Fondos Mutuos
Por décadas Bruno Stagno (71 años, chileno, arquitecto, creador del Instituto de Arquitectura Tropical en Costa Rica) ha tomado un café cultivado por él en su propia casa. Una vez por año cosecha a mano los mejores frutos, sólo los que llegan al rojo vivo. Los pone al sol y, una vez secos, los pasa por una chancadora para quitarles la cáscara. Luego zarandea los granos hacia arriba para sacarles una película que se llama mucílago, y después los almacena en grandes bandejas de madera. Ese café es el que va tostando y moliendo en la misma chancadora manual, antes de saborear a diario el gusto de esa tierra a la que dice deberle tanto: Costa Rica. La historia de su llegada parte en 1973, gatillada por dos palabras que nunca olvidó y que marcaron el punto de quiebre entre una vida y otra: "Podría interesarse". La frase venía por carta desde San José de Costa Rica, donde un amigo trataba de buscarle trabajo en la empresa de un ingeniero. Para Stagno era su tabla de salvación: sus andanzas de arquitecto lo habían llevado antes a París, pero la decisión de volver a Chile en plena UP llevó su frustración profesional a tope y su cuenta corriente a cero. Stagno no necesitaba escuchar más: a los tres días de recibir la carta se subió a un avión con 300 dólares en el bolsillo y una cámara de fotos, dispuesto a hacer cualquier cosa. Ya había vivido muchas vidas. La primera, como hijo y nieto de patrones en el fundo El Castillo de Traiguén. Más tarde, como estudiante de arquitectura de la UC y en París, donde trabajó en una de las obras que Le Corbusier dejó inconclusas antes de morir. Fue novio en Notre Dame y vendedor ambulante en la vereda de Lyon con Providencia; empleado sin contrato del gobierno de Allende e inmigrante determinado en Centroamérica, donde se enamoró con locura de algo que él llama "la tropicalidad". Y así fue como Chile se quedó sin Bruno Stagno. Hoy viene una o dos veces al año, como turista. Habla con acento y usa palabras que revelan su nueva nacionalidad, como "apartamento" y "tiquete". A la arquitectura nacional no le queda sino conformarse: la genialidad de Bruno Stagno y el reconocimiento global de su expertise en sustentabilidad ya nadie los asocia a Chile. -El trópico nos cautivó y empezamos a reflexionar sobre muchas cosas. Me interesó especialmente la manera de razonar que se lleva acá, que es completamente diferente a la europea o griega. Eso es algo novedoso -relata Bruno Stagno desde su oficina en Paseo Colón, San José. -¿En qué consiste ese desenfado tropical? -Debo partir diciendo que me eduqué en el rigor de la Alianza Francesa, con la lógica de El Discurso del Método y su "pienso, luego existo". En Costa Rica aprendí que la vida más bien se rige por la máxima "estoy, luego soy", que le da una importancia relevante al lugar y a la naturaleza con su exuberancia tropical, que aquí es generosa y proveedora sin esfuerzo. Después me di cuenta, al viajar por la cintura tropical del planeta, que esta máxima era aplicable a la latitud. Y empecé a reflexionar acerca del estado emocional y cultural de la tropicalidad. Más que desenfado, en Costa Rica hay una libertad que rechaza imposiciones. Las certezas no son tan definitivas. Lo humano prevalece sobre ellas y sobre la razón. Eso siempre inclina la balanza. "Lo más seguro es que quién sabe", "tamaño poco", "no estoy ni en contra ni a favor, sino todo lo contrario", "¿cuál es el apuro?" son los mottos del país. ¡Es una maravilla! Los Stagno Levi eran una próspera familia en la Novena Región. Padres e hijos vivían en una casa en Traiguén y los abuelos maternos en el fundo El Castillo, a tres kilómetros de distancia. "Mi papá era un tipo de un carácter fuerte, pero muy buena gente. Explosivo como italiano, lleno de pasiones, le encantaba la ópera, las canzonetas italianas, nos criamos con esa música. Mi mamá era de otra generación: toda la vida tomó desayuno en la cama, nunca cocinó nada, siempre comme il