez más los grupos dominantes en Chile son plutocráticos, hijos del dinero. Eso, si no hace más justa la estructura social, sin duda la flexibiliza. Y esos grupos lo saben, por eso buscan adscripciones religiosas o vincularse con instituciones culturales para transmutar ese origen en aura intemporal, lejos del dinero. La afirmación de Luhmann se cumple perfectamente: el mercado no requiere comunicación y es difícil que discrimine. La discriminación se produce mediante otros dispositivos, como la comensalidad, la endogamia".

-Volvamos a la idea fuerza de su libro, la ambivalencia propia de la modernidad. "Esa misma ambivalencia es la que se muestra cuando se compara el mercado con la otra gran institución moderna: la política democrática", escribe. ¿La democracia es como el mercado?

"La democracia y el mercado tienen algo en común: son un esfuerzo de autonomía, intentos de que las personas puedan guiar su vida personal conforme a su propio discernimiento. El mercado lo hace mediante la cooperación entre personas que no requieren comunicarse ni discutir los fines que persiguen; la democracia lo hace mediante el diálogo imparcial, procurando de esa forma que para exigirnos una determinada conducta, esgrimamos razones admisibles. Ambas, mercado y democracia, son imprescindibles para hacer justicia a los seres humanos que somos, como dijo Kant, socialmente insociables; nos relacionamos y cooperamos, pero cada uno guarda para sí un ámbito insobornable de individualidad. Los seres humanos no somos un conjunto de peces viviendo en un compacto arrecife de coral; tampoco islas que no se comunican entre sí. Es mejor concebir la vida en común como un archipiélago que permita la cooperación y el diálogo, pero a la vez, el individualismo y la soledad indispensables para la libertad".

""La democracia y el mercado tienen algo en común: son un esfuerzo de autonomía".

""El mercado es difícil que discrimine. La discriminación se produce mediante otros dispositivos, como la endogamia".

""...instituciones ciegas a la cuna, la etnia, el origen social, la preferencia sexual. Esta es la importancia de una educación igualitaria e imparcial".

""¿Produce el mercado una estela de malestar? Por supuesto: da libertad, pero también nos deja más solos".

""Las utopías políticas y religiosas, y también el consumo, se explican por ese deseo. O hay consumo o hay utopía".

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