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Cuando Carmen del Villar lo llamó para escribir un libro que recorriera su obra y su historia, el que se lanzaría junto a una extensa retrospectiva, el hombrón de barba blanca que se dejaba ver por Lastarria o Providencia, a paso lento con su bastón, se iluminó: "Vente al tiro", se escuchó al teléfono. Fueron dos años de entrevistas sin ninguna periodicidad -"en medio de sus estados cambiantes; a veces pura energía y otros en que me chuteaba para otro día, porque él decía que incluso su pintura variaba de color según su ánimo", cuenta Carmen- que dieron forma al libro "Santos Guerra" y lo entusiasmaron con la muestra "La república de sus sueños", que hasta el 15 de mayo se exhibe en la Fundación Cultural de Providencia. Solo que el artista no estuvo para su inauguración; en febrero, de un sábado a otro, murió a los 77 años de un aneurisma torácico. "Creo que lo que más ha influido en mi obra es la tristeza -le decía a Carmen en uno de sus encuentros-; la idea de que el mundo perdió la fantasía, la alegría de soñar...". Carlos Simón Guerra, a dos meses de la muerte de su padre, lo pone en contexto. "Lo que hizo no lo hace nadie. Más en tiempos de dictadura, cuando el circuito era súper chico, él rompió todas esas barreras y trascendió; aunque le critiquen ser naïf, tener más influencias que talento innato o no tener escuela de Bellas Artes, es envidia. Con que sus cuadros anden dando vueltas y sus murales estén en la ciudad, basta". El empresario Francisco Matte Langlois también contó su primer encuentro con José Santos; ese que lo transformó en su mecenas y coleccionista. Recuerda que apareció en su oficina como vendedor de seguros y que él le dijo: "¿Para qué quiero un seguro que me van a pagar cuando esté muerto?", y que Santos Guerra le encontró toda la razón. Esas "tablitas" sacaron a flote a su familia. Cuando la crisis en los 80 los dejó cesantes a él y a su mujer, la profesora Bessie Navia, no les faltó cosa por inventar. "Pepo hizo unos lapicitos-cascabel con arroz por dentro; yo cosía delantales y los salíamos a vender", cuenta su viuda. También hicieron tarjetas de saludo, que llevaban un gallo de cobre pegado y pintado con acrílicos. "Eran maravillosos", se acuerda Margarita, la segunda de los tres hijos del matrimonio, entre Pablo José y Carlos Simón. Después llegaron los acrílicos, pequeños formatos que se vendieron como pan caliente. Ella fue el cable a tierra, y por lo mismo, también una amarra. "Al conocerlo percibí que no pertenecía en absoluto al mundo utilitario, pragmático y realista que nos rodea, totalmente falto de poesía y al que le costaba mucho adecuarse. Amaba el humor, era como autodefensa o puerta de escape a una realidad absurda y excluyente en que los débiles y soñadores no tienen cabida...", escribió y leyó la viuda en el funeral de su marido. -El papá fue siempre optimista. Nos decía: "Yo soy Santos Guerra; soy pintor, soy millonario", para transmitir tranquilidad. Mi mamá tenía más susto, ella era aterrizada. Pero él podía estar al borde del precipicio y ¡zaz! algo lo salvaba... -reconoce Margarita. -Pepo llevaba una vida paralela que yo desconocía, es cierto. Cuando los niños se independizaron, él hacía su vida en el taller y con sus amistades, pero dormía en la casa. No sé por qué propagó eso de que estábamos separados; es una excentricidad que le perdono, porque lo quise mucho. Tal vez más que él a mí. -Fue un amorío que tuvo su tiempo pequeño y se acabó. ¡Si éramos como Sartre y la Simone de Beauvoir! Los artistas son enamoradizos; yo lo perdonaba". Afuera, Santos se reunía con sus múltiples conocidos: "Era un conversador vital, tenía una memoria heavy, se ganaba a la gente haciendo el link con sus vidas", recuerda Carmen Momberg, su amiga galerista, que vendía su obra en Kunst.cl y se empeñaba en valorizar su obra. La obra de Santos se dividió en tres categorías, dice la editora y curadora de la muestra, Carmen del Villar. "El retrato lo acompañó durante toda su carrera, aunque tal vez más al principio. Después armó escenas, y luego están sus pueblos. Ahí aparecieron los grandes formatos, que fue algo que le pidió la gente". Gracia Obach, también curadora de la exposición junto a Carmen del Villar, pide no encapsularlo en la pintura formalista. Dice Carmen Momberg que el último tiempo Santos andaba triste: "Había una preocupación en él por hacer 'lucas'. Creo que alimentó esa autoexigencia: con la pintura pagaba la gran deuda que sentía con su familia". -Santos empezó a sentir un fuerte choque con la realidad, la vulgaridad, la ordinariez. Amaba la actividad, no soportaba los sábados y domingos; solo le gustaban si estaban la familia y sus dos nietos. Era una pena que se le pasaba trabajando y caminando. Las cosas entre ellos se pusieron difíciles en el último tiempo. Bessie con vehemencia le decía que se cuidara la barba, el pelo, y le prohibía por salud tomar café. "Él estaba irreductible, muy rebelde. Eran cosas razonables las que yo le decía, pero cuando uno es viejo se acentúan los defectos". "En mi obra traspaso mi mundo imaginario esperando que ayude a crear un mundo de paz que, desgraciadamente, no existe".
Para José Santos, pintar fue su terapia. "Llegó por escape y siguió pintando intensamente, como despiste del alma", relata Eduardo Azcuénaga, dueño del bar Berri. Se conocieron a principios de los ochenta, cuando Guerra vendía cosas viejas en el barrio Lastarria. En plena crisis de 1982, el fin de la importadora de libros donde trabajó diez años como vendedor viajero, lo llevó a rebuscárselas afiliando gente para las nuevas AFP, vendiendo seguros. Hasta que un día le contó su decisión de pintar. "Él hacía lo que quería, era un hombre súper genuino, un soñador", recuerda Azcuénaga.
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Dependiendo de quién la cuente, la historia de José Santos gira en uno u otro sentido. En entrevistas dio más de una versión de sí mismo. Dicen que fue bohemio, abstemio y no fumador; caminante cabizbajo, joven de espíritu, un hombre triste. También que con su mujer estuvieron separados por más de 30 años.