Dólar Obs: $ 726,24 | 0,38% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 28.065,35
IPC: 0,00%
ENSAYO "Bergman Profundo: El arte de la introspección"

Viviendo en la casa de Ingmar Bergman

domingo, 16 de abril de 2017

Pablo Naranjo-Golborne Cineasta y letrista de ópera y jazz
Artes y Letras
El Mercurio

En julio se cumplen 10 años de la muerte del director sueco, quien en los años sesenta y setenta era señalado por cineastas y público como el "mejor director del momento". Su morada en isla Fårö fue convertida en museo y residencia para artistas.



Desde que despertó en mí la pasión por el cine que soñé con llegar a Bergman. Durante años tuve su número escrito en la contratapa de su autobiografía, pero jamás hice un intento serio por contactarlo. Creo haber hecho dos llamadas, las cuales lancé como piedras desorientadas en el inmenso lago de la incomunicación. Su figura me causaba una mezcla de admiración y de terror desmesurado. Las historias que me contaban sus colaboradores sobre su mal carácter echaban por tierra mis esperanzas de poder convencerlo para que me dejase formar parte de su equipo. Años más tarde me encontré ante la posibilidad de utilizar su morada. Bergman dejó estipulado en su testamento que sus casas quedasen a disposición de las nuevas generaciones de cineastas. Fue así como una delegación sueca que visitaba el instituto de cine donde soy académico en la India, me hizo una invitación para ocupar su escritorio y su lecho durante algunos días de diciembre, a modo de continuar escribiendo mi primera colección de cuentos.

Ingmar Bergman llegó a la isla de Fårö, a principio de los años 60, en busca de un lugar para rodar "Detrás de un Vidrio Oscuro", luego de que Sven Nykvist le recomendase visitar lo que en ese entonces era uno de los lugares más inhóspitos de Suecia. Llegó reacio, pero se encontró con lo que más tarde proclamaría como su verdadera casa. "Las primeras señales vinieron de mi intuición: este es tu paisaje, Bergman", cuenta que se dijo a sí mismo en un capítulo de su autobiografía. "Esto corresponde a tu concepción más profunda de las formas, proporciones, colores, horizontes, sonidos, silencios, luces y reflejos. He aquí un territorio seguro. No te preguntes por qué". Vivió en Fårö durante casi cuatro décadas. Allí creó alrededor de doscientas obras para cine, teatro, radio y televisión, así como puestas en escena y varios libros, entre los que figuran dos obras autobiográficas de suma importancia: "Imágenes" y "Linterna Mágica".

He allí su esencia: la profundidad de su obra recae en su capacidad de introspección, en la brutalidad de su honestidad frente a sí mismo. Por consiguiente, mi primera sensación al llegar a Fårö fue la de adentrarme en una naturaleza que se iba transformando en el reflejo de su lucha interior, la que tantos de sus personajes libraron en sus películas. Bergman vivía como un eremita, alejado del mundo, pero jamás de sí mismo. Por lo tanto, se me hacía difícil entender que él dejase las llaves de sus casas para que cualquier persona pernoctase en ellas y leyese, incluso, sus mensajes más íntimos, los cuales dejó inscritos a mano sobre mesas y paredes.

Durante mi estadía pude visitar tres de sus propiedades en la isla, todas fundamentales en la historia de su filmografía. Skrivstugan, la cabaña donde escribió la mayoría de sus obras, fue también el lugar donde pernocté durante mi visita. Allí rodó las últimas tomas de "Escenas de la vida conyugal". El impacto de aquella miniserie en la sociedad escandinava no tuvo ni precedentes ni posteriores. El drama de la pareja protagonizada por Liv Ullmann y Erland Josepshson se transformó en un poderoso catalizador de divorcios. Fue sin duda su mayor éxito en Escandinavia.

Me impactó enormemente ver cómo algunos de los muebles que había utilizado como parte de su utilería se habían transformado en elementos de su diario vivir. Los sillones, las lámparas y su cama, todo me parecía reconocible, a excepción de un afiche en el que figuran Don Quijote y Sancho Panza. Entre la vida y obra de Bergman se puede apreciar un diálogo directo entre ficción y realidad. Por una parte integró utilería de sus películas a sus casas, mientras que por otra transformó las escenografías de "Saraband" en una analogía de sus moradas.

Música y silencio

Es bien sabido que el género que más inspiró a Bergman fue la música, lo que se denota en los nombres de algunas de sus películas: "Sonata de otoño", "La flauta mágica" y "Música en la oscuridad". De la melodía aprendió a articular con precisión los silencios entre sus personajes, así como el fraseo y el contrapunto con el que intercambian sus diálogos. "Si tuviese que elegir entre perder el sentido auditivo y la vista, pues preferiría mantener mis facultades auditivas. No puedo imaginarme nada peor que perder mi contacto con la música". Su sueño de toda la vida fue ser director de orquesta, pero fue el cine la respuesta que encontró al sentir que su amor por la melodía no era recíproco.

