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Jim Sano

Jim Sano El aventurero protector

domingo, 17 de septiembre de 2017


Reportaje
El Mercurio

De guardaparque a presidente de una empresa de viajes de aventura; de ahí a vicepresidente de una de las organizaciones de conservación más grandes del mundo: el estadounidense Jim Sano sabe muy bien lo que significa el cada vez más utilizado concepto "turismo sustentable". Aquí cuenta su historia: sus años viviendo en el famoso Parque Nacional Yosemite, sus expediciones al Everest y a las Islas Georgias del Sur y su actual rol en la World Wildlife Fund (WWF).



La vida de Jim Sano podría leerse como un libro dividido en tres capítulos: naturaleza, aventura y viajes y conservación. Biólogo de profesión, este estadounidense ha desarrollado su carrera profesional moviéndose entre esas temáticas, pasando de una a otra a veces por decisiones conscientes, a veces por motivos circunstanciales.

 Después de trabajar 14 años como guardaparque en el Parque Nacional Yosemite, en California, pasó a encabezar durante 23 años una empresa de viajes de aventura que organizaba travesías por los Himalayas y la Patagonia. Y ahora, hace cinco años, es el vicepresidente de Viajes, Turismo y Conservación de la organización internacional World Wildlife Fund (WWF).

"He tenido la oportunidad de viajar a muchos lugares en los siete continentes y frecuentemente me preguntan dónde me gustaría ir a continuación.

Yo suelo responder esa pregunta con dónde me gustaría volver. Y Aysén y Patagonia están en lo alto de esa lista", dice Jim Sano, de 63 años, sentado en un salón del Hotel Dreams de Coyhaique, luego de participar de la Conferencia Mundial de Turismo Sostenible, organizada por Sernatur (Sernatur.cl) y el Global Sustainable Tourism Council (GSTC; GstCouncil.org), que se realizó la semana pasada en esta ciudad.

Jim Sano sonríe cuando se le pregunta por sus días de guardaparque. También sonríe cuando recuerda su expedición al Everest en 1983 -cuyo objetivo era llevar a la primera mujer estadounidense al Techo del Mundo-, o la que hizo a las Islas Georgias del Sur en 2000, cuando realizó el primer cruce guiado de este lugar, siguiendo la ruta de Ernest Shackleton.

Sonríe también cuando habla de su actual trabajo en WWF y explica que él prefiere hablar más de "viajes de conservación" que de "turismo sustentable" (concepto que este año está más en boga que nunca ya que 2017 fue declarado por la ONU como el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo).

"Cuando viajas a un lugar, ¿prefieres que se refieran a ti como un turista o como un viajero? Como un viajero, por supuesto. Hay mucho bagaje negativo asociado con ser un turista. La palabra 'viaje' para mí refiere a que hay más responsabilidades de ir a un lugar y cuidarlo y, ojalá, entregar algo de vuelta. Y algo 'sustentable' tiene relación con 'mantener'.

 Yo quiero hacer más que mantener, en algunos casos, quiero mejorar las cosas", dice respecto a los programas de viaje que realiza el área de WWF donde trabaja.

De sus ya más de 30 años viajando por el mundo ha aprendido algunas lecciones. "El turismo puede ser una amenaza o una oportunidad para la conservación", dice en relación con sitios colapsados de visitantes, como Machu Picchu, Barcelona, Venecia o Angkor Wat, en Camboya.

"Hay que alcanzar un balance. En algunos lugares eso requiere poner límites y se requiere mucho coraje para ello, porque la industria de los viajes quiere crecer, los ministerios de turismo de los gobiernos quieren que sus números suban, y muchas veces también las comunidades así lo quieren", explica.

¿Qué hacer entonces? Jim Sano plantea que los viajes pueden usarse para crear incentivos para las comunidades locales, los gobiernos y el sector privado, lo que en definitiva ayudará a conservar sus recursos naturales y culturales. Para llegar a esa idea, cuenta Sano, primero tuvo que conocer de cerca los tres grandes capítulos de su vida: la naturaleza, el mundo de la aventura, los viajes y la conservación.

