Fondos Mutuos
El 18 de septiembre de 2015, María Victoria Laymuns iba, junto a sus tres hijos, camino al campo de su mamá en Panquehue, cerca de San Felipe, a pasar las Fiestas Patrias, cuando sonó su celular. Recuerda que una voz, para ella desconocida, le habló: -Hola, soy Alejandro, de la radio La Clave. Te llamo para decirte que pasó algo muy grave. Tras un largo silencio, dijo: -Eduardo se suicidó. María Victoria Laymuns, la mujer de Eduardo Bonvallet por 12 años y quien llevaba casi 12 meses separada de él, cuenta que se quedó en silencio. No supo qué decir. Pensó en sus hijos que estaban en el auto, no quería que escucharan nada. También que podía ser una broma de mal gusto. -Le dije: "Quién eres tú, qué me estás diciendo", y le colgué. Luego buscó un retorno en la carretera y se devolvió a Santiago. Cuando llegó a su casa, llamó a su hermana y le pidió que la fuera a ver. Media hora más tarde, fue ella quien llamó por teléfono a ese Alejandro que había avisado de la, hasta entonces, supuesta desgracia. -Cuando vi la cara de mi hermana, me di cuenta de que era verdad. Y me derrumbé. Me senté en el comedor de mi casa y no me paré más. Solo lloré y lloré. En un café de La Dehesa, a casi un año del suicidio del futbolista y comentarista deportivo, María Victoria Laymuns, dice: -Todo esto ha sido devastador para mí y mis hijos. Fue en un pub de Vitacura, en una noche de verano del 2005, que Eduardo Bonvallet y María Victoria Laymuns se conocieron. Ella recuerda que estaba con dos amigas, sentada en una mesa, cuando apareció él junto a sus compañeros de trabajo de la radio W. Bonvallet ya era una figura conocida. Tenía programas en la radio, en la televisión y su estilo deslenguado e insolente en contra de dirigentes, entrenadores y jugadores de fútbol, lo había elevado a la categoría de "gurú" para muchos. María Victoria Laymuns dice que eso la tenía sin cuidado. Trabajaba como periodista en el Ministerio de Educación y ese mundo no podía estar más lejos de su vida. Con suerte lo conocía, reconoce. Por eso le molestó tanto que él se sentara en su mesa, sin ser invitado. -A mí me cargó y mis amigas comenzaron a burlarse de él. Se enojó y se fue. Pero al rato volvió a meterme conversa solo a mí. Yo no lo pesqué. El lunes siguiente, en su oficina en el centro de Santiago, ella recibió un llamado. Era Felipe Bianchi, compañero de radio de Bonvallet en ese entonces. -Me dijo: "Alguien te va a hablar". El día que nos conocimos yo solo le había dicho que trabajaba en la página web del Ministerio de Educación y que me llamaba Victoria. Me pareció raro que me hubiera encontrado. Entonces le dije que no quería saber nada de él. Bonvallet no se desanimó. Laymuns dice que el viernes de esa semana llegó a la oficina Cristián Peñailillo, uno de los más estrechos colaboradores del comunicador, con una carta para ella. "Me prohibiste llamarte, hablarte, pero no escribirte", decía el papel. -Yo estaba medio espantada, pero no paró: a veces llegaba el gallo del quiosco de abajo y me decía, "vino don Eduardo y le dejó esto", y era una caja de chocolates. Un día, cuenta ella, Bonvallet la llamó y le dijo que si no bajaba a tomar un café con él, iba a subir pegando patadas. Laymuns pensó que era capaz y bajó. Siete meses después, empezaron a pololear. -Lo empecé a conocer, era muy gracioso cuando quería, muy encantador. Conversábamos de todo, nos reíamos a gritos. Me conquistó. En su casa se asustaron con la relación por la diferencia de edad: 22 años. Y cuando se lo presentó a su mamá, no le sorprendió que ella le dijera: "Pero este no es el Bonvallet que uno ve en la tele". -La gente tenía la idea de un Bonvallet como el gallo que habla fuerte, golpea la mesa, y en la intimidad no era así. Si íbamos a un cumpleaños y no conocía a la gente, él no hablaba, se mantenía al margen. Él era canchero con el micrófono. Ese era su personaje. A los cinco meses de pololeo, se fueron a vivir juntos a un departamento en Providencia. Recuerda que peleaban harto: él era ordenado; ella, desordenada. Pero con el tiempo, él se acomodó. Primero, al perro que ella quiso tener cuando, tras quedar embarazada, se cambiaron a una casa en Los Trapenses. Luego, a los niños y las rayas en la pared. -Siempre tuvimos altos y bajos, pero éramos muy felices -dice. -¿No le complicaba estar casada con este hombre que se peleaba con todo el mundo, que decía los insultos más tremendos? -En realidad, no. Yo respetaba su espacio. Él siempre me pedía que no me metiera en su trabajo. A pesar de que siempre hablábamos todo, él era súper celoso de su trabajo y no le gustaba que gente, aunque fuera su mujer, se metiera. En 2011, la pareja enfrentó el cáncer de Eduardo Bonvallet. Todo comenzó el 1 de enero. Ese día se internó en la Clínica Alemana. La familia había pasado una Navidad con él teniendo dolores de estómago muy fuertes. Muchas veces terminaba en el piso retorciéndose del dolor. Planificaron pasar la noche de Año Nuevo en la casa de la hermana de Laymuns, pero una vez ahí, Bonvallet se sintió tan mal que volvieron a su casa. A la madrugada partió solo en un taxi a la clínica. Ahí lo dejaron internado para hacerle exámenes. Le detectaron un linfoma en la vía biliar, inoperable. Solo podían tratarlo con quimioterapias que duraban 27 horas. Bonvallet, dice su viuda, las aguantó todas, sin vomitar ni desfallecer. Aunque no dejó de fumar. Lo hacía en el baño de la clínica. -Es que a él poco se le podía decir, hacía lo que quería. Eduardo Bonvallet tuvo que hacerse quimioterapias cada 21 días por tres meses. Se sentía abatido físicamente: se le cayó el pelo, las cejas, los dientes. -Yo vivía con el miedo de que se me fuera a morir. -¿Él tenía miedo a morirse? -No sé si tenía miedo a morirse, pero sí sé que quería vivir, quería dar la pelea por los niños. A fines de 2011, Bonvallet comenzó a recuperarse. Le salió pelo de nuevo y volvió a tener un buen estado físico. Pero empezó un período de desgaste en la pareja. -A veces peleábamos y él se iba a dormir al piso de arriba. Él lo llamaba: "El descanso del guerrero". Pero siempre nos arreglábamos. Era muy difícil estar enojada mucho tiempo con él, porque se le olvidaba. Yo soy más rencorosa. Pero tras el cáncer, todo fue distinto. Él estaba de mal humor y ella tenía cero tolerancia. -Los dos estábamos muy cansados, muy poco tolerantes, nunca fuimos a una terapia juntos, no hicimos muchos esfuerzos por sacar la relación adelante, por aceptarnos. Había llegado a un punto en que la convivencia estaba crítica. Peleábamos por cualquier cosa. Porque me pedía que yo dejara de trabajar para cuidar a nuestra hija, que había nacido con dificultades físicas y cognitivas, y necesitaba asistir a muchas terapias. O porque él ocupaba mucho el Twitter y establecía relaciones inapropiadas con sus seguidoras y hacía comentarios inadecuados. Después del cáncer, él volvió a la radio en gloria y majestad. Pero se sentía cansado y decidió dejar de tomar valcote, un remedio para tratar su trastorno bipolar, que padecía desde la adolescencia y que, según dijo en varias entrevistas, lo había llevado a vivir severas depresiones en el pasado e intentos de suicidio. -No iba muy seguido al psiquiatra, se controlaba de vez en cuando, pero era súper estricto para tomarse sus remedios. En la noche eran dos valcote. Los remedios eran sagrados. Me acuerdo de que él siempre decía: "A mí, el psiquiatra me dijo que yo tenía que vender la casa si era necesario, pero nunca dejar de tomar este remedio". Ahí empezó su declive -dice María Victoria Laymuns. -¿Por qué dejó de tomarlo? -Porque el valcote te baja, te deja con las emociones más planas y a él no le gustaba estar así. Nunca me lo dijo, pero creo que él tenía miedo de no seguir siendo exitoso en la radio, había vuelto como número uno, tenía que rendir, pero se sentía cansado. Luego del cáncer ya no era el mismo, y más encima el valcote lo tranquilizaba. Ella reconoce que no se dio cuenta de inmediato de sus cambios de comportamientos, que todo pasó lento, pero que las peleas se hicieron cada vez más intensas, ya no era tan fácil reconciliarse. Cada día él le gritaba más. -¿Usted sabía que él era bipolar? -Sí, pero en los 12 años que estuvimos juntos nunca tuvo una depresión, tenía problemas y le daba pena, pero que no se pudiera levantar, no. Yo sabía que cuando era más joven se había tratado de suicidar, pero en esos 12 años jamás me tocó un episodio donde él se hubiese querido quitar la vida o que no se pudiese levantar por la depresión. Un bipolar bien tratado es una persona muy normal. Dice que le insistió muchas veces que volviera a tomar el remedio, pero él le respondía que no. En junio de 2014, luego de una fuerte pelea, él se fue de la casa. Ella lo recuerda como un mes duro, en que lo extrañaba mucho. Le pidió que volviera. Decidieron intentarlo de nuevo. Pero en septiembre, Bonvallet se fue definitivamente. -Con el tiempo empecé a vivir tranquila. Llegaba a mi casa, no había ninguna pelea, me acostaba y me levantaba tranquila. Tenían una buena relación de separados. -Yo siempre me sentí muy protegida por él. Si tenía un problema, lo llamaba. Siempre. Me acostumbré a tener una contención con él. Podíamos pelear, no hablarnos en una semana y si había algo lo llamaba, o él a mí, porque él me contaba todas sus cosas también. María Victoria Laymuns dice que él siempre quiso volver, pero que ella ya había perdido las esperanzas. Un año después, ella comenzó a rehacer su vida. Así fue como en agosto se fue de viaje a Mendoza con un grupo de amigos. Bonvallet se quedó con los niños y, según ella, a través de un amigo detective se enteró del viaje. Por WhatsApp le preguntó dónde estaba y le mandó la hora exacta en que pasó por policía internacional. -Yo no le di ninguna explicación, porque sentía que no le tenía que explicar nada. No le dije si salía o no salía, nada. Eso hizo que se pasara mil películas. La pareja ya había quedado en vender la casa. Con el dinero, planeaban comprar una casa para ella y un departamento para él. Pero con el viaje a Mendoza, Bonvallet le avisó que no iba a vender nada. -Me decía: "¿Tú crees que te voy a comprar una casa para que te vayas a vivir con otro?". Pero yo encontraba tan descabellado el rollo que él se pasaba, que tampoco le explicaba. ¿Cómo me iba a ir a vivir con otro? Eran tantos sus ataques, que yo lo bloqueaba en el WhatsApp. "Además, si yo hubiese tenido un pololo, ¿cuál habría sido mi delito? Si él salía con niñas, ¿por qué yo no podía hacer mi vida? No es que tuviera una novia, pero hacía su vida. Yo le decía, sé que sales con niñas, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo? Y la teoría de él era que un hombre se puede separar de su mujer y salir con otras, pero siempre quiere a su mujer". La última vez que lo vio, fue pocos días después de ese viaje a Mendoza. Él fue a pedirle explicaciones y tuvieron una discusión. -No me escuchaba, que no era lo que él estaba pensando; entonces, al final, le dije: "Piensa lo que quieras". Posteriormente hubo un temblor fuerte en Santiago y llamó para la casa para ver cómo estaban los niños. Yo le dije que bien, y cortó. -¿Usted sabía lo que él estaba viviendo, que se había intentado suicidar en Algarrobo? -No, nada. -¿Nunca le dijo que estaba mal? -No, nunca. Yo creo que él estaba muy mal y uno siempre comete errores y ese fue el mío, no ver más allá, cerrarme en la