Dólar Obs: $ 915,97 | -0,05% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 40.768,69
IPC: 0,20%
200 AÑOS DE LA BATALLA:

Rafael Maroto, la novelesca vida del brigadier español derrotado en Chacabuco

domingo, 12 de febrero de 2017

General (R) Marcos López Ardiles Academia de Historia Militar
Historia
El Mercurio

Pese a sus desavenencias con Marcó del Pont, Maroto era el oficial con mayores atributos para enfrentar al ejército patriota que emergía entre las montañas. Tras la derrota, vive complejos episodios en América y España, entre ellos las guerras carlistas. Chile lo acoge en los últimos años de su vida.



Pocos chilenos saben los restos del teniente general Rafael Maroto Ysern (1783-1853), descansan desde hace casi un siglo en el Mausoleo de Jefes y Oficiales del Ejército de Chile, ubicado muy cerca del patio histórico del Cementerio General de Santiago. Quien fuera un enconado y digno adversario de las campañas de nuestra Independencia, reposa en paz junto a sus antiguos contrincantes en la lucha.

Hace casi 100 años, el gobierno del Presidente Juan Luis Sanfuentes determinó efectuar un acto de conciliación entre los que habían sido los enemigos de ayer. Se decidió hacerlo a través de un homenaje a tres soldados que representaran a los bandos que habían estado en guerra. Los elegidos fueron el general español Rafael Maroto, el coronel chileno Agustín López y el teniente coronel inglés Jaime Charles (en representación de los militares extranjeros que formaron en las filas patriotas).

La edición de "El Mercurio" del 2 de junio de 1918 describe el fervor ciudadano que se manifestó en las calles por donde se desplazó el cortejo que acompañaba las urnas de los héroes de la Independencia, cuyos restos habían sido exhumados desde sus primitivas sepulturas. En un acto inédito, se rendía homenaje a un patriota, se agradecía a un extranjero y se reconocía la bravura e hidalguía del contrincante español. En su discurso, el Ministro de Guerra, Jorge Valdivieso, expresó que "las rivalidades de ayer desaparecen ante la sincera amistad de hoy, y de ahora en adelante, vencedor y vencido, descansarán en el suelo de la inmortalidad, en nuestra tierra, cubiertos por la bandera de Chile y guardadas sus cenizas por el respeto y cariño de todo un pueblo".

Infortunios y causas perdidas

Entre los homenajeados, el caso más curioso es el de Maroto, quien el 10 de febrero de 1817 fue convocado por el agobiado gobernador Marcó del Pont. El brigadier Rafael Maroto era comandante del Talavera, el más aguerrido batallón de las fuerzas monárquicas. El agobio del gobernador era explicable. Además de gobernarla, su misión era conservar a la Capitanía General de Chile bajo la Corona de España y en varios mensajeros le informaban de la simultánea llegada de columnas patriotas que estaban terminando de cruzar los Andes a través de varios pasos.

Marcó del Pont, previendo esta invasión de los "insurgentes", había disgregado sus fuerzas entre Coquimbo y Concepción. Con eso cubría una gran extensión del reino, pero era débil en todas partes. Encargó entonces a Maroto la difícil misión de bloquear y derrotar al grueso del Ejército de los Andes, que reunía a cerca de 4.000 hombres. Con ese fin, Maroto disponía de solo 2.000 efectivos, a los que debió desplegar en un dispositivo defensivo en las proximidades de las Casas de Chacabuco, para lo que contó con escasas horas, incluido el tiempo disponible para realizar un improvisado reconocimiento. El resultado de la batalla es conocido. Chacabuco fue el principio del fin del dominio español en la América del Sur, proceso que terminaría siete años después, en Ayacucho. Para Chile se extendería por dos años más, hasta la derrota de los realistas de Chiloé.

Cuando Maroto fue vencido en Chacabuco era un joven brigadier de treinta y tres años. Había llegado al país cuatro años antes y se había casado con la chilena Antonia Cortés y García, de una próspera e influyente familia que le legaría valiosos bienes; al contraer matrimonio, ella tenía 16 años.

La vida de Maroto supera a varios guiones de novelas y está muy bien relatada en el libro "Chacabuco y Vergara", escrito por Manuel Torres Marín y publicado por la editorial Andrés Bello, en 1981. Según dice Torres Marín: "Maroto desempeñó el ingrato papel de las causas perdidas". En efecto, su vida estuvo llena de infortunios, propios de los difíciles tiempos que le tocó vivir en América y en la Península, a lo que se sumó su conducta, guiada siempre por lo que estimó que era el proceder correcto como militar y como español.

Después de Chacabuco regresó al Perú y al dar cuenta de sus actos al virrey Abascal, este lo recibió con notoria desaprobación por su derrota en esa batalla, asignándole un puesto que lo alejaba de su vocación militar: entre 1817 y 1823 sería el Jefe Político de Charcas (actual Sucre). Su gestión gubernativa mereció elogios e inicialmente pudo disfrutar de una grata vida familiar en la que nacieron cinco de sus siete hijos. Muy pronto, sin embargo, la tranquilidad fue interrumpida por los movimientos independentistas y por sus desavenencias con el general Pedro Antonio de Olañeta, quien ejercía el gobierno de todo el Alto Perú.

