Fondos Mutuos
La violencia para imponer procedimientos extralegales de negociación colectiva que hemos visto en el último tiempo, especialmente en Codelco, no se produce en el vacío. Su origen está en una visión ideológica que permea ciertas posiciones incluso al interior del Gobierno.
La base conceptual del accionar ilegal y de muchos cambios legales realizados y propuestos es el concepto de origen marxista que se remonta al siglo XIX. Supuestamente las empresas explotan al trabajador y sus ganancias son ilegítimas; solamente obligándolas, incluso con el uso de la fuerza, los trabajadores pueden extraerles a éstas lo que les corresponde.
La idea se presta para hacer populismo y prendió con fuerza a comienzos del siglo XX, influyendo en las legislaciones laborales y la política económica a lo largo del mundo. Unida a otras ideas tan atractivas e igual de equivocadas, fue responsable del estancamiento económico que impide a muchos países salir del subdesarrollo.
Los hechos desmintieron contundentemente esta visión. Los países que la implementaron más integralmente vieron estancarse o colapsar sus economías y los trabajadores sufrieron. Quienes experimentaron incluso más allá, transformándose en los llamados socialismos reales, una vez bajo la dictadura marxista, lo primero que hicieron fue abolir toda capacidad de negociación de los trabajadores. Es en dicho régimen donde se produjo realmente una explotación de los trabajadores en aras de objetivos del sistema tales como industrias de armamento y aventuras militares. Este proceso finalmente colapsa y, con éste, las economías y, finalmente, luego de generaciones de sufrimiento, la cortina de hierro cae.
En cambio, los trabajadores se beneficiaron realmente en aquellos países en que la ideología errada avanzó menos o sus avances se frenaron a tiempo. EE.UU., que tuvo un movimiento sindical claramente antimarxista y que cuenta con una estructura legal y política flexible, acrecentó su liderazgo en materia de bienestar. Si en algún área del país las costumbres o la legislación rigidizaban las relaciones laborales, las empresas se desplazaban a otras áreas; ello hizo posible un crecimiento vivo y dinámico.
Perjuicio laboral
En Chile, luego de un largo proceso de reformas que permitió articular una institucionalidad laboral armónica y que favoreció la competitividad, se vivió un período de diez años, del 85 al 95, en que los trabajadores vieron aumentar sus ingresos a tasas promedio del 7% anual, si tomamos en cuenta los aumentos de empleo. Este desempeño no tiene parangón en nuestra historia. Desgraciadamente el deterioro paulatino del marco legal inspirado en la visión de confrontación, que tiene su máxima expresión en los conflictos de las últimas semanas, influyó en que ese valor cayera a sólo 4% del 95 al 2005. De continuarse la espiral actual, no sería extraño que en diez años más constatemos que los trabajadores han sido aún más perjudicados.
A pesar de la evidencia anterior, parecemos predestinados a caer en los mismos errores. Se sigue desconfiando de los que dan empleo. Ello se ha centrado hoy en las subcontrataciones y en la definición de empresa.
La subcontratación está en el corazón de cómo las empresas hoy se mantienen competitivas en un mundo globalizado. Es frecuente en diversos países que la mayoría de los empleados dentro de una planta moderna sean contratistas de distinta índole. Si por desconfianza cercenamos una herramienta tan importante de organización industrial, el perjudicado será el trabajador chileno, aunque un espejismo haga parecer lo contrario en el corto plazo.
Obtener con violencia un bono de Codelco no ayuda a los chilenos. ¿Por qué entonces no obligar a Codelco a pagar un bono a todos los pobladores de las ciudades cercanas? ¿O a los profesores? ¿O a todos los pobres? ¿O a todo chileno? Validar este procedimiento es colocarnos en una pendiente resbaladiza que perjudica al país entero. Esto es igualmente válido cuando se trata de empresas privadas. Si permitimos que un grupo se salga de la ley y expropie los derechos de otros, el costo lo pagaremos todos en menor progreso futuro y el beneficio de corto plazo lo recibirán los audaces y violentos. La sociedad no es estable por ese camino.
El verdadero problema no es que Codelco vía contratistas paga salarios más bajos, sino que sus altos salarios están más allá de lo razonable para una empresa que necesita mantenerse competitiva.
La subcontratación está cumpliendo una tarea necesaria evitando una confrontación mayor y permitiéndole a la compañía seguir desarrollándose.
Evitemos el mismo error del siglo XX
Las suspicacias sobre el concepto de empresa, que presuponen que los empresarios dividen artificialmente las compañías para efectos de negociación colectiva, no tienen fundamento sólido. Las empresas tienen muchas razones para organizarse de una u otra forma; a veces hay ventajas en subdividirse para facilitar el control de las responsabilidades administrativas y otras veces desventajas, como cuando no pueden utilizar las pérdidas de una división para compensar utilidades en otra para fines tributarios. Si la negociación colectiva pretende ordenar la discusión entre trabajadores y empleadores respecto a cómo compensar una productividad específica, es más que suficiente que la ley obligue al empleador a enfrentar simultáneamente a todos los que se encuentran en un mismo lugar de trabajo. Forzar por ley unidades mayores de discusión terminará siendo a costa de los consumidores inicialmente y de los trabajadores en el mediano plazo.
No caigamos en el gran error del siglo XX. Personas bien intencionadas, preocupadas por los pobres, aferradas a ideas simples que pretenden encontrar culpables y obtener atajos para la solución de la pobreza. Después de todos los fracasos y horrores del siglo XX, no tenemos excusas. Si la pobreza nos preocupa, enfrentémosla en su complejidad, sin desconocer la evidencia y facilitando las condiciones para que se cree el bienestar que los pobres tanto necesitan.