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Alejandro Sieveking sobre bélgica castro

retrato de una dama

martes, 01 de agosto de 2017

Por María Cristina Jurado. Fotografía: sergio alfonso lópez.
Crónica
El Mercurio

Sesenta y un años después de enamorarse de Bélgica Castro, el dramaturgo revela desconocidos episodios sobre su vida con una de las actrices clave en la historia del teatro chileno. Un relato íntimo, desde sus 82 y los 96 de ella.



EL DESLUMBRE. "Yo tenía 21 años y estudiaba Arquitectura en la Universidad de Chile el día en que mi vida cambió. La vi sobre el escenario, como la Sonia en 'Tío Vania' de Chéjov y me deslumbró. Ella tenía una luz cuando actuaba. Una luz de esas que se irradian. Es una persona capaz de hacer algo irreemplazable en el escenario porque tiene el interior para hacerlo. Han pasado 61 años y no olvido ese deslumbre. Renuncié a Arquitectura y me inscribí en Teatro. Desde entonces creo que la casualidad es más fuerte de lo que uno piensa. ¿Por qué la Bélgica entró al reparto de un vodevil donde yo trabajaba? ¿Por qué aceptó ser comparsa si había sido nombrada una de las cinco mejores actrices ese año? ¿Por qué nos fijamos en el otro, si ella era una estrella y yo era apenas un alumno de primer año? Empezamos a conocernos y fue como habernos conocido siempre. No nos pudimos separar. Nos reíamos de los mismos chistes, nos gustaban las mismas cosas. Era una relación que yo no había tenido nunca. ¡Ni siquiera nos afectó el escandalito de que una profesora anduviera con un alumno! Ella enseñaba teatro en la Chile y, ya para enero del 57, nuestra relación se notó. Estaba separada del actor Domingo Tessier y tenía a su hijo Leonardo, a quien yo después crié. Pasaron dos años y, un día, el dramaturgo Fernando Debesa, quien había escrito 'Mama Rosa' pensando en ella, la invitó para decirle todos los peligros de esta relación. Muchos le dijeron: ella era una estrella y yo no era nadie, aunque no era tan así porque en esos años me convertí en el talento joven en la dramaturgia chilena.

Desde el principio la Bélgica nunca fue mayor ni yo menor, jamás hemos sentido eso. Hemos estado en empate, como una sola persona. Alguna gente decía cosas. Cuando la Bélgica anduvo con el pelo blanco por hacer "El largo viaje del día hacia la noche", para lo cual se lo decoloró, se veía mayor. Y una vez, ella casi se murió de rabia porque alguien me dijo: '¿Anda con su mamá?'. Muchas cosas me enamoraron. Como lo muy sexy que siempre la encontré, porque la Bélgica siempre lo fue. Sé que se ve como alguien que hace papeles de carácter, pero escribí algunos en que hace de mujer sexy y estuvo siempre magistral, como en ´La Mantis Religiosa'. Era una persona sorprendente. Muy clara, poco engreída e interesada en todo. Con ella no había confusiones ni melindres. A los 96 años sigue igual. El otro día su hijo Leonardo, quien trabaja en la Cinemateca, nos mostró una cinta de la BBC con una entrevista nuestra del año 69. Y claro, las respuestas de mi mujer fueron mucho más claras y precisas que las mías. Es verdad que todas las actrices del Teatro Experimental estaban alejadas del estrellato porque se habían criado en la escuela del rigor de Pedro de la Barra, pero en ella el alejamiento del divismo era mayor.

Cuando uno está enamorado de una persona, no la divide en fracciones. (Uno puede reconocer) que ese alguien va en retirada o se está apagando, pero de ninguna manera piensa que algo fundamental ha cambiado. Y hemos cambiado los dos, juntos. ¿Cómo podría añorar algo que yo tampoco soy? o ¿cómo podría enamorarme de otra persona? Cuando nos casamos, en 1962, yo le regalé un álbum con sus recortes y fotos de René Combeau. He seguido haciéndolos, ya voy en el álbum 20. Son una prueba de amor porque ¡de repente aparecí yo en su vida!, y ella era muy buena. Me parecía completamente natural que fuera muy celebrada e injusto cuando no la admiraban bastante.

Una vez tuve un romance. (...) Llevábamos cuatro años juntos. (Hicimos) una gira fuera de Chile de ocho meses. (...) Ella no fue a la gira, porque no le dieron permiso. No puedo decir con quien (fue el romance). Fue en Costa Rica, pero no con una costarricense. Cuando volví le dije todo. Tú no puedes tener guardado una cosa así que te carcome el cerebro. No me sentí muy culpable. Ya llevábamos seis meses separados y el cuerpo estaba más sensible, yo tenía 25 años. Me perdonó y creo que le dolió. (...) Estaba en un mundo con muchísimas tentaciones. Y yo había salido invicto de todas, pero de repente caí. No repercutió, nos casamos dos años después.

