Fondos Mutuos
A inicios de agosto de 1981, Rodrigo Lira supo de un encuentro llamado Elementos para Interpretación de la Historia de Chile 1920-1970, que se realizaría en la Corporación de Investigaciones para el Desarrollo (Cinde). Se trataba de un encuentro organizado por la oposición a la dictadura para ensayar una futura libertad. Se iban a reunir políticos e intelectuales y una de las mesas le llamó la atención: bajo el lema Cultura y Sociedad se reuniría el 26 de agosto buena parte de la oficialidad literaria de la época. De Nicanor Parra a Francisco Coloane, todas las estrellas estarían ahí. Su blanco predilecto. Con más o menos suerte, Lira llevaba unos cinco años asomándose por el circuito de lecturas de poesía, perfeccionado su estrategia estética hasta hacerla inequívoca: parodiar la vida literaria chilena como una manera de ser parte de ella Eran sus últimos días. Lira tenía 31 años y llegaría con calculada precisión solo a los primeros minutos de los 32. Exactamente a cuatro meses de "mandarse a cambiar", como había anunciado medio en broma y medio en serio en uno de sus poemas, Lira estaba en el Cinde esperando el momento preciso para saltar a escena. Corrían los últimos días de una época. Hacía poco años en Chile se vivía un despertar cultural tras el apagón al que obligó el Golpe Estado de 1973. Era un despertar silencioso, visible en señales muy particulares dadas por agrupaciones universitarias, colectivos plásticos, recitales literarios, dos o tres revistas y uno que otro libro. Era el primer latido de una oposición y también de la última vanguardia local: el lenguaje artístico más incisivo de la dictadura fue esquivo y experimental. De ese tráfico, salió Rodrigo Lira, un poeta con alma de actor y de naturaleza iconoclasta. Un manipulador del lenguaje, ligeramente desequilibrado que, a su pesar, cultivó una vida de leyenda al margen de cualquier grupo. De modo que aquel 26 de agosto de 1981 Lira estaba en el Cinde para desarrollar la única intervención que hizo junto a un efímero colectivo llamado Chamico. Roberto Merino era uno de sus cinco integrantes, y llegó hasta el lugar con una radio Philips que debía ser clave para el plan. La calidad de las pilas del equipo lo preocupaba un poco, y estaba en eso cuando escuchó que alguien le pedía un cigarrillo: el hombre que estaba sentado a su lado, José Piñera, el ex diplomático democratacristiano y padre del futuro Presidente de Chile, quería fumar. Decir que Chamico era un grupo sería exagerado. Era más bien una broma interna. Rodrigo había tenido la idea de Chamico como una jugarreta que citaba en clave irónica a La Mandrágora, los legendarios surrealistas chilenos de la generación del 38 que se enfrentaron al imperio de Pablo Neruda y perdieron. Los Chamico también eran poetas y su nombre también provenía de una planta alucinógena. Ahí terminaban los parecidos: no profesaban ningún credo, no tenían un enemigo literario, no tenían nada que perder. Y Lira era el ideólogo solitario de una banda inexistente. Pero ahí estaban. En medio del público que abarrotó la sala del Cinde, Merino se mantenía en un segundo plano con la radio Philips entre las piernas. Antonio de la Fuente, algo incómodo, se escondía detrás de una cámara fotográfica, camuflado en su rol de editor de la revista La Bicicleta. Menos vergonzosos, Juan Pablo Broussein, Federico Cordovez y José Manuel García esperaban el momento indicado para calzarse narices de payaso y tirar challas por la sala. Lira había llegado antes que todos y estaba ansioso. Venía trabajando en el acto desde hacía semanas. Pero los datos que manejaba debieron ser confusos, pues organizó la intervención de Chamico en torno a la presencia de Braulio Arenas, uno de los dos miembros vivos de La Mandrágora -el otro era Enrique Gómez Correa- y, por esos días, escritor afín al régimen militar: un nombre que jamás hubiera podido estar en una cita de la oposición. El plan de Rodrigo era sencillo: repetir el acto que había puesto a los surrealistas chilenos en el mapa de la guerrilla literaria chilena. Joda, homenaje y denuncia. En julio de 1940, la plana mayor de los mandragóricos -Arenas, Gómez Correa y Teófilo Cid- interrumpió un discurso de Neruda en la Casa Central de la Universidad de Chile. Arenas fue atrevido: le arrebató el texto al poeta de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" y lo rompió en pedazos. Lira iba a ser más discreto: solo planeaba detener la intervención de Arenas para entregar un documento. Pero, obviamente, Arenas no apareció por el Cinde. Tampoco llegó al encuentro el poeta Eduardo Anguita, elegido por Rodrigo como el blanco de reemplazo del golpe de Chamico cuando entendió que Arenas no iba a estar. Ni siquiera estuvo Enrique Lafourcade, quien, junto al crítico Ignacio Valente, era mencionado en el documento / manifiesto que se distribuiría en la performance . El mundo del Cinde era otro: "El mundo oficial de la disidencia literaria", en palabras de Merino. Políticamente, el acento era democratacristiano y algo radical: entre otros, estaban Hernán Godoy, Edgardo Boeninger y José Joaquín Brunner, los últimos hombres claves del retorno a la democracia en los 90. "Comprensión, respeto mutuo y tolerancia", reinaron en el seminario, según el presidente del Cinde, Carlos Martínez Sotomayor. Los intelectuales y jóvenes llegaron para ver en acción a los escritores, y llegaron en masa: "Incluso escuchaban asomados desde el patio por una ventana", reportó la periodista Ana María Foxley para la revista Hoy. Esa tarde, en la mesa titulada Cultura y Sociedad, hablaron Jorge Edwards, Nicanor Parra, José Donoso, Pedro Lastra, Martín Cerda, Luis Sánchez Latorre, Adriana Valdés, Francisco Coloane, Cristián Huneeus, Guillermo Blanco y Raúl Zurita. La intervención fue probablemente el último gran esfuerzo de producción creativa de Rodrigo, que a esas alturas llevaba escrito una enorme cantidad de poemas, que solo serían publicados póstumamente en Proyecto de obras completas (1984). Se tomó especialmente en serio la embestida de Chamico. Entre sus papeles están los rastros: notas sobre el seminario del Cinde, apuntes con el plan de la irrupción y, paso a paso, la elaboración del saturado collage que distribuyó esa tarde. Una declaración de principios: incluía citas a textos de La Mandrágora, informaciones sobre la planta del chamico y múltiples referencias al mundo de los escritores que había recopilado durante una semana. Había trabajado como un poseso, y en el Cinde estaba sobrio. Alerta. Fue él quien dio la partida para el asalto. No le importó que sus blancos principales, Arenas o Anguita, no estuvieran ahí. Pasadas las ocho de la noche, después de que Zurita, Parra y Lihn se enfrentaran discutiendo sobre la dicotomía vida-literatura, se dio paso a las preguntas del público y Rodrigo entró en escena metiendo ruido con un pito. "¡Acción de arte!", gritó Jorge Edwards, con una sonrisa. Brussein, Cordovez y García se sumaron al ruido con cornetas y lanzando challas, mientras Merino, en el fondo, le daba play a la radio Phillips y empezaba a sonar el grupo Banco del Mutuo Soccorso. A sonar mal: las malditas pilas. El editor y poeta David Turkeltaub no pidió permiso y la apagó de un manotazo. Lira, entonces, procedió a entregar personalmente a cada uno de los que participaban en la mesa una copia del collage mientras, con modos teatrales, explicaba qué era. Incluido 32 años después en el libro Declaración jurada (2006), el collage , en una primera mirada, no es mucho más que una