Capítulo 1.
En las montañas de Yosemite
Cuando Jim Sano era pequeño, sus padres, hijos de inmigrantes japoneses, lo llevaban frecuentemente a acampar. Uno de los parques que más visitaban era Yosemite. Esta experiencia lo hizo soñar con la idea de, algún día, convertirse en guardaparque. Mientras estudiaba biología postuló para trabajar en esa labor en los veranos y fue aceptado.

Jim Sano se convirtió así en el único guardaparque asiático-americano de Yosemite.

Si bien luego completó un magíster y trabajó en un laboratorio de biología marina, lo que siempre lo motivó fue el contacto con la naturaleza y, sobre todo, la escalada, que había aprendido en Yosemite. "Soñaba con ir a Nepal, Tíbet y Bután", recuerda Sano, quien poco a poco fue metiéndose más en ese mundo, conduciendo distintas expediciones de escalada en Estados Unidos y Asia.


La oportunidad se le presentó cuando obtuvo un permiso para ir finalmente al Everest en 1983. Sano tenía que pensar qué trabajo le permitiría ausentarse cuatro meses para llevar a cabo la expedición. "El único trabajo que me permitía hacer la expedición al Everest era ser guardaparque", explica. Así, junto con un grupo de guardaparques y otros escaladores de la zona partió finalmente al Techo del Mundo. La idea era probar una ruta difícil por la llamada Arista Oeste ("West Ridge"), por el paso Lho La. "Era una ruta muy técnica y larga", dice. Él fue el líder.

El objetivo era llevar por primera vez a la cumbre a una mujer estadounidense. Cuando ya estaban sobre los ocho mil metros se enfrentaron a dos tormentas, por lo que tuvieron que retroceder y no lograron llegar. De todas formas, sí lograron el récord de mayor altitud en la que había estado hasta entonces una estadounidense.

Al regreso, Jim Sano ya estaba dedicado por completo a Yosemite. Vivía en una cabaña en la zona de las tierras altas del parque. Los primeros dos años no tuvo electricidad, por lo que se alumbraba con una lámpara de keroseno y cocinaba en una cocina a leña. Además era parte del equipo de búsqueda y rescate del parque, que al año debía realizar unas 200 misiones.
 
Entre 1978 y 1986, Jim Sano realizó una importante labor: integró parte del equipo que delineó un nuevo plan de manejo del parque, en una época en la que el lugar recibía cuatro millones de personas anualmente.

Los visitantes eran tantos que se habían convertido en una amenaza para la conservación ambiental, sobre todo en la zona de Yosemite Valley, la más popular.

"Había una misión del Servicio de Parques Nacionales: preservar los recursos sin alteraciones y proveer el disfrute a los visitantes. Era un acto de equilibrio", explica Sano.

En ese momento, la balanza se estaba inclinando más hacia los daños que los beneficios. Por eso, Sano actuó como puente entre el Servicio de Parques Nacionales y otros agentes involucrados que querían proteger sus intereses, como agencias y organizaciones comunitarias.

En eso tuvo que enfrentar desde ecologistas que querían mantener el parque completamente preservado, hasta hoteleros, que querían seguir desarrollando infraestructura, y encontrar un punto medio.

 "Fue complicado pero también gratificante crear un plan que, por una parte, trataba de proteger los recursos naturales y por otra crear una experiencia de calidad para los visitantes", dice.

Capítulo 2
Rumbo a la Patagonia
La relación de Jim Sano con Yosemite terminó en 1986, cuando decidió casarse. Había conocido a Susan Buren unos años antes en un tour de esquí que lideró por la Sierra Nevada, una cordillera en el límite entre California y Nevada. Como ella era doctora de urgencia, el pequeño hospital de Yosemite no era bueno para su entrenamiento médico, por lo que vivir en el parque no era opción. "Dije 'Ok, estoy abierto a un cambio"', recuerda Sano. Fue así como se mudaron a la bahía de San Francisco.

Sano se puso en la búsqueda de trabajo y postuló a muchas partes, desde bancos a compañías de computación, ya que no había muchos puestos de guardaparque en San Francisco.

 Finalmente, por su experiencia escalando, entró a trabajar a Geographic Expeditions, una empresa de viajes de aventura a destinos remotos. La compañía se especializaba en los Himalayas (Nepal, Tíbet y Bután) y tenía solo siete empleados. El trabajo de Sano era hacer crecer la empresa.