Nunca más miré a nadie. No me costó la fidelidad porque estábamos juntos. Ha sido muy fácil. Nosotros lo pasábamos tan bien juntos, que andábamos siempre juntos y queríamos trabajar juntos.

Cuando conocí a la Bélgica me sorprendí mucho. Lo que me pilló de sorpresa fue el amor físico, lo encontré extraordinario. Me pilló desprevenido, porque nunca me había pasado estar enfermo de amor. Me pareció nuevo y muy intenso.

En estos años hemos aprendido. Los dos somos delicados de cutis y, a veces, hemos tenido malentendidos ¡y son siempre teatrales, muy trágicos! Decimos que nos vamos a otro lado, hasta buscamos la ropa en el clóset, y hacemos la despedida con las últimas palabras. Y hubo un tiempo en que los años nuevos me deprimían tanto, que me amurraba y me acostaba. Pero después nos damos cuenta que estamos leseando y nos matamos de la risa.

Hay un chiste en que una niña está abrazada a un tipo que tiene en su cara un espejo, y la niña se ve a sí misma. Así hemos sido nosotros. Uno se ve a sí mismo en el otro y dice: 'No estoy solo'. No puedo estar solo porque esa persona es parte de mi estructura. Yo aprendí de Bélgica la paz. Me dio tranquilidad, me dio seguridad. Me hizo sentir que tengo en la vida un lugar. No soy un extraño. Si todo pasajero debe descender, entonces, mientras podamos estar arriba, estamos pasándolo bien. Es nuestro lugar.
 
2 EL PRESTIGIO. La Bélgica, como actriz, es un estímulo extraordinario. Siempre entendió lo que yo quería hacer y decir como dramaturgo. No es la única para quien he escrito papeles, pero solo con ella me he entendido sin palabras. Se transforma en escena, es una persona y es muchas. Yo nunca escribí para realzarla. Cuando hice 'Ánimas de Día Claro', quise hacer su retrato, ella andaba de gira y yo no paraba de recordarla. Pensando en su sentido del humor, su manera de relacionarse, su ingenuidad, fue que escribí a la Albertina. Si yo hubiera sido gay, 'La Remolienda' habría tenido por protagonista a un padre con sus hijos, y no a una madre. Ella fue inspirada por mi relación con la Bélgica. Cuando hicimos 'Juani en Sociedad' para la televisión, su personaje, Tía Angustias, era a su medida, la medida de alguien que es brillante en la actuación. La Bélgica aprendió con Pedro de la Barra que nadie es irreemplazable en el teatro y yo aprendí con ella. Los dos sabemos que el teatro es algo muy serio y que cada uno tiene su ruta, pero no es la única. Todos somos reemplazables, uno está rodeado de gente que va por caminos distintos a los de uno y pueden ser muy buenos, como algunos jóvenes. A nosotros nos encantan los jóvenes, aprendemos de ellos todo el tiempo. No somos divos. Nunca hemos podido ser amigos de gente así, somos muy amigos de la Catalina Saavedra y de la Aline Kuppenheim, que son estrellas pero no se creen divas. Hay actores que juegan con el estrellato, como la Gloria Munchmeyer. Pero sabemos que es un juego, y también los queremos. Hemos conversado con la Bélgica muchas veces sobre el prestigio y la fama. Ella es extraordinariamente prestigiosa, se lo ganó en 76 años arriba de las tablas, nunca llegando tarde, nunca faltando a un ensayo. Si un actor se atrasa para un ensayo es que no le gusta tanto, no tiene pasión. Nosotros hemos hecho todo con pasión. Después del teatro, el cine es lo que más nos gusta.

Estoy escribiendo en este momento una obra teatral sobre una actriz de televisión insoportable y su pareja, un escritor de biografías. Ella le dice: 'Tú siempre me has tenido envidia y has sentido que vives a mi sombra'. Y él le dice que no, que siempre sintió el éxito de ella como algo propio, que él fue parte fundamental. He pensado que esto es un reflejo mío. Que yo he vivido muchos años haciendo cosas para que la Bélgica tenga un eco mayor que yo. Me pareció natural. Porque yo decía: 'Uno tiene el éxito que se merece, si ella tiene más éxito es porque se lo merece más'. No ha habido competencia. En mi obra están en un momento en que, por primera vez, él tiene más éxito que ella, pero siente que antes le era mucho más fácil. Para mí también siempre fue más cómodo estar en segunda línea, pero ahora yo tengo más trabajo que ella. No quiero que ella trabaje más. La dramaturgia es más perdurable, tengo conciencia de que ella será recordada como mi mujer y actriz de mis obras: si quedo yo, ella queda. Porque los actores pasan, las obras quedan. ¿Quién se acuerda de quién estrenó a Antonio Acevedo Hernández? Claro que tú, como dramaturgo, puedes tener menos eco que un actor. Al lado de la Marilyn Monroe, ¿quién se acuerda de Arthur Miller? Sin embargo, las obras de él se siguen haciendo.

