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Larga vida al cementerio

sábado, 02 de abril de 2016

Texto, Claudia Pérez Fuentes. Fotografías, José Luis Rissetti Z.
Patrimonio
El Mercurio

Fue testigo de hechos relevantes del devenir nacional durante el siglo XIX. Fruto de la visión acerca de la muerte de una institución en particular, el Cementerio Católico de Santiago, guarda -al igual que sus pares-, parte importante de la historia de todo un país. Sus valores culturales y patrimoniales fueron reconocidos con la reciente declaración de Monumento Histórico.



Dicen que son reflejo de la sociedad. Que basta darse una vuelta por ellos para entender, o al menos intuir, la realidad en la que están insertos. Es uno de los valores que se atribuye a los cementerios de Chile y el mundo, varios de los cuales han sido reconocidos -por esta y otras razones- como sitios patrimoniales. El más reciente en nuestro país es el Cementerio Católico, nombrado hace un par de meses Monumento Histórico, instancia impulsada por el arquitecto Tomás Domínguez. "El primer sitio que se tiene que visitar en una ciudad es su cementerio. Es una vieja sabiduría de viajeros", dice.

El Católico, ubicado en la zona norte de la capital, en el sector de La Chimba, donde sobresalen hitos como el Cerro Blanco y construcciones como el Cementerio General -Monumento Histórico desde 2010 del que es vecino-, el Hospital San José y la Recoleta Dominica, guarda, al igual que su par, fragmentos importantes de la memoria y el devenir del país. "Es reflejo material de los acontecimientos sociales y políticos ocurridos en Chile a finales del siglo XIX (...). Presenta una tipología particular y única de arquitectura funeraria en el contexto nacional", dice el decreto del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) que destaca aspectos como los jardines interiores, los pavimentos originales y el trazado de los recorridos principales. También los "grupos escultóricos" con valiosas piezas de bronce y mármol, de autores como Virginio Arias. Inspirado en un modelo monacal de patios, corredores y claustros en torno a un eje articulador, "expresión tradicional del catolicismo", explica el documento, el Cementerio Católico fue proyectado a partir de 1879 por el arquitecto francés Paul Lathoud. Para la secretaria del CMN, Ana Paz Cárdenas, "habla a través de su arquitectura de un pensamiento religioso más institucional. Es reflejo relevante de una parte de nuestra historia".

Se trata de una época marcada por la disputa entre Iglesia y Estado. Es el contexto bajo el cual fue concebido el espacio que tenía como fin dar sepultura a quienes adscribían a la fe católica, esto, tras la secularización que las instituciones vivieron de manera cada vez más explícita durante el siglo XIX. Los cementerios buscaron hacerse laicos, rompiendo, entre otras cosas, con la costumbre de enterrar a las personas al interior de las iglesias o en sus patios. Se promovía la noción de igualdad -también en la muerte- impulsada por el movimiento racionalista de la Ilustración. Ante esto, pero sobre todo ante "la promiscuidad de tumbas (...) y la convivencia, por tanto, de creyentes y no creyentes", según Marco Antonio León en su libro "De la capilla a la fosa común: el Cementerio Católico Parroquial de Santiago, 1878-1932", los sectores más conservadores vieron como imperiosa la necesidad de contar con un lugar exclusivo. La segunda mitad del siglo XIX fue testigo entonces de la pugna por la llamada "cuestión de cementerios", con el Católico en el centro de la polémica. Entre medio de debates y decretos que incluso llevaron a clausurarlo, reabrió sus puertas en 1890. Ese año marcó, además, el reconocimiento de los cementerios parroquiales.
 
La cultura de la muerte

Más allá de las vicisitudes, el tema de la muerte ha estado marcado en sociedades como la chilena por "el miedo y la negación", dice el arquitecto Tomás Domínguez. Los cementerios lo reflejan. Primero, e impulsado por el pensamiento higienista de la Ilustración, "pero también por el temor a los muertos, algo inherente al ser humano", fueron sacados de las ciudades. Luego, durante el siglo XX y con un mundo moderno empecinado con la idea de extender la vida, relegados. Domínguez explica: "Se soñaba con que la ciencia lograría la inmortalidad, hay un cuestionamiento y negación de la visión científica hacia la muerte y los muertos. Los cementerios fueron considerados un depósito de cadáveres, siendo estigmatizados y abandonados. Se trataba de una postura absolutamente materialista, se perdió la visión de trascendencia".

Fue en la segunda mitad del siglo XX donde esto se experimentó con mayor fuerza, sobre todo en la élite "que es la que tomaba las decisiones y administraba estos bienes". La costumbre de visitar los cementerios y cuidar las tumbas también se vio debilitada en una generación que veía en los mausoleos "el grito fuerte de que una persona murió". Todo ayudó al deterioro que por décadas vivieron estos lugares. Pero las cosas han cambiado. "Ahora hay una lógica más honesta marcada por la comprensión de que no se va a cumplir el anhelo de la inmortalidad. Hoy es más importante tener una buena muerte. La idea de que esta le da sentido a la vida es la que ha tomado fuerza". Es la mentalidad que ha hecho que los cementerios como el Católico comiencen a ser vistos como reductos de cultura, patrimonio y memoria, cuyos valores se deben proteger y difundir. Labor, sin embargo, con la que aún se está en deuda.

El Cementerio Católico tiene como referente al Staglieno de Génova, Italia, uno de los más afamados y bellos del mundo.

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