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"El primer gran desafío fue que no estábamos seguros de si podríamos hacer un libro de esta magnitud sobre el Cabo de Hornos. Pero cuando empezamos a investigar, particularmente con el académico Ricardo Rossi, de la Universidad de Magallanes, comenzamos a descubrir un mundo riquísimo, más allá de lo conocido. Terminó siendo tal vez el mejor libro que hemos hecho. Ampliamos, eso sí, un poco el límite geográfico de la zona en estudio -por el norte en el cabo del Beagle y al sur en el Cabo de Hornos-, porque aunque eran los 400 años del descubrimiento del Cabo de Hornos, quisimos hacer un homenaje a sus habitantes más antiguos, el mundo yagán. No podíamos ignorar a esos navegantes fantásticos que hace seis mil años usaban canoas de corteza, logrando dominar esos mares. Hacemos, además, un guiño a la Antártica", cuenta a Artes y Letras Carlos Aldunate, director del Museo Chileno de Arte Precolombino, entidad que junto al Banco Santander publican este libro. El descubrimiento holandés, las temerarias travesías por ese mar, sus primeros habitantes, los estudios antropológicos, el sorprendente imaginario literario que surge de allí, son algunos de los distintos y seductores temas que abordan diversos autores en esta publicación de lujo, con numerosas fotografías de gran calidad. Donde se enfrentan los dos océanos Uno de los escritores, el contraalmirante de la Armada Nacional Ivo Brito Sánchez, parte por reproducir parte de la bitácora del descubrimiento holandés: "En la mañana estábamos cerca de la tierra del Oriente, era muy alta e irregular, le dimos el nombre de Staten Landt, y a la tierra del Oeste la llamamos Mauritius de Nassau. Sin duda, era el gran mar del sur, lo que nos puso muy contentos, porque habíamos encontrado un camino que hasta ese momento era desconocido". Registra la bitácora del Eendracht (Concordia), de la expedición de Le Maire y Schouten, el 25 de enero de 1616. El día 29 de ese mes, Le Maire da cuenta: "Después de mediodía vimos tierra al NNW, muy alta y blanca de nieve, y vimos dos cerros altos hacia el Weste. Especulamos que ahí terminaba la tierra alta, porque podíamos ver el final con buen tiempo, a los que el presidente, en honor a la ciudad Hoor, llamó "Kaap Hoorn" (traducido del holandés Cabo de Hornos). En esa ocasión -precisa Brito-, tanto Le Maire como su piloto, Cornelisz Schouten, dejaron establecido que: "... A través de un nuevo paisaje, que nos llevó desde el mar Grande (Atlántico) al mar del Sur (Pacífico), específicamente al sur y sobre el Estrecho de Magallanes y las islas vecinas y hasta la latitud de 58 grados y 58 minutos, los abajo firmantes declaran haber encontrado un muy amplio y espacioso mar, al sur y tierras e isla de América. Testificando que nunca hemos sabido que algún pueblo de Europa haya navegado o pasado a través de este paisaje". El Cabo de Hornos aparecía como la nueva ruta comercial hacia las Indias Orientales. La única vía marítima había sido, hasta entonces, el Estrecho de Magallanes. "Desde un punto de vista estratégico, facilitaba el acceso al océano Pacífico en comparación con el Estrecho de Magallanes, cuya travesía era aleatoria y estaba a merced de los vientos e incluía el riesgo de un naufragio", indica Brito. La ruta del Cabo de Hornos era despejada y abierta, pero "sujeta a los más fuertes temporales y a la presencia de vientos contrarios, que obligaban a efectuar severas boradas y desplazamientos de retorno". El descubrimiento causó gran revuelo en Europa . Y luego, un imparable envío de expediciones comerciales y científicas, integradas por temerarios navegantes portugueses, ingleses, holandeses, españoles y franceses, que desafiaban las condiciones donde se enfrentan los dos océanos más grandes de la tierra. El premio nacional de Historia Mateo Martinic cita a Willem Schouten, quien "comprueba que al sur se despliega, inmenso y bravío, un mar incógnito". Apunta que desde 1616 los siniestros suman unos 800 barcos perdidos con miles de tripulantes. "Esas aguas son las más temibles y peligrosas del planeta". El contraalmirante afirma: "Hoy es historia, tradición y mito la convención de que si se navega este cabo, otorga de manera tácita a comandantes, capitanes y tripulantes el codiciado rango de verdadero hombre de mar". Los audaces canoeros: Darwin rectifica Pero ese vasto territorio, de mares gélidos, había sido ocupado mucho antes de la llegada de los holandeses, por los yaganes. Los canoeros más australes del mundo, quienes andaban prácticamente desnudos, con una asombrosa adaptación al frío. Se volvieron también protagonistas de la polémica teoría de la evolución de las especies de Darwin. Aldunate comenta un aspecto muy sensible, cuando "Darwin describe, primero, a los fueguinos y yaganes, algo cegado por la teoría que estaba desarrollando, y dice que eran lo más primitivo que él había visto. Los ubica en una categoría símil a los animales. Los