discusión y no hacer una reflexión un poco más profunda de la situación, de lo que estaba pasando. Porque si yo hubiese podido hacer algo, lo hubiese hecho. No hubiese vuelto con él, pero habría sido más tolerante, lo hubiese ido a buscar al hotel donde vivía (Los Nogales) y me lo habría traído para la casa. -¿Se arrepiente? -Me arrepiento de no haberme dado cuenta de cuán mal estaba él. Pero yo estaba muy enojada. Teníamos una relación muy de cabros chicos, era muy intenso. -¿Nunca pensó que él podía atentar contra su vida? -Uno no está pensando en que la otra persona va a atentar contra su vida. Además, él había luchado contra el cáncer; para mí nunca fue una opción. Poco después del suicidio, se ventilaron detalles de la vida de Bonvallet, como su separación matrimonial, y Cristián Peñailillo dijo en el programa Mentiras verdaderas, de La Red, que todo había sucedido porque él no podía ver a sus hijos. Laymuns dice que, luego de eso, muchos de los fanáticos y seguidores de su esposo comenzaron a mandarle mensajes amenazantes por Facebook y Twitter. -Decían que me iban a matar. Dentro de la pena que sentía por su pérdida, también sentía que había una injusticia tremenda, porque nunca en la vida él no pudo ver a sus hijos. Que un día viernes él no haya podido entrar porque estaba enojado y porque mi mamá consideró que no estaba en condiciones, no tiene nada que ver. Bajo ese punto de vista, no puedes decir que a él se le prohibió ver a sus hijos. El día de la muerte de Eduardo Bonvallet, la mejor amiga de Laymuns tomó a los tres hijos de la pareja y se los llevó a un asado en la casa de un familiar. -La mayor se dio cuenta de que algo raro pasaba. Yo todavía no les decía, no sabía cómo decirles. Tenía tanto miedo de ese dolor, que iban a sentir que lo evité. Estuve todo el día así, sentada, sin reaccionar. Afirma que de lo que pasó después, se acuerda poco. -Si tú me dices qué fue de septiembre a diciembre, no sé, lo borré. Yo me bloqueé con la muerte de él. Para mí fue un terremoto grado 20. Se me cayeron todos los cimientos, no me lo esperaba, no sabía qué iba a hacer, no entendía por qué había pasado esto, porque no lograba encontrarle una explicación. Estábamos separados, discutiendo, pero la mitad de Chile está separada y tiene problemas. Nunca dimensioné lo mal que estaba él. Nunca supe nada. "Todos somos generales después de la guerra, pero en ese momento no me daba cuenta (de su depresión), porque, además, otras veces que nos habíamos separado también habíamos peleado. Me imaginé que él estaba enojado, pero que iba a entrar en razón, que después nos íbamos a sentar a conversar y le iba a poder explicar todo. Yo estaba esperando que a él se le quitara la rabia y se calmara. "Me dio mucha rabia cuando él se murió, porque tanto que se cuidó; o sea, él tenía para vivir 20 años más, pero ahí te das cuenta de que las enfermedades mentales son cien mil veces más agresivas que un cáncer. Él entró en un círculo nefasto y no tuvo capacidad de pensar que había una salida. Tiene que haber estado tan mal, imagínate, para no pensar en sus tres hijos chicos". María Victoria Laymuns dice que este año ha sido terrible, que recién ahora está levantando cabeza. -He pasado un año como las pelotas. Terminado el funeral, se volcó a sus hijos. -Me ha costado mucho hacerme la idea de que Eduardo no va a estar nunca más. Sé que está muerto, pero tengo la sensación de que en algún momento va a aparecer. Me dicen que es parte del duelo, pero a veces me pillo mirando su número de celular. Su ausencia se nota tanto. Estábamos separados, pero teníamos una relación de dependencia el uno del otro muy fuerte. "Él era mi contención: si yo tenía una duda, le tenía que preguntar a él y eso ha sido lo más difícil para mí. Además, pena de no haber podido