 Tuvo que aprender de finanzas, leyes, marketing, gestión de personas. Era distinto a lo que estaba acostumbrado, pero a los dos años lo nombraron presidente de la compañía.

Con su mujer decidieron seguir haciendo algunos viajes de aventura (ella había sido la doctora de la expedición al Everest y de otras también), sobre todo antes de tener hijos. Fueron al Tíbet, a Japón, a la Patagonia, a Perú, Ecuador y África, e hicieron actividades outdoor desde escalada a descensos en kayak por ríos. Esos mismos viajes comenzó a ofrecerlos la empresa que dirigía, Geographic Expeditions.

 Con el tiempo, esta compañía llegó a tener 53 trabajadores y 500 guías alrededor del mundo.

Ya con innumerables viajes en el cuerpo, Sano tuvo dos hijos, quienes se sumaron a algunas de sus travesías, como una que hizo a las islas Galápagos. Pero su gran aventura ocurrió en el año 2000, cuando después de esperar una década el permiso del gobierno británico, pudo realizar el primer cruce guiado de las Islas Georgias del Sur, en el océano Atlántico.

"Era un lugar tan remoto, no había probabilidades de rescate. Pero no todo era nieve y hielo; la costa era una experiencia histórico-natural muy especial. Había grandes colonias de pingüinos rey, de 300 o 400 mil pájaros, sin absolutamente ningún miedo hacia uno", recuerda.

De a poco, Sano se había ido interesando no solo por recorrer sino también por proteger: "Mis días en el Servicio Nacional de Parques y también ir a estos viajes exploratorios me convencieron del valor de proteger estos lugares, algunos muy frágiles", dice hoy.

Capítulo 3
¿Turista o viajero?

Luego de 23 años a cargo de Geographic Expeditions, en 2012 la organización internacional World Wildlife Fund (WWF) contactó a Jim Sano para ofrecerle un nuevo trabajo: hacerse cargo de su programa de viajes. No era la primera vez que indagaba en estos temas: ya se había involucrado en organizaciones de conservación como Mono Lake Foundation, The Natural Step, Yosemite Restoration Trust y The Trust for Public Land.

 Lo había hecho no solo movido por las causas, sino también para generar un cambio: "Casi no había asiáticos involucrados en conservación en Estados Unidos, así que esperaba tener algo de influencia para que otros grupos étnicos se involucraran", dice.

Ese mismo año, Jim Sano se convirtió en el vicepresidente de Viajes, Turismo y Conservación de esta organización. Su desafío era diseñar aventuras que les mostraran a las personas la esencia de los lugares, y los comprometiera con hacer una diferencia. "Se trataba de usar las formas correctas de turismo como una herramienta de conservación", explica.

Para él, crear viajes de conservación tiene que ver con usarlos para generar incentivos para que comunidades locales, gobiernos y el sector privado se interese en la protección de sus recursos naturales y culturales.

Un ejemplo a seguir, explica, es Namibia, país africano donde, gracias a diversos programas de turismo comunitario, este concepto ha hecho una diferencia a escala nacional, pues ha eliminado la caza furtiva de elefantes y rinocerontes.

Otro país con iniciativas similares, según Sano, es Nepal, donde también ha disminuido la caza de elefantes en la zona de la jungla gracias a programas de turismo comunitario que busquen poner en valor sus atractivos naturales. "Son buenos ejemplos de cómo las formas correctas de turismo pueden mejorar la integridad de los recursos naturales y culturales.

Y esto a escala nacional. El sector público y privado deben trabajar juntos. No sirve solo construir un ecolodge bonito en el Amazonas, cuando la amenaza de la deforestación está en toda la selva".

El estadounidense dice que este tema es muy importante para países como Chile, donde los niveles de visitación todavía no son tan altos.

 "En vez de focalizarse en que lleguen más turistas, el esfuerzo se debe concentrar en la creación de un marco de acción que busque prevenir los problemas asociados al turismo excesivo, y no lidiar con ellos cuando ya estén presentes", explica Jim Sano, mirando por la ventana hacia las montañas nevadas de Coyhaique. "La prevención es la mejor medicina. Por eso, mi pasión ahora es proteger lugares como este".

 

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