Fondos Mutuos
uando el público llegó a ver el primer largometraje del cine chileno, el 17 de agosto de 1916, encontró las puertas del Teatro Santiago clausuradas. El alcalde de la capital había prohibido la exhibición de La baraja de la muerte con un cartel que explicaba, en breves términos, que la película no podía mostrarse "por razones de orden social". De nada sirvieron los reclamos de los realizadores ni la airada reacción del público. La cinta, más conocida como El enigma de la calle Lord Cochrane, no se estrenaría esa noche, sino seis días después en el Teatro Colón, de Valparaíso, con las expectativas lógicas que supone ver un filme censurado por la autoridad. Cuando las luces se apagaron, los privilegiados espectadores se dispusieron a presenciar una historia que conocían de memoria, porque la gente y los diarios no habían dejado detalle por contar de la trama real de la asesina Corina Rojas, que al poco tiempo se convertiría en la primera mujer chilena condenada a pena de muerte, alimentando un intenso debate en la puritana sociedad capitalina de un siglo atrás. El cine nacional iniciaba así su camino con una obra que no eludía la polémica y que, según advertían las autoridades en ese momento, relataba "un caso que aún no tiene sentencia judicial". Para su primera ficción, la cinematografía chilena eligió un tema sangriento y cruel que tomó prestado de la vida real. Y que había sucedido apenas seis meses antes del frustrado estreno. El crimen pasional La adolescente Corina Rojas no dudó al aceptar a David Díaz Muñoz, de 56 años y oriundo de Coinco, como su marido. El acaudalado agricultor, que había consagrado su vida al trabajo, eludiendo varias veces el matrimonio, consideró que esa joven 35 años menor le serviría para llevar un mejor pasar en sus últimos años de vida. Vivieron en el campo, tuvieron hijos y la vida pudo haber seguido el curso previsto por Díaz Muñoz, pero Corina se sentía atrapada. "Su naturaleza ardiente e impulsiva, ávida de sensaciones fuertes y de goces intensos la hacía mirar con horror la vida sin atractivos de Coinco", aseguraban los redactores del Diario Ilustrado, Nick Carter y Max Winther en el libro El sensacional crimen de la calle Cochrane, publicado pocas semanas después del asesinato. La pareja resolvió trasladarse desde Coinco a Santiago, donde, según reza la prensa de la época, "uno tras otro desfilaron ante la ventana de la casa de Lord Cochrane 338 los amantes de Corina", aprovechando las constantes ausencias del marido. Fue entonces cuando apareció Jorge Sangts, un alemán que le enseñaría a tocar el piano. El romance se desencadenó con velocidad y al poco tiempo la mujer sostenía económicamente por completo a su mentor, que se dedicaba solo a las clases, sin que, en términos objetivos, se notaran demasiados progresos en la técnica de la dama. No sospechaba Corina que estaba siendo embaucada, ya que el profesor, de 24 años, no había nacido en Leipzig, como declaraba, sino en Cochabamba; su verdadero nombre no era Jorge, sino José Justino y su apellido Gandarillas. El Sangts provenía de su madre, de origen germano, con lo cual engañó a las autoridades de inmigración. Sus finos modales y galantería enloquecieron a Corina, que intentó primero hacer un conjuro para que su marido falleciera pronto, dejándola en libertad y con abundante fortuna. Para lograrlo consultó a varias adivinas de la capital, hasta que -convencida de que el destino no la ayudaría- solicitó a la médium Rosa Cisternas que la contactara con un hombre dispuesto a cometer un asesinato a cambio de dinero. Es ahí donde aparece en la historia Alberto Duarte, más conocido en los bajos fondos como "El Saco de Luche". El viernes 21 de enero de 1916, Corina Rojas echó a andar la maquinaria de la muerte. Para proveerse de una coartada, organizó una cena en su casa de Lord Cochrane a la que convocó a sus dos cuñados, a dos amigos de su esposo y, en un acto de increíble sangre fría, al subcomisario de la policía Emiliano Feliú. Mientras el grupo cenaba en el comedor atendido por tres sirvientes, en una pieza del fondo de la casa esperaba, licor en mano, El Saco de Luche, listo para perpetrar su crimen, a cambio de 500 pesos de la época. En la sobremesa, al calor de los bajativos, Corina sacó una baraja de naipes para jugar. Pero llegado el momento, cuando la casa estaba ya en silencio y solitaria, a Duarte le faltó valor. Fue entonces cuando Corina, de acuerdo con la versión policial y con el testimonio del propio Duarte, decidió seducirlo con algo más que dinero. "Y sus labios se posaron en los