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¿Y la reforma a la sala de clases?

miércoles, 11 de octubre de 2017

Ana María Raad Briz Gerente del Centro de Innovación en Educación Fundación Chile
Opinión
El Mercurio

"...debemos generar capacidades y mayor autonomía de decisión en los equipos directivos, adaptar el currículum a las demandas del siglo XXI...".



Si observamos una sala de clases actual en el país y la comparamos con una foto de hace cien años, probablemente no notaremos diferencias en términos de lo que pasa al interior de esta. Nos encontraremos con profesores, quienes la mayor parte del tiempo se paran en frente de la sala, hablan casi todo el período, con una presencia o autoridad muy vertical, mientras los estudiantes se mantienen en silencio, sentados en sus bancos, en actitud pasiva, recibiendo una cantidad de contenidos que con dificultad relacionan o aplican en su vida.

Sin embargo, el mundo de hoy no funciona así, y mientras la sala de clases parece haberse congelado en el tiempo, los espacios públicos, de trabajo, interacción, se han adaptado a los nuevos desafíos. Hoy la forma como trabajamos es cada vez más colaborativa, conectada, con necesidades tecnológicas y científicas más complejas y que requieren mayor creatividad. También participamos desde espacios más abiertos, inclusivos, donde el autoritarismo logra poco y la colaboración expande fronteras. Sin embargo, la sala de clases perpetúa dinámicas poco relevantes como repetir tareas, memorizar conceptos, analizar linealmente los problemas, resolver problemas que ya conocemos.

Sabemos que no es posible plantear cambios y mejoras en la calidad de la educación sin preocuparnos por los aspectos estructurales que facilitan esos cambios, como el hecho de contar con mejores profesores, asegurar la inclusión de todos los estudiantes o entregar la administración de las escuelas a entes mejor preparados (desmunicipalizar). Las reformas de los últimos años apuntan a estos ajustes estructurales, pero es urgente, junto con asegurar una buena implementación de estas, el acelerar y poner aún más foco en lo que está pasando al interior de la sala de clases, es decir, en el "qué" y "cómo" estamos educando.

Los jóvenes tienen clarísima su visión (planteada a través de la consulta regional a jóvenes impulsada por Unesco y Fundación Chile en 2016) acerca de "qué" quieren aprender. Ellos demandan conocer más sobre las ciencias de manera integrada, tecnologías, artes, cultura y formación ciudadana; además, están interesados en los idiomas y el emprendimiento. Es decir, un conocimiento que los conecte decididamente con el mundo que los rodea y les permita conjugar conocimiento con habilidades. Frente al "cómo", los jóvenes demandan metodologías prácticas, aplicadas, donde el estudiante sea protagonista de su propio aprendizaje y el profesor sea un facilitador de este proceso. Este desafío es mayor, porque significa finalmente avanzar en formas más activas y transformadoras como el trabajar por proyectos, indagar, experimentar, etcétera.

Sin duda, es el momento de reformar la sala de clases, inyectando mayores innovaciones sin miedo a abandonar prácticas comunes, pero con poco impacto en los aprendizajes. Para ello, es fundamental tomar decisiones a nivel de políticas y prácticas educativas basadas en lo que la evidencia nos muestra que sí funciona. No tenemos tiempo ni recursos para inventar ruedas o, peor aún, perdernos en el camino equivocado.

En ese sentido, lo que la evidencia internacional nos ha indicado, a través de un esfuerzo conjunto entre Fundación Chile y el BID al crear el primer laboratorio de evidencias educativas en la región (SUMMA), es que para cambiar lo que pasa al interior de la sala de clases debemos: generar capacidades y mayor autonomía de decisión en los equipos directivos, adaptar el currículum a las demandas del siglo XXI (más flexible, con foco en lo nuclear y que potencie habilidades como colaborar, pensar críticamente, creatividad, etcétera). Hay evidencia también sobre estrategias de enseñanza más efectivas, como es el poder dar una buena retroalimentación, o permitir que los estudiantes reflexionen sobre lo que están aprendiendo. Asimismo, es fundamental evaluar lo que es relevante hoy, es decir, medir nuevos conocimientos y las habilidades. En este sentido, el esfuerzo que se requiere no puede ser una labor únicamente del Estado, sino la articulación de un real ecosistema de organizaciones, esfuerzos, inversiones, que actúan y sostienen los cambios que necesitamos dentro del aula. Esa es la reforma pendiente.

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