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Estreno del elenco internacional en el Teatro Municipal de Santiago

"I due Foscari": Auténtico gozo musical verdiano

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Juan Antonio Muñoz H.
Cultura
El Mercurio




"I due Foscari" (1844) es una joya de la época temprana de Verdi que reúne elementos significativos en lo musical y en lo dramático. Aparte de sus hermosas arias y números de conjunto, Verdi logra aquí dejar atrás ciertos esquemas estructurales del belcanto , consigue que determinados fragmentos melódicos identifiquen a un personaje (en la línea de un Leitmotiv ) y también imprime eficacia teatral al sintético y elocuente libreto de Francesco Maria Piave. El título -del que se recuerdan en Chile, en el siglo XX, solo las legendarias presentaciones de 1982 con un elenco formidable: Renato Bruson/Vicente Sardinero, Margarita Castro-Alberty y Gaetano Scano- volvió para esta temporada en una producción con varios puntos de interés.

Lo principal es que hubo gozo musical y vocal, gracias a un elenco homogéneo de cantantes serios y a una batuta adecuada aunque a ratos demasiado vehemente. Konstantin Chudovsky entregó un cuidado preludio del primer acto, subrayando el lirismo de las líneas del aria de entrada de Lucrezia, y consiguió crear la atmósfera sombría del inicio del segundo acto, con ese notable diálogo de cello y viola. Por suerte contó con voces grandes, de esas que ya casi no existen y que excitan a la audiencia, porque tanto en los concertados como en el dúo final del primer acto (Lucrezia-Francesco), en el gran terceto con que finaliza el segundo (Francesco-Lucrezia-Jacopo) y en el final de la ópera el sonido orquestal llegó al punto de lo estruendoso. Los cortes aplicados a la partitura no se justifican.

El tenor Alfred Kim, tan conocido del público chileno, tiene un material hercúleo y de extensión apabullante que usa con dispendio; su voz ha adquirido un leve vibrato en las zonas media y alta que enturbió su aria de entrada, pero cantó admirablemente la escena del delirio en la prisión ("Notte, perpetua notte che qui regni!") y la despedida de su esposa en el acto final. Lucrezia Contarini canta mucho y el rol es de verdad exigente, comparable con Odabella ("Attila") y Giselda ("I Lombardi"). Se requiere un soprano drammatico d'agilità que Tamara Wilson -ovacionada- no es, pero la cantante tiene un volumen impresionante, enfoca bien el personaje y -gracias a un impecable uso de los reguladores y la dinámica- sortea los escollos de la partitura. Estuvo muy bien en la cavatina "Tu al cui sguardo onnipossente" y aunque la cabaletta "O patrizzi tremate" y su acalorada intervención al término de la ópera revelaron algunas durezas en su canto, fue una intérprete resuelta y generosa.

El barítono Sebastián Catana -al parecer resfriado, pues tosió bastante durante la función- tiene una voz sólida y efectiva, de grano ancho, y transmitió con éxito la controversia interna de Francesco Foscari, atrapado entre sus deberes republicanos y sus problemas familiares. Supo conducir a las tinieblas meditabundas de "Vecchio cor, che batti" y tuvo la autoridad suficiente para la escena del Consejo. Queda pendiente para él explorar más en profundidad la trascendencia de un personaje interior que es no solo el rostro de un dilema episódico, sino que representa el término de una forma de gobierno político y de imperio personal valórico. Muy bien en sus roles el barítono Patricio Sabaté (Loredano, escrito para bajo), Luis Rivas (Barbarigo), Paola Rodríguez (Pisana), Augusto de la Maza (Sirviente) y Claudio Esteban Cerda (Oficial), y también el Coro del Teatro Municipal, inobjetable como siempre.

La puesta en escena de Pablo Maritano yuxtapone un marco escenográfico (Nicolás Boni) que remite a los antiguos palacios venecianos, con sus muros enormes y sus frescos que han sufrido la pátina del tiempo, con un mobiliario y un vestuario (Sofia di Nunzio) que hacen viajar a los años del fascismo italiano (¿o de una dictadura latinoamericana?). La idea sirve para hablar de que estos fenómenos se repiten en la historia del hombre y de que la tradición mantenida a cualquier costo asfixia a las nuevas generaciones, pero también hace perder majestuosidad a la ópera, la trivializa, y uno se pregunta para qué si todo lo anterior surge de solo leer el libreto. Lamentablemente, esto no se remedia con hacer que el Doge y sus Diez se pongan sus antiguos atavíos para ir al Consejo.

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