faut, muy elegante". Los tres hermanos mayores tenían apenas dos años de diferencia entre ellos. Primero estaba Sergio, hoy un eminente pediatra en Estados Unidos. Después Bruno y Ana María, la conocida galerista de AMS Marlborough. Cuatro años después nació María Pía. -Fueron años felices. Sin más inquietudes que ganarle al Checho en el juego de las polcas, y aprobar el año en la Alianza. Vivíamos en una atmósfera irrepetible ahora: salíamos del colegio y nos íbamos a El Castillo a jugar, después volvíamos, hacíamos las tareas y dormíamos. A los once años, la vida cambiaba. Los niños partían a educarse a Santiago, donde una tía soltera los recibió en su departamento de Andrés de Fuenzalida con Providencia. Por suerte, la exigencia escolar no variaba mucho: su bisabuelo materno, el suizo-francés Jean Widmer, había fundado la primera Alianza Francesa de Sudamérica en Traiguén, cuya preparación no difería mucho de la sede capitalina que, en ese entonces, los esperaba en calle Pedro de Valdivia. Fue en El Castillo donde empezó el coqueteo de Bruno con la arquitectura. El terremoto de Angol de 1949 dejó en el suelo la antigua casona del fundo. Bruno tenía seis años cuando llegó el arquitecto Emilio Duhart a diseñar la nueva: -Me han dicho que me sorprendió armando un edificio con un juego que me habían traído de Francia, y que comentó: "Ese niño va a ser arquitecto". En realidad fue mi segunda opción, yo quería ser médico, como mi padre y hermano, pero mis notas me lo impidieron... Por dicha fue así -dice. Una vez titulado de arquitecto, Bruno Stagno partió a estudiar a París gracias a una beca del gobierno galo en el Instituto de Urbanismo. Pero llegó allá y el proyecto se esfumó: tras mayo del 68 el plantel cerró. -Todo estaba cambiando. La política permeaba y se introducía en todo. ¡Toda la gente era comprometida! Para nosotros fue un enorme shock intelectual el ponernos a la altura de esas conversaciones. ¡Cómo hablaban, cómo se tocaban los temas, la profundidad, la sutileza de lo que se decía! Eso fue muy impactante. "Es que lo piensan todo, lo analizan todo, lo dicen de una manera tan especial, tan precisa y nosotros ¡tan vagos!", pensábamos. Y eso, además, metido dentro de una efervescencia... Figuras como De Gaulle perdidos en todo esto, los comunistas también, los de la izquierda tratando de aprovecharse de la situación, los de la derecha confundidos... era una cosa muy interesante. Pero París tenía mucho más para ofrecerle: la École de Beaux Arts, cursos con Candilis y la oportunidad única de participar durante dos años en una de las tres obras que Le Corbusier dejó inconclusas antes de morir: la iglesia de Firminy: -Trabajé con José Oubrerie, colaborador en el Atelier de Le Corbusier, que había heredado ese proyecto. Por razones de financiamiento no se habían podido terminar los planos. Tenía toda la documentación en su casa. La desempolvamos y entre los dos empezamos a trabajar. Fue en esa ciudad también donde se casó. Había conocido a Jimena Ugarte cuando ella estudiaba diseño en la Universidad Católica y él, ya titulado, visitaba la facultad en busca de unos papeles. Se cruzaron, empezaron a salir y terminaron casándose en Notre Dame. -Nunca pensamos en la solemnidad que eso representaba. Cuando estaba solo en París -yo llegué en enero, Jimena en junio- me iba los domingos a escuchar conciertos de órgano a Notre Dame y pensé que si me iba a casar por la iglesia, por qué no hacerlo ahí. Yo le había dado un poder al hermano de Jimena para que me representara en la ceremonia civil en Chile y tenía todo legalizado cuando me dicen que, sin la certificación de bautismo de Jimena, no nos podíamos casar. Me senté con cara de deprimidísimo ahí en Notre Dame, y se me acercó un padre. Me preguntó qué me pasaba, le conté la historia y al rato me dice: "Ya encontré una solución, que su esposa traiga el certificado con ella y resolvemos todo". Jimena llegó el 5 de junio y nos casamos al