decirle a él todo lo que lo quería. Es heavy la sensación de desamparo que me dejó". Señala que para sus hijos tampoco ha sido fácil, sobre todo para la mayor, hoy de 11 años, que ya puede leer lo que se escribe de su padre. -Ella siempre me dice: "Mi papá cuando estuvo enfermo de cáncer me juró que no me iba a dejar sola". A ella la tuve que llevar al psicólogo, porque tenía mucho miedo de que su padre se fuera a morir de cáncer. Y lo superó todo. Pero en el mundo de ella, de un día para otro se suicida. Es tremendo. Relata que la única vez que han ido al cementerio fue para el Día del Padre. Ella creyó que sería una buena forma de recordarlo, pero nada resultó como pensaba. -Mi hija más chica no tiene la madurez necesaria aún; entonces, le dijeron vamos a ir a ver al papá y ella pensó que lo iba a ver. Ella lo esperaba y lo esperaba, y que no quería irse. Iba caminando y se daba vuelta, no sabía si lo iba a escuchar, si iba a ser desde el cielo, donde le dijeron que está su papá, o en esa lápida. Fue devastador. Se vino llorando todo el camino. Yo llegué a la casa y me acosté, porque era como si me hubieran pegado un palo en la cabeza. No hay nada peor que ver a un hijo sufrir y no poder hacer nada. Por eso te digo, por más que hubiésemos estado separados, no hay nada comparado con el dolor de su pérdida. Asegura que de todas las personas que le dijeron que se iban a preocupar por su familia, no queda nadie. Solo Miguel Nasur, el dueño de la radio La Clave, donde trabajaba Bonvallet, y a quien en su carta de suicidio le pidió que cuidara de su familia. -La gente puede solidarizar contigo, pero para salir adelante, uno lo hace solo. Los que han estado siempre ahí son mi madre, mis hermanos y la familia de él. Con los Bonvallet, dice, tiene muy buena relación, excepto con Jean Pierre, el hijo mayor del anterior matrimonio de su marido. -No es que hayamos peleado, pero cada uno ha sufrido el duelo de manera particular. Creo que a él le pegó muy fuerte. Yo no lo veo hace mucho tiempo. -Él ha seguido diciendo que no cree que su papá se suicidó. -Yo no comparto esa hipótesis; creo que todo eso también es producto de la pena. Dice que cometió un error al tratar de hacerse cargo de todo: los niños, la familia, lo económico y lo legal, y que colapsó. Por eso contrató a unos abogados para que vieran toda la parte legal. Desde hace meses tiene a la venta la casa de Los Trapenses. -Pero no ha pasado nada, porque la situación está mala. Y una casa no es fácil de vender. Espero que eso pase y que sea un hito para empezar una nueva vida, porque en esta casa está el papá, están sus fotos, todo está igual, sus cosas, los premios, sus libros. Hacemos un asado y estamos los mismos, solo falta el papá. -Este año ha sido trabajar y aperrar. Y ahora ya es tiempo de preocuparme más de mí. Recién inicié una terapia con un psiquiatra. -¿Siente que va a poder rehacer su vida? -No me he sentado a pensar en eso. Pienso en el día a día. En la pega, en los niños, no he pensado en mi futuro. Supongo que existe un futuro mejor. Hace un mes, ella volvió a soñar con él. -Soñé que estábamos conversando. Fíjate que el tiempo ha pasado y siento que en algún momento nos vamos a tener que reconciliar igual, aunque él ya no esté, porque entre nosotros quedó todo inconcluso. Su muerte fue tan violenta que no pudimos tener una conversación donde nos dijéramos las cosas de verdad. Yo siempre digo, si hubiese pasado un poquito más de tiempo, nosotros habríamos conversado y hoy estaríamos bien, no como pareja, pero nos habríamos entendido. "Aunque no esté, yo me voy a tener que reconciliar con él para tener paz, porque no la he encontrado aún. Probablemente parte de la terapia será para asumir su pérdida. Me queda un largo camino que recorrer para aprender a vivir sin él".