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Chañaral de Aceituno, el reino de las BALLENAS

domingo, 05 de febrero de 2017

POR Carla Ruiz Pereira, DESDE LA REGIÓN DE ATACAMA.
Crónica
El Mercurio

A 20 minutos de Punta de Choros hay una pequeña comunidad que en invierno apenas alberga a pescadores y sus familias, pero que en verano se vuelve la joya de Atacama. Esta es la historia de una caleta que se reinventó gracias a sus visitantes más famosos.



Terror. Eso sintió Patricio Ortiz aquella primera vez, hace 40 años. Estaba a 400 metros de la costa de Chañaral de Aceituno. El motor del bote se había averiado y allí, en pleno mar, no le quedó otra cosa que intentar repararlo. De repente -recuerda Ortiz- la vio. Algo se movía en el agua azul. Era una ballena. Nada en su experiencia (había sido patrón de nave, pescador, asistente de buzo y radio operador) lo había preparado para una situación como esta. Colocó el motor y lo echó a andar como pudo.

"¡FUUUUUUUUUUUU!", escuchó mientras veía cómo un chorro de agua se levantaba unos tres metros hacia el cielo. La ballena había "soplado" justo al lado de su bote. El pescador pensó que lo estaba atacando.

Esa fue la primera vez que Patricio Ortiz vio una ballena.
Años después, en 1980, Gian Paolo Sanino, un científico experto en estos mamíferos marinos, buscó a Patricio Ortiz. Necesitaba llegar hasta Isla Chañaral, justo frente a Chañaral de Aceituno.

-¿Y para qué quiere ir a la isla? -preguntó el pescador.

-Yo investigo a las ballenas. Este va a ser el turismo que va a haber en Chile -respondió Sanino.
Y aunque desde la caleta Ortiz veía constantemente los soplos de estos animales, tras su primer e inquietante encuentro, no se había atrevido a acercarse a uno.

Al principio, el pescador dudó del científico. Pero en la caleta ningún otro bote quería hacer avistamiento de ballenas. Así que se decidió. Primero, partió "a capela", como él mismo dice: sin salvavidas y llevando a las personas que nadie quería transportar por el costo que implicaba. Luego, en el año 2000, se profesionalizó con un Fosis que ganó. Entonces compró chalecos, dos radios y mejoró el motor. Lo que siguió fue un tipo de viaje que este pescador ha venido realizando a lo largo de 37 años.

En el miedo, aunque sin saberlo entonces, Patricio Ortiz había encontrado su futuro.

CASI EN EL OLVIDO

Los habitantes de Chañaral de Aceituno repiten casi con orgullo la misma frase: "Antes no existíamos ni siquiera en el mapa". La caleta se encuentra en la Región de Atacama, unos 120 kilómetros al norte de La Serena y 130 al sur de  Vallenar. Llegar a este sitio puede ser todavía una especie de desafío para muchos. Luego de empalmar desde la Panamericana 5 Norte, es necesario recorrer casi por una hora un camino compactado y lleno de curvas. Pero antes de que existiese este camino, hubiese botes de pescadores e incluso casas, los habitantes de la zona eran otros.
Los comienzos de esta caleta se remontan al siglo IX, cuando los changos la poblaron. Aquí donde hoy se ven lanchones de fibra, los integrantes de ese grupo considerado los nómades del mar construían balsas de cuero de lobo. El último fabricante de ese tipo de embarcaciones, y descendiente directo de changos, es Gustavo Álvarez, pescador de la caleta.

-Las ballenas han estado siempre. Antes había muchas osamentas en la costa. Cuando niño recuerdo que las veía pasar -explica.

El recorrido, apunta Gustavo Álvarez, es el que las ballenas han realizado siempre. En aguas tropicales estos mamíferos acuáticos dan a luz y alimentan a sus crías hasta que tienen la cantidad de grasa en el cuerpo que les permite adentrarse en aguas más frías. Una vez preparadas para el traslado, la próxima parada es en la Región de Atacama. La temperatura, las corrientes marinas y la abundancia de krill -esa especie de crustáceo con que se alimentan las ballenas- acercan a estos mamíferos a las costas de Chañaral de Aceituno.

Pero a 27 kilómetros de aquí está Punta de Choros, el destino que se ha posicionado -con sus aguas turquesa, la colonia de delfines y la mayor reserva de pingüinos de Humboldt en el mundo- en un hito obligado en la zona. Y aunque apenas 20 minutos separan a Punta de Choros de Chañaral de Aceituno, este último lugar sigue manteniéndose mayormente como el pariente desconocido. Pero fue eso mismo lo que -dicen aquí- convirtió a la caleta en lo que es hoy.

Justo frente al muelle, en un edificio verde limón de dos pisos, está el Restaurante del Jony, sitio obligado cuando uno visita este lugar. Hasta personalidades como la documentalista y exploradora Celine Cousteau -nieta del legendario oceanógrafo Jacques Cousteau- han venido a este sitio para probar su congrio frito y, además, para conocer a Jony Peña, el dueño.

-Yo llegué acá cuando esto era pueblo de nadie. No había luz, no había agua, los caminos eran inaccesibles, eran prácticamente arenales -cuenta Jony.

Jony Peña trabajó en Punta de Choros como buzo, extrayendo algas y lapas, y luego se movió a Chañaral de Aceituno. Aquí, dice, cambió de rubro. Puso un puesto de comida, el mismo que ahora es este popular restaurante de dos pisos.

Jony, mientras sirve un plato de locos, explica las diferencias entre ambos lugares:

-Acá llega otro tipo de turista. Es más seleccionado; no es el boom de Punta de Choros porque el que viene aquí está dateado. Hasta el camino te hace más difícil llegar.

Difícil, pero no imposible. Si en años anteriores el flujo de visitantes era de apenas unos cientos, según la Asociación Turística Local hoy en día Chañaral de Aceituno recibe unas 20 mil visitas al año. Y así como llegaron las ballenas, los mini emprendimientos de turismo no tardaron en aparecer. Eso aunque por las tardes en este pueblo solo se escuche el zumbido del viento y cueste toparse con alguno de los 300 habitantes que oficialmente tiene la caleta. Como sea, alrededor de las improvisadas calles de arena no hay sitio donde no se ofrezca alojamiento en cabañas o se estén construyendo otras para arrendar. Los dueños son los mismos pescadores, ya sean los que trabajan buceando para extraer productos del mar para vender, o los que hacen circuitos de avistamiento de ballenas. Lo claro es que todos ven ya al turismo como su oportunidad para reinventar la caleta.

MÁS QUE BALLENAS

Son las 9 de la mañana, el sol pega fuerte y en el improvisado muelle ya hay gente esperando. Con calma se reparten salvavidas naranjos y van subiendo ocho visitantes al primer bote que saldrá hoy: el Arca de Noé, la embarcación de Patricio Ortiz.

Ver ballenas. Obvio, ese es el objetivo. Zarpamos con confianza. Quienes suben a la embarcación saben que con Ortiz van a la segura. Cada uno tiene que hacer lo suyo, en todo caso. No gritar, no golpear y mantener el silencio, son las instrucciones que da Ortiz para lograr un buen avistamiento.

-Si las ballenas perciben que la embarcación no es amenaza, se...

¡FUUUUUUUUUUUUUU!

El pescador no termina la frase cuando una ballena (una Balaenoptera physalus, explica luego Ortiz, más conocida como ballena fin) lanza su chorro de agua a tan solo 10 metros del bote. La sensación que queda es la siguiente: los avistamientos no son como los muestran en los documentales; a la ballena apenas alcanzamos a verla por el chorro de agua que lanza y luego se sumerge de inmediato. Pero ese lapso de tiempo, unos 10 segundos, es un momento verdaderamente único.

Hay un aplauso cerrado que sale espontáneo de todos a bordo.

Pero no es todo. Luego de ese primer encuentro, pareciera que las ballenas rodearan el bote de Ortiz. "¡Allí!". "¡Allá!". El pescador apunta a uno y otro lado, y de un momento a otro se lanza a toda velocidad hasta quedarse parado en un punto. El motor se detiene.

-No hay que tener miedo. Silencio; miren, escuchen el canto de las ballenas -dice y todos creemos oír sonidos armónicos-. Qué maravilla, ¿no? ¡Qué belleza, señor!

Es el momento que esperábamos, en una faena que está bien organizada. Cada día los 36 botes autorizados para salir a realizar avistamientos en Chañaral de Aceituno se ordenan como si fueran una línea de colectivos: a medida que se completa un bote, puede salir otro, hasta dar la vuelta completa del circuito de embarcaciones. Fueron los mismos pescadores quienes les propusieron a Sernapesca y a la Armada que se limitara la cantidad de botes que podían salir con este objetivo. La idea -dicen- era evitar que en algún momento hubiese ochenta botes en el mar al mismo tiempo como -también dicen- sí pasa en Punta de Choros.

Gian Paolo Sanino, el científico que un día llegó a hablar con Patricio Ortiz, fue uno de los primeros expertos en interesarse en los cetáceos que se asomaban frente a Chañaral de Aceituno. Y fue también él quien vislumbró que el turismo en torno a la observación de ballenas sería el futuro para esta caleta. Hoy, a 30 años de su primer avistamiento, dice que todo lo que han logrado es mérito de Patricio Ortiz y la comunidad.

-Patricio fue el primero que se interesó en esta actividad, aún cuando otros se reían de su idea. Con coraje y esfuerzo enfrentó algunos miedos y aprendió lo que necesitaba. Él y su comunidad se organizaron, y son el primer ejemplo de turismo de observación de cetáceos en el país. Demostraron algo que los académicos suponían imposible: con el apoyo adecuado, ellos mismos pueden crecer, desarrollar proyectos tan técnicos como este y, además, regularse. Son un modelo para todo el país.

Arriba del Arca de Noé, Patricio Ortiz avisa por radio sobre el avistamiento de varias ballenas fin unos 120 metros al oeste de la caleta. Es parte del procedimiento: los que salen primero y tienen encuentros con estos animales, deben avisar al resto dónde están las ballenas. Luego de cumplir con los otros boteros, Ortiz explica que las fin son solo una de las especies que se pueden ver en esta zona. Entre diciembre y junio aparecen también ballenas azules -el mamífero más grande del mundo-, jorobadas y minke. Los pescadores no las reconocen solo por sus especies, sino también a algunos ejemplares por sus particularidades.

-Hay una ballena fin que tiene la aleta como un garfio y le pusimos "La garfio". Otra tenía muchos pelitos y la bautizamos "La chasquilla". La que se mueve mucho se llama "La gelatina". Otras se identifican por su comportamiento. Hay una que siempre es la primera en llegar y la última en irse, que se sumerge por un lado y aparece casi de inmediato muchos metros más allá. Esa es una ballena fin juvenil. Nosotros le decimos "La loca".

Patricio Ortiz, igual que la mayoría de los pescadores de la caleta, ha tenido que estudiar para poder hacer el circuito. Primero aprendió de un libro que le regaló Gian Paolo Sanino y luego se capacitó con distintos cursos. Aunque, dice, otra de sus fuentes de aprendizaje son los científicos que, como María José Pérez, ahora visitan cada vez más esta zona.

-Con Patricio vimos por primera vez los delfines lisos. En las investigaciones se trabaja directamente con gente local y ha sido un proceso aprender en conjunto, conocer nuevas especies, identificar los comportamientos de las ballenas. Todo con los pescadores. Porque también sabemos la importancia de difundir el conocimiento para que ellos transmitan en sus viajes de turismo un relato informado -explica María José, que es investigadora de Eutropia, IEB y Universidad de Chile.

Pero el recorrido de más de dos horas -a veces casi tres- que se realiza en Chañaral de Aceituno no se trata solo de avistamiento de ballenas. La otra parada es en Isla Chañaral, ubicada frente a la caleta y a media hora de navegación. Esta isla es parte de la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt desde 1990. Cuando nos acercamos a ella, sobre las rocas, las algas y el musgo, otras especies se asoman: decenas de lobos marinos que explican que a esta cara de la isla la llamen simplemente "la lobera".

El balance del viaje que hacemos hoy (cuesta diez mil pesos) se puede resumir así: lobos marinos, pingüinos, chungungos y no uno, ni dos ni tres, sino que 12 avistamientos de diferentes ballenas.

Ya con rumbo a la caleta, Patricio Ortiz recorre parte del mar esperando algo que nadie entiende. No dice nada. Arranca con el bote rugiendo hacia el este, luego hacia el oeste y vuelve al este, cuando de pronto aparece.

¡FUUUUUUUUUUUUU!

Un chorro al lado del Arca de Noé que moja a todos los visitantes. Es el bautizo de la ballena.

Más tarde, en la caleta, a eso de las 10 de la noche, veo a Patricio Ortiz. Está pegado en la pantalla de su celular. Revisa la aplicación Windguru para asegurarse de que las condiciones de viento serán óptimas para navegar al día siguiente. Cerca de su escritorio hay varios libros, incluyendo el primero que leyó sobre el tema al que se dedica hoy: Ballenas, delfines y marsopas, de Mark Carwardine. Ya no lo necesita. Mañana -Patricio lo sabe- será otro día para verlas en directo.

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