En las postrimerías del dominio español, Maroto fue designado Comandante General de la Provincia de Puno, pero, una vez derrotados los realistas en Ayacucho, debió dejar su casa a orillas del Titicaca para regresar a España, de la que había estado ausente por 12 años. En 1825 fue nombrado Comandante General de Armas de Asturias, donde se estableció con su joven esposa criolla y donde llegarían más hijos.

En las guerras carlistas

Entre tanto, ya habían fallecido los padres de doña Antonia -la esposa de Maroto- y el matrimonio decidió que ella debía viajar a Chile para reclamar su valiosa herencia. Comenzó un largo viaje a Liverpool, acompañada de sus hijas menores, Mercedes y Cándida, donde esperaba tomar una embarcación que las llevara a América.

Desde Inglaterra, en enero de 1830, doña Antonia escribe una carta que está transcrita en el libro de Torres Marín: "Cuando salí de tu lado fue resuelta a hacer un particular sacrificio en obsequio de mis hijos, tratando de venir lo más pronto posible y regresar a los brazos de mi esposo con la victoria, ayudada del favor de Dios y de mis buenos deseos, y después acabar el resto de mis días en unión de los preciosos seres que nos rodean. Mucha amargura me hacía sentir mi corazón antes de llegar a partir..."

Y se cumplió el oscuro presentimiento expresado en su carta: el bergantín "Rodas", que la acercaba a su tierra natal, naufragó frente a las costas de Brasil, muriendo ella y sus pequeñas hijas. Su marido quedaba sumido en una profunda pena, solo consolada por la cercanía de sus hijos mayores: Carmen, Margarita, Justa, Rafael y Víctor.

En 1832, don Rafael fue designado Comandante General de la Provincia de Toledo, y estando en ese puesto se agudizó la controversia sobre la sucesión al trono de Fernando VII, el que era pretendido por su pequeña hija la Infanta Isabel y por su hermano el príncipe Carlos María Isidro de Borbón. La controversia se fundaba en interpretaciones distintas sobre la vigencia de la ley sálica, que impedía que la corona se posara sobre una cabeza femenina.

Tentado por el bando carlista, Maroto participó en reuniones en Madrid, en las que se discutió la manera de promover a don Carlos para el trono de España. Descubierto, procesado por conspiración y condenado a seis años de prisión, permaneció cerca de un año en un oscuro calabozo, del que consiguió fugarse. Después de algún tiempo llevando vida de proscrito, el príncipe Carlos, que a la muerte de su hermano se había autoproclamado rey de España, sumó a Maroto a su causa y le entregó sucesivos mandos de distintas fuerzas, hasta que en junio de 1838 le asignó el mando del ejército carlista. Cruenta, como toda contienda entre hermanos, la guerra carlista se prolongaba ya por siete años y había costado la vida y la ruina de muchos españoles.

Conmovido por el baño de sangre en que estaba sumida su patria y cansado de las intrigas de la corte carlista, el general Maroto, sin la anuencia de don Carlos, pero respaldado por sus comandantes subalternos, decidió pactar la paz con el general Baldomero Espartero, jefe del ejército isabelino, en el "Convenio o Abrazo de Vergara".

La acción de Maroto es controvertida hasta hoy. Para muchos carlistas fue un traidor, en cambio los isabelinos le condecoraron y le confirieron los títulos de Conde de Casa Maroto y Vizconde de Elgueta, aunque siempre manteniendo distancia hacia el antiguo contendor.

Últimos años en Concón

Rafael Maroto fue sobre todo un soldado. Además de su fe en Dios, su otro credo fue el de servir a España y a su rey. Frente a los devaneos de la política, Maroto no mostró interés ni habilidad. Si se sumó a la causa carlista fue porque creyó que era mejor tener a don Carlos en el trono, en vez de que lo ocupara una niña de tres años, cuyo reinado sería objeto de una incierta regencia.

Sumido en las incomprensiones y en las intrigas que le mortificaban, el viejo general resolvió radicarse en Chile, para gozar de la tranquilidad que sus hijos, prósperos herederos de su madre, le podían prodigar. Encontró aquí la paz y el respeto que le fueron esquivos en la Península. Sin una vida social muy activa, y a pesar de su austeridad y natural retraimiento, cultivó buenas amistades y nunca fue molestado por ser el otrora rival de Chacabuco. Margarita, una de sus hijas, se casó con el hijo mayor del general José Manuel Borgoño, destacado artillero de la causa patriota.

El militar español pasa los siete últimos años de su vida en la hacienda de Concón, con esporádicos viajes a Valparaíso. Un recuerdo de su permanencia en Chile lo constituye la vieja casona de Concón, hoy en terrenos de la Refinería de Petróleo. La hacienda estuvo por 180 años en poder de la misma familia, hasta que fue vendida en 1939. Aunque sin duda, el más importante testimonio del general español es la descendencia que ha dejado entre nosotros y que ha alcanzado notoriedad en diferentes ámbitos.

Rafael Maroto moriría en Chile a los 69 años. Pocos ejemplos hay en el mundo donde el vencedor acoge al vencido en su propio suelo, en la vida y en la muerte.

Maroto tenía 33 años cuando dirigió las fuerzas realistas en Chacabuco.

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia