Dólar Obs: $ 924,94 | -0,44% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 40.844,79
IPC: 0,00%


El destino de ''las travestis de Lavín''

sábado, 28 de enero de 2017

por Juan Luis Salinas T. colaboración sergio caro
Crónica
El Mercurio

En 2001, un grupo de transexuales tomó los cursos de reinserción laboral que el entonces alcalde de Santiago Joaquín Lavín les ofreció para que dejaran la prostitución y empezaran otra vida. Se trataba de la primera política pública que intentaba dignificarlas. Quince años después, "Sábado" las rastreó para saber la suerte que corrió cada una.



-Yo creo que muchas ya están muertas.

Sandy Iturra baja la mirada y se lleva sus manos grandes a la cara. Sus dedos largos con las uñas pintadas afirman el mentón. Su voz es suave, pero lejana.

-Perdí la pista de todas... La vida de nosotras, las trans, es difícil.

Sandy Iturra tiene 42 años y vive en Quintay. En ese balneario tiene un pequeño local donde vende empanadas, al lado del restorán de su madre, y que ella abrió hace seis años.

-La idea era que esos cursos nos cambiarían la vida, que saldríamos de la calle, pero no fue así. Yo misma tuve que pasar por varias cosas. Dejé y volví al alcohol, partí un negocio y lo abandoné. Casi me mataron unos neonazis en la calle, estuve en coma durante una semana. Y ahora, después de todo, creo que estoy bien.

Tras ese ataque, que ocurrió la madrugada del 7 de junio de 2011 en Valparaíso, Sandy perdió la visión del ojo derecho.

 -Yo me salvé. Eso no pasó con la Claudia, ella fue la primera del grupo a la que mataron. La Amanda murió después de una sobredosis. La Margot se ahorcó. Otras murieron de sida.


Las bautizaron como "las travestis de Lavín". Era un grupo de transexuales que ejercían el comercio sexual en San Camilo y otras calles de la capital, que en 2001 siguieron los cursos de reinserción laboral que el entonces alcalde de Santiago Joaquín Lavín les ofreció para empezar otra vida. El primero y el más conocido fue un taller de corte y confección que ejecutó con el apoyo del Instituto de Formación y Capacitación Popular, Infocap, creado por los jesuitas, también conocido como "la Universidad del Trabajador".

Todo comenzó luego de un conflicto entre los transexuales y el municipio santiaguino en marzo de 2001. Lavín, alertado por los vecinos de la calle San Camilo sobre el aumento de prostitución y tráfico de drogas, instaló una caseta de vigilancia y un retén móvil para que resguardaran el sector.

Los transexuales rechazaron la medida. Se organizaron y enviaron a un grupo de voceras que llegaron a la antesala de la oficina de Lavín a encararlo. Amenazaron con tomarse el edificio: reclamaban que la caseta alejaba a sus clientes y que ellas no tenían otra actividad de qué vivir. El alcalde trató de evitar el encuentro -envió a su asesor Patricio Cordero y a su jefe de prensa, Jorge Romo, para que intercedieran-, pero las manifestantes fueron más fuertes. Lavín, finalmente, las recibió en su oficina.

-Estaban muy decididas. Para mí fue complejo, no sabía tratarlas, si saludarlas con la mano o con un beso. Su aspecto era totalmente femenino. Hasta entonces, yo pensaba que el problema de seguridad solo lo vivían los vecinos; con esa conversación comprendí que ellas estaban desamparadas, eran discriminadas, sufrían todo tipo de violencia -recuerda Lavín, actual alcalde de Las Condes.

-Les pregunté por qué se dedicaban a la prostitución y Silvia Parada, la líder del grupo, me dijo: "¿Qué otra cosa vamos a hacer? A nosotras nadie nos contrata, porque nos piden el carné y lo que somos no tiene que ver con lo que aparece en el documento".

Otra de las visitantes -Lavín no recuerda su nombre- le preguntó: "¿Usted contrataría como secretaria a alguna de nosotras?".

-No supe qué contestarle... habría tenido que decirle que no. Ahí me di cuenta de que, efectivamente, no tenían muchas posibilidades.

La propuesta municipal fue capacitarlas en algún oficio. Luego de reunirse con varios centros de formación técnica, que rechazaron su idea, llegaron a un acuerdo con Infocap, que dirigía el sacerdote Felipe Berríos. Entretanto, el alcalde, con la ayuda de la asistente social de la Dirección de Desarrollo Comunitario, Bernardita Bakovic, se encargaron de que los transexuales se organizaran: fue el inicio de Traves Chile, una entidad que llegó a tener grupos y oficinas en las principales ciudades de Chile.

-Les buscamos una sede en calle Victoria y conseguimos que un liceo les hiciera exámenes y los cursos para que nivelaran su educación, porque ese era el requisito que se pedía a todos los alumnos del Infocap -recuerda Bernardita Bakovic, quien trataba con las integrantes del colectivo y hasta las ayudó a que participaran en una marcha del orgullo homosexual-. En la municipalidad estábamos asustados, porque hasta entonces nadie en el país había realizado políticas de ayuda para los travestis, como se les decía a los transexuales.  

Apenas se hizo pública, la idea de Lavín fue tomada, primero, con incredulidad y luego criticada por los vecinos y dirigentes de distintos partidos. La prensa hablaba de las "amigas del Joaco" y de "el travesti power". Lavín -quien ayudó a Traves Chile durante todo su período como alcalde- afrontó comentarios como el del entonces ministro del Interior, José Miguel Insulza, quien le reprochó el "andar  besuqueándose con travestis".

-Hubo miles de críticas y un grupo de personas se enojó conmigo, muchos eran del bando opuesto, pero principalmente eran de mi propio sector político. Me decían: "No puedes hacer esto. Qué travestis, los hombres son hombres y las mujeres son mujeres. Esto es inaceptable". Otros decían que estaba traicionando mi fe. Todavía hay gente que me habla de los travestis cuando quiere atacarme.

Los cursos partieron el 28 de mayo de 2001 en la sede central de Infocap, en Departamental 440, San Joaquín. A las cinco de la tarde de ese lunes, un grupo de 25 transgéneros se reunió en la entrada para acompañarse a la sala de clases: eran las que habían cumplido con los requisitos para tomar el taller de corte y confección.

-Todas las niñas llegamos bien arregladas, pero teníamos miedo. Nos enfrentábamos a un mundo que sabíamos que nos rechazaba. Veníamos de un ambiente duro, donde había grupos que nos golpeaban, clientes que nos trataban como basura y muchas ni siquiera contaban con sus familias. Sobrevivir en la noche era una cosa, afrontar el día era más difícil.

Marcela Elizabeth Cortés era conocida como "la Gata" y era una de las pocas del grupo Infocap que se había sometido a una intervención de reasignación sexual. En 2001 había pasado los 40 años y llevaba casi un tercio de su vida en la calle. Empezó en la adolescencia, cuando su padre carabinero la echó de la casa. Hoy reparte su vida entre Antofagasta y Santiago. Dice que dejó el comercio sexual casi al mismo tiempo que inició el taller de corte y confección.

Para que cumplieran con las clases, el municipio les entregó un bono de 100 mil pesos, dinero para el transporte y una caja de mercadería. Marcela, la presidenta del curso, recuerda:

-Era poca plata comparada con lo que ganaban en la calle, y las niñas salían de noche. Al principio, muchas llegaban golpeadas a clases, otras tomaban vino en los baños o se piteaban. Yo tenía que avisarle al padre Berríos cuando había un problema.

Felipe Berríos recuerda que las primeras semanas fueron complicadas, tanto para los alumnos tradicionales como para las integrantes del taller.

-Al principio ellas llegaron con una actitud violenta, haciéndose notar. Venían con patas transparentes, que dejaban ver sus colaless, bien escotadas y harto maquillaje. Pero como nadie las pescó, fueron bajando su postura. Dejaron de estar a la defensiva. Comenzaron a sentirse personas.

El otro problema fueron los baños (muchos alumnos temían al contagio de VIH si utilizaban los comunes), pero Berríos les respetó su identidad y decidió que ocuparan el de mujeres.

Marcela Cortés cree que todo cambió con la primera muerte de una de sus compañeras: la madrugada del 14 de junio de 2001, Marcelo Santibáñez Lagos, de 27 años, quien se presentaba como Marcela y era apodado "la Mono", murió atropellada por un conductor que se dio a la fuga. Su madre comentó a la prensa que meses antes ya había sido agredida por un grupo de jóvenes armados con palos. Su muerte quedó rotulada en el parte policial como atropello casual y no fue investigada.

-Estábamos acostumbradas a estas cosas, habíamos visto muchas muertes en la calle, pero con el taller habíamos empezado a tener algo de esperanzas -dice Marcela Cortés.
 

La cronología de muertes es difusa. Marcela Cortés y Sandy Iturra repasan mentalmente y creen que la mitad de las integrantes del taller de costura ya murieron. Silvia Parada -quien fue la dirigenta que negoció con Lavín y que en 2008 fue condenada por abuso de menores en riesgo social a seis años, pena que ya cumplió- maneja una cifra similar. En su departamento, cerca de la rotonda Grecia, la exactivista revisa en un cuaderno el listado de las integrantes del taller. Ella lee primero sus nombres originales y luego los que ellas escogieron para rebautizarse: Ángela, Cristina, Nicole,  Juana Iris, Sandy, Daisy, Cristina, Alejandra. En el grupo hay varias Patricia, varias Kathy y Marcela.

Cuando lee el nombre de las muertas, se asombra. Después de Marcela, en Gran Avenida, vinieron otras.

Sasha murió de sida en la clínica La Familia, mientras estaba en clases. El VIH terminó también con Cecilia, conocida como "Cuchuflí de Mora", con Monserrat y con la "Cumbamba", de quien ninguna entrevistada recuerda el nombre de pila.

Luego del curso, Margot fue elegida la mejor compañera. Ella sufría de depresión. Al poco tiempo, se ahorcó. Carmela no soportó una pulmonía. Tiempo antes, la misma enfermedad mató a "Kathy, la Pícara", en el Hospital San José.

En noviembre de 2002, ocurrió la muerte más comentada: en un confuso incidente, Amanda Jofré murió por una sobredosis de drogas en el departamento de un empresario en Providencia. Hoy, bajo el nombre de Amanda se organizó el Sindicato Nacional Independiente de Trabajadoras Sexuales Travestis, Transgéneras y Otras, que agrupa a más de 200 integrantes y es dirigido por Alejandra Soto, otra de las alumnas del taller.

-Las que no están muertas por la calle, silicona industrial o el sida, siguen en la calle. Yo sigo en el comercio sexual. Pocas tuvieron una segunda oportunidad -dice Alejandra.

-¿Todas?

-La Nicole y "la Gata" hicieron otra vida. La Sandy, luego de mucho, también salió. Las hermanas Montero trabajan en la Municipalidad de Maipú. Y está la Susy, que pudo hacer un curso de arsenalería y trabaja en un hospital lejos de Santiago. Ella no quiere hablar. Yo tampoco lo haría si hubiera dejado esto atrás. 

Las reuniones se hacían en unas mediaguas acondicionadas como salas. Estaban en la parte posterior de las instalaciones del Infocap. Además de las clases de corte, diseño, moldaje y manejo de máquinas industriales, las alumnas tenían que ir una vez a la semana a talleres de formación personal, impartidos por tres psicólogos: María Cristina Yazigi, María Luisa del Campo y el sacerdote jesuita Gabriel Roblero, actual capellán del Colegio San Mateo de Osorno. Se dividían en grupos y realizaban sesiones de autoconocimiento, expresión de sentimientos, capacidad de escuchar al otro y autoaceptación. 

Roblero recuerda que las reuniones eran muy intensas:

-Venían de un mundo que se movía bajo los códigos del comercio sexual. En sus vidas, el maltrato y el abuso físico eran algo de cada día, y vivían bajo la exclusión de la gente, de sus familias y los mismos clientes.

Roblero explica que en las primeras sesiones, ellas ni siquiera se escuchaban y tomó un tiempo para que fueran conversando. Dice que en todas sus historias se repetían elementos: abusos sexuales infantiles, violencia familiar y casos de pobreza extrema.

-Un día por la tarde -recuerda Roblero-, una alumna que no fue al taller vino con su abuelita. Quería agradecerme. Se notaba que estaba enferma. Cuando se iba, me dijo que no tenía plata para volverse a la casa. Les pasé para que tomaran un taxi. A la semana siguiente supe que había muerto de sida.

