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A sus 80 años, el arquitecto chileno más importante fuera del país aún está pendiente de sus proyectos, tanto en París como en Santiago. En esta entrevista dice que la culpa de los "guetos verticales" es de "la gente incompetente" que evalúa los planos, reconoce que le gusta el Costanera Center y relata su encuentro con Alejandro Aravena, el ganador del Pritzker: " Yo creo que la gloria tienes que tenerla 10 minutos antes de morirte", reflexiona.

Borja Huidobro: "No sé quién inventó que el Pritzker es el Nobel de los arquitectos"

sábado, 22 de abril de 2017

Por Juan Luis Salinas DESDE PARÍS
Entrevista
El Mercurio




Antes de despedirse, después de casi dos horas de conversación y de recorrer su sector favorito del barrio parisino de Le Marais, Borja Huidobro se detendrá frente a un café en una calle que desemboca en la Rue de Rivoli. Entonces preguntará con tono pausado: "¿He dicho muchas barbaridades?".

Sin embargo, no esperará la respuesta.

Al arquitecto chileno -radicado en Francia hace 55 años, Premio Nacional de Arquitectura en 1991 y responsable de varios edificios emblemáticos en Chile y París- le gusta provocar.

-Yo simplemente digo lo que pienso. Eso para muchos, en Chile, es un problema. Además, yo tengo humor negro -advierte poco antes, mientras toma un café frente a la plaza de los Vosgos: "La más bonita de París", comenta, y pone cara de disgusto cuando ve pasar a un grupo de turistas que viene de la Casa de Victor Hugo, que está a un costado de la plaza.

-Esa es gente haciendo la vuelta del check out, que van a Londres, París, Berlín, Praga y Roma, para darse un barniz de Europa. Un mal barniz... Yo he escuchado a chilenos caminando por acá y diciendo: "Todo esto es viejo". No entienden nada.

Borja Huidobro tiene un temperamento complicado. Conversar con él exige atención y estar preparado para todo: en algunos momentos sus declaraciones intimidan; en otros parecen demasiado relajadas. La ironía, eso sí, aparece a cada minuto. También los silencios largos. Los gestos repentinos y temperamentales: se lleva las manos a la cara o tuerce la boca si algo no le agrada. Además, hace sonidos curiosos: resopla cuando pierde la paciencia. Se despacha algunos chilenismos -en su mayoría garabatos- muy bien pronunciados y utiliza un elegante voilá para ponerle punto final a una idea.

Su nombre completo es Francisco de Borja García-Huidobro Severín, pero cuando decidió instalarse en París durante la segunda mitad de los 60, simplemente decidió hacerse llamar Borja Huidobro.

-¿Por qué no se quedó con el García?

-Es que si me hubiera quedado con el García Huidobro, me hubieran llamado García, el guatón García, qué sé yo. Después está mi tío, el conocido Vicente Huidobro. Y dos, porque yo me llamo Francisco de Borja, que es el nombre de un pueblo en España. Entonces me pareció divertido llamarme Borja Huidobro, que suena como Talagante Melipilla, y eso, para un arquitecto, lo encontré rebueno. Pero como la gente es tan ignorante y no sabe que Borja tiene un sentido que va más allá de un nombre raro, se queda con la idea de que cambié el nombre por miles de razones absurdas.

-Le ha funcionado bien como marca.

-Parece que sí, pero solo lo hice porque me sonaba divertido... Aunque no siempre. Este fin de semana comí con Costa Gavras (el director de cine franco-griego), y le dije: "Gracias por haber ensuciado mi nombre en Missing (película que narra la historia de un norteamericano desaparecido durante el gobierno de Pinochet). Allí habla de un contraalmirante de apellido Huidobro, que fue uno de los que habían iniciado el golpe. Costa Gavras se rió cuando se lo comenté.

-¿Y usted?

-No, por qué habría de hacerlo.

Pequeño príncipe

El listado de edificaciones que han consolidado la carrera de Borja Huidobro -quien cumplió 80 años en octubre- se reparte por todo el mundo: París, Nueva Delhi, Santiago, Dubái, Japón. Pero donde partió y proyectó su carrera internacional fue en Francia. Aquí llegó recién casado con Michelle Duhart y sin saber nada de francés. Se vino luego de rechazar una beca para estudiar en Harvard ("Mi mujer era demasiado franchuta y no hablaba inglés; entonces, preferí darle el gusto a ella"). En Chile había estudiado en la Universidad Católica y fue alumno de Sergio Larraín García- Moreno, Mario Pérez de Arce, Héctor Valdés, Fernando Castillo Velasco y Emilio Duhart, su suegro.

Borja Huidobro pertenece a una de las familias más tradicionales de Chile, pero él constantemente se ríe de sus orígenes. Creció en la hacienda familiar el Oliveto, en Talagante, donde fue criado por una institutriz inglesa, por lo que solo aprendió a hablar español a los 10 años. Después, con su familia se trasladó a Santiago para estudiar en el colegio San Ignacio. Tomó cursos de dibujo con Nemesio Antúnez. Ingresó a la Escuela Naval. Hasta que entró a Arquitectura.

-Fui criado como un pequeño príncipe. No sabía lo que era ni lo que costaba la plata. Iba al Club de Golf, al Polo, a Zapallar, y nunca pagué nada. Hacía un vale, y todo lo veía mi papá. Nosotros vivíamos como ricos, como reyes.
Huidobro recuerda una situación que lo convenció de que tenía que irse fuera del país para desarrollarse como arquitecto.

-Tuve un encuentro un poco desgraciado con un señor equis de una familia muy conocida, un psiquiatra amigo de mi mamá. Este hombre quería invertir plata en un grupo de casas tipo DFL2. Acepté hacerle el proyecto, que estaba al lado de nuestro fundo de Talagante. Cuando empezamos a revisarlo, nos reunimos en un gran salón de mi casa, y me dice: "Oye, si le sacamos 50 centímetros de acá y 50 de allá, podemos ganar un metro 20 y al final sacamos una casa más"... No podía creer lo que escuchaba. Entonces le pregunté: "¿Qué le parece este living?

Está bonito, ¿no? Es como el del Club de Golf, la vista es espléndida". Él me miró y me dijo en inglés: "What"s the point?". Yo le digo: "El problema es que a estas casas a las que quiere sacarle 50 centímetros por lado están hechas para seis personas y una casa entra en este living... no me parece que usted tenga una fibra social extraordinariamente desarrollada". Después tomé el proyecto y lo tiré a la chimenea. "Búscate a otro arquitecto, chao". El tipo me quedó mirando escandalizado y se fue. Mi padre, que vio toda la situación, me comentó: "Si empiezas la carrera así, no vas a llegar muy lejos". Yo le respondí que iba a llegar lejos, pero lejos de Chile.

Después de eso me casé y me vine a París.
-¿Fueron difíciles sus primeros años aquí?

-Mucho. No tenía ni un peso. Me vine con 300 dólares y mi mujer quedó embarazada al poco tiempo. Yo me decía: "Tenís que podértela solo, sin tu familia". Empecé a trabajar como dibujante en una oficina de arquitectos (de André Gomis). Durante un año me fui a pie a la oficina, que estaba bastante lejos de donde vivía. No tenía plata para pagar el metro. Me levantaba a las seis de la mañana y llegaba a la oficina a las 7:45. Tenía 25 años, era joven y estaba en París. Aguanté porque tenía claro que no quería regresar a Chile.

A los seis meses ya podía "chapurrear" en francés. Y se fue abriendo camino. Dice que se dio cuenta de que su educación universitaria era excelente y que podía dar "cancha, tiro y lado" a cualquier arquitecto formado en Europa. Se asoció con otros arquitectos latinoamericanos, participó en concursos, obtuvo encargos. En 1967, presentó un proyecto para el concurso de la alcaldía de Amsterdam. No ganó, pero llamó la atención de la prensa especializada: lo consideraron vanguardista. Su consagración en París llegó en los 80, cuando se asoció con Paul Chemetov. Partieron con la Embajada de Francia en Nueva Delhi, luego ganaron el concurso para desarrollar el Ministerio de Finanzas, un imponente edificio que tiene una parte enclavada en una orilla del Sena y que hoy tiene el rango de Palacio Nacional en París. También fueron los responsables de la restauración de la Gallerie de L"Evolution, en el Museo de Historia Natural de París.

En 1989, Borja fue nombrado por Mitterrand como Caballero de la Orden de la Legión de Honor y Oficial de Artes y Letras. Se consolidó como el primer arquitecto chileno de exportación.

-Es caballero de la Orden de la Legión de Honor y de las Artes y las Letras, es miembro de la Sociedad Francesa de Arquitectos y la Academia de Arquitectura, pero en las entrevistas insiste en que no le gustan los reconocimientos ni los premios.

-Es que yo soy muy mentiroso. ¿A quién no le interesan los premios? Te voy a explicar una cosa: yo soy Premio Nacional, me lo dieron cuando tenía 55 años, y uno de mis edificios hoy es declarado Monumento Histórico del siglo XX. ¿Qué chileno ha logrado eso? Nadie. Solo yo. Entonces, por eso, puedo hacer como que los premios me dan lo mismo. Porque ya tengo el papel. Esa es mi parte de mentiroso, puedo hacer como que no me importa... pero la verdad es que nadie nunca me ha pedido hacer algo como arquitecto por mis premios. No. Lo hacen porque han visto lo que he hecho, mis edificios, las publicaciones. Premios tengo bastantes, pero lo que importa es la obra.

-¿Y el Pritzker nunca le interesó?

-No. No sé quién inventó que el Pritzker es el Nobel de los arquitectos. Alguien lo inventó, un americano para que sea más glorioso que otro. Porque entonces inmediatamente lo tiras a todo el mundo y quedas climbing. ¿Para qué sirve? ¿Te hace más inteligente? No. ¿Te hace hacer mejor arquitectura? No. Eso se lo dije a este cabro el otro día cuando lo vi en Chile.

-¿Alejandro Aravena?

-Sí, le dije: "No te olvides de una cosa: tú no puedes tener un premio superior al que tienes. No existe en arquitectura. Ahora debes trabajar desde la excelencia en los 30 o 40 años que vienen. ¿Eres capaz de mantener ese ritmo allá arriba? Por 40 años, el mejor arquitecto; eso tienes que hacer ahora. Ese es tu desafío, el Pritzker".

Yo creo que la gloria tienes que tenerla 10 minutos antes de morirte... Mira, en mi oficina en Chile hay varios premios que nadie ha sacado de sus cajas. Y recién nos dieron otro, y hay que ir a recibirlos, porque es lo correcto, y no puedes andar mandando todo a la cresta. Pero después te olvidas.

Cacería administrativa

El fin de semana estuvo en su casa de campo en Busseau, cerca de Fontainebleau, a más de 50 kilómetros al sureste de París. Ahí tiene su taller, donde se dedica a la pintura. También se reúne con amigos. Durante la semana está en su departamento en París, en el barrio Le Marais. Hoy, de hecho, caminó desde ahí para esta entrevista: todos los días, asegura, se obliga a caminar media hora. Sus pasos son lentos, pero seguros.

Hace un par de años, Borja Huidobro cerró su oficina en París. Estaba cansado de las formalidades, los papeleos y los tiempos de espera para empezar una obra. De lo que él llama "cacería administrativa".

-Es una lata, hay que tener cinco años parado un proyecto, después eres responsable por 10 años y luego tienes responsabilidad civil por 30 años. Es terrible. A mi edad yo necesito estar libre.