día siguiente. Pasó la noche en casa del embajador de Chile, ¡virginidad obligaba! -¿Qué edad tenía Jimena? -(Risas) 19 años. Yo 25. El cura no se equivocó. Una vez que los Stagno-Ugarte volvieron a Chile desde París, los planes no salieron como ellos esperaban. -Nos fue mal en el trabajo, no nos hallamos en ese Chile -recuerda Bruno Stagno. -Regresé con la idea de cooperar en esa experiencia de la UP, pero me desilusioné y rápidamente decidimos que nos iríamos a vivir a otro país. -¿Estabas con el gobierno de Salvador Allende? -Te lo voy a poner de esta manera. Me ofrecieron que me encargara como arquitecto del diseño de los campamentos, que eran tomas de terreno de campesinos que venían a la ciudad. Me pareció muy interesante, entonces me fui a Chile a trabajar en el Instituto Nacional de la Vivienda, un organismo estatal. Apenas llegué me preguntaron: "¿En qué partido te vas a inscribir?". Nunca me salía el contrato, no me pagaban, nos desilusionamos de todo. Después vinieron los problemas económicos. La vida era caótica y presumíamos que eso no iba a terminar bien. Para la Navidad de 1972, Bruno y su mujer figuraban en la vereda de Lyon con Providencia como vendedores ambulantes. -Jimena bordaba poleras y hacía espejos hindúes. Unos amigos eran socios, ¡pero mejor no te digo quiénes eran porque podría avergonzarlos! Fabricábamos trípodes: a un carpintero le pedíamos que hiciera las patas, a otro el resto y nosotros los atornillábamos, armábamos y vendíamos como pisos para las colas que se provocaban por el desabastecimiento. Era una aventura producto de la desesperación: nuestra situación era difícil y el orgullo nos impedía pedir ayuda a la familia. Nuestros papás no sabían hasta qué extremo estábamos necesitados. Seis meses después, Bruno partió a Costa Rica. "Vendimos todo lo que teníamos para comprar el tiquete de avión. Cuando les conté, mi papá y mi mamá me dijeron -y nunca se me va a olvidar-: "Quédate aquí y hazte cargo del campo". "No -les dije- yo quiero irme. Quiero ser arquitecto". Jimena y los niños, Pietro y Bruno, partieron tiempo después en barco. El mismo día que llegó a Costa Rica, Stagno partió a entrevistarse con el ingeniero que "podría interesarse" en su trabajo: -Se llamaba Eduardo Jenkins y después de conversar un rato me dijo que (en ese momento) no tenía nada, pero que en 15 días podía irme a trabajar con él. Al cabo de pocos meses me anunció que quería montar una oficina de arquitectura y que yo la dirigiera. En ese momento yo alquilaba una pieza en una pensión, porque no tenía plata -recuerda. -Yo llegué a Costa Rica con 300 dólares en el bolsillo. Jimena se subió al barco en Valparaíso con nuestros dos hijos y 12 dólares en la bolsa. ¡12 dólares! Llegó con 8: gastó 4 en un traje de baño para Brunito. Fue muy duro cuando empezamos. Muchos amigos nos invitaban: "Vamos a tal restorán", y después de cenar llegábamos nosotros porque no podíamos pagar lo que se iba a comer en esa cena. Ahí partimos, lentamente. "Es inusitado". Con esa palabra describe Bruno la serie de coincidencias que marcaron sus primeros años en Costa Rica, un vuelco a su mala racha que resulta inverosímil. Así como hace años escribió un libro sobre las vivencias de la familia en El Castillo -sólo para lectura de los más cercanos-, hoy escribe la segunda parte y ya imagina que lo vivido en Costa Rica tendrá que ser una tercera entrega. -Jimena bordaba poleras y las entregaba en una tienda, y todos los sábados pasábamos por ahí. Vivíamos en un apart hotel y un día invitamos a la dueña y su esposo a cenar. Entonces él le preguntó a Jimena si le gustaba Costa Rica. Ella contestó: "Sí, claro, aunque llueve mucho". Él le dijo que cuál es el problema, y ella le explicó que no teníamos auto. Entonces él me miró y me dijo: "¿Cómo? ¿No tienen auto?". Casi no le alcancé a responder cuando me dijo: "Bruno, yo te presto plata". ¡Lo había conocido recién ese día! Poco tiempo después, Jimena encontró