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Conmemoración | El golpe bolchevique:

Quiebre y conspiración: La revolución rusa 100 años después

domingo, 15 de enero de 2017

Roberto Careaga C.
Historia
El Mercurio

A un siglo del levantamiento que convirtió a Rusia en la Unión Soviética, golpeando al mundo entero, se publica por primera vez en español "La revolución rusa", del historiador estadounidense Richard Pipes, un exhaustivo relato de los acontecimientos que sitúa a Lenin al frente de un grupo de conspiradores. El volumen se suma a otras grandes narraciones sobre los decisivos hechos.



Antes de las nueve de la mañana del 25 de octubre de 1917, Vladimir Lenin se apareció en el centro de operaciones del Partido Bolchevique. Se movía clandestinamente y estaba impaciente. Durante la noche, los bolcheviques habían ido tomando posesión uno a uno de todos los objetivos neurálgicos de Rusia en Petrogrado. Aún faltaba el Palacio de Invierno, donde estaban las autoridades, pero la Revolución Bolchevique, que daría paso a la Unión Soviética, ya era imparable. La acción necesitaba la aprobación de un Congreso de los Soviets, pero antes de eso Lenin escribió aquella mañana un comunicado "a los ciudadanos de Rusia", en que declaraba que el Gobierno Provisional ruso -que solo hacía ocho meses había asumido tras la abdicación del zar- había sido derrocado y aseguraba que los objetivos por los que había luchado el pueblo estaban asegurados. "¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos!", terminaba.

El documento escrito por Lenin era algo engañoso, pues lo firmaba el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, un órgano menor que carecía completamente de la autorización para tomarse el poder del país. Por lo demás, se trataba de una toma fantasmal: la capital rusa aquel 25 de octubre funcionó casi con total normalidad: "Nadie, excepto unos cuantos dirigentes, sabía lo que había pasado: que la ciudad estaba atrapada en el puño de hierro de bolcheviques armados y que nada volvería a ser igual", escribe el historiador estadounidense Richard Pipes en su libro "La revolución rusa", un exhaustivo relato que documenta cómo fue orquestada la revolución que modificó el destino del siglo XX. En su visión, antes que un levantamiento del pueblo, fue un golpe de Estado perpetrado por socialistas radicales que actuaron como conspiradores.

Publicada originalmente en inglés en 1992, "La revolución rusa" ahora es lanzada en español por primera vez por editorial Debate (uno de sus traductores es el chileno Jaime Collyer), en el marco de la conmemoración de los 100 años de los hechos. Su fama la precede: considerada como una de las obras decisivas para entender la ruta que transitó Rusia hasta convertirse en la URSS, a nadie se le escapa, sin embargo, que Pipes es un severo y reconocido anticomunista. En plena Guerra Fría, Pipes fue parte del Team B, un pequeño grupo de la CIA que analizaba el desarrollo de las políticas de la Unión Soviética. Y luego fue miembro del Consejo de Seguridad Nacional del Presidente Ronald Reagan. Durante esos años trabajaba en las mil páginas de este libro, cerradas con 50 oscurísimas: la detallada descripción del Terror Rojo, la violencia que ejerció desde sus inicios el Estado soviético contra la población.

El relato de Pipes se suma a una serie de libros disponibles sobre la Revolución Rusa, escritos, entre otros, por el mismo León Trotski -que dio su testimonio de los hechos en 1930- o los historiadores británicos E. H. Carr, Robert Service y Orlando Figes. Este último publicó en 1997 "La revolución rusa. La tragedia de un pueblo", un libro que, como el de Pipes, aspira a una visión total de los acontecimientos. Pero donde el estadounidense utiliza materiales historiográficos clásicos, Figes usa testimonios secundarios que matizan su relato: su libro está hilado por cartas del escritor Máximo Gorki y, echando mano del archivo que la URSS abrió en los 80 -y luego cerró-, también por vidas anónimas como la del campesino Serguei Semyonov. Y hay más diferencias de fondo: Figes cree que si la revolución desató una tragedia no fue solo culpa de una banda de intelectuales, sino que fue enteramente protagonizada por el pueblo ruso. Incluso, problematiza moralmente los límites de la violencia del Estado soviético.

De febrero a octubre

Pasado un siglo de los hechos y, literalmente, cientos de veces estudiados y analizados, aún son fruto de controversias. La posición de Pipes aparece con claridad en "La revolución rusa" cuando plantea las diferencias entre los dos levantamientos populares que ocurrieron en 1917 en Petrogrado: el primero, el de febrero, dice, fue "una auténtica revolución" capaz de derribar al desgastado régimen zarista y poner en su lugar al Gobierno Provisional. Sin embargo, los históricos hechos conducidos por Lenin del 25 de octubre son para Pipes conspiración pura . "Los conspiradores necesitaron a posteriori tres años de guerra civil y terror indiscriminado para someter a la mayoría de la población. Octubre fue un golpe de Estado clásico, la toma del poder por una pequeña minoría, llevada a cabo, por deferencia a las convenciones democráticas de la época, con un espectáculo de participación masiva, pero sin un compromiso real con las masas. Este golpe introdujo a la acción revolucionaria métodos más propios de la guerra que de la política", escribe Pipes.

Para llegar a esa declaración, el historiador demora casi 400 páginas. Antes, hace un detallado repaso de cómo el régimen zarista, en decadencia hacia fines del siglo XIX e incapaz de hacer frente a la modernización que demandaba Rusia, fue "cediendo posiciones en beneficio de una intelligencia radical, en la que el compromiso con unas ideas utópicas de carácter extremo se conjugaban con un ilimitado apetito de poder". Aunque el historiador menciona que es posible rastrear la caída de la monarquía ya en 1730, inicia su relato en la década de 1870, planteando que en esa época había un "movimiento revolucionario con todas las de la ley" y precursor del levantamiento de 1917. Un movimiento que se desató en las universidades y se desplegó en una dinámica de tiras y afloja con las autoridades: de concesiones de derechos a la represión y viceversa, se fue transformado en el "preludio de la Revolución rusa".

Entre el preludio y el estallido, documenta Pipes, se conformó lo que llama la intelligencia , una clase de intelectuales marxistas que se fueron descomponiendo en mencheviques, bolcheviques y socialistas, entre otros. Según él y en un giro algo reduccionista, llegaron a creer en "una ideología basada en la convicción de que el hombre no es una criatura única, dotada de un alma inmortal, sino un compuesto material íntegramente moldeable por el medio que le rodea". Pipes sostiene que tras revolución de febrero de 1917, en momentos en que el zar Nicolás abdica y se empieza a formar el Gobierno Previsional, aquellos partidos se tomaron el movimiento. En medio del proceso, los protagonistas del levantamiento, obreros y soldados, reinstauran masivamente el Soviet de Petrogrado y, sin embargo, no son ellos quienes toman las decisiones, sino un pequeño comité ejecutivo (el Ispolkom), dominado por los intelectuales radicales que ponen ahí a miembros de los partidos socialistas. Y, enfatiza Pipes, lo hacen de espaldas a las masas.

El relato de febrero a octubre le lleva a Pipes alrededor de 200 páginas: obsesivo en su detallismo, pero a la vez diestramente narrado, "La revolución rusa" sigue en esa etapa la trayectoria de Lenin y la manera en que sus ideas conducen a los bolcheviques al golpe del 25 de octubre y luego se convierten en el soporte del estado de partido único. Se trata del relato de una conspiración que, según el historiador, se realizó en la forma de un ardid: según cuenta, en la primera declaración de Lenin en que declaraba derrocado al Gobierno Previsional, el político decidió borrar la frase "viva el socialismo". "Parte del engaño consistió en mantener oculto el objetivo socialista del golpe de octubre: ningún documento oficial emitido en la primera semana del nuevo régimen, cuando este se sentía inseguro de sí mismo, utilizaba la palabra socialista", escribe Pipes.

Aunque los datos de Pipes son irrefutables, la tesis tiene detractores. En la "Historia de la revolución rusa" (1929-1930) que escribió Trotski, justo en momentos en que Stalin lo enviaba al exilio, se plantea una versión idílica del tránsito entre las revoluciones de febrero y octubre: "Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones, eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese", escribió Trotski. Y agregaba: "La fuerza principal de Lenin estaba en comprender la lógica interna del movimiento y en dirigir su política de acuerdo con ella. No imponía sus planes a las masas, sino que ayudaba a estas a tener conciencia de sus propios planes y a realizarlos".

Aunque Trotski escribió cuando ya pensaba que el partido único necesitaba más cuotas de democracia, su relato de la revolución es el de un defensor absoluto: es su vida la que está contando. Según Orlando Figes, hay otros matices posibles. Tras el golpe de Octubre, sostiene, en medio de la guerra civil ya desplegada, los bolcheviques fueron capaces de ganarse políticamente al campesinado y los convencieron que se quedaran neutrales en el conflicto. Figes va más allá: "El pueblo no fue la víctima de la revolución, sino protagonistas de su tragedia. Por mucho que la gente fuera oprimida por ella, el sistema soviético creció en suelo ruso. El bolchevismo era algo muy ruso", escribe. Y luego añadirá: "La tragedia era que el pueblo era demasiado débil políticamente para determinar el resultado de la revolución".

La invención de la violencia

En uno de los puntos en que Figes coincide con Richard Pipes es al tratar la represión soviética del pueblo. Antes de Stalin, se explaya Figes, la máquina ya estaba en marcha: "Es claro que los elementos básicos del régimen estalinista -el partido único, el sistema del terror y el culto a la personalidad - ya estaban ahí en 1924, el año de la muerte de Lenin", escribe Figes. Más allá de esa constatación estructural, Figes es especialmente ilustrativo al narrar la manera que en los primeros años del arribo al poder de los bolcheviques desató hambruna y pobreza de carácter medieval en Rusia -relata cientos de casos de canibalismo-, como también de violencia descontrolada por parte del Estado. Y sin embargo, introduce un cuestionamiento en el juicio histórico: pide "comprender esta violencia en su contexto histórico o social". "Todas las revoluciones sociales están obligadas por su naturaleza a derramar sangre", sostiene. "Condenarlos por hacerlo equivale a decir que cualquier forma de protesta social que pueda terminar en violencia es moralmente incorrecta", añade.

Pipes, en cambio, pocas veces se sale del relato de los hechos y en su historia de la Revolución Rusa apenas se permite grises morales. El historiador parece tener un objetivo con su libro: desmontar toda la épica fundante de la Unión Soviética desactivando cada relato construido por la propaganda del régimen. Acaso su argumento más contundente es el del Terror Rojo: según detalla, ya en diciembre de 1917 Lenin creó la Checa, organismo de inteligencia y militar para detener cualquier atisbo de contrarrevolución en momentos en que no había adversarios reales en el ambiente. "Lenin consideraba el terror un instrumento indispensable del gobierno revolucionario y estaba más que dispuesto a recurrir a él de manera preventiva; es decir, sin que hubiera oposición activa a su gobierno", escribe el historiador. Y así, plantea, más que los jacobinos post Revolución Francesa, serán los bolcheviques quienes "inventen" el terror de la violencia sistemática del Estado contra los ciudadanos.

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