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El padre tiene pesadillas. Ve sombras. "El miedo...", explica. Al hijo -se percibe- le va a costar mucho tiempo volver a confiar. "Si anda buscando alguna cosa para culparnos, no le voy a responder", contesta cuando le preguntamos qué pasa cuando una persona, sin ser del hampa, vive esa experiencia... Y esa será la actitud frente a cualquier pregunta sobre las imputaciones que hacen la jueza y la fiscalía, materia sobre la cual su abogado, Matías Undurraga, les recomienda que no se pronuncien. Esta es la primera vez que Raúl Aravena Lisboa (58) y Gustavo Aravena Gallardo (32) dan una entrevista después de ser imputados como presuntos autores de un homicidio simple, por la muerte del joven que previamente les hizo un portonazo. Aceptan hablar de su experiencia en la cárcel, donde permanecieron durante 18 días cuando la jueza de garantía dispuso esa medida cautelar contra ellos, mientras se investigaban los hechos. El 16 de agosto dejaron la prisión y quedaron con arresto domiciliario total (ver nota aparte). En estas circunstancias, la familia Aravena abrió las puertas de su casa en San Bernardo el jueves. Justo esa mañana habían robado un auto a media cuadra de su domicilio. Era el comentario en el barrio de los Aravena. "Me gritaban matachoro" Ayer fueron los carabineros. A cerciorarse de que padre e hijo estuvieran cumpliendo su arresto. -¿Qué ha hecho en estos días, don Raúl? -Ayudarle a mi señora a barrer. Y pinté el living-comedor. La casa de los Aravena está bien puesta. Se nota la mano del padre y del hijo, ambos maestros experimentados de la construcción. -¿Y tú, Gustavo? -Veo tele, aprovechando de descansar. Tengo hartas ganas de trabajar, pero hasta el momento no puedo salir de la casa. El jefe no me va a decir nada. Él piensa que nadie está libre que le ocurra esto, que le podría haber pasado a cualquiera. Ese día me quedé dormido y salí apurado, a las siete de la mañana... Fue el lunes primero de agosto cuando sacó su Mitsubishi blanco del estacionamiento de su domicilio, se bajó para cerrar el portón y en eso vio que un joven se bajaba de un auto verde donde iban cuatro personas, se subió al suyo y salió arrancando. Lo persiguieron, hasta que el ladrón entró por una calle contra el tráfico, se bajó y siguió huyendo a pie. Lo persiguieron y le dieron alcance en una acequia, donde el extraño, identificado como Juan Andrés Toro Jorquera (27), murió. El día 2 de agosto, padre e hijo fueron enviados al centro de detención Santiago 1. Nunca habían conocido una cárcel. Jamás habían ido a visitar a alguien allí. Su primer destino fue "clasificación", donde deciden a qué módulo los destinan de acuerdo a su peligrosidad. -Ahí comenzaron los problemas. Había como unos 15 reos y dos nos reconocieron. Empezaron a acercarse a mí para pegarme. Me gritaban "matachoro", y que adentro iban a arreglar cuentas. Después de revisarles la ropa, sacárselas y ponerlos en "sentadillas" ("Nos agachaban y paraban, por si se caía algo"), les indicaron que los iban a enviar a un módulo tranquilo. Raúl Aravena reconoce: -Yo iba más asustado. Reconozco que soy cobarde. Si pasaba algo, tenía que defenderme, pensaba. Nos sacaron las cadenas de las manos y de los pies, y nos llevaron al módulo 36. Hacen caminar todo el trayecto de la cárcel, y es cortita la cadena y hay que caminar a pasitos. Gustavo, el hijo: -Yo caminaba con la cabeza agachada, aunque me habían dicho que tenía que andar con la cabeza en alto. Pero es que cuando pasábamos al lado de una reja nos reconocían y los tipos altiro nos gritaban cuestiones. En el módulo había unos 170 reos, según Gustavo. Y en cada celda, dos camarotes. Entraron y un recluso abrazó a Gustavo. -Me dijo: "¿Qué te pasó? ¿Por qué venís?". Le contesté que había llegado por tráfico, porque eso nos aconsejaron. Para que nos cuidáramos. El problema fue que nos descubrieron rápido, porque nos llevaron a una especie de casino a comer y justo estábamos saliendo en la tele. Se amontonaron a mirar. Ahí mi papá se puso a llorar, por miedo yo creo, porque había tantos reos. -¿Qué sentía usted, don Raúl? -Pena. Le corren las lágrimas. -¿Pena por qué? -Por todo. Por lo que había pasado, y por el apoyo que nos dieron ahí. -¿Los mismos reos? -Sí. Nos dijeron que estuviéramos tranquilos, que ellos nos iban a cuidar. -¿Sintieron que tal vez los respetaban porque defendieron lo suyo? Contesta el hijo: -No, de ninguna manera. En la cárcel nunca nos sentimos respetables. Yo pasaba frente a un módulo y me tapaban a garabatos. En ningún momento me sentí seguro. Gendarmería sabía que nosotros no éramos delincuentes, entonces ellos nos