un apartamento que era la primera planta de una casa. Me cuenta que nos puede servir, que es chiquitita y nueva, pero el arriendo costaba 1.200 colones. Yo ganaba 4 mil (500 dólares), así que era caro para nosotros, pero igual fuimos a verlo. La dueña vivía arriba y luego de recorrer la casa le digo: "doña Olga, no podemos pagar más de mil colones". Entonces me responde que qué lástima y nos subimos al auto. Hago andar el motor y oigo que me golpean el vidrio. Lo bajo y me dice: "don Bruno, con tal de que sean ustedes yo se la dejo en 900". La buena suerte no paró ahí: -En un momento estaba haciendo un proyecto, un parque de diversiones para el Hospital Nacional de Niños. Un día, una de las personas que trabajaba ahí me viene a ver y me pregunta: "Bruno, ¿dónde vives tú?". "En tal barrio". "¿Y tienes casa propia?". "No, no tengo". "¿Pero por qué?". "Mira, soy inmigrante, llegué hace año y medio y no me da para comprar una casa". Entonces me pide el teléfono, marca un número y escucho que habla con un señor llamado Roberto. Entendí que era el director del hospital. "Roberto, ¿tú sabes que Bruno no tiene casa?". Cuelga y me dice: "Si quieres anda mañana a tal lugar y hablas con tal señora y te va a tener una solicitud de préstamo". ¡Fui y a los dos meses tenía el préstamo aprobado! Como ya habíamos terminado de pagar el auto y nos sobraba ahí alguito de plata, con eso fuimos y compramos un terreno, que era de una señora que me lo vendió sin intereses, a cuatro años. A los seis meses estábamos construyendo. Así, el trópico los cautivó. -¿Cuáles son las mayores diferencias entre ser costarricense y ser chileno? -El "tico" es ante todo pacífico y paciente, tolerante, respetuoso y amable. "Siempre vale más un mal arreglo que un buen pleito". Se evita el encontronazo, es mejor acomodarse. Es una buena práctica para una sociedad tan pequeña. En Costa Rica, el más lento pone el ritmo; en Chile, el ímpetu propio. Pero esto no ha impedido que Costa Rica tenga altos índices de desarrollo. Hay gran diferencia con Chile en el sentido del humor; aquí no existe "el hueveo" ni el sarcasmo como práctica del humor. Se considera ofensivo. Rodeado de las dádivas del trópico, Bruno Stagno empezó a preguntarse cómo sería la arquitectura ideal para esa latitud, con su clima tropical extremo, mucha humedad -5 mil milímetros de lluvia al año-, mucho sol y mucho verde. Estudió las casas tradicionales y las de las fincas bananeras, diseñadas para favorecer los flujos de aire. Se encontró con casas levantadas del suelo, con altura y media entre piso y cielo, sin vidrio, sino con cedazo mosquitero, largos aleros y calentadores de agua solar desde 1947. Se preguntó por qué esa arquitectura había quedado olvidada en el siglo 20 y decidió traerla de vuelta, pero con un toque extra: la sustentabilidad. Hoy viaja por el mundo promoviendo el diseño de "edificios pasivos": ventilación cruzada en vez de aire acondicionado, orientación correcta, aleros, pantallas vegetales. Uso prudente de la tecnología, materiales locales y reducción del costo de mantención. -No estoy en contra de la tecnología -dice-, pero si esperamos que se vuelva barata como para que se universalice y resuelva, llegaremos tarde. No hay nada más fácil que diseñar un cubo cerrado de vidrio y traspasar la responsabilidad al ingeniero para que lo haga habitable con la climatización. El 60% del consumo eléctrico en un edificio de oficinas en el trópico es consumido por el aire acondicionado. Si las fachadas de ese cubo cerrado de vidrio tuvieran protecciones, digamos aleros, para mantener los vidrios más frescos, podríamos ahorrar la mitad de lo que consume ese mismo sistema de aire acondicionado. Eso se logra con diseño. Por eso promovemos "una arquitectura con más diseño que tecnología". -¿Tu postura te ha hecho impopular entre tus colegas? -No sé si soy impopular, pero a veces no me siento bien acogido. Siempre me pregunto: ¿cuánto más daño se necesita para que cambien de actitud? No vamos a resolver los desequilibrios ambientales del planeta con edificios que son hitos excepcionales de costos inalcanzables, sino con edificios sostenibles de bajo costo y que sean repetibles. La latitud tropical abarca 108 de los 194 países de la ONU y en ella vive cerca del 40% de la población del mundo. Por su magnitud debe entrar sin demora en la vía del desarrollo sostenible. Convencido de esta urgencia, Bruno creó hace veinte años el Instituto de Arquitectura Tropical, que hoy trabaja al alero de Stagno Studio, su oficina de práctica privada. Se trata de una asociación sin fines de lucro que es visitada por más de 90 países. -Lo fundamos porque nos percatamos, con Jimena, que el trópico ameritaba dedicación y que allí había un terreno importante de investigación y de aporte -dice. En el año 2014 crearon RESET (Requisitos para Edificaciones Sostenibles en el Trópico), una norma nacional que donaron a Costa Rica y que luego les solicitó la Unión Internacional de Arquitectos, que la tradujo al inglés y al francés. Ahora está disponible gratuitamente en tres idiomas y está en aplicación. -¿Fue muy difícil permear tu trabajo al sector público? -Nos ha tomado tiempo, pero la perseverancia y coherencia entre lo que decimos y construimos ha servido de testimonio. Por ejemplo, las cinco sucursales del Banco de América Central que hemos diseñado -la primera en 1994- consumen 57% menos de electricidad que otras sucursales de ese mismo banco. El edificio HOLCIM Costa Rica (2004) fue diseñado para no requerir un sistema de aire acondicionado y el confort se logra con flujos de aire natural que atraviesan el edificio. Es un "edificio pasivo para gente activa" y se le considera pionero. Empezamos en los 80 a diseñar construcciones guiadas por el sentido común, aprovechando las energías pasivas. Algunas han sido auditadas recientemente y cumplen con lo que hoy se denomina arquitectura sostenible. Eso nos ha dado credibilidad. Su discurso contra el "green-washing" también le ha dado problemas: -Una pasadita de pintura verde sobre lo gris no es sostenibilidad. Y yo creo que la gente se está dando cuenta de que hay edificios que tienen sello sostenible, pero que en la realidad no lo son. Incluso hay normas amarradas a ciertos fabricantes y negocios, y otras más orientadas a la verdadera sostenibilidad, con una visión más ética. -¿Tienes asumido que vas contra la corriente? -Cuando uno dice estas cosas, hay mucha gente a la que no le gusta, que niega lo que uno dice, o no lo publica. Dejan de invitarte o te ponen un recurso de amparo, como nos pasó cuando sacamos la norma RESET. Pero yo creo que la sensatez terminará imponiéndose, porque no puede ser que sigamos deteriorando el planeta a la velocidad que estamos. ¡Si tenemos opciones al alcance de la mano! La promoción de esas opciones es para Bruno Stagno una empresa familiar. Jimena, que en Costa Rica estudió arquitectura, es directora adjunta del Instituto y ve todo el paisajismo de Studio Stagno, donde trabaja también la denominada "segunda generación en arquitectura tropical sostenible": Pietro Stagno y su mujer, la chilena Luz Letelier. A "Brunito", el hijo que llegó en barco desde Chile con un traje de baño de 4 dólares, tampoco le fue mal: en 2006 llegó a ser canciller de Costa Rica; después embajador en Naciones Unidas y ahora está con Human Rights Watch en París. -¿Y los nietos? -Son cinco. Dos viven en Costa Rica y los otros en París. El primero se llama Américo. El segundo Dante. Después vienen Luca, Ludovico y Luigi (carcajadas). Como me dice mi amigo Alberto Soffia: "Cuando ustedes se reúnen parece el Renacimiento". . "NO ESTOY EN CONTRA DE LA TECNOLOGÍA, PERO SI ESPERAMOS A QUE SE VUELVA BARATA COMO PARA que se universalice, llegaremos tarde". "No sé si soy impopular, pero a veces no me siento bien acogido. siempre me pregunto: ¿cuánto más daño necesita (la tierra) para que cambien de actitud?".