lámina de imágenes difusas, desordenadas. Después se ve que se trata de un puzzle de textos y fotografías, complejo y contingente, no siempre comprensible. Lleva un membrete donde se lee Edición Especial, recortado de la revista Hoy, y Lira parodia, cita y parafrasea a la poesía chilena que orbita en torno al surrealismo, al tiempo que la pone en tensión con el acontecer cultural del momento. Aparece el trasero desnudo de la Chica Bravo de marzo de 1981 junto a los retratos de Braulio Arenas, Lafourcade y Lihn, y se incluye un "gran concurso gran" que remite a una reciente encuesta en la que la Revista del Domingo, de El Mercurio, preguntaba por el personaje más pesado de Chile. Chamico buscaba al más simpático: se ven los rostros de Ignacio Valente, del sacerdote Raúl Hasbún y, de nuevo, de Lafourcade. Una foto tomada por Antonio de La Fuente registra a José Joaquín Brunner mientras revisa el collag e, a Edgardo Boeninger mientras espera de brazos cruzados, algo incómodo, y a Andrés Sanfuentes cuando observa la escena entre risas. La ensayista Adriana Valdés, que por ese entonces trabajaba en Naciones Unidas, sentada junto a Pedro Lastra, sonríe nerviosa: esa frágil instancia de debate público, la primera entre escritores y políticos que ella misma se había esforzado en organizar, de pronto era amenazada por uno de los suyos. En la imagen, Lira se dispone a entregarle una lámina a Nicanor Parra, quien espera con una mueca inquieta. El debut de Chamico terminó rápido. Fue un chispazo de poca pólvora. A Lihn, que conocía tan bien a Rodrigo, la situación le molestó. A la mayoría se le olvidó rápido, pero les gustó a unos pocos. Entre estos últimos estuvo José Donoso, que había vuelto hacía un año a Chile y estaba buscando nuevas energías. Cuando todo terminó se acercó a los Chamico y en tono pedagógico les planteó que la cosa no había resultado. "Es que ustedes no son de la generación de la serpentina", les dijo. Cordovez respondió: "No, somos de la generación de las bombas molotov". Siguieron hablando hasta que la esposa de Donoso pasó a buscarlo en un auto en el que también estaba Mario Vargas Llosa. Dos días después, Lira se topó con Zurita, quien a la salida de una exposición se le acercó para decirle: "Cuando hay que dejar la cagá se deja la cagá". Fue su forma de menospreciar su jugueteo. Puede que tuviera algo de razón: Lira y compañía ni siquiera fueron capaces de lanzar bien las challas. No pasó de una irrupción amateur , algo infantil, no especialmente clara en sus intenciones, que fue recibida con indiferencia y desconcierto. Ahí no había espacio para aguafiestas ni para chistositos. El mismo Rodrigo se dio cuenta de inmediato. Tuvo una intuición: quizás realmente debería haber dejado la cagá. Haber desatado el caos. Se lo dijo a Merino horas después de la performance : "Quizás debería haber cortado los teléfonos, haber cerrado las puertas con candados y cortarme unas venas en la frente para que mi rostro se cubriera de sangre. Debería haber hecho una huevá así". Cuatro meses después dejó correr la sangre. El 26 de diciembre de 1981, el día en que cumplía 32 años, se suicidó. Llenó la tina de agua caliente, se metió dentro y se cortó las venas de ambos brazos. Se hizo varios cortes más en el cuello y el rostro. El certificado de defunción dice que murió de anemia aguda. Estaba en su departamento, en el 22 de Grecia 907. No era la primera vez que lo intentaba en una vida en la que se mezclaron la brumosa desesperanza, la exaltación arrebatadora y la obsesión creativa. Una tormenta perfecta que lo llevaría al naufragio y, también, a la leyenda. Cuatro meses antes de morir, Lira irrumpió en un seminario que reunió a toda la oficialidad literaria de los 80. Como era su costumbre, no pidió permiso.