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"El turco en Italia" en el Teatro Municipal

Un Rossini que Chile recordará por mucho tiempo: no se lo pierda

domingo, 16 de agosto de 2015

Economía y Negocios
Cultura
El Mercurio




Un 14 de agosto de 1814 se estrenó "El turco en Italia" (Rossini) en Milán, y un 14 de agosto de 2015, 201 años después, Santiago la recibe de nuevo -tras su estreno en el país en 1992- en una producción que es un éxito de esos que no se olvidan y que propone una puesta llena de vida, en un marco musical envidiable. Al gran divertimento se suma el hecho curioso de que, justo en el año del gran éxito en Chile de las teleseries turcas, el Teatro Municipal tuviera en programa esta ópera con un protagonista -Selim, representado esta vez como una suerte de dandy o playboy exótico- que es una mezcla en farsa entre Onur de "Las mil y una noches" y Suleimán de "El sultán".

Hay que partir por lo principal, y lo más importante es lo que Rossini es capaz de hacer con la orquesta, conducida con total imperio por José Miguel Pérez-Sierra. Con un control absoluto de la dinámica y logrando equilibrar siempre la variedad de tempi , el maestro extrae lo mejor de la Filarmónica, que se luce en el burbujeante camino de las cuerdas, en los solos melódicos de los vientos, en la creación de las atmósferas (dramáticas, algunas de ellas), en las evocaciones a Mozart, en la delicadeza de los recitativos y en la impecable ejecución de los dos finales de acto. Un trabajo, el de Pérez-Sierra, que es un encaje de principio a fin, en el que los contrastes surgen en el fluir y nunca con violencia, y en el que los crescendo resultan un acopio de energía que se alimenta por etapas.

El otro puntal es el barítono Alessandro Corbelli en el papel de Don Geronio. Corbelli es un maestro en roles de carácter y un experto rossiniano que sabe que los personajes, por cómicos que parezcan, nunca deben hacer un "papelón" sino manifestarse a través de la naturalidad. Si el cantante internaliza esto, lo demás lo hacen Rossini con su vocalidad efervescente, con el uso del staccato y su imaginación lírica, y el libretista Felice Romani, con sus ideas desopilantes y absurdas. Tan triunfante como el sin parangón Corbelli resultó el barítono Pietro Spagnoli, en un rol que es para bajo, Selim, resuelto con magnífica aplicación vocal y admirable habilidad escénica. El dúo Selim-Geronio de la venta de la mujer fue una delicia y un momento antológico en la historia del querido Teatro Municipal.

Keri Alkema, muy aplaudida, no es una soprano rossiniana ni por conciencia estilística, ni por emisión, ni por habilidad para las coloraturas, pero su Fiorilla fue fresca, conquistadora y embaucadora no solo de sus amantes en la trama, sino también del público. El tenor Luciano Botelho estuvo a duras penas con las exigencias de Don Narciso, pero es un actor comprometido, lo mismo que el barítono ZhengZhong Zhou, un aplicado Prosdocimo, el poeta que, al igual que don Alfonso del "Così fan tutte" de Mozart, actúa como instigador de intrigas. Hay que tener en vista al tenor chileno Francisco Huerta (Albazar), preciso en lo vocal, musical y buen actor; puede llegar a ser una estupenda carta nacional en el extranjero. La soprano Daniela Ezquerra cantó Zaida con aplomo, pero esta música no parece ser su ámbito exacto.

Resta otro logro: la dirección escénica de Emilio Sagi, en conjunción con el trabajo de Daniel Bianco -un cuadro escenográfico único que transporta a una callecita de Nápoles- y de Pepa Ojanguren -un vestuario colorido que lleva la historia tanto a los años 50 del siglo XX como a nuestros días-. Falta tiempo para ver todo lo que ocurre en escena, pues Sagi, con su imaginación desbordante, crea infinidad de personajes que están ahí para participar de la trama, y organiza un engranaje de movimientos con mil y un detalles para que nunca el espectador se aburra. A no olvidar el trabajo con los medios de transporte: el tranvía que entra y saca gente del escenario; la preciosa Vespa roja en que llega Fiorilla y que remite de inmediato al tiempo que se quiere (datan de 1946), y las bicicletas, guiño a las calles chilenas de hoy con los abundantes ciclistas sin respeto por los peatones. Solo la iluminación de Eduardo Bravo, siempre de tanto valor, pareció esta vez algo fija y falta de compromiso con la cambiante atmósfera musical.

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