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Libro "El arte y la ciencia de no hacer nada", del doctor Andrew Smart:

La neurociencia está preocupada porque las nuevas tecnologías nos han robado el tiempo de ocio

domingo, 10 de julio de 2016

Sebastián Urbina
Vida Ciencia Tecnología
El Mercurio

En las generaciones más jóvenes, los test demuestran un alza en el coeficiente intelectual, pero también que la creatividad ha ido disminuyendo.



Pasar a dejar a los niños al colegio, revisar los compromisos agendados, responder correos, revisar el WhatsApp, contestar el teléfono y conducir atentamente por calles congestionadas. A eso sumarle la jornada de trabajo y otros imprevistos que son parte de la rutina diaria. El resultado es un sujeto más cercano a un autómata, y muy lejos de lo que sería una persona con tiempo para la reflexión y la creatividad.

Porque contar con tiempo libre para poder divagar, es decir, pensar de manera espontánea y sin restricciones, es una de las actividades más importantes, de las que potencian la inventiva y el progreso humano. Esto es lo que plantea la neurociencia, la que se muestra preocupada porque las nuevas tecnologías y las redes sociales en lugar de aliviar la carga de trabajo la han aumentado, y han terminado robando el tiempo de ocio a las personas.

Asimismo, los test demuestran un alza en el coeficiente intelectual (CI) de las nuevas generaciones, aunque desde los años 90 muestran que la creatividad ha ido disminuyendo.

Esta es la tesis que Andrew Smart, un joven neurocientista de la Universidad de Nueva York, desarrolla en su libro "El arte y la ciencia de no hacer nada", que acaba de publicarse en Chile. Allí argumenta en favor de limitar las maratónicas jornadas laborales y escolares, así como el abuso de las tecnologías, para ganar en tiempo libre y, de paso, ser más creativos.

Pausas importantes

"Antes se pensaba que el cerebro estaba todo el tiempo respondiendo a estímulos externos, pero hace unos años se descubrió que existía una red neuronal por defecto, que se activa en los momentos en que hacemos una pausa en los quehaceres, lo que nos permite pensar, integrar y procesar información", dice el doctor José Luis Valdés, neurobiólogo y académico del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

Para activar esta red, sugiere Smart, es bueno invertir tiempo en disfrutar del arte, escuchar la música favorita o simplemente garabatear en un papel.

"Mientras uno 'no hace nada', el cerebro sí está haciendo algo", advierte el doctor Simón Guendelman, psiquiatra y cofundador del Centro Mindfulness y Medicina. Es la red por defecto que, según explica, se liga "a la capacidad de pensar sobre uno mismo, de divagar o pensar en cosas que no están relacionadas con el presente inmediato". También se relaciona con la creatividad y con la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

El problema es que la sociedad tiende a valorar negativamente a quienes se entregan a la contemplación, calificándolos de excéntricos, ausentes o haraganes.

Pero son las funciones de la red por defecto las que el libro de Smart esgrime como argumento para cuidar los momentos de ocio en lugar de evitarlos. El miedo al ocio de la sociedad actual, según el científico, se traduce en la tendencia a ocupar el tiempo con muchas tareas. "Esto nos permitiría distraernos y evitar sentir las experiencias internas amenazantes e incómodas, como las emociones difíciles, la vergüenza o la sensación de que nos falta algo", afirma el doctor Sebastián Medeiros, psiquiatra e investigador del Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (Midap).

Pero el riesgo de no detenerse y prestar atención a la experiencia interna es que "el cuerpo y la mente se desgastan, la vida afectiva sigue inadvertida y, al no ser procesada, pueden aparecer síntomas y enfermedades", agrega Medeiros.

"Las tecnologías no dan espacio para la actividad espontánea del cerebro, la que permite integrar y procesar la información, asociando cosas y conceptos que no tienen una relación aparente, algo que es fundamental para la creatividad", dice Valdés.

Según el académico, quizás por el sistema educacional existente, los jóvenes hoy son buenos "para hacer cosas más bien rutinarias y repetitivas, con poca demanda cognitiva y poca generación de nuevas ideas".

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