yaganes fueron llevados hasta París, incluso algunos murieron. Originarios de esa cultura y alacalufes fueron presentados en Inglaterra, como relata Cristóbal Marín en su investigación. Pero Rossi -puntualiza Aldunate-, en un segundo artículo en el libro, reivindica a Darwin: descubre una de sus cartas y unos pequeños artículos en los que el científico se arrepiente y dice que los yaganes "son muy inteligentes". Los arqueólogos Dominique Legoupil y Cristóbal Lira profundizan en esa cultura. Y relatan que "las mujeres yaganes remaban y buceaban en busca de mariscos, los niños se ocupaban de mantener el fuego y los hombres cazaban lobos marinos o delfines, con arpones provistos de una punta de hueso de ballena". Tenían numerosos instrumentos para la caza terrestre (arpones, flechas, arcos, hondas y trampas) y para la caza marina usaban lianas de pesca y arpas. Sobre la expedición de "La Romanche y la misión científica", Legoupil y Núñez-Regueiro destacan el diccionario yagán inglés de Thomas Bridges, en 1865. "Lo hizo a fuerza de pedirles a los nativos que le repitieran una y otra vez las palabras; por ejemplo, los cinco vocablos que tenían para decir nieve o los seis para nominar la playa. El idioma, de al menos 32 mil palabras, fue salvado". Aldunate subraya la enorme importancia del aporte de este misionero anglicano. Le tomó años de trabajo con los yaganes. "Es un diccionario extraordinario sobre la lengua yagán y nosotros, en antropología, creemos que el lenguaje resume toda la cultura de un pueblo". Marín, en tanto, reconstruyó los desconocidos y fascinantes pasos de Bridges en Inglaterra. En los años 20, el sacerdote, etnólogo y antropólogo Martín Gusinde y los investigadores John Cooper y Samuel Lothrop desarrollarían cruciales estudios sobre ese pueblo originario. Mientras, la arqueología ha logrado un conocimiento más profundo, a partir de los años 70. "Es la cultura sobre quienes existen más testimonios arqueológicos, en los conchales". Esa zona extrema cuenta, a su vez, con condiciones climáticas, biológicas y ecológicas únicas. El filósofo y ecólogo Ricardo Rozzi señala que tiene "las aguas más puras del planeta y es una de las últimas 24 regiones prístinas. Posee los bosques de mayor latitud del hemisferio sur, lo que toma relevancia ante el cambio climático global". Con esa misma afirmación parte el documento presentado ante la Unesco, para crear la Reserva de la Biósfera del Cabo de Hornos . Imaginario : Coloane, Taylor, Conrad En la actualidad, la artesanía yagán se recrea en algunos objetos. Los artesanos de la familia González Calderón mantienen las tradiciones. Don Martín -carpintero de ribera- es famoso por los arpones: ideó esa técnica al observar los arpones de hueso abandonados en las costas de Navarino. Pero son las pequeñas canoas artesanales yaganes las que despiertan más interés. "Se construían con corteza de coigüe de Magallanes, bandas de cuero para las costuras y palitos de ciruelillo, nitro o maku", reseñan los investigadores del libro. Pero esas tierras y sobre todo mares, han dado pie a un rico imaginario creativo. En arte, sobresalen hoy las esculturas semi abstractas de la artista magallánica Paola Vezzani, quien trabaja a partir del paisaje y de elementos de su geografía y de su historia, como elementos de caza que ella recrea. La literatura trasciende fronteras. El investigador literario y premio Iberoamericano Julio Cortázar (2015), Óscar Barrientos, relata que Francisco Coloane, Premio Nacional de Literatura, fue invitado a la célebre cofradía de los Cap Hornier -navegantes que habían doblado a vela el temido Cabo de Hornos-, y allí describió el peñón del fin del mundo. Por su parte, el célebre escritor inglés y pionero del romanticismo en Inglaterra, Samuel Taylor Coleridge, elaboró, en "La rima del viejo marino", "un desconcertante y soberbio poema donde narra la lucha del hombre contra un sino trágico". Barrientos dice, sobre su argumento, que la leyenda habla de "Cómo una nave que habiendo cruzado la Línea fue arrastrada por las Tormentas al País helado que está hacia el Polo Sur; y cómo desde ese lugar siguió hacia las latitudes tropicales del gran Océano Pacífico...". Ya en el siglo XX, Bruce Chatwin, uno de los grandes hermeneutas del libro de Samuel Taylor, precisó que "el viaje se refiere a los paisajes, a la Antártica, al paso de Drake y, por cierto, al Cabo de Hornos". Ese paisaje sirve también de imaginario a otros célebres autores, como Joseph Conrad. "Él homologa, en su obra, el oficio literario con un velero, y al mar con un autócrata salvaje. Y en una de sus novelas más singulares, "El espejo del Mar" -subraya el literato-, aparece más nítida la presencia del Cabo de Hornos. Es un relato donde la experiencia autobiográfica parece coincidir frontalmente con la prosa literaria, desarrollando una aventura desaforada y una profunda reflexión sobre la aparición de los vapores en detrimento de la navegación a vela".