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Libro "Heil Hitler, el cerdo está muerto":

Las risas amargas en los tiempos de Hitler

domingo, 14 de junio de 2015

GASPAR RAMÍREZ
Internacional
El Mercurio

A 70 años del fin de la II Guerra Mundial, una investigación recuerda los mitos y los peligros del humor durante el régimen nazi.



Cada vez que los monos del espectáculo circense de Fritz Petter veían a un uniformado, incluso un cartero, los primates levantaban y estiraban el brazo derecho. Solo les faltaba decir "Heil Hitler". Corrían los primeros años del Tercer Reich, y, a modo de protesta, Petter, un socialdemócrata de la ciudad alemana de Paderborn, había enseñado a sus animales a hacer el saludo nazi, un gesto que consideraba ridículo.

La historia la recuerda Rudolph Herzog en su libro "Heil Hitler, el cerdo está muerto", un ensayo sobre el humor en la Alemania nazi, tema hasta hace poco considerado tabú, que el investigador estudió desde los inicios hasta las postrimerías del régimen, y que vuelve ahora cuando se cumplen 70 años del fin de la II Guerra Mundial.

En su libro -traducido en 2014 al español por la editorial Capitán Swing y que en Chile distribuyen Liberalia y la librería Prosa y Política-, Herzog escribe que "los chistes políticos no eran una forma de resistencia pasiva, sino más bien una vía de escape para la rabia acumulada del pueblo". Humor que tenía consecuencias variadas para quienes se atrevían a reírse del Führer.

A veces bastaba con una advertencia, como en el caso de Petter. Poco después de que "camaradas del pueblo" denunciaran el espectáculo de circo, fue publicada una orden que prohibía el saludo hitleriano a los monos, y al que no la respetara se lo amenazaba con el "sacrificio".

El humor también fue judicializado. Cuando un caso llegaba a la corte, muchas veces la lectura del sumario terminaba con risas en el tribunal, ya que se trataba principalmente de contar en público chistes y letras de canciones.

Según una investigación que cita Herzog, el 22% de las sentencias de los acusados de burlarse del régimen terminaban con pena de cárcel, y se consideraba un "atenuante" que quien dijera el chiste estuviera borracho, ya que no se encontraban "en plena posesión de sus facultades mentales".

Precisamente una de las afirmaciones de Herzog es que, pese a las creencias, no todas las burlas contra Hitler se pagaban con la vida. "La mayor parte de los narradores de chistes que fueron denunciados y arrastrados a los tribunales (...) recibieron castigos más bien leves; incluso a veces se les dejaba marchar con una simple sanción", escribe Rudolph, hijo del cineasta Werner Herzog.

Pero la tolerancia disminuyó en la medida en que los aliados fueron cercando al régimen, y los comediantes eran asesinados o enviados a los campos de concentración, como los casos de los cómicos Fritz Grünbaum y Kurt Gerron.

En su investigación, Herzog reúne manifestaciones humorísticas en caricaturas, espectáculos de variedades, entretenimiento, películas, canciones y musicales. El autor recopila e indaga el origen no solo de las bromas hechas en Alemania contra los nazis, sino también desde el exterior, especialmente las radionovelas de la BBC. Se trataba de sátiras que desde 1939 transmitían hacia Alemania.

El programa más exitoso de esta "guerra radiofónica" fue una imitación de Hitler hecha por el actor austríaco Martin Miller, quien copiaba perfectamente la entonación del Führer. Después de la guerra se supo que el falso Hitler tenía una gran fanaticada en Alemania.

El investigador dedica un capítulo al tal vez humor más negro y catártico que surgió en la guerra, los chistes que los propios judíos hacían sobre el Holocausto, como una forma de sobrellevar el infierno por el que atravesaban.

Las películas

Herzog analiza "El gran dictador", de Charles Chaplin, estrenada en 1940, cuando Estados Unidos aún no entraba a la guerra, y considerada el mayor ataque de la industria del entretenimiento norteamericano contra el régimen. El autor también dedica algunas páginas a "La vida es bella" (1997), de Roberto Benigni, donde aparece un "Auschwitz como escenario de una tragicomedia... Eso no se había visto nunca". El investigador asegura que el filme derrumbó el tabú de estudiar el humor en la Alemania nazi.

Como conclusión, Herzog considera que es "lícito" reírse de los nazis y que con eso "no se minimiza humorísticamente el Holocausto", sino que "se presenta a Hitler en su verdadera dimensión".

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