cuidaron hasta el último. Y también un grupo de reos que estaban en ese módulo que era de conducta, para salir luego a sus casas. Hicieron una reunión entre todos y dijeron que nadie tenía que decir que nosotros estábamos ahí. Para protegernos. Cuentan que les entregaron ropa limpia, de ellos, y llamaron a un peluquero que cobraba como dos mil pesos, para que les cortara el pelo. Lo hicieron para cambiarles el aspecto; para que los reos que les gritaban "matachoros" no los reconocieran. Después los trasladaron al módulo 36, donde estaban "los que salían en la prensa: homicidas, violadores, estafadores que no eran flaites". Don Raúl dice que no dormía, que "pensaba en lo que nos pasó". A las 8:00 se levantaban y a las 9:00 los sacaban a una especie de gimnasio al aire libre. Caminaban en círculo, y conversaban padre e hijo. "De lo que nos pasó", como se refieren siempre al crimen que los persigue. Don Raúl no ha hablado de ello con su esposa; y le agradece que no le haga preguntas. En la cárcel, cuando tenían visita de un familiar o de un abogado, o había que hacerse un chequeo médico, era necesario recorrer unos 800 metros. Tramo que resultaba traumatizante para el padre y el hijo, porque era el momento en que se cruzaban con los reos de los distintos módulos. -Llegaron muchos abogados que querían tomar nuestro caso. Como habíamos salido en la tele... Ese era el trayecto dramático para Gustavo, donde recibía amenazas de todo tipo, y que él prefería hacer con la vista gacha. -¿Como un delincuente? -Prefiero que me vean ahora como delincuente y después andar con la frente en alto. Porque el problema es que los tipos (que acompañaban al difunto Andrés Toro Jorquera cuando le hicieron el portonazo) son de aquí mismo de San Bernardo, pero de otro barrio. -¿Del barrio Yungay? -Sí. Imagínese que mi polola vivió 4 años ahí y yo pasaba siempre por ahí. Yo no me quiero arriesgar. Tengo dos hijos, tengo polola, tengo a mis padres. Cuando pueda retomar mi vida, después del trabajo a la casa nomás, porque me da miedo. En este momento yo estoy tranquilo aquí adentro, pero allá afuera... -Gustavo, ¿qué lección has sacado de esta pesadilla que has vivido? ¿Qué cosas no vas a hacer en el futuro? -Estamos en Chile. ¿Qué le puedo decir? Hay que dejar que a uno le roben, que le quiten todo nomás. Porque no se puede hacer nada. -Hay quienes se preguntan si para ti tiene más valor un auto que una vida... -Si a usted la amenazan, le dicen que le van a matar a la familia... Yo nunca le he deseado mal a nadie. No soy materialista. -Don Raúl, ¿en qué minuto se dio cuenta de que el ladrón estaba muerto? -Yo nunca me acerqué al lado de él. Yo empecé a pedir ayuda. Él estaba vivo. Había 3 o 4 personas ahí y nadie me prestó ayuda. Una pura persona que se acercó en una camioneta cerrada me dijo "yo voy a llamar a los carabineros". -¿Qué le diría usted a la gente, como padre? -Les diría que siempre deben ayudar a la persona que está como nosotros. Porque ahí, a lo mejor, si se hubiera acercado gente a ayudarnos, no hubiera pasado esto que pasó. "Esta es como una pesadilla que no tiene fin" "Mi papá casi no estuvo ahí. Yo soy el que me mantuve hasta el último momento con el tipo. Fui el que me sentí más afectado igual, de verlo ahí. Yo nunca había visto a una persona muerta. Nadie tiene derecho a morir en el mundo", exclama Gustavo. -¿Y qué sentiste cuando te diste cuenta de que el joven estaba muerto? -Me sentí muy mal, porque al ver ahí a una persona muerta uno se imagina lo peor. Es como un pecado que uno piensa que cometió. Y ahí uno empieza a pensar en lo que quizás uno ha hecho mal en la vida, lo que ha hecho bien. Cómo Dios a uno lo va a recibir quizás en el otro mundo, si es que hay otro mundo. Yo pienso que hasta el día de mi muerte voy a estar afectado con esto que pasó. Esta es como una pesadilla que no tiene fin. -Seguramente has pasado por muchas etapas anímicas, ¿en cuál estás ahora? -Sí, he pasado por distintas etapas. En la cárcel pasé la más dura, de pensar que no podría ver a mis hijos, quizás no podría verlos crecer... Gustavo tirita. -Lo que más me fortaleció fue la ayuda de la gente. De eso es de lo que estoy más agradecido. La gente nos fortaleció en salir adelante. -¿Crees que la detención ciudadana tiene sentido? -Ehhh, tiene sentido en el hecho de que uno de repente lo hace por miedo. Miedo de que ellos vengan a la casa quizás a cobrar venganza. Quizás lo hice por miedo. Eso, más que nada. Uno siempre quiere vivir en paz, tranquilo. Y que a uno le pase esto... -¿Tú no aconsejarías que hicieran detenciones ciudadanas? -No. -¿Por qué? -Para no cometer, quizás, el error que nos pasó a nosotros.