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Confesiones de mujeres Uber

martes, 24 de mayo de 2016

Por Antonia Domeyko. Fotos: Sergio alfonso lópez.
Crónica
El Mercurio

A una la han invitado a salir, a otra le encargan ir a buscar a los niños al colegio, y a otra le molesta que los jóvenes se suban con trago al auto. Por eso varias no se atreven a salir de noche, por los borrachos y los taxistas. En total son cerca de mil 400 conductoras en Uber Chile. Aquí, las experiencias de cuatro de ellas.



A fines del año pasado, Marianela -44 años, pelo rubio, ojos verdes, figura delgada- estaba desesperada. Tras una carrera de 22 años como gerenta de ventas en hoteles como Iberostar y Sheraton, se quedó sin trabajo por un mal negocio. Estaba separada y viviendo con su hijo de seis años, y hoy dice que prefiere no dar su apellido por razones que después explicará.

Para salir adelante vendió de todo lo que se le ocurrió: mariscos, pescados, joyas, incluso chalecos reflectantes. Su lugar de trabajo era su auto, que se transformó en una multitienda. Hasta que su hermana se subió a un Uber, y el conductor era una mujer. Le pidió el teléfono y se lo dio a Marianela.

Se contactaron, y la chofer le contó su historia. Era una mujer mayor, de 65 años, que tenía a su marido enfermo. Después de cuidarlo todo el día, a las siete de la tarde lo dejaba acostado, y ella salía en su auto a trabajar en Uber, hasta las doce de la noche.

-Si ella tenía los cojones, yo tenía que poder, ya llevaba cuatro meses sin pega.

Finalmente Marianela se decidió y entró a Uber.

-Mi familia me dijo 'pero cómo, después de tantos años de trabajo, y de estudio. Qué rasca. Cómo caíste tan bajo'. Pero yo decía 'soy feliz'.
 
Solo dos pasajeros al día

Constanza Vega, de 29 años, hace casi un año que se mueve por las calles de Santiago en su Peugeot 208 color rosado como conductora Uber. Ella es ingeniera eléctrica de la Usach, y llegó a la aplicación porque no le estaba yendo muy bien con su emprendimiento de instalaciones eléctricas. Llegó también cuando recién se había abierto la versión económica, llamada Uber X.

Sentada en las oficinas blancas que Uber dispuso para las entrevistas, Constanza -de pelo negro, con las puntas teñidas rubias y las uñas pintadas rojas- cuenta que al principio con suerte tenía dos pasajeros al día. Para poder hacer al menos esas dos carreras, se iba a la casa de su abuela en Las Condes, a hacer hora, a esperar que la llamaran. "Ahí a mí me pagaban garantizado por hora de conexión para que hubiera autos, porque nadie pedía", dice.

Todos los que pedían Uber eran del sector oriente, pero ella era de Maipú. Por lo mismo, no se ubicaba mucho, y al principio, a pesar del GPS, muchas veces se perdió. "Si me equivocaba tenía que darme las medias vueltas, y me equivoqué varias veces. Los pasajeros se enojaban. Yo les decía que iba a cortar la carrera para que se calmaran, para que no les cobraran, y al final me decían que bueno".

Eso fue solo en los primeros viajes. Poco a poco se ubicó en el nuevo barrio, y la aplicación agarró vuelo. Hoy desde que sale de su casa se viene con pasajeros hasta llegar al sector oriente, al día hace entre 10 y 15 viajes, y solo trabaja entre cinco y seis horas, hasta juntar su propia meta de 50 mil pesos al día.

Tal como le pasó a Constanza, explica Soledad Lago, la gerenta de comunicaciones del Cono Sur de Uber, en los últimos meses ha habido un boom para Uber en Chile. "Hay 250 mil usuarios registrados, 14 mil conductores activos, y de esos el 10% son mujeres, que vendrían siendo unas mil 400", dice.

Las confesiones

Alicia Cariqueo está con una chaqueta fucsia, unos aros del mismo color y los labios pintados con un tono que hace juego. Tiene 39 años, vive en Peñalolén, y hace poco más de un mes que entró a Uber. Antes, durante 12 años, trabajó cuidando niños en una casa particular, y además tenía un taller de costura, para poder juntar los ingresos para mantener a sus cuatro hijos.

Pero decidió renunciar, porque después de todo un día de cuidar y criar niños, llegaba muy cansada para encargarse de los propios. Alcanzó a estar una semana sin trabajo, y un amigo de su marido taxista le ofreció un auto para que hiciera Uber, y que le pagara a cambio un porcentaje de lo que ganara.

Ahora su único ingreso es la aplicación y con eso mantiene a sus hijos. A la semana junta alrededor de 330 mil pesos. Todas las mañana se conecta cerca de las nueve, después de dejar a sus niños en el colegio. Trabaja hasta las tres de la tarde, para llegar a almorzar a su casa con su familia. Luego vuelve a salir a las cinco, hasta las nueve de la noche. Y viernes y sábados sale de noche también, hasta las dos de la mañana.

Es en ese horario cuando le ha tocado pasar momentos que para ella han sido desagradables. En el poco tiempo que lleva, la han llamado principalmente de La Dehesa y Vitacura los viernes y sábados por la noche. La mayoría de esos clientes son jóvenes, a quienes ha evaluado después del viaje con la peor calificación, que es una estrella, de un máximo de cinco.

Una vez le tocó recoger a un grupo de hombres de entre 17 y 18 años, que iban a una discoteque en la Plaza San Enrique. "Se subieron con los vasos con piscola al auto. Yo les dije 'pucha los cabros mal criados', y se reían y me decían: 'Ya tía, si no le vamos a dejar sucio', pero después se bajaron y me dejaron una botella de pisco vacía, y me mancharon los asientos con copete. Uno conversa con ellos, y los trata como si fueran hijos, porque son todos muy niños, y vienen copeteados, entonces yo los reto", cuenta Alicia.

En otra ocasión tuvo que recoger en Vitacura a un joven que también había ingerido alcohol. Era un día de semana, cerca de las ocho de la noche, y trató de sobrepasarse con ella. "Empezó a hacerse el cariñoso, a tocarme el pelo, y ha hacerme cosas en la cara. Yo me asusté y le dije que no fuera atrevido, y ahí me dijo 'es que tú eres tan simpática'. Le dije que se iba a tener que bajar del auto. Esto fue una cuadra antes de su casa, y cuando llegamos no quería bajarse. Le dije que era una falta de respeto, hasta que me pidió disculpas y se bajó. A veces me da miedo trabajar en la noche, porque pasan cosas, y la gente cuando anda con copete cambia. Por eso salgo hasta las dos de la mañana nomás, porque después vienen mucho más curados", dice Alicia.

Los viernes y sábados en la noche Marianela también sale con su auto. Dependiendo del horario que tenga disponible, logra juntar entre 300 mil y 600 mil pesos a la semana,  como lo hizo en febrero, cuando su hijo se fue de vacaciones con el papá. Y los fines de semana en que puede trabajar logra agregar hasta 300 mil pesos más.

"Empecé a conocer el carrete nocturno. Yo no tenía idea que en Santiago había tanta actividad.Descubrí todos los sectores, los de los gays, los clandestinos, los de los viudos de verano, de todo", dice.

Cuenta también que le ha tocado que chicas de 25 años piden Uber para mandar a dejar a sus pololos de vuelta a sus casas. "Sale la cabra a dejar al pololo a la puerta, se sube y al rato él me dice: 'Déjame aquí y haz como que terminas la carrera en mi casa'. Me ha tocado mil veces en Vitacura, y yo pienso ¡malditos! Las pololas preocupadas, pagándoles el taxi, y ellos se quieren ir a otro carrete. Ahí yo les digo que no puedo, que tengo que parar la carrera donde se bajen", cuenta subiendo la voz indignada.

También le ha tocado que hombres de 30 años la han invitado a salir. "Hubo uno que fue muy insistente pero caballero, y me fumé un pucho con él, nada más, no he aceptado salir con nadie. Sí me ha subido el ego. Por otro lado, también me di cuenta de que aquí o podía aparecer mi marido, o un jefe", dice.

Por lo general Marianela ha tenido buenas experiencias, pero ha habido dos veces en que pasó susto. La primera fue saliendo de Santiago centro. La llamó un empresario de unos 50 años para que lo llevara a su casa en Lampa, había ingerido alcohol, y se sentó en el asiento de adelante. "Venía tan mal que se durmió en el auto, y yo pensé ¡¿cómo bajo a este hombre?! Me dio susto, además estaba lejos, en un lugar donde yo no me ubicaba. Por suerte, llegando se despertó", cuenta.

La segunda vez fue cerca de las tres de la mañana cuando la llamaron de una oficina para llevar a un auditor a su casa. Llevó al pasajero hasta Maipú. "Le pregunté '¿doblo por donde me dice el GPS?', y me dice 'no se le vaya a ocurrir doblar por acá: hay una población que ni los pacos entran'. Y pensé: ¡¿Qué hago aquí?! A la vuelta venía tratando de acordarme de cuál era la calle, para no meterme, y de repente veo en plena calle un grupo de cinco cabros. Yo no tenía nada para camuflarme, para pasar por hombre, y sabía que estaba a dos cuadras de la población. Me morí de miedo, desde ahí que no he vuelto a salir de noche sin un gorro", dice.