Hurgué entre sus discos, buscando algún detalle que revelase una dimensión desconocida de su idiosincrasia. Entre obras de Schubert y Mahler divisé el Carnaval de Schumann, interpretado por Arrau, lo que me hizo pensar si en mi país han logrado dimensionar su impacto en el arte occidental. Encontré también muchas obras de Bach, las que le sirvieron para fundamentar varias de sus películas más importantes. Bergman no hace casi mención alguna sobre otro compositor. "Vamos por la vida y nos preguntamos sobre la muerte y sobre lo que viene después, o lo que no viene. Pero es así de simple. La música nos ayuda a vislumbrarlo. Como por ejemplo Bach", le dice el personaje de Henrik a su hija Karin en una escena de "Saraband".

Ante tantas impresiones, me detuve por un momento a reflexionar con respecto al elemento musical que aún perduraba con elocuencia en su vivienda: el silencio. En torno a su hogar no existen más que bosques y mar. La casa más cercana es su propia cabaña. En el camino de tierra que las separa solo se escucha una leve brisa, y aunque el océano está muy cerca, casi no se oye. Cuentan que cuando Bergman decidió tomarse un año sabático para estudiar la música de Bach, terminó escribiendo el libreto de "El silencio", una de sus obras más significativas.

Dice el compositor chileno Jorge Arriagada que el componente más importante en la música incidental es justamente la pausa. A partir de esta nacen los elementos sonoros, rítmicos y armónicos que definen la psicología de un filme. Quizás no es casualidad que al hurgar en la colección de películas me haya topado con "L'enfant de l'hiver", del director francés Olivier Assayas, con música del mismo Arriagada. Me di el gusto de ver este filme en su famoso cine, para entender el porqué de su elección. La respuesta estaba a flor de piel: la interioridad expresada por la música y la manera en la que el montaje articula la intimidad de cada personaje responden probablemente a lo que Bergman consideraba como algo fundamental.

Los personajes de sus propias películas comulgaban con la muerte y con las verdades más desgarradoras de la existencia humana. Bergman era el cineasta de la intimidad al borde del abismo. En el velador de su lecho de muerte me encontré con mensajes que había escrito con pulso tembloroso: "miedo", "noche de mierda", "embriagado con éxito" y "Saraband", esto último en referencia a su filme, en el que su alter ego , interpretado una vez más por Erland Josephson, vuelve a dormir desnudo junto a la mujer de su vida, interpretada por Liv Ullmann, su ex amante y compañera en la vida real.

Al día siguiente me senté a comer un salmón ahumado en su cabaña, mientras leía la carta que Kubrick le envió en 1960: "Su visión de la vida me ha conmovido mucho más que cualquier otra película que haya visto. Ud. es el cineasta más grande del momento". El reconocimiento a su obra llegó de todo el mundo, pero solamente un puñado logró acceder a Bergman. Los directores Woody Allen y Ang Lee fueron de los pocos que pudieron conversar personalmente con él en Fårö. Lars von Trier, en cambio, jamás recibió respuesta alguna a las cartas que le envió escritas de puño y letra. Esto me hace pensar en la anécdota que me tocó vivir en París, donde un productor me había enviado para que coescribiese un libreto con Raúl Ruiz, algo que resultó ser una misión imposible. Durante una cena en un restaurante chino se le ocurrió dictarme una carta que yo debía enviar a Bergman. La misiva contenía una invitación para "comer mariscos" y para "hablar de cine". Fui fiel a la misión encomendada, pero corrimos la misma suerte que Von Trier.

Al regresar a la India me encontré con Jorge Arriagada y con Jens Fischer, director de fotografía, hijo de Gunnar Fischer, quien creó las imágenes de clásicos como "El séptimo sello". Llevo una década tratando de producir un encuentro entre ellos, algo que se da finalmente en Pune. Dado que Jens inició su carrera como niño actor con Bergman, escuchamos cada anécdota que compartió entre cenas picantes y vinos chambreados. "Yo tengo un problema con Bergman", nos dijo, "él no debería haber interrumpido su colaboración con mi padre. Puede ser que se hayan peleado por una actriz. Sin embargo, debo reconocer que como director fue lo máximo".

"He allí su esencia: la profundidad de su obra recae en su capacidad de introspección, en la brutalidad de su honestidad frente a sí mismo". 

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia