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"El contrabajo":

El hombre como instrumento

viernes, 21 de abril de 2017

Por Andrea Jeftanovic
Opinión
El Mercurio

"El contrabajo" es una joya dramática, es un placer leerla y, además, escucharla en esta versión delicada y potente.



Los monólogos teatrales son un género intenso, descansan en la interpretación de un actor avezado y un texto sólido. Esto ocurre con "El contrabajo", del alemán Patrick Süskind, autor de la conocida novela "El perfume", que desde los 80 continúa siendo un texto de referencia mundial. De hecho, en Chile hubo una interesante versión interpretada por Héctor Noguera a inicios de 2000. 

En este caso se agregan, a la ya intensidad propia del género unipersonal, las disquisiciones de un músico con su instrumento, un contrabajo, que sirven de proyección de su vínculo con él, con su oficio y el mundo circundante. Una proyección siempre compleja y frustrante porque el arte tiene tanto de sublime como de fracaso. Es desde ahí, desde una sensación de fracaso amoroso y artístico, que el músico, único protagonista, desplegará sus divagaciones en su claustrofóbico mundo.

La adaptación que hace Tiago Correa agrega una circunstancia: los asistentes somos unos intrusos que invadimos el departamento del atribulado músico. Al inicio se nos advierte: "Vamos a visitar a un amigo, a un amigo que no quiere ser visitado, le dijimos que querían saber más sobre el contrabajo, así que si les pregunta, díganle que sí". Entramos incómodos al cuarto caótico donde el músico destapa cervezas y escucha en su tocadiscos una sinfonía de Brahms tocada por la orquesta en la que trabaja. Comenta la pieza musical, nos ofrece alcohol, que la mayoría del público acepta, y seguimos su delirio unipersonal.

La relación del músico con su instrumento es completamente bipolar. En los momentos altos dirá cosas como: "Cualquier director le confirmará gustosamente que una orquesta puede prescindir del director, pero no del contrabajo"; en los momentos depresivos sostendrá: "El contrabajo es el instrumento más monstruoso y rechoncho y menos elegante que se ha inventado jamás. Un sátiro de instrumento. Muchas veces siento deseos de romperlo en mil pedazos". Este genio musical nos mantendrá en esta oscilación a medida que comenta sinfonías de distintos compositores y sigue enhebrando más reflexiones metafísicas que se expresan en un arco de tonos que van desde la ironía al drama. Por ejemplo: "El contrabajo es el único instrumento que se oye mejor cuanto más alejado se encuentra", lo que lo obliga a la insonorización del lugar que habita, pero al mismo lo aísla del mundo exterior. También le servirá para proyectar la relación con sus progenitores, "por odio hacia mi padre decido ser artista en vez de funcionario"; y "para vengarme de mi madre elijo el instrumento más voluminoso y, como tal, violo a diario en la figura del contrabajo, el mayor de los instrumentos femeninos -por su forma-, a mi propia madre, y esa relación sexual simbólicamente incestuosa es, por supuesto, una continua catástrofe moral". En este momento, la mayoría hemos terminado ya la cerveza y necesitamos despercudirnos de esta intensidad para luego escuchar un categórico "el psicoanálisis está acabado".

Hay dolor cuando habla del amor no correspondido de Sara (Eulie Fritis), la soprano, que en esta versión emerge cantando desde el público, creando un clímax conmovedor. Y también hay humor, cuando revela ciertas limitaciones ridículas del instrumento: invasivo, no hay dónde guardarlo sin que interfiera, cuesta transportarlo, exige mucho físicamente y siente que lo castra social y sexualmente. El contrabajo se transforma en su salvación, pero también en su yugo.

El sello de la puesta en escena es la intimidad que se genera en el espacio que co-dirige Félix Venegas con Tiago Correa; en un inicio la obra se presentó en departamentos privados y ahora tiene una temporada en el Teatro del Puente, manteniendo esa atmósfera. Además, en su versión se abre la posibilidad de interacción de este público y hay un cautivante trabajo corporal de Alexis Espinoza que acompaña con gestualidad el arco de emociones de la pieza y del mismo contrabajo.

"El contrabajo" es una joya dramática, es un placer leerla y, además, escucharla en esta versión delicada y potente. Es un texto contemporáneo, denso, político, obsesivo, abierto a múltiples interpretaciones que van más allá de la orquesta musical, o de esta, como metáfora de la sociedad. "La orquesta es la imagen de la sociedad humana, porque aquí, como allí, los que hacen el trabajo sucio son, para colmo, despreciados por los demás". Ahí está el fracaso de las existencias condenadas al anonimato pese a sus grandes talentos, a la necesidad de sincronía y obediencia, pese al ímpetu interno, para lograr un bien común y sublime como tocar una sinfonía. 

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