La Bélgica siempre tuvo algo como actriz: ha sabido lo que puede y no puede hacer; posee una capacidad especial para proyectar un personaje. Es su talento, que es innato. Desde sus inicios ella se transformaba en el escenario y tú la querías como espectador. Por eso las estrellas son estrellas, porque el público siente amor hacia ellas. A ella la han querido mucho como actriz. Siempre fue luminosa.

3 EL HOY. De repente me dice: 'Oye, ¿tú como te llamas? Pero sabe que yo soy su marido. (...) En el primer momento, tú quedas consternado. Yo no encuentro otra palabra aunque sea un poco cursi. Yo quedé consternado, hará unos cuatro meses. Pero después me di cuenta que eso no importaba. Lo que sí la afectaba era no poder leer tanto, como estaba acostumbrada. Ella lee con lupa de repente, sigue leyendo, pero mucho menos. Se le olvida a veces lo que lee. (...) Pero ahora ella se cansa, se olvida. Lo de ella no es agresivo, el  Alzheimer tiene un componente agresivo. Ella estuvo recientemente hospitalizada, los médicos no han hablado nunca de Alzheimer. No fue eso, sino una infección urinaria. (...) Estuvo muy bien cuidada en el Geriátrico del San Juan de Dios. Me parece que está mejor. (...) Ahora le dan cansancios, pero nunca desmayos.

Yo no podría decir, después de nuestros 61 años juntos, quién ha sido más dependiente del otro. Lo que sí sé es que ella hoy me necesita más, es dependiente físicamente de mí. Pero eso no es algo para vanagloriarse porque, en lo emocional, seguimos en empate. Somos parejos.

Nosotros nunca hemos sido viejos. Nos hemos sentido siempre jóvenes. Pero, a estas alturas, obviamente la relación entre nosotros no es como 50 años atrás. Yo creo que el fuego se ha centrado hoy en el trabajo: en el teatro, y, en mi caso, en la escritura y los collages. Que la Bélgica tenga hoy menos posibilidades no significa que sea definitivo, porque eso puede cambiar. No quiero hacerme ilusiones, pero no quiero ser pesimista tampoco. Estoy perfectamente consciente de que ella tiene 96 años, pero Parra va a cumplir 103. Además el Tarot siempre dice que yo me muero antes. Porque la edad no cuenta frente a la muerte y yo ya tengo 82.

Pienso que uno tiene que hacer lo que hay que hacer. Si uno tiene una responsabilidad, lo que sea, hasta ordenar la casa, es fantástico. Una responsabilidad con los demás, pero sobre todo con uno mismo frente al mundo. Algo que hacer te mantiene joven y vivo. Tú no puedes pensar en que te vas a morir o en que el otro se va a morir. Puedes pensar en qué harás en la práctica, pero hasta ahí. Si uno de nosotros dos se muere, el otro se va a morir un poco también. Si la Bélgica muriera, yo también me moriría en cierta medida, en algún nivel. A lo mejor, me iría muy rápido. Y viceversa. Además yo pienso en el tema desde que tenía 16 porque tuve una nefritis por un accidente en la nieve esquiando en el Llaima, y estuve al borde. Y desde hace treinta años que tengo cáncer a la piel.

Morir es inevitable. Cuando un personaje de uno se muere, uno se muere un poco también: el fin está muy presente en el trabajo de la actuación, diría que la muerte es más contundente que en cualquier otra disciplina. Pero algo tenemos la Bélgica y yo: el trabajo no nos ha dejado pensar en morirnos. Hemos tenido catástrofes, como cuando ella, joven, estuvo hospitalizada tres meses. Y hemos sobrevivido. Eso nos ha dejado una protección, una impermeabilización frente a los problemas. Por eso sabemos que, pase lo que pase, mañana vamos a estar.

"De repente me dice: 'Oye, ¿tú como te llamas?'. (...) En el primer momento, tú quedas consternado. Yo no encuentro otra palabra aunque sea un poco cursi". 

"Una vez tuve un romance. (...) Fue en Costa Rica. (...) Cuando volví le dije todo. Tú no puedes tener guardado una cosa así que te carcome el cerebro".

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