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Temporada de ópera Teatro Municipal:

Estupendo estreno en Chile del "Libertino" de Stravinsky

miércoles, 22 de julio de 2015

Economía y Negocios
Cultura
El Mercurio




El público del Teatro Municipal fue conquistado desde el inicio y se dejó llevar con sorpresa -de la mano de una puesta en escena que subrayó los guiños a los musicales del West End y de Broadway- por esta aventura de tintes fáusticos y donjuanescos en clave neoclásica que proponen Igor Stravinsky y sus libretistas Auden y Kallman.

Es cierto que la definición de "La carrera de un libertino" (1951) se pierde en las tantas referencias, pero quizás es que precisamente ahí habita su único asunto. No es esta una obra difícil para el que la escucha por primera vez, pero quien quiera ahondar sobre la escritura debe saber que lo que se propone es un mix estilístico.

Ahora bien, comprender lo que sucede en lo musical sirve solo para eso, y no es gravitante para incorporar el mensaje, que es claro y lineal, e incluso poco profundo. Hay citas, por supuesto, que tienen cierto interés, como el recuerdo de la toccata del "Orfeo" monteverdiano en la breve obertura dedicada a los metales; las alusiones a algunas canciones de Purcell y el nexo del manicomio de Bedlam con "From silent shades: Bess of Bedlam"; las introducciones de Gluck para los recitativos; links a los ritmos de jazz, y en especial las estructuras casi programáticas de Mozart para la conformación de sus arias y el uso del clavecín (Hernán Hevia).

La instrumentación es riquísima y de filiación puntillista, y el conjunto Filarmónico, bajo la conducción experta de David Syrus, jugó con fluidez en todo el rango exigido. Las repeticiones de las trompetas en la escena de la subasta fueron excelentes, y se lucieron las cuerdas graves en las líneas trágicas que preceden a la "noche sin estrellas" del cementerio. Así, el "efecto" de la música de Stravinsky llegó en plenitud, como también la convicción y seguridad con que cantó el Coro del Teatro Municipal.

El libreto es otra sucesión de vínculos, ya con la pintura, a través del ciclo "The Rake's Progress", de William Hogarth, ya con personajes como Fausto, Don Juan y Mefistófeles, y con los mozartianos Doña Anna, Doña Elvira y Leporello. La dirección de escena de Marcelo Lombardero trasladó la acción del siglo XVIII al XXI, y la verdad es que el "Libertino" gana con este viaje por el tiempo. Hubo completo equilibrio entre los momentos bucólicos-verdes-azules y aquellos rojos-negros del desbande del sexo y las adicciones, como también entre la introspección de la búsqueda infatigable del amado; el leve misterio del diablo en cuestión, Nick Shadow (que no existe en la serie de Hoggarth), y la melancolía gris del manicomio. Nada fuera de tono ni exagerado.

La alianza con la escenografía de Diego Siliano fue otra vez un éxito, lo mismo que el trabajo de actores, muy en la línea de un musical, donde hasta lo íntimo se presenta con una cuota de extraversión. Dos buenas ideas, entre muchas: la aparición de Nick desde la platea, y la incorporación de carteles anunciando una exposición de Hoggarth en la galería Tate. Ese mismo balance entre show y artes escénicas fue capturado por la impecable coreografía de Edymar Acevedo; el contrastante vestuario -lujoso y sobrio, y siempre adecuado- de Luciana Gutman, y la cuidada y atmosférica iluminación de José Luis Fiorruccio.

El elenco respondió a la altura, dominado por la entrañable y suave Anne de la soprano Anita Watson, cuya voz de volumen pequeño está compensada por una perfecta línea de canto y filados sobrenaturales. Con ella, el excelente tenor Jonathan Boyd, sin problemas en la amplia tesitura de su largo rol y buen actor, y el bajo-barítono Wayne Tigges, quien proyecta con fuerza su parte en términos teatrales y que canta con total solvencia. La mezzo Emma Carrington fue un deleite con su intensa y divertida Baba la Turca (solo supimos que era barbuda porque se afeita en una breve escena). Como siempre, una garantía el trabajo de la mezzo Evelyn Ramírez como la regenta del prostíbulo, Mother Goose. Notables por empatía histriónica y buen canto el serio Trulove del bajo-barítono Hernán Iturralde y el subastador del tenor Pedro Espinoza.

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