labios del bandido; sus brazos le envolvieron el cuello. ¿Soñó jamás ese hijo del arrabal en que una mujer como esa iba a rendirse ante él? Tal argumento fue el arma decisiva que lo movió a obrar", escribieron Carter y Whinter. El informe forense delató una profunda herida de cuchillo en el corazón de la víctima, un hematoma en la cabeza y una herida en la mano con la que se cubrió el rostro al sentir el ataque. No hubo rastros ni pistas que delataran al asesino, pero el amor que había provocado la tragedia ayudaría también a resolverla. Los vecinos, testigos y personal de servicio pronto le contaron al juez de la pasión de Corina por su profesor "alemán", y en el allanamiento a su morada se encontraron las cartas de amor. Sangts, al verse sorprendido, delató a su amada, que el 25 de enero -cuatro días más tarde del crimen- fue detenida. De allí en más, todo fue muy rápido. La prensa siguió todos los detalles del proceso, fotografió a los acusados y la cama donde se cometió el asesinato, y convirtió el caso en el tema de moda en la capital. A la pantalla Salvador Giambastiani era un italiano que había emigrado a Buenos Aires escapando de la Primera Guerra Mundial. Sus conocimientos cinematográficos lo trajeron a Chile en 1915, con el propósito de desarrollar un negocio y trabajar en "un ambiente sin prejuicios estéticos". Tras realizar varias tomas de Santiago de la época y eventos sociales, comprendió, en marzo de 1916, que el crimen de Corina Rojas tenía que ser su primera película argumental. Y, de paso, el primer largometraje de la historia del cine chileno. En rigor, las primeras filmaciones nacionales datan de 1902, cuando las cámaras registran el Ejercicio General de Bombas en Valparaíso. Como no había salas adecuadas, el estreno debió postergarse un mes. Una década después, el biógrafo ya era una distracción habitual para los habitantes de Santiago y Valparaíso, que habían disfrutado además de pequeños largometrajes, como Manuel Rodríguez, del director Adolfo Urzúa. Obviamente ya llegaban las primeras producciones de cine mudo desde Estados Unidos y Europa, pero para el cine argumental chileno hubo que esperar la llegada de Giambastiani. Para escribir el guion, no habría problemas, dada la publicidad que habían tenido los detalles del caso y la publicación del libro del Diario Ilustrado. Para esa misión fue contratado el escritor colombiano Claudio de Alas. El problema era conseguir actores con la capacidad y el parecido de los protagonistas originales de la historia. Así, en un par de semanas, fueron reclutados Palmira Fernández para el rol de Corina y los actores Mario Carrasco y Alfredo Torricelli para los papeles de la víctima y el criminal. El rodaje demoró tres meses. En agosto el material estaba listo para ser exhibido. No hubo artículos periodísticos sobre el estreno, pero sí avisos en los principales diarios de Santiago y Valparaíso. Luego de la censura, la polémica alimentó la atención del público, que obligó a reponer la cinta en Valparaíso y que, de acuerdo con las crónicas, llevó buena cantidad de espectadores a su postergado debut en Santiago. Nada queda del primer largometraje nacional. No hay fotos del rodaje ni de la película. De los actores poco se supo después y Giambastiani se casaría con la muy joven Gabriela Bussenius, quien al año siguiente seguiría estableciendo marcas: sería la primera mujer directora (a los 18 años) y su ópera prima se llamaría La agonía de Arauco, un romance interracial y además una denuncia de la usurpación de tierras a los mapuches. El italiano fallecería prematuramente en 1921, tras haber fundado Chile Films. El perdón y el olvido Corina Rojas fue indultada por el Presidente Juan Luis Sanfuentes y libró del pelotón de fusilamiento. Su caso fue tan comentado que se transformó, en los albores del siglo, en una mujer con doble moral. Fue defendida por aquellos que creyeron ver en la cobertura del caso un profundo machismo; fue sindicada como una mujer amoral y cruel por la sociedad más conservadora. No solo fue protagonista de nuestra primera película y un libro. También de una cueca anónima, que, de tanto en tanto, tocan Los Chileneros y que lleva su nombre: "Caramba tengo pe, tengo pena, tengo rabia/caramba tengo ga, tengo ganas de llorar/ caramba porque a la, porque a la Corina Rojas/caramba la quieren/la quieren fusilar. Dicen que la Corina/ allá va siendo una dama/ ha muerto a su marido/ allá va estando en la cama./ Estando en la cama sí/ caramba no puede ser/ que fusilen en Chile/ caramba a una mujer. /Matan a la Corina/ caramba por asesina".