Mujeres vs. taxistas

Después de Marianela llega Beatriz Barahona a la oficina blanca de Uber. Tiene 24 años, el pelo largo. Viste pantalones negros, una botas de gamuza y una chaqueta. Viene exhausta porque ayer trabajó 14 horas como Uber, por la promoción  de viajes gratis que lanzó la aplicación el día del paro de los taxistas.

Beatriz estudió dos años Derecho, pero no le gustó, después fue azafata, y hace un año que estudia para ser piloto comercial. Para sacar su título debe hacer cursos y juntar horas de vuelo, pero explica que arrendar un avión cuesta 95 mil pesos la hora. Sus papás le pagan algunas horas mensuales, pero por ella volaría todos los días. Por eso antes trabajaba como vendedora en tiendas o como promotora, hasta que conoció Uber. Ya lleva casi tres meses en la calle con su Mazda 3, y saliendo cuatro o cinco horas al día logra juntar 250 mil pesos semanales.

Cuenta que en general sale de día, y que solo se mueve en La Dehesa, Vitacura y Las Condes, porque ahí se conoce todas las calles. "En la mañana, generalmente, es gente que va a la oficina. Después, pasadas las tres, muchas dueñas de casa que van a juntarse con alguien en un café o mall. Y lo que siempre me toca es ir a buscar a niños al colegio. Me aparece que José me está llamando de tal colegio, y voy y me encuentro con un poroto de 10 años, una niñita, y le digo: 'Me llamó José' y me dice: 'Sí, es que mi papá es José"', cuenta.

En las noches por decisión propia Beatriz no sale a trabajar, principalmente por los taxistas, y no tanto por los borrachos, porque explica que Uber se encarga de cobrarles a los pasajeros la limpieza del auto si es que lo vomitan. Solo hasta las once de la noche hace carreras, después se junta con su pololo y llaman a un Uber para salir ellos a alguna fiesta. "Nunca trabajo en la madrugada, después de los carretes, porque ahí sí que están los taxis muy brígidos. Hay muchas chicas que lo hacen, pero yo no me atrevo, porque siento que los taxistas van a sacar un palo o un fierro de la maleta y le van a hacer algo a mi auto. Eso sí, dudo que me hagan algo a mí. No creo que sean tan cavernícolas", dice.

Dice esto porque ya tuvo un problema con un taxista. Estaba en un semáforo en Apoquindo, atrás iba una pasajera de la misma edad que ella, iban escuchando música, y de repente el taxista comenzó a tocar la bocina. "La chica que estaba atrás empezó a tararear la canción que sonaba en la radio, y ella cachó que el taxista nos estaba gritando cosas, que tocaba la bocina y sacaba el brazo. Yo lo miré de reojo, subí más el volumen de la música, me puse a cantar más fuerte, y la chica también se puso a cantar", cuenta Beatriz, quien antes no se atrevía a pedirle a la gente que se sentara adelante, ahora sí. También sacó el aparato donde ponía el celular para que desde afuera no supieran que era Uber.

A Alicia, casada con un taxista, le pasó una situación en la que esta vez el que se asustó fue el pasajero. Iba por la calle Larraín, en La Reina, cuando un taxista empezó a tocar la bocina y a mover las manos. "El pasajero me dice con mucho miedo: 'Señora, parece que vamos a tener problemas con un taxi, nos están tocando la bocina, ¿qué hacemos? Llamemos a Carabineros'. Y yo miro para el lado y le digo 'si es mi marido saludando' y se larga a reír el joven, y me dice que tiene que contar esto en Twitter", dice Alicia riéndose.

El complemento

Hace dos meses que Marianela encontró trabajo en una compañía de seguros, por eso dice que prefiere no dar su apellido. Pero no ha dejado Uber, sale temprano en las mañanas, después en las tardes, y también los fines de semana que puede.

"Desde que partí me fascinó porque puedes sacar muy buenas lucas, y yo lo paso chancho, no hay restricción de edad ni de horario. Además, me encanta ser una profesional del servicio, por eso tengo mi auto impecable", dice Marianela, quien tiene su Nissan Tidia completamente equipado con dulcecitos, toallitas húmedas, alcohol gel, pañuelitos desechables y cargadores para todo tipo de celulares.

"Yo le expliqué a mi supervisora que en mayo la venta que yo haga de seguros ella me lo va a pagar en junio, y yo tengo que pagar mis cuentas de ahora, porque tengo un hijo. Yo le dije que me tenía que creer que estoy paralelamente hablando con los clientes, pero por mientras yo tengo que complementar mis ingresos con Uber", dice.

"Empecé a descubrir todos los sectores, los de los gays, los clandestinos, los de los viudos de verano, de todo".

"No he aceptado salir con nadie. Sí me ha subido el ego. (...) También me di cuenta de que aquí o podía aparecer mi marido, o un jefe".

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