Fondos Mutuos
Todo comenzó con una cita a ciegas. O, mejor dicho, una fallida cita a ciegas. Así conoció Carlo de Gavardo a Pamela Cano Croce. Pronto se pusieron a pololear y, apenas 11 meses después, se casaban en el fundo La Vega de Huelquén. En el mismo lugar fijarían residencia al poco tiempo, en una casa ubicada sobre un cerro que domina el terreno de 30 hectáreas, y que terminaría transformado en el búnker del piloto, con un taller donde mantenía sus motos y una cueva hecha, literalmente, a punta de dinamita, que se convertiría en su rincón favorito para disfrutar de la música de Rush y relajarse. Patricio Cardemil hizo las veces de celestino. El amigo de Carlo le pidió a Alejandra Celedón, su polola de aquel entonces, que buscara alguna amiga que fuera un buen prospecto para presentarle a su partner. Es el verano de 1995. Reñaca hierve. Es el balneario de moda, ad portas del clásico Festival de Viña del Mar. Alejandra pasa sus vacaciones en la playa y, a través de una amiga, conoce a Pamela. En un momento oportuno, casualmente, la pareja Cardemil-Celedón hace que Carlo y Pamela se conozcan. Pero el encuentro no pasa de la simple presentación. Llega marzo y, de vuelta en Santiago, De Gavardo siente que está listo para volver a salir y conocer a alguien tras unos meses soltero. Por ello, les encomienda a sus amigos y a las pololas de estos la misión de promoverlo. Las relaciones anteriores, eso sí, han dejado alguna cicatriz, y el piloto establece un prerrequisito para las candidatas: que no tuviera nada que ver con el mundo de las motos. "Que sepa que no tengo nada para ofrecer, que con suerte tengo una (camioneta Volkswagen) Saveiro destartalada", le repetía a Cardemil cuando este describía a alguna potencial candidata. Patricio y Alejandra cumplieron con su misión como celestinos. Pensaron que Pamela sería una compañera adecuada para su amigo, ya que la hija de un economista y una abogada no tenía nada que ver con las tuercas. Decidieron organizar una salida conjunta. "Íbamos a salir los cuatro, un día de semana. Pero justo programamos la cita en una fecha que era el cumpleaños de mi papá, y yo no sabía que lo iban a celebrar. Mi mamá me avisó tarde que se haría algo esa noche, y no el fin de semana. Así que les avisé que no podría salir. Carlo se indignó, porque no creyó lo del cumpleaños, o que yo no supiera de la celebración. Más encima, ya se había venido desde el campo", rememora Pamela. Cardemil confirma el enojo de su amigo ante la cancelación de la cita, al punto que comenzó a buscar a otra persona para presentarle. "Una amiga me retó por lo que hice y después me sentí tan mal que lo llamé, para quedar bien. Lo invité a ver una película y, al principio, no aceptó", relata Pamela, que le pidió el teléfono de De Gavardo a Cardemil. Al comienzo no se lo quería dar, para evitar que el piloto terminara enojado con él. Finalmente, haciéndose de rogar, De Gavardo accedió a la invitación. "Salimos al cine. Era una película sobre Nostradamus... Era tan fome que nos fuimos antes de que terminara", repasa Pamela. Pero, más allá del filme de Roger Christian, sí hubo algo para recordar: "En ese tiempo, vivía en un departamento. Recuerdo que apenas abrí la puerta, le pedí a Carlo que me esperara, fui donde mi mamá y le dije 'con él me voy a casar'". Pasarían algunas semanas y, después de asistir al matrimonio de un amigo de Carlo, Francisco Bruzzone, el 22 de abril de 1995, la pareja se puso a pololear oficialmente. El trabajo de Cardemil, como Cupido, y de Alejandra, como celestina, no había podido ser mejor. Pero no sería la única preocupación inmediata de la joven. "Su sueño era hacer el Dakar de 1996 y, después, dedicarse al campo. Además, hacía el rally y, en marzo, nos casábamos y partíamos a recorrer Europa en moto. Esos eran los planes. Cuando partía a la carrera, en diciembre, la mamá de Carlo estaba muy asustada, porque conocía mejor el tema que yo. Por eso, antes de embarcarse, Carlo le avisó a su mamá que nos íbamos a casar y, para que no estuviera preocupada, le encargó organizar el matrimonio, que sería en el fundo. Yo no sabía que se lo iba a decir", revela Pamela. La planificación del piloto tendría pocos cambios. Al margen de que Pamela empezara a ponderar los riesgos a los que se exponía su novio en África, una vez finalizado ese primer Dakar, el lugar de la agricultura en la vida de Carlo sería desplazado por las motos. "Llegó feliz. Fue súper impactante, porque no me lo imaginé. Ahí se decidió seguir compitiendo en los rallies", dice Cano. El primero lo recuerda Bruzzone: "En la mitad de la ceremonia, el cura Miguel les preguntó a los dos si se querían casar. En ese instante, el sacerdote paró la misa y le dijo a Pamela que, antes de seguir, tenía que confesarle algo; era para explicarle que Carlo ya estaba casado con... La moto. Todos se rieron". El segundo fue el comentario unánime de los asistentes. El banquetero contratado para la ocasión hizo el negocio del siglo: el buffet de comida fue bastante escaso para la cantidad de invitados. Eso no empañó una celebración que los amigos de la pareja recuerdan como una fiesta muy entretenida. El tercero es que los recién casados se fueron, obviamente, en moto de la fiesta, sin importar el vestido de la novia. La pareja cimentaba su relación en base a gustos similares. "Si bien mi familia no tenía nada que ver con las motos, siempre fui de disfrutar la vida al aire libre, bien todoterreno, muy de adaptarme fácilmente al entorno. A ambos nos gustaba leer la National Geographic, por ejemplo, y descubrir nuevos lugares", cuenta Pamela. Esa capacidad de adecuarse a las circunstancias fue clave. Porque no solo el campo fue reemplazado por las motos como profesión, sino que la luna de miel en Europa quedó pospuesta, debido a que el Rally de Túnez se topaba con el viaje planificado. Las vacaciones, eso sí, deberían esperar más de lo presupuestado. Y con poco más de un mes de casados, la esposa del piloto vivía una suerte de auténtica prueba de amor. "En esa carrera, Carlo se quebró los dos brazos. No podía hacer nada", repasa Pamela. "Uno sabe que, de viejos, tal vez te toca hacerte cargo de todo lo de tu pareja, de que se vuelva dependiente del otro. Pero a nosotros nos tocó inmediatamente, pues no podía ni ir al baño solo", agrega. Ese temprano accidente, sumado a las peripecias que implicaba tener un marido cuyo trabajo era riesgoso, no ahuyentaron a Cano. Por el contrario, apoyó siempre la profesión que había abrazado su marido. "Soy de la teoría que la gente tiene que ser feliz. No soy de cortar las alas y, con Carlo, nunca lo hice. Siempre preferí tener un hombre realizado y feliz a mi lado. Le vi la cara de felicidad y cómo contaba las historias de todo lo que le había pasado tras el primer Dakar y después de cada competencia, y claramente era a eso a lo que tenía que dedicarse", afirma Pamela. La lesión en Túnez implicó no solo el aplazamiento del viaje a Europa. También redundó en que los trabajos que debían hacer en la casa que habitarían en La Vega no pudieran realizarse. Los trastornos de ese tipo serían habituales. Ella debió adaptarse a la incertidumbre que representaba cada día de carrera. "Siempre digo que cada arruga que tengo es una etapa de competencia de Carlo", afirma. Al principio, las informaciones que llegaban eran más bien escasas. Pero luego, con la masificación de internet, la incertidumbre se hacía más evidente. "Intentaba abstraerme un poco durante los rallies; mis amigas se daban cuenta y trataba de que no me hablaran tanto del tema. Mi familia no me andaba preguntando tampoco, sobre todo en los primeros años, cuando no había muchas formas de enterarse de los resultados. En aquel período, eso sí, me llamaba muchísima gente a diario, para saber cómo le había ido a Carlo. Por otra parte, él siempre decía que, cuando iba a correr, se subía al avión y se olvidaba de mí y de los niños. Estaba ciento por ciento enfocado en eso. Solamente me llamaba para que estuviera tranquila. Me acuerdo de haber hablado con un psicólogo que me dijo que una persona con ese nivel de alta competencia debe tener esa capacidad porque, en el minuto en que te empieza a afectar el entorno, no se puede concentrar", resume Pamela. Después de los dakares, partían inmediatamente a un departamento que tenían en Las Tacas. Si no, el destino era Algarrobo. Pero De Gavardo era de hacerles el quite a las vacaciones en destinos muy masivos, así es que "inventábamos vacaciones entretenidas", complementa Pamela. Y si alguna vez fueron a destinos como Punta Cana, en República Dominicana, a poco de llegar el "Cóndor" ya se había conseguido motos para salir a recorrer y conocer. Eso era lo que más le gustaba. Después de un tiempo, la pareja se instaló en un departamento sobre avenida Colón, a la altura del 3300, a un par de cuadras de Tobalaba. Ahí comenzaría a agrandarse la familia De Gavardo Cano, con la llegada de Tomás, en 1999, y de Matteo, en 2002, mientras se edificaba la casa familiar en el pequeño cerro que domina La Vega y que sería el refugio definitivo del clan. "Vivir en el campo era la decisión lógica, porque Carlo entrenaba allá", recuerda Pamela. "Carlo era una persona muy autoexigente, a la que le costaba descansar y también disfrutar del tiempo libre, porque entendía que debía prepararse para un trabajo en el que cualquier error le podía costar la vida. Disfrutaba del día a día; de las cosas simples; de la vida sencilla, de campo", agrega Pamela. "En uno de los viajes, fuimos a un hotel que tenía una cueva. Ahí, Carlo decidió hacer una al lado de la casa. Amigos de él, que eran ingenieros o con trabajos afines, le decían que no se podía hacer un socavón, por el tipo de piedra que predomina en el cerro. Pero siguió insistiendo, y un amigo de Salamanca, que tenía minas, fue a evaluar el terreno. Le reiteró que era difícil, pero finalmente mandó a cuatro personas y se instaló un campamento minero al lado de nuestra casa por ocho meses. Tras solicitar los permisos correspondientes, hasta explosiones tuvieron que hacer. En ese período, cuando Carlo se iba a competir, me llamaba, preguntaba cómo estaban los niños y la cueva... Cuando la terminaron, se llovía y hubo que hacer trabajos adicionales. Ese se convirtió en su rincón. Nadie entraba, excepto nosotros. Ahí escuchaba música, que le encantaba. Además de Rush, le gustaba un poco el jazz", repasa la corredora de propiedades. En sus períodos en casa, también gozaba mucho de la compañía de los pequeños Tomás y Matteo. "Era muy amigo de los niños. Al ser un papá que entraba y salía de casa, no podía ser el que jugara el rol de pesado o estricto. Era un papá entretenido. Cuando estaba, obvio que se flexibilizaba la disciplina, pero todos lo disfrutábamos, porque eran períodos cortos. Alguna vez saqué la cuenta, y Carlo estaba ocho meses al año fuera de casa. Entonces, cuando estaba, los niños dormían con nosotros, en la misma cama, todos los días", comenta Pamela, descartando que, como producto de su profesión, Carlo fuera, por ejemplo, un padre aprensivo. "Siempre, desde pequeños, andaba con Tomás y Matteo en moto o bicicleta. Incluso, compró una moto chiquitita, y le puso unas rueditas a los lados, como las de las bicicleta, para que anduvieran", recuerda. Con Tomás y Matteo más grandes, Carlo desarrolló una costumbre (y una dificultad) a las salidas de los tres varones: "Cuando íbamos camino al aeropuerto, recién ahí nos decía cuál era el destino", afirma el mayor de los hijos del matrimonio De Gavardo Cano. "Era desesperante, no sabíamos qué ropa llevar", complementa el menor. "Primero, fuimos a Machu Picchu. Todos los años hacíamos un viaje largo. Este año, fuimos a Uyuni; el año pasado, a Paraguay; en 2013, fuimos al Amazonas, bajamos el río entero desde la zona colombiano-brasileña hasta Perú. Antes, habíamos recorrido todo Ecuador. Eran puros viajes raros y entretenidos", profundiza Tomás. "Lo pasábamos muy bien, era muy intenso. Llegábamos sin tener nada; íbamos a la aventura. Nos movilizábamos en micros. Una vez, en Paraguay, nos querían dejar durmiendo en la frontera, sin poder cruzar, lloviendo a chuzo y a las cinco de la madrugada, porque habían revendido nuestros pasajes. Así que convenció a la gente del bus y se fue las nueve horas de viaje parado", agrega. En esas aventuras, sin reservas previas, el alojamiento era donde se pudiera. O, mejor dicho, donde se pillara. Y aunque los niños arrugaran la nariz ante el entorno, se dormía en cualquier lado: después de sus carreras en África, el alojamiento no era tema para él. El líder de cada aventura vivía los viajes con emoción. "Cuando fuimos al Amazonas, y después a Bolivia, me llamaba la atención que, pese a que era como el tercer viaje de mi papá a esos lugares, se comportaba como si fuera la primera vez que lo visitara", revela Matteo. "Después, cuando empezaron a darse cuenta de que su papá salía en los diarios, porque hubo un momento en que salía harto, yo se los leía y les inventaba una historia de la carrera; entonces, era medio fome para ellos. Traté de no exponerlos mucho, porque siempre dije que ese era el trabajo de Carlo, y los niños no tenían que estar expuestos. Por lo mismo, por ejemplo, los periodistas no iban a la casa, y afortunadamente siempre respetaron eso", se explaya. Parte de esa política adoptada por la esposa de Carlo resultó tener toda lógica en 2005, cuando falleció Fabrizio Meoni, rival, pero sobre todo amigo y mentor de De Gavardo. Como todos quienes conocían íntimamente a Carlo, Pamela cree que el fallecimiento en el Dakar del bicampeón italiano fue un golpe duro para el huelquenino, pero disiente respecto de su hijo mayor y de los amigos del piloto, pues no cree que algo haya cambiado en la forma de encarar su vida o su profesión. Sí asume que lo afectó, pese a que ya estaba en Chile de vuelta tras un temprano abandono en la clásica prueba del todoterreno. "Con la muerte de Meoni, desde mi punto de vista, a Carlo no se le pasó por la cabeza dejar las motos. Pero el funeral fue terrible, porque la viuda lloraba de modo desgarrador, y nos agarró y me decía que no dejara que Carlo corriera más. Eso lo dejó pésimo. Después de eso nosotros nos íbamos a ir con unos amigos a recorrer la India en moto y no pudimos. Para mí, Fabrizio era como el superhéroe, además de ser el ídolo de Carlo", analiza Pamela. En el día a día, Carlo es descrito como un papá cercano, amigo de sus hijos, cómplice. Y como un marido muy comprometido, cuya presencia en casa después de sus largas ausencias se notaba. "Nunca le reproché la ausencia, si era su trabajo", complementa Pamela Cano. Aun cuando fue un marido y papá devoto, poco después de dejar la alta competencia de motos, el matrimonio de Carlo y Pamela llegaría a su fin, luego de casi 13 años juntos. Los amigos del piloto sienten que su retiro de la actividad y pasar más tiempo en casa le pasó la factura a la relación. Lo mismo sentía De Gavardo, en 2012: que sus prolongadas ausencias habían sido las detonantes del quiebre. "Tuve un fracaso matrimonial por exceso de horas de vuelo en avión y arriba de la moto. Ella es una mujer increíble, pero su desamor empezó a desencadenarse en el tiempo en que yo estaba en competición. Estuve muy afectado, estuve bloqueado un año y medio. Ahora, recién estoy empezando a salir con mujeres, ya no estoy encerrado en mi casa", decía en una entrevista a La Tercera. Para una persona muy creyente y que pensaba que se casaba para toda la vida, el haberse separado fue difícil. Ruy Barbosa, uno de los más cercanos amigos del "Cóndor", siente que, pese a la confesión, el tema no era tan así: "Carlo, en realidad, nunca bajó de ritmo. Siguió entrenando y trabajando para seguir corriendo el Dakar en auto, y luego compitiendo en el Rally Mobil. Entonces, no siento que el cambio de especialidad o su mayor presencia en casa tuvieran necesariamente que ver con su separación". Pamela entrega más claridad respecto del asunto: "Para él, fue súper fuerte el quiebre. Nos casamos muy enamorados. No existió una sola razón, no hubo algo puntual que gatillara la separación. La vida hizo que tuviéramos una dinámica que supimos llevar muy bien, y nunca me imaginé que iba a tener un matrimonio así. Mi familia era muy tradicional, con mi padre durmiendo todos los días en la casa, a diferencia de lo que me tocó vivir... Muchas noches pasé miedo. En el minuto en que Carlo dejó de correr en motos, nos costó a ambos, pero a la vez se hizo todo mucho más simple. Tampoco es que intentara sobrecompensarnos por sus ausencias anteriores. Si todos esos años no anduvo jugando, sino que compitiendo en lo que era su trabajo y su pasión. Ahora, no sé lo que él pensaba al respecto, pero viajar era algo que tenía que hacer como parte de su labor". Con el fin del matrimonio, De Gavardo se dedicó a solidificar su vínculo con Tomás y Matteo, aplazando la opción de volver a encontrar pareja. Todos sus cercanos lo definen como un padre cariñoso, presente, cercano y entretenido, que conversaba de todos los temas con sus hijos, los que eran, precisamente, sus confidentes. Respecto del amor, solo a principios de 2015 volvió a presentar a una polola de modo formal. Bárbara Dragicevic fue quien lo conquistó, al punto de conocer a sus hijos. "Los amigos del piloto sienten que su retiro de la actividad y pasar más tiempo en casa le pasó la factura a la relación" "Estuve bloqueado un año y medio. Ahora, recién estoy empezando a salir con mujeres, ya no estoy encerrado en
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Mientras el romance en ciernes se desarrollaba, De Gavardo empezaba a trabajar en su primera incursión en el Rally Dakar. Pamela se involucró en el cumplimiento del sueño de Carlo y trabajó en la recolección de fondos para la aventura de su pololo.
En marzo de 1996, en los prados en torno a la casa patronal de La Vega, De Gavardo se casa con Pamela Cano. Para la anécdota quedaron tres instantes.
Estando en casa, una de las cosas que más le agradaban era estar en "La Cueva".
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Desde que pololeaba con Carlo, Pamela se acostumbró y adaptó a vacaciones que eran más bien improvisadas, en las que emprendían rumbo sin destino del todo definido, sin reservas, y donde el descubrimiento de sitios y parajes era permanente.
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Pamela siempre veló por que sus hijos crecieran sin el peso de tener un padre famoso. Se preocupó de que en el colegio no los involucraran cuando estaba en carrera, de modo que las noticias, fueran buenas o malas, se las informara ella. "Como vivíamos en el campo, era un poco más fácil controlar la información que recibían de Carlo en competencia, porque vivíamos más aislados. El colegio (en aquel entonces, el San Isidro, en Linderos) fue consecuente, porque cumplió con mi petición. Me acuerdo de que una vez Tomás me dijo que Carlo era famoso; le respondí que, en el campo, todos son famosos por lo que sea: por el rodeo, por lo que producen, etcétera. Entonces, no fue tema", afirma Pamela.
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Pamela, además de criar a Tomás y Matteo, dedicaba parte de su día a la administración de una bomba YPF, situada a la vera de la Ruta 5 Sur. El emprendimiento duró algunos años, pero la construcción de la autopista dejó a la estación de servicio fuera del eje de mayor flujo vehicular, y decidieron terminar el negocio.
mi casa"
"No siento que el cambio de especialidad o su mayor presencia en casa tuvieran necesariamente que ver con su separación"