Pero la libertad de Huidobro es relativa. Esta mañana reconoce que visitó su antigua oficina para "estar al día" y en Chile sigue ligado a la arquitectura. Es socio de A4 Arquitectos, un estudio que además integran Sebastián di Girolamo, Germán Zegers y Cristián Valdivieso. Durante el verano viaja a Santiago y se instala en su oficina de calle Don Carlos, para supervisar las obras que han desarrollado en Las Condes, sobre todo en el barrio El Golf, con edificios como Banmédica, Isidora 2000, BCI Alcántara y El Golf 2001.

-¿Pero por qué optó por Chile para seguir haciendo arquitectura?

-Es que allá no hay una guerra mortal. Es otro sistema de trabajo que me entretiene más... Puedo irme a la playa y trabajar desde allá. En Chile, trabajar no es fácil, pero sí más rápido. No hay la cacería administrativa que existe aquí.

Un poco antes de tocar este punto, Borja miró las imágenes de los edificios de Estación Central, criticados por especialistas y autoridades, y catalogados como "guetos verticales".

-Pero quizá esa cacería administrativa evita que existan edificios como estos, que se están replicando en Chile.

-¿Y cree que un proceso más largo no hará que ocurra eso? Ese tipo de construcciones no tiene que ver con una cuestión de tiempo, tiene que ver con que están evaluados por gente incompetente... Siempre le echan la culpa al arquitecto, y el problema pasa por otras situaciones.

-Usted siempre ha repetido que está en contra del feísmo que nota en Chile, que encuentra que Santiago no es bonito...

-Son bien ignorantes los chilenos. Fue Joaquín Edwards Bello quien escribió eso de que Chile tiene un culto por lo feo, pero como no leen y me lo escucharon a mí, dicen que es mi idea. Yo simplemente me reía de eso y decía, bueno, tomo un papel así, los cálculos, el precio, y digo: "Oye, ¿cómo lo podemos hacer más feo?". Creo que es por falta de cultura más que por educación. El paisaje en Chile es lo mejor que tenemos, pero las ciudades están mal. Los espacios urbanos están mal. No se planifican. No se piensa a futuro.

-¿Le gusta el Costanera Center?

-Sí. No está mal.

-Más allá de la arquitectura, muchos ven ese edificio como un símbolo de consumismo en Chile.

-El consumo es algo normal. Todo el mundo tiene derecho al consumo, es parte de una ley económica, el desarrollo viene con el consumo... Hay gente que habla de estatus, que la clase media en la medida en que va progresando quieren tener lo mismo que la clase alta. Adquieren todos lo elementos de esa cultura. Quieren imitar a la clase que soñaban ser. Quieren sus casas en La Dehesa, quieren el mismo decorador para que les deje las casas todas iguales, con las cosas que teníamos en la casa de mi abuelo. No está mal.

-También podría llamarse arribismo.

-No, es legítimo. Totalmente. ¿Desde cuándo los códigos de la clase alta son solo para los que la integran?...
Yo creo que la ambición de cada persona es tener lo mejor para su familia, y punto. Dicen: "Yo no quiero que mis hijos pasen por lo que pasé yo, que tengan la posibilidad de ir a la universidad". Qué sé yo. Es legítimo... A mí me importa un huevo ser cuico. Yo no creo en eso de que porque tienes un buen apellido eres un imbécil y porque tienes otro más bajo eres un salvaje. Ya se acabó esa historia. Puede existir gente que esté subiendo hacia donde está la clase alta, porque ganó su plata. Yo lo he visto en Francia, y hay que respetarlos, porque esa gente tiene capacidades.

-¿ Y en qué hemos retrocedido en Chile?

-Ahora, con los gobiernos, es otro cuento. Yo creo que con respecto a la política hemos retrocedido. De cierta manera están desarrollando cosas que llevan a un ideal de igualdad, y eso no existe.

-¿Y qué queda del pequeño príncipe que dejó Chile hace 55 años?

-Nada. Como toda mi familia, se ha dedicado a profesiones que no ganan plata.

-No me va decir que usted no ha ganado dinero...

-Normal. ¿Qué es lo normal? Esa es la pregunta. Pero no me quejo. No podría.

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