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Crítica de Arte | C.C. de Las Condes, Galería La Sala y MAC Quinta Normal:

Nuevos Couve y manejos de la luz

domingo, 15 de octubre de 2017

Waldemar Sommer
Críticas
El Mercurio




Después de la corta pausa de fiestas patrias, vuelve a animarse el panorama de exposiciones. El Centro Cultural de Las Condes revela algunas obras no exhibidas de Adolfo Couve (1940-1998). Hallamos nueve dibujos suyos sin color -crayón o tinta china, ejecutados a los 19 años y antes de iniciar estudios universitarios. Ya demuestran su sentido innato de la composición, el gusto por la levedad formal, su gracia una pizca irónica. El temprano óleo con el rostro huidizo de "Martita" (1960) quizá hasta podría considerarse una declaración de amor. También a través de la fugacidad identificativa, la novedosa "Melliza" (1964) de medio cuerpo ostenta una poderosa solidez constructiva, en medio de un entorno abstraído geométricamente; allí, las flores blancas y el arabesco negro de la silla introducen el detalle lírico. Del año siguiente, "Mancha de barro" marca una de las cumbres plásticas del Couve pintor. Influido por el gran Burchard, vuelve protagónico ahí al amplio vacío, transfigurando con dramático refinamiento una escena doméstica de exterior. Bajo similar paradigma encontramos dos primicias con igual temática pictórica: cual visión de sueño, el bonito y monocromo -si bien con toques sutiles de rojo- "Florero" (también de 1965), y la preciosa "Taza" (1967), irradiación de luz dentro de un contrapunto cromático vigoroso. Por el contrario, la acuarela "Circo" nos parece poco significativa, en comparación con los ejemplares restantes de la misma serie no mostrados.

De nuevo la geometría compositiva, aunque ahora más compleja y mejor integrada al relato, retorna en "Joven leyendo" (1972). Su estructura marcada por el ángulo recto fluye gustosa dentro del lirismo y la perspectiva genuina de este óleo sobre lienzo. Por un momento nos conduce al mundo de Ximena Cristi. Entre los paisajes expuestos, el flamante de 1987, con sus colores y formas que se disuelven en una especie de bruma, obliga al espectador a indagar detalles reconocibles en busca de la realidad tangible.

La luz, como adquisición más reciente entre los materiales hoy en uso, une a Alejandro Siña y a Gonzalo Sánchez en Galería La Sala. La amplia trayectoria de Siña se impone. Sus esbeltos tubos luminosos de cromatismo radiante saben crear combinaciones abstractas con líneas rectas u onduladas. Ambas formas de neón se manifiestan ya estáticas sobre el plinto negro, ya móviles y lineales, colgando desde lo alto. Se trata de agrupaciones de una limpieza y simplicidad capaces de provocar hermosas interacciones multicolores, cuyo dinamismo va variando según la ubicación física del observador. Sánchez participa, por su parte, mediante una instalación que incluye el ruido muy cercano de aguas. Sin embargo, el difícil equilibrio que exige de sus integrantes este tipo de obras no está correctamente solucionado. Así, el grueso montón de sal y la colocación de las ocho cajas menores de luz led, laterales y espejadas, se encuentran desequilibrados, sobre todo respecto de la desvencijada puerta abierta del centro. Ella, con sus espejos que multiplican la imagen rectangular -a la manera de Iván Navarro-, con la oscuridad casi visceral que la invade, se convierte el epicentro de interés del presente trabajo.

El Museo de Arte Contemporáneo de Quinta Normal abre un nuevo recinto de exhibiciones. Así, en el subterráneo, Francisco Sanfuentes nos propone una triple instalación basada también en la luz. Pero esta vez se trata de modestas ampolletas eléctricas que cuelgan y que de la mejor manera cumplen su cometido. Consta la obra de tres partes estrechamente unidas unas de otras. En medio de las tinieblas reinantes, las luces tenues permiten divisar en la sala inicial su alternancia con rectangulares planchas grabadas de acero, en un juego -dentro de lo que la arquitectura derruida del lugar lo permite- de salientes y entrantes. Una atmósfera en extremo inquietante se desprende del lugar. Opresión sería la palabra apta para calificarlo. El ámbito siguiente añade a las ampolletas colgantes que lo circunda una suerte de pesado horno de ladrillos metálicos. Con destrucción cabría asociar el sitio. El espacio final ofrece siete simples lápidas de desgastado metal sobre el suelo terroso; un tubo de neón alumbra apenas a cada una. Dentro del ambiente eminentemente mortuorio de la obra entera, este tramo parece un concluyente y dolido memorial.

Asimismo, el MAC de Matucana presenta los resultados de un concurso joven, en el que participaron varias universidades capitalinas. Cabría rescatar entre los numerosos concurrentes ciertos nombres promisorios: de la U. Finis Terrae, M. Trinidad Barros, con su interpretación tan atractiva del buey de Rembrandt, y el videofilme de Samuel Domínguez; Abigaíl Sáez, Sebastián Calfuqueo y Marcela Cayuqueo, los tres de la U. de Chile; Giselle Arias y Gabriela Holzapfel, de la U. Católica; Javier Silva, de la U. Metropolitana; Víctor Gómez, de la U. Diego Portales.

Adolfo Couve, imágenes inéditas

Obras que vale la pena ver

Lugar: Centro Cultural de Las Condes

Fecha: hasta el 28 de octubre

Artistas de la Luz

Trabajos luminosos, que reúne a Alejandro Siña con Gonzalo Sánchez

Lugar: Galería La Sala

Fecha: hasta el 29 de octubre

Trenodia

Ambiente trágico logrado por Francisco Sanfuentes, a través de una triple instalación

Lugar: subterráneo del MAC Quinta Normal

Fecha: hasta el 5 de noviembre.

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