El padre Berríos dice que más allá del oficio que estaban aprendiendo, los talleres de formación personal les abrieron otra perspectiva de vida:

-Se sintieron personas y no simples objetos de comercio sexual. Recuerdo que una de ellas en un momento me dijo: "Nosotras nunca conversamos de lo que nos pasa ni con las mismas compañeras de la calle". En esas reuniones era la primera vez que se vieron a sí mismas como seres humanos, personas que tenían dignidad.
 


El curso de corte y confección duraría tres meses. Cuando se acercaba el final de ese período, las alumnas exigieron que se alargara.

-En tres meses habíamos aprendido menos de lo básico -dice Sandy Iturra, quien recuerda que acompañó a Silvia Parada a negociar con Lavín-. No sé cómo lo hicieron, pero logramos estar seis meses. Y después se hicieron otros talleres, de repostería y otro de peluquería, pero las cosas no fueron iguales. Pocas se inscribieron.

La graduación del taller de costura, coinciden los entrevistados, fue el momento más emocionante.

-Muchas niñas invitaron a sus familias que no veían desde que salieron a hacer la calle. Y llegaron a verlas. Era como si reconocieran que podíamos ser algo más que los colitas que se prostituían -dice Marcela Cortés.

Esa noche todas las alumnas se pusieron de acuerdo en el vestuario. Nada de escotes, minifaldas o transparencias. Optaron por ropa formal. En las fotos aparecen Sandy con un vestido largo y un abrigo de piel; Nicole, con un traje oscuro y un sombrero; y  Juana Iris, con un traje de dos piezas.

Aunque el municipio les entregó unas máquinas de coser para que pusieran un taller en la sede de calle Victoria, la costura no fue el camino.

Marcela Cortés lo explica:

-Era un oficio muy mal pagado, con suerte llegaban personas para que hiciéramos bastas por 500 pesos, pero nadie quería que les confeccionáramos ropa. Aunque en las clases nos habíamos hecho cosas bonitas. Entonces, volvimos a la calle.

El jesuita Gabriel Roblero, en cambio, cree que más allá de la inserción laboral, el curso logró otro objetivo.

-Es cierto que muchas no salieron del círculo, pero les sirvió para sentirse valoradas, escuchadas.  Las humanizó ante la gente. Es una experiencia que debería repetirse.

Alejandra Soto comenta que durante un tiempo trató de buscar trabajo en pequeñas fábricas de confección en Patronato.

-El curso fue una idea que parecía buena. Pero el mundo del trabajo no estaba preparado para recibir a transgéneros como nosotras. Nos pedían el carné y todo quedaba ahí. Las veces que me aceptaban en algún lugar trataba de extender el tiempo antes de mostrar mis documentos; pero cuando me los exigían, me sacaban.

Sandy Iturra:

-El taller en calle Victoria no funcionó, pero era lógico, ya estaba el boom de la ropa barata y nadie se hacía cosas. Pero yo creo que solo la oportunidad de ser reconocidas y demostrarnos que podíamos luchar, bien valió los seis meses. 

-Sandy, ¿hubo gente que dijo que ustedes habían sido utilizadas políticamente por Lavín?

-Decían que yo era una travesti de la UDI, pero no lo veo así. No creo que Lavín ni la municipalidad ganaran algo con los talleres, solo tuvo críticas y burlas. Nosotras, aunque fuera por un momento, logramos que nos tomaran en cuenta, que nos vieran como personas. Lavín y el cura Berríos fueron las primeras personas importantes que me besaron en la cara sin vergüenza.

Joaquín Lavín dice que este grupo de transexuales se enfrentó a una sociedad que no estaba preparada para aceptarlos:

-Para mí, el sueño era sacarlas de la calle y que las trataran con la dignidad que tiene cualquier persona. Creí que sería más fácil. Pero la realidad es que la sociedad les había cerrado las puertas, las condenó a la calle y luego les cerró la posibilidad del emprendimiento o un trabajo normal, porque les pedía que vistieran de hombres y negaran su naturaleza.

-¿Y por qué nadie ha replicado su proyecto?

-La sociedad actual es más permeable con estas iniciativas, pero sigue siendo difícil. Si me hicieran la misma pregunta que me hicieron entonces, sobre si tendría a alguna de ellas como secretaria en la municipalidad, mi respuesta sería la misma de entonces, no les respondería.

"Con suerte llegaban personas para que hiciéramos bastas por 500 pesos, pero nadie quería que les confeccionáramos ropa"

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia