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PUERTO RÍO TRANQUILO y alrededores:

El lujo de estar solo

jueves, 30 de julio de 2015

Economía y Negocios
Especial YA
El Mercurio

Sus habitantes dicen que esta zona será el próximo Pucón o San Pedro de Atacama: solo el verano pasado llegaron 60 mil visitantes. Sin embargo, un centro de expediciones que lleva a caminar sobre el glaciar Exploradores, un pequeño lodge dentro de una isla y un refugio en la orilla del Baker, buscan preservar la sensación de sentirse aquí como un único viajero en medio de la Patagonia.



Si hubiera que medirlo científicamente, -según los kilómetros, según el tiempo que marca el reloj-, recorrer el camino entre el aeropuerto de Balmaceda y el poblado de Puerto Río Tranquilo, ubicado 141 kilómetros al sur de Coyhaique, debiera tomar cuatro horas. Sin embargo, hay escenas que ni el reloj ni los kilómetros son capaces de medir. Por ejemplo, los resbalones del auto en El Portezuelo, el sector de mayor altitud, por el hielo en el camino. O los pudús que se cruzan en la carretera. O las detonaciones en la villa Cerro Castillo, por las obras viales que buscan aumentar hacia el sur la Carretera Austral. O las veces que uno se detiene a tomar una foto de un paisaje de naturaleza que -cree en el momento- no volverá a ver nunca más.

Hay pocos caminos en el mundo que crucen tantos Parques Nacionales, Reservas y Monumentos Naturales en unos cientos de kilómetros. Hay pocos caminos que conduzcan, literalmente, al fin del mundo. O al comienzo de otro, casi irreal, como una escena salvaje de un cuento de Francisco Coloane: como si todo el entorno de este lado del lago General Carrera decidiera entrar en un modo de hibernación.

Así es el camino a Puerto Río Tranquilo en una tarde de invierno. No se ven mochileros, israelitas haciendo dedo ni ciclistas empolvados por el ripio que levantan los vehículos que avanzan uno tras otro por la Carretera Austral. Tampoco hay filas en la estación de servicio, ni agencias que se acerquen casi invasivamente a ofrecer tures a Cavernas de Mármol o el Parque Exploradores.

Un escenario que, para los que pasan el año completo viviendo en Puerto Río Tranquilo, está lejos de representar lo que aquí ocurre cuando el invierno queda atrás.

-En una escala menor, porque todavía tenemos la dificultad del acceso, esto va hacia lo que es hoy Pucón o San Pedro de Atacama -dice Francisco Croxatto, un arquitecto de Santiago que hace diecisiete años se vino a vivir a "Tranquilo", nombre con que él llama a este poblado de 400 habitantes.

Cuando llegó con su mujer, Tamara Ullrich, Puerto Río Tranquilo no era más que un caserío ganadero que ofrecía servicios mínimos de teléfono y baños públicos, algo de comida y combustible en garrafa. Eso fue justamente lo que los cautivó para instalarse allí: la virginidad de sus paisajes y aguas, lo inexplorado de todo, el que tuvieran que demorarse dos días a caballo para llegar a un terreno que Francisco Croxatto tenía al interior del Valle Exploradores, y al que se iban en los veranos a hacer campamento.

El primer gran cambio ocurrió en 2005. La construcción del camino vehicular - todavía no terminado- hacia el valle y glaciar Exploradores desde Puerto Río Tranquilo implicó un nuevo paradigma para la zona: pasar de ser a un pueblo con servicios básicos a convertirse a un portal que conectaba los atractivos naturales más potentes de la Región de Aysén: la mítica laguna San Rafael, a la cual se puede llegar de forma más aventurera al combinar auto y navegación por el camino a Exploradores, y las Cavernas de Mármol, a orillas del lago General Carrera.
Para Francisco Croxatto y Tamara Ullrich, esto fue un impulso para convertir el campamento base familiar que tenían en Puerto Río Tranquilo en el Centro de Expediciones y Hostal El Puesto.

Allí, él atendía y armaba expediciones, su mujer cocinaba y sus dos hijos los acompañaban. Rápidamente, la ocupación comenzó a crecer. La temporada alta pasada, por ejemplo, la zona recibió 60 mil visitantes, cuenta Croxatto con cierta preocupación, ya que el pueblo no tiene un plan regulador definido que lo haga crecer y soportar esa cantidad de visitantes sin que colapse en los próximos años.

Y si bien la masividad ha traído beneficios como la instalación del alcantarillado, la restauración de la plaza, internet y vida nocturna -gracias a la apertura de la cervecería local Arisca y sangucherías gourmet como Rucamanque-, el escenario entre enero y febrero puede resultar un poco frustrante para el que llega hasta aquí con el objetivo de sentirse un pionero de la Patagonia.

-Esto pasó de ser la Carretera Austral a un paseo peatonal -cuenta Manuel Torres González, primer alcalde de mar de Puerto Río Tranquilo, mientras bebe un mate amargo en su casa-oficina.

Su título indica un cambio en la zona: hasta hace dos años había nueve embarcaciones que hacían el recorrido hacia las Cavernas de Mármol. El año pasado, con la llegada masiva de agencias de turismo, el muelle llegó a guardar 25 lanchas que desembarcaban llenas varias veces por día. Por eso, Manuel Torres González lleva en una planilla un exhaustivo control de los tripulantes de cada embarcación, y tiene la obligación de impedir que salgan a navegar cuando el viento sea mayor a 25 nudos.

Pero ahora, en la calma del viento de invierno, "con el lago así de estirado", como dice, Manuel Torres puede dedicarse a acomodar su patio y baño para el verano, que por estar a metros de la carretera suele terminar como sitio de camping para los mochileros que no encontraron alojamiento y quieren seguir hacia el sur.


Silencio de invierno

Son las nueve y media la mañana, pero el sol aún no deja salir sus primeros rayos en Puerto Río Tranquilo. Los árboles escarchados, las calles amplias vacías, la inercia silenciosa del pueblo -solo interrumpida por gallinas que parecieran estar desfasadas en su horario- hace difícil imaginarse este lugar con multitudes.

En el comedor de maderas locales junto a la cocina a leña de hostal El Puesto, Francisco Croxatto ofrece otra vuelta de mate antes de tomar desayuno: pan integral con miel hecho por él, mermelada de mosqueta, quesos de la zona, granola y yogur casero. Le gusta el silencio, la atmósfera nostálgica del invierno. Aprovecha los últimos momentos de la baja temporada antes de que su "Tranquilo" se transforme en el nuevo Pucón o San Pedro de Atacama que profetizan los que han visto su evolución.

Es también lo que lo ha llevado a enfocar, con su Centro de Expediciones El Puesto, una línea de actividades al aire libre que se salgan de lo masivo. Por ejemplo, en vez de visitar las Cavernas de Mármol en lancha, propone navegarlas en kayak.

-Es una forma a ritmo pausado y con perspectiva a ras de agua, que además de poder adentrarse en sectores más estrechos cuida las cavernas del daño que puede provocar el impacto de los botes a motor sobre los muros de piedra -cuenta.

Esta mañana haremos el recorrido. Para llegar a los glaciares, antes hay que cruzar un bosque.

-Para mí, es el camino más bonito de Aysén -dice Croxatto. Tiene razón, tanto así que dan ganas de bajarse del auto y hacerlo caminando.

A medida que nos encajonamos por un bosque angosto y húmedo se cruzan liebres gigantescas, avistamos cóndores en el sector de La Buitrera y atravesamos por un valle del que caen cientos de finísimas cascadas de agua, hilos plateados sobre un muro de granito que contrastan con las alfombras verdes de musgo y helechos. Al seguir con la vista unas duchas de agua naturales, es posible ver cómo confluyen en ventisqueros colgantes, muchos de ellos sin nombre aún porque simplemente nadie los ha explorado.

El viaje dura poco más de una hora. En el kilómetro 52 nos detenemos en el Sendero Mirador Exploradores, un circuito con canopy de 800 metros de longitud que construyó el mismo Francisco Croxatto una vez que el camino vehicular llegó hasta aquí.

El sendero lo componen cuidadas pasarelas de madera que se internan en el bosque de coihues, lengas, mañíos y canelos, una caminata de veinte minutos, pero que puede tomar horas si uno se dedica a vigilar el microcosmos de flores rastreras, líquenes y hongos morados y naranja que parecen haberse detenido en el tiempo de los dinosaurios.

Entonces, el bosque cerrado se abre a grandes masas de roca, donde se alcanza el objetivo: el mirador con vista al glaciar Exploradores, una perspectiva de once kilómetros que permite apreciar el inicio de Campos de Hielo Norte y su entorno selvático, los ríos lechosos y lagunas de deshielo; un glaciar de 22 kilómetros con forma de abanico que intercala los bloques translúcidos de hielo con manchas de tierra por el retroceso, culminando en la base del monte San Valentín.

Desde allí podemos ver un circuito de caminata sobre hielo con crampones que se puede hacer por el día o durmiendo en el mismo glaciar.

-Caminar sobre un glaciar es algo poco común. Es un tipo de terreno al que mucha gente le tiene un poco de susto, porque existe la imagen de los bloques de hielo de San Rafael desplomándose en el agua. Pero una cosa es tener la experiencia desde la ventana de un catamarán, y otra es caminar sobre el glaciar, sentir los crampones enterrándose en el hielo sin peligro, escuchar cómo cruje e introducirse en las cavernas, es algo demasiado especial -dice Francisco Croxatto: un hombre que cambió las calles salvajes de Santiago por la naturaleza indómita del sur.

Claro que eso es solo durante el día. Por la noche, cuando volvemos de la expedición, en El Puesto nos esperan con pisco sour, risotto de mote, hongo morilla y chuleta de cordero.

Retiro en una isla

A cinco kilómetros de navegación desde Puerto Río Tranquilo está la isla más grande que tiene el lago General Carrera: isla Macías. Aunque las aguas del lago pueden volverse marejadas oceánicas rápidamente, el cruce no tiene peligro y no dura más de quince minutos gracias a una nueva embarcación, la Karut, un lanchón grande, techado y con vista panorámica, que va regalando nuevas perspectivas de los rincones del lago imposibles de avistar desde sus orillas boscosas. Como una colonia de cormoranes que anida en un islote vecino a isla Macías.

Es mediodía, pero por la trayectoria elíptica del sol de invierno que apenas supera el filo de las montañas nevadas, cualquier fotografía sale con esa luz mágica de atardecer o amanecer.

Desembarcamos en bahía Amanda, una de las siete playas protegidas que tiene isla Macías y donde se encuentra el lodge de madera que desde octubre de este año recibirá a un solo grupo de pasajeros por estadía.

A mi lado está Horacio Rojas, uno de los tres socios propietarios del lodge Isla Macías Retreat: un refugio de alta categoría con capacidad para nueve personas, resguardado en una tranquila playa, donde los visitantes pueden acceder a un parque natural privado de 250 hectáreas que tiene la isla sin ver a nadie más que sus acompañantes y la naturaleza remota que los rodea.

Con mapa y brújula en mano, comienza la exploración encumbrando uno de sus filos. Un paisaje cubierto de coirones, pastos secos y amarillos característicos de la estepa patagónica, pero que en sus valles interiores guarda escenarios que parecen sacados de un cuento infantil: un bosque de arrayanes milenarios inmerso en un mallín pantanoso, una laguna escondida donde flotan diversas especies de patos, o bajando de su segunda cumbre, un roble acostado que se aferra a la tierra con raíces que parecen manos viejas y huesudas, para protegerse de los vientos estivales del lago.

A diferencia de Puerto Río Tranquilo, aquí aún existe la posibilidad de sentirse como si uno fuera el primer explorador de Aysén. No solo se pueden ver de cerca especies como la enorme águila mora o los pitíos; hay también una sensación de extrema cercanía con esas especies, como si hasta los animales más salvajes no le temieran aún a la presencia humana.

En el lodge hay un espacio común que integra la cocina a leña, el comedor y un living, y se puede terminar el día con un cordero al palo o la pesca de la jornada. También está la posibilidad de no salir y quedarse leyendo junto a la chimenea, mirando de reojo los atardeceres eternos que son posibles de apreciar en esta época del año.

Orillando el Baker

A una hora y media de manejo desde Puerto Río Tranquilo, pasado el cruce con Puerto Bertrand, la cuenca del Baker tiene una alternativa más familiar dentro de tantas opciones exclusivas. En un amplio terreno que ocupa toda la orilla del río, Green Baker Lodge tiene cabañas, minihotel y restaurante. Desde aquí organizan actividades invierno y verano como cabalgatas, senderismo por los bosques de coihue y lenga, kayak, pesca con devolución y hasta paseos de mucha adrenalina en los rapidísimos "Jetboat" (ver recuadro).

Después de cinco kilómetros orillando el Baker, llegamos al estreno más reciente de esta ribera: Borde Baker Lodge.

Isabel Valenzuela, santiaguina y anfitriona del lodge, impulsó este emprendimiento familiar, donde su hijo, el arquitecto Ignacio Saavedra, estuvo a cargo del diseño en madera nativa de ciprés, lenga y coihue, y donde todo el terreno, desde las siete habitaciones privadas que cuelgan sobre el río más caudaloso de Chile hasta su muelle, se recorre a través de pasarelas que no intervienen el entorno natural.

Adentro, y como una forma de imitar las costumbres patagonas, el día pasa en torno a una vida de refugio junto al fuego: la gran chimenea del living-comedor, pero sobre todo, en una cocina a leña en donde dan ganas de quedarse cocinando el día completo. Allí, Isabel y un chef preparan a diario un menú a base de lo que encontró de proveedores locales: una tibia sopa con los enormes zapallos orgánicos que saca del invernadero de la vecina, un ragú de cordero o una merluza austral, y postres con frutos de la zona como el mousse y helado de ruibarbo, rosa mosqueta o nalca. Todo esto servido en una preciosa vajilla en cerámica de gres que Isabel hace con sus manos.

Ya en la habitación, con una estufa bosca y calefacción a gas para cuando se termina de consumir la leña en la noche, con la vista insuperable al cordón montañoso de Campos de Hielo Norte y el sonido del torrente del Baker, se agradecen los caminos con nieve, las detonaciones en la carretera o cualquier imprevisto que retrase el salir del sur de la Carretera Austral.

Y es que, aunque no lo digan, se percibe que hay algo que saben los que se instalaron aquí hace varios años, cuando estas zonas eran realmente tierras de pioneros: en la Patagonia profunda, el tiempo y la distancia están lejos de medirse en kilómetros o en horas.

"Esto pasó de ser la Carretera Austral a un paseo peatonal", cuenta Manuel Torres González, primer Alcalde de Mar de Puerto Río Tranquilo, a propósito del aumento de visitantes.

 "Caminar sobre un glaciar es algo poco común. Es un tipo de terreno al que mucha gente le tiene un poco de susto, por los bloques de hielo de San Rafael desplomándose en el agua", cuenta Francisco croxatto.

En Isla Macías aún existe la posibilidad de sentirse como si uno fuera el primer explorador de Aysén. No solo se pueden ver de cerca especies como la enorme águila mora o los pitíos; hay también una sensación de extrema cercanía con esas especies, como si hasta los animales más salvajes no le temieran aún a la presencia humana.

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