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Marcia Haydée, directora del Ballet de Santiago

El duro camino de una estrella

martes, 16 de mayo de 2017

Por María Cristina Jurado. Fotos: Sergio Alfonso López.
2 en 1
El Mercurio

Lejos de Chile, esta ciudadana del mundo es una rockstar de la danza internacional a quien Issey Miyake viste y Karl Lagerfeld convida a comer. Mientras celebra sus 80 años, trabaja como hormiga para dirigir a sus bailarines. Estas son las lecciones de Marcia Haydée, quien se casó a los 60 y cumplió su destino.



El martes 18 de abril  Santiago amaneció con sol y 24 grados. En su departamento del Parque Forestal, Marcia Haydée, directora del Ballet de Santiago por casi veinte años, se preparaba para gozar su regalo de cumpleaños: un día entero de spa para festejar sus 80. Un regalo ideado por su subdirectora Luz Lorca y compartido por todo el Teatro Municipal, incluyendo a su máxima cabeza, Frédéric Chambert. Un presente extraño para ella. El escenario y las salas de ensayos son donde esta carioca, que reconoce a Alemania como su patria emocional, ha pasado gran parte de sus horas desde 1952, cuando, quinceañera, aterrizó en el Royal Ballet School de Londres. Un spa era un brusco cambio en su rutina. Al caer la tarde, Haydée regresó a su casa y Chambert apareció para concretar su invitación a cenar. Pero, en lugar de partir al restaurante, su automóvil se detuvo frente al teatro de Agustinas con una desconcertada Marcia adentro. Ambos subieron hasta la Sala Arrau. Y, al abrirse la puerta, maestros de baile, bailarines, coreógrafos, coreologistas, vestuaristas, iluminadores, elevaron su voz para cantarle el feliz cumpleaños a esta musa del Marqués de Cuevas en los 50 y de John Cranko, su mentor, en los 60. Más tarde, durante un espectáculo y una cena, esta bailarina, legendaria en Europa y Estados Unidos, quien bailó con Nureyev y que este mes recibirá el Benois de la Danza en el Bolshoi de Moscú recibió un segundo regalo, más sofisticado. De un rincón surgió una mujer de elegante tapado: su hermana menor, Mónica, quien fue por años su asistente, aterrizó desde Río, esa noche en el Teatro Municipal.  Dos días después, a Marcia Haydée, maestra de yoga, creyente en la reencarnación, disciplinada bailarina y pedagoga, un talento apreciado por realezas y jet sets en muchos países, figura venerada en el Metropolitan de Nueva York, el Bolshoi, las Óperas de Viena y París, el Ballet de Stuttgart y otros escenarios, se emociona. -Puedo decir que este fue el cumpleaños más lindo que tuve en mi vida. Hicieron "Romeo y Julieta", "La Fierecilla Domada" y "Onegin", tres ballets que Cranko creó para mí. Yo digo todas las mañanas que lo mejor está por venir. Y mira: el mejor día de mi vida lo tuve a los 80 años. Ha perdido estatura y camina con cierta dificultad: 65 años de trabajo físico han tenido un costo. Aún se peina y maquilla como bailarina. Aunque gran parte de su carrera transcurrió en Alemania, esencialmente en los escenarios del Ballet de Stuttgart -cuyo cuerpo de baile dirigió entre 1976 y 1996- guarda su acento carioca. Después de una vida, y aunque no ha habitado su país natal desde los 15, se siente muy brasileña. Flanqueada por una foto de Rudolph Nureyev, uno de sus grandes amigos, admite que jamás pierde de vista su esencia y responsabiliza a su temperamento brasileño de las cumbres artísticas que alcanzó en cinco decenios. Determinista filosóficamente, ha dicho que ella no buscó en la vida: solo encontró. Era su destino.-Todos tenemos una misión. Unos nacen para no tener misión; otros, para nacer y morir. Yo haría otra vez mi vida idéntica, porque todo lo que hice, lo hice consciente. La vida me puso lo que debía hacer y yo tuve el instinto de seguirla. Siempre he seguido mi instinto. Nunca me he equivocado. Al final del día, cuando las salas de ensayo apagarán sus luminarias y los espejos se tornarán opacos, la subdirectora del Ballet de Santiago, Luz Lorca, y el maestro uruguayo Pablo Aharonian, coreologista y repositor de los ballets creados por Marcia Haydée, concordarán: esta apasionada de la danza nunca fue diva. Hoy tampoco. -Ella tiene los pies sobre la tierra. Tiene una fama que se nota afuera; aquí, nada. Es famosísima en el mundo de la moda, del glamour, del jet set. Pero, entre la realeza y los príncipes, ella mantiene su sencillez. Aharonian, quien en la Scala de Milán trabajó con Rudolf Nureyev, Margot Fonteyn, Carla Fracci y Natalia Makarova, reconoce que es algo muy inusual en el medio. Lo repiten otros. Y dicen que ella aplica humor y cierta bondad a su gran estrictez profesional: Haydée perdona más rápido un error que un atraso. La niña de Niteroi La familia de Marcia Haydée Salaverry Pereira da Silva era, cuando nació ella en 1937, un núcleo de clase media acomodada, y su padre, un médico reconocido en Brasil. Vivían en Niteroi, un municipio al frente de Río de Janeiro. La niña Marcia creció frente a la naturaleza tropical. Fue la mayor de dos hermanos que -con el tiempo y un segundo matrimonio de su madre- se ampliaron a cinco: dos hombres y tres mujeres. Sobreviven cuatro. A los seis años de la hija mayor, la familia se trasladó a Río desde, donde Haydée, ya adolescente, saltó al Royal Ballet School de Londres.  La impronta de su familia, muy espiritual, la marcó con patrones de vida que incluyeron el valor de la libertad y el desprendimiento material. Sus abuelos maternos, que vivían cerca, fueron claves en sus enseñanzas en torno a la muerte. No es casualidad que, a sus 80, la muerte para ella sea solo un paso más y que se afirme, espiritualmente, en la cualidad de retorno que permite la reencarnación. -Nunca tuve miedo a la muerte, es parte de la vida. Uno muere para cambiar y uno vuelve para hacer otras cosas. Soy budista, de religión budista. Y por alguna razón soy brasileña, para tener el temperamento. La marcó la libertad que, contrariando a los años 50, su familia le dio. Esa marca de infancia condiciona su forma de entender el ballet. Sin la importancia que otorga a la flexibilidad y a la independencia creativa, su carrera habría ido por otro carril. Pero tiene contrastes. Junto a su concepto de la autonomía, esta Prima Ballerina aplica una mirada profesional de orden, organización, disciplina y estrictez, el resultado de 35 años de trabajo continuados en Alemania. Haydée no concibe la vida sin una ética del trabajo. La impronta alemana la marca hasta hoy, porque aún participa en producciones esporádicas del Ballet de Stuttgart: esta primavera europea, la compañía le hará un homenaje con "Romeo y Julieta", con ella como la nodriza. En el único marido que ha tenido, Günter Schöberl, con quien se casó cuando tenía 60 -y se sentía de 40, según sus palabras-, Marcia ha encontrado una mezcla de sus intereses. Schöberl, maestro de yoga, la preparó para que ella enseñara la disciplina, fue su profesor en Stuttgart. Con él aprendió práctica, filosofía y espiritualidad del yoga. Un día, después de un año y cuando todavía era su alumna, ella le dijo que le quería preguntar algo. "Sí, quiero casarme contigo", le respondió él, sin oír la pregunta. Llevan 20 años de convivencia. Schöberl, quien es 20 años menor que ella y tiene casa y academia de yoga en un pueblo de los Alpes alemanes, la siguió a Chile cuando Haydée se hizo cargo del Ballet de Santiago; aquí representa a una firma europea de calefactores solares. Los fines de semana ambos se olvidan del ballet y se dedican al yoga, a la meditación, a cocinar comida étnica y feijoada brasileña; a ver películas de Walt Disney y musicales. Emprenden caminatas, visitan restaurantes de Borderío, Isidora Goyenechea y el centro, y conversan hasta la madrugada. Es una pareja armónica, atestiguan los demás, pero no muy sociable. Después de las cinco de la tarde, para Marcia Haydée el mejor panorama es estar sola con su marido. La directora del Ballet de Santiago pasa ocho de los doce meses en Chile. El resto del tiempo se instala, por períodos, en la casa alpina de Zeiningen. Con Günter tienen un centro de yoga. Con las manos metidas en la tierra y la vista en los Alpes, Marcia Haydée jardinea, planta y poda árboles y flores, corta leña. Vuelve a la naturaleza. También pinta.  -Fue el hombre que llegó en el momento correcto a mi vida, cuando hice el cambio de dejar Stuttgart, hace unos 20 años. Él es mi fuerza, me da energía. Con él somos parejos. Yo encuentro que las mujeres tienen que ser parejas a los hombres en la vida. Y también en el ballet: es lo mínimo, porque creo que las mujeres son más capaces que los hombres. Para Marcia Haydée el matrimonio es sagrado. Muchos se lo han escuchado y atestiguan que, al hablar de Günter, invariablemente toca su anillo con rostro serio. Un símbolo de metal que nunca quiso recibir antes en su vida, a pesar de que amó varias veces. Y es que nunca quiso correr el riesgo de divorciarse: en lo sentimental, no existe para ella el ensayo y error. Su actual pareja es para