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Escritores de diarios Trayectorias contemporáneas

Carlos Morla Lynch y Juan Guzmán Cruchaga: Viajeros y diplomáticos

domingo, 21 de febrero de 2016

Pedro Pablo Guerrero
Artes y Letras
El Mercurio

El diplomático que salvó a cientos de asilados en la Embajada de Chile durante la Guerra Civil Española y el poeta que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1962 registraron por escrito las aventuras que vivieron como funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores.



El día que cumplió ocho años, en Viena, Carlos Morla Lynch (1885-1969) recibió de su padre, el diplomático Carlos Vicuña Zaldívar (1846-1901) -quien adoptó el apellido Morla-, un cuaderno empastado en cuero rojo con el retrato de la princesa Estefanía, hija del rey Leopoldo II de Bélgica, y viuda del archiduque Rodolfo de Austria. Le encargó que, cada noche, antes de dormir, escribiera en él sus impresiones, pensamientos, alegrías y "penitas". Fue el inicio del "Diario" que, durante 50 años, se convertiría en "un hábito, una compañía, un fantasma" y que solo "abandonó cuando la muerte de su hija de nueve años, Colomba, lo sumergió en el abatimiento alcohólico", según escribe Roberto Merino en el prólogo de la compilación "Desde la vereda de la historia. Crónicas de Carlos Morla Lynch, 1917-1958" (Catalonia, 2013), realizada por Cecilia García-Huidobro.

Aquellos diarios personales no solo serían la base de sus libros "El año del centenario" (1922), "En España con Federico García Lorca. Páginas de un diario íntimo 1928-1936" (1957) y "España sufre. Diario de guerra en el Madrid republicano" (2011), sino también de las crónicas que el diplomático escribió para La Nación (a partir de 1917) y "El Mercurio", donde publicó unos 150 artículos entre 1946 y 1958.

Marcado por la "musa" de su diario, los primeros recuerdos de Morla Lynch datan de cuando, junto a sus hermanas, saludaban a la Kronprinzessin Estefanía durante sus veraneos en Abbazia, elegante balneario austrohúngaro de la península de Istria sobre el mar Adriático, en la actual Croacia. "La veíamos venir, nos poníamos en guardia y, con unción, efectuaban mis hermanas la consabida reverencia en tanto que yo -chiquillo mocoso- asumía la rigidez militar prescrita, dejando caer a mis pies mi gorra de marinero", evoca.

Al regreso de la familia a Chile, atraviesa el Estrecho de Magallanes. El general Estanislao del Canto -veterano de la Guerra del Pacífico y de la Guerra Civil de 1891- sube a la cubierta del barco con Morla Lynch y le explica quién era el navegante portugués que había descubierto esas regiones. "¿Y cómo se le ocurrió venir tan lejos?", dice Morla. El militar le responde que esa pregunta no es digna de un niño inteligente. "De manera que, a la edad de ocho años, a la altura de Punta Arenas, entre las diez y las once de la mañana, me impongo, por vez primera, -por boca de un alto jefe del Ejército- de que soy tonto", anota Morla.

No sería la primera vez que iba a sufrir esta clase de comentarios, pero lejos de amargarlo, los incorporó con humor a sus escritos, haciendo la delicia de autores como Joaquín Edwards Bello y Alone.

En el artículo "My poor little boy" (1951) -tan dramático y bien escrito que parece un cuento-, recuerda la muerte de su padre en Buffalo, Estados Unidos. El diplomático había llegado junto a su familia para tomar parte en los festejos de la Exposición Panamericana de 1901, pero enfermó repentinamente en el hotel. Morla Lynch, de 15 años, salió a buscar una farmacia donde vendían un medicamento que, según estaba convencido, le salvaría la vida. Su angustioso recorrido por la ciudad contrasta con la indiferencia de sus transeúntes, quienes no pueden orientar al adolescente extranjero, hasta que consigue la inesperada ayuda de un repartidor de cerveza.

Morla Lynch siguió la carrera diplomática, al igual que su padre, adquiriendo notoriedad por el rol decisivo que jugó en España, donde salvó a más de mil asilados nacionalistas y republicanos durante la Guerra Civil. En Madrid integró animadas tertulias con escritores de todas las tendencias -desde Rafael Alberti a Eugenio D'Ors- y desarrolló el gusto por los sitios populares.

"Tengo afinidades con los estancos de tabaco en España -donde se habla de toros y se toma manzanilla con la estanquera; con los baños turcos, los bares, y todos los cafés en general.

Pero, por encima de todos los ambientes, me seducen las estaciones, las salas de espera, el andén, los viajeros, los pitos de las locomotoras y el humo... cuando no son eléctricas. Y, dentro de la estación, es mi manía, mi pasión, el restaurante de primera o de segunda clase. Me es igual.

En la ciudad donde me encuentre, Madrid, París, Berna o Estocolmo, el sitio predilecto donde acudo cada vez que puedo hacerlo, donde paso ratos incomparables, es el café de la estación", escribe en una crónica.

De hecho, la fuente de sus "Charlas de café", a partir de 1956, serán las conversaciones entre los parroquianos que escucha, disimuladamente, en Le Grand Corona, frente a la Place de l'Alma de París. La mesa de este café se transforma, durante horas, en su despacho y lugar de encuentros, la mayoría casuales, con visitantes de todas las nacionalidades.

Del mismo modo, cuando viaja lo hace "sin itinerario fijo... la verdadera manera de viajar que nos lleva hacia los encuentros imprevistos, hacia los parajes inesperados". Junto a su amigo Federico García Lorca se pasa una vez la noche en vela esperando una procesión de Semana Santa en Toledo. En otra oportunidad, aloja varios días en la casa de una humilde familia de campesinos en la localidad cantábrica de Somo. Le gusta viajar en la tercera clase de los trenes españoles, donde se canta y bebe por cualquier motivo. Goza con las corridas de toros, sobre todo si son malas, porque le permiten gritar toda clase de insultos.

"A esta altura de mi vida, después de haber visto y sufrido tantas cosas, me horripilan los guías, las excursiones instructivas, los viajes de ciudades en ciudades con un baedeker en la mano conforme a un itinerario establecido del cual somos esclavos. Correr de un lado a otro sin ver nada a fuerza de mirar tantas cosas", escribe en 1950.

Al compararlo con ilustres viajeros de su misma nacionalidad, Roberto Merino observa que, como Pérez Rosales, Carlos Morla Lynch tuvo "una afinada brújula para cruzarse con gente ilustre en el lugar y el momento correctos". En efecto, frecuentó el salón parisino de su madrina Eugenia Huici de Errázuriz, donde se encontró una tarde de 1922 con Pablo Picasso, Igor Stravinsky y Jean Cocteau, de quien se hizo tan amigo que, en 1955, fue invitado a su ceremonia de incorporación a la Academia Francesa. En 1939 fue testigo del gigantesco éxito de la cantante Rosita Serrano en Berlín y asistió a la recepción que le dio la Embajada de Chile. El 1 de septiembre del mismo año acudió al Reichstag, donde Hitler en persona, rodeado de sus ministros, comunicó al cuerpo diplomático la invasión de Polonia (el testimonio es un verdadero documento histórico). En 1946, después de la Segunda Guerra, encontramos a Morla Lynch sentado en la Scala de Milán asistiendo al concierto que marcó la reinauguración del teatro y el regreso de Toscanini a Italia, luego de su exilio de 24 años. Desopilante es el relato de su encuentro con Sarah Bernhardt a bordo de un trasatlántico que va de Francia a Estados Unidos. "-¡ Ah, vous êtes du Chili, petit sauvage !", exclama la diva "con cierta tristeza compasiva", al enterarse de la nacionalidad del joven. No es para menos: recuerda el vergonzoso comportamiento del público que asistió a verla al Teatro Municipal en la gira de 1886.

En "Mirando pasar", Morla Lynch afirma a los 62 años: "Viajar: algo así como 'una parodia de la vida'". Y luego escribe: "Arrastrados con fragores de vorágine por velocidades inconcebibles, triturados por cansancios y fatigas que reposan, abdicamos de nuestra personalidad y no sabemos lo que somos ni 'cómo' somos, sacudidos dentro de ese calidoscopio de ambientes constantemente renovado en que hemos caído". Los viajes, concluye, son "pequeñas jornadas y caminatas dentro del viaje grande que es la vida".

Los difíciles comienzos de Juan Guzmán Cruchaga

El autor del célebre poema "Canción" ("Alma, no me digas nada...") dejó al morir, en 1979, numerosos escritos y borradores de unas memorias que no pudo completar. Su viuda, Raquel Tapia Caballero, las donó al Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional, dirigido por Pedro Pablo Zegers, quien los ordenó y reconstruyó junto a Thomas Harris. El libro se publicó en 1998 con el título de "Recuerdos entreabiertos" (Lom/Dibam).

Guzmán fue encargado de negocios en Caracas y cónsul en Hong-Kong, Bogotá, San Francisco de California, Arequipa y El Salvador. En este último país recibió una delicada misión al terminar la Guerra Civil Española: convencer al Presidente de esa nación centroamericana de apoyar al gobierno chileno en el conflicto provocado con motivo de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid.

La carrera diplomática de Guzmán Cruchaga se inició en 1918, muy alejada del glamour que rodeó a la de su colega Morla Lynch, pese a provenir, como él, de una familia aristocrática. Su primera destinación fue el puerto mexicano de Tampico. "Mi consulado no valía un comino", recuerda. Ganaba tan poco que al principio comía en un restaurante chino "sucio y oscuro". Luego suprimió el desayuno y el almuerzo. Hacía un calor endemoniado. Se hizo amigo de un muchacho de Veracruz que una noche lo llevó a una casucha en pleno campo. Llamó a la puerta. "Queremos comprar mariguana", gritó. "Yo ignoraba por completo la existencia de la terrible droga y hasta su nombre", recuerda el cónsul honorario. La intoxicación que sufrió al probarla le hizo terminar en un hospital. Creyó morir. Embarcado, por caridad, en un vapor de una compañía petrolera que lo traía de vuelta a Chile, el poeta casi naufraga en el Golfo de México por culpa de una tempestad.

Su siguiente consulado fue Río Gallegos. "En el pueblo chato y frío había una sola callejuela cruzada en la parte central por otras más pequeñas. Tres o cuatro cafeterías, un barracón que hacía las veces de teatro y algunas casas lamentables de prostitución eran los únicos puntos de reunión de los desterrados". La Patagonia en 1922 era tan violenta como el Lejano Oeste. La dejó aliviado cuando lo enviaron a Hong-Kong.

Luego de un viaje lleno de peripecias, Guzmán Cruchaga desembarca en el puerto oriental que destaca por su cosmopolitismo: "El indio que oprime la cabeza noble con el turbante pintoresco, la japonesa graciosamente envuelta en su kimono de seda, la china con sus senos diminutos y sus lindos pantalones de muñeca, el inglés que luce las piernas peludas de animal prehistórico y que marcha, con sus rodillas al aire y sus gruesos calcetines de niño bobo". Corre 1926. Anclados en la bahía, hay buques de guerra de Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón, a la espera de lo que ocurra con los rebeldes de la vecina Cantón.

Las chinas le parecen al autor "las mujeres más admirables de la tierra" y ve en la poligamia la clave del destino asiático. Con buen ojo profetiza: "Es necesario defenderse porque el futuro amo del mundo es amarillo. Son quinientos millones de hombres desorganizados y dormilones que un día despertarán".

Cuando terminó su carrera diplomática como embajador de Chile en El Salvador, Juan Guzmán Cruchaga escribió el poema de despedida "Viajero inmóvil" (1962), genial oxímoron que resume su vida en los versos finales: "¿Para qué se va? ¿Y adónde? / Si casi todo lo deja? / Se nos va el viajero inmóvil / se nos va pero se queda!".

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