siempre, siente, ya que con Günter se conocieron en otra vida. Su vida sentimental tuvo claroscuros. Dieciséis años -entre sus 24 y sus 40- vivió con el bailarín californiano Richard Cragun, estrella del Ballet de Stuttgart. Desde 1961 se transformaron en una rutilante pareja de estrellas internacionales, ella como Prima Ballerina de la compañía, cargo al que accedió en su primer año. Fue un gran amor que no conoció matrimonio ni hijos, -y la única vez en que evaluó tener un niño, pero lo descartó-, pero hasta hoy Haydée reconoce a Cragun como personaje esencial de su vida. El bailarín era siete años menor y con él estableció una relación intensa que, cuando terminó, le ocasionó a Marcia una de sus grandes pérdidas emocionales. En una sorpresiva decisión, Richard le participó que ya no podía seguir desconociendo su condición homosexual y que estaba enamorado de un colega de escenario. Ya no hubo vuelta atrás en su identidad sexual. Estoica, jamás le guardó rencor. Sentada en su oficina del Municipal, con su larga cola de pelo azabache y sus ojos maquillados, su mirada se vela. -Esos 16 años fueron 300% conmigo. Pero llegó un momento en que la vida nos dijo que debíamos separar caminos. Y nos separamos, pero continuamos bailando quince años más. Hasta el día en que falleció, él fue como mi brazo derecho. Fue duro para los dos porque ya eran muy famosos. La prensa de Europa y Estados Unidos reportó la separación y sus causas, tomó partido. Pero Marcia Haydée se mantuvo firme.  Intérprete con vuelo Con su cuello estilizado y su mirada profunda, Marcia Haydée conquistó cada escenario que pisó desde los 15 años. En ese estricto primer bienio de su trabajo en la danza perdió la cuenta de las horas que pasó frente al espejo y la barra en la escuela del Royal Ballet de Londres. Reconoció su vocación y su voluntad. La conjunción de ambas extendería su carrera de bailarina hasta más allá de los 60 años, porque solo dejó de danzar cuando se instaló en Chile por primera vez. Con 20 años, en 1957, aterrizó en la Compañía del chileno Marqués de Cuevas en París. Jorge Cuevas, coreógrafo y miembro del jet set, fue generoso: la cobijó bajo el paraguas de su impresionante fama y la de su compañía. Hasta hoy, dicen muchos de sus colegas, Marcia Haydée guarda un sentimiento especial por Chile y los chilenos. En esos años, la actual directora del Ballet de Santiago vivió el episodio más marcador de su carrera: conoció al coreógrafo John Cranko, que revolucionó para siempre su carrera al convertirla en su musa creativa. Cranko, un sudafricano de raro talento que marcó la danza europea y norteamericana, y cuyas creaciones se recuerdan cuatro decenios después de su traumática muerte a los 46 años, se convirtió en su mentor. Los principales ballets de su carrera se los creó él. Lo siguió hasta Alemania y con él, desde inicios de los 60, su carrera se disparó al estrellato. Cranko, director del Ballet de Stuttgart, le dio a Marcia Haydée vuelo, impulso y guía por espacio de trece años y su muerte, en 1973, fue uno de los grandes dolores en la vida de la bailarina. Tres años después, contra su voluntad, lo sucedió en el cargo. Dirigió la compañía alemana sin jamás dejar de bailar. -Fue muy difícil porque yo era la Primera Bailarina. Al mismo tiempo, me convertí en la directora. Me significó vivir en el teatro desde las ocho de la mañana hasta la medianoche. Desde Stuttgart, Marcia Haydée pasó al mundo. Sus triunfos, durante medio siglo, en los escenarios de Nueva York, Praga, París, Washington o Viena aumentaron su prestigio. Coreógrafos de la talla del británico Kenneth MacMillan y el francés Maurice Béjart crearon piezas para ella. En ese camino, la artista se encontró con la danza-teatro, un giro del ballet que le permitió mostrar sus dotes dramáticas de interpretación, lo que dio a su carrera un nuevo brillo. A mediados de los 90, desembarcó en Chile por primera vez para ponerse a la cabeza del Ballet de Santiago. Volvió a irse, pero regresó: hace pocas semanas fue confirmada hasta 2021. Para el día en que Marcia Haydée abandone el Municipal tendrá 84 años. Sus colaboradores creen que se irá del teatro, pero jamás de la danza. Deben tener razón.

Dirige con honestidad y disciplina. Pero crea un ambiente de camaradería que influye en el rendimiento de los bailarines.

"Fue el hombre que llegó en el momento correcto a mi vida (...). Él es mi fuerza, me da energía. Con él somos parejos".

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