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GESTIÓN: Seis reglas para ser un buen Presidente

domingo, 15 de enero de 2006

PETER DRUCKER
Enfoques, Economía y Negocios

No perder el foco ni diversificarse son claves para un gobierno efectivo, señala Drucker.

Es difícil imaginar un grupo más diverso que los predecesores de Bill Clinton en la presidencia norteamericana; en capacidades, personalidades, valores, estilos y logros. Sin embargo, incluso el más débil de ellos tenía una considerable eficacia mientras observara seis reglas. Y hasta el más poderoso perdía eficacia tan pronto como violara estas reglas:

1 ¿Qué hacer?
Es lo primero que el presidente debe preguntarse. No debe obstinarse en hacer lo que desea, aunque eso fuera el centro de su campaña.

Harry Truman llegó a la presidencia en abril de 1945 convencido -como lo estaba una mayoría de norteamericanos- que con el fin de la guerra ya próximo, el país podría y debería centrarse otra vez en los problemas internos. Apasionadamente, se comprometió a revivir el Nuevo Trato. Sin embargo, lo que lo convirtió en un presidente efectivo, fue admitir, a pocas semanas de asumir, que a los asuntos internacionales -sobre todo el freno de la agresión mundial de Stalin- debía darle prioridad, fuera éste o no su deseo (y no lo era).

Al parecer hay una ley de la política norteamericana que dice que el mundo siempre cambia entre el Día de las Elecciones y el Día de la Investidura. El negarse a aceptar esto -como Jimmy Carter trató de hacer- no es tener "principios". Es rechazar la realidad y condenarse por sí mismo a ser ineficaz.

2 Concéntrese, no se diversifique.
Generalmente hay media docena de respuestas correctas a la pregunta anterior. Aun así, a menos que un presidente haga la arriesgada y polémica elección de una sola, no conseguirá nada.

Franklin Delano Roosevelt ignoró el mundo exterior durante sus primeros años en el cargo, a pesar del surgimiento de Hitler en Europa y la invasión japonesa a China. A principios de 1938 todavía estábamos en la más profunda Depresión, y el país se mostraba por completo partidario del aislamiento. Sin embargo, de la noche a la mañana, el presidente Roosevelt cambió su prioridad a los asuntos internacionales, casi olvidando los problemas internos. Lyndon Johnson, 30 años más tarde, trató de combatir la Guerra de Vietnam y la Guerra de la Pobreza en forma simultánea. Perdimos ambas.

La primera prioridad del presidente tiene que ser algo que realmente tenga que hacerse. Si no es demasiado polémica, es probable que sea la prioridad equivocada. Tiene que ser factible -y bastante rápida- lo que significa que tiene que tener un objetivo limitado. No obstante, es necesario que sea lo suficientemente importante para que se distinga si se lleva a cabo con éxito.

Ronald Reagan aplicó estas pautas cuando decidió en 1981 que su primera prioridad sería detener la inflación y para eso subiría las tasas de interés a las nubes. Un estudiante de economía de segundo año podría haber indicado a Reagan que eso provocaría una enorme recesión; y en realidad el desempleo saltó de un ya alto 7,5% a un 10%, un índice que no se veía desde la Depresión. Sin embargo, detener la inflación era algo que de seguro tenía que hacerse. Fue rápidamente factible, y constituyó una diferencia.

La acción de Reagan sentó las bases para la subsiguiente expansión del empleo; la más grande en la historia de los Estados Unidos. Y le valió a Reagan la confianza de la ciudadanía, de la que disfrutó hasta el fin de su mandato.

3 No apueste jamás sobre una cosa segura.
Siempre falla el tiro. Si hubo alguna vez un presidente desde George Washington que tuvo un mandato popular, éste fue Franklin Delano Roosevelt en su segundo período en 1937; fue reelegido con la más grande mayoría en la historia de Estados Unidos y logró el control completo del Congreso.

El presidente Roosevelt tenía toda la razón para creer que su plan de "seleccionar" la Corte Suprema y en consecuencia eliminar el último obstáculo para las reformas del Nuevo Trato sería un objetivo seguro. Nunca ni siquiera probó el plan antes de anunciarlo. De inmediato le estalló en la cara, y tanto así que nunca obtuvo nuevamente el control del Congreso.

Clinton también debe haber pensado que el levantar la prohibición que pesaba sobre los homosexuales, para ingresar en las fuerzas armadas sería algo seguro; él tampoco testeó la propuesta antes de anunciarla. De inmediato ésta condujo a una de las caídas más grandes en las encuestas de opinión pública como jamás tuvo un nuevo presidente.

La ciudadanía no percibió "la selección" de la Corte Suprema como una forma de promover el, sumamente popular, Nuevo Trato sino como una subversión de la Norteamérica de los fundadores. La propuesta del presidente Clinton se consideró que estaba muchísimo menos relacionada con los derechos de los homosexuales que con la habilidad de combate de las fuerzas armadas. Tales diferencias de percepción son siempre "obvias" en forma retrospectiva, pero sólo en esta forma. Un presidente efectivo sabe, por lo tanto, que no hay una política libre de riesgos.

4 Un presidente efectivo no microadministra.
Es la regla número cuatro. Las labores que un presidente norteamericano debe hacer por sí mismo son muchísimo mayores de lo que una persona, excepto la más enérgica y mejor organizada, pueda posiblemente lograr. Cualquier cosa que el presidente no tenga que hacer, por consiguiente, no "debe" hacerla.

Los primeros mandatarios están muy alejados del campo de acción, son muy dependientes de lo que otras personas les cuentan o prefieren no contarles y están demasiado ocupados para estudiar la letra chica, para poder microadministrar con éxito; y al llevar a cabo el trabajo de gobierno, "Dios está en los detalles". Como Lyndon Johnson y Jimmy Carter lo demostraron, no hay ninguna forma más rápida de desacreditarse para un presidente que ser su propio jefe de operaciones.

El modelo podría ser el gabinete de Franklin Delano Roosevelt. Nueve de sus diez miembros (todos salvo el secretario de estado) eran lo que ahora podríamos llamar tecnócratas, especialistas competentes en un área. "Yo tomo la decisión", señaló Roosevelt, "y luego designo el trabajo a un miembro del gabinete y lo dejo solo". El hecho de que el equipo de operaciones ofreciera una actuación excepcional -ningún escándalo financiero, por ejemplo, a pesar del gasto de gobierno sin precedentes- explica en gran medida la nunca vista permanencia en el poder y en la presidencia de Roosevelt.

Mandatarios posteriores trataron de conseguir la misma eficacia teniendo un secretario general de la presidencia, un jefe de operaciones. Nunca ha funcionado. Sin embargo, la otra alternativa, una que Clinton escogió -tener docenas y docenas de segundos secretarios, subsecretarios, secretarios asistentes, asistentes especiales y así sucesivamente- sólo convierte al gobierno en una perpetua reunión masiva.

5.- Un presidente no tiene amigos en la administración.
Fue la máxima de Lincoln. Un presidente que haga caso omiso de ésta, vive para lamentarlo.

Nadie puede confiar en los "amigos del presidente" . ¿Para quién trabajan? ¿En favor de quién hablan? ¿A quién realmente informan? En el mejor de los casos, se sospecha que colaboran con sus superiores oficiales y con su Gran Amigo; en el peor de los casos, se les conoce como espías del presidente.

Sobre todo, siempre se ven tentados a abusar de su posición como amigo y el poder que esto implica. Si lo hacen al aceptar un soborno o enriqueciéndose ellos mismos o sus familias, el "escándalo financiero" resultante ocupa los titulares. A los abusos no financieros (por ejemplo, obtener un tratamiento especial para tal o cual grupo de interés) generalmente se les echa tierra. Sin embargo, tales abusos pueden hacer incluso más daño que los delitos financieros a la eficacia del presidente, sus políticas y su reputación.

No obstante, los presidentes efectivos deberían emular al hombre más gregario que alguna vez ocupó la Casa Blanca: "Teddy" Roosevelt. Mientras era presidente encabezó una vida social agitada, pero ninguno de su media docena de "amigos íntimos" trabajó en su administración.

Numerosas esposas de presidentes, y el ejemplo más destacado fue Bess Truman, fueron las principales asesoras y confidentes de sus maridos. Sin embargo, antes de Hillary Rodham Clinton nadie tuvo un cargo en una administración.

6.- ¿Y la sexta regla?/
Es el consejo que Harry Truman dio al recién electo John F. Kennedy: "Una vez que uno resulta electo, hay que dejar de hacer campaña".

"Una vez que uno resulta electo, hay que dejar de hacer campaña".

Los cinco jinetes
Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) Su gobierno se enfocó en lograr la recuperación del país tras la tremenda crisis económica sufrida desde 1929. Con su programa del New Deal, buscó asegurar un mayor bienestar por la vía redistributiva. El Estado jugó un rol interventor para frenar el capitalismo ultraliberal al que se atribuyó la Gran Crisis. Además inició un amplio plan de inversión pública e instaló un sistema de seguridad social.

Harry Truman (1945-1953) No sólo pasó a la historia por ser el Presidente de Estados Unidos que ordenó lanzar la bomba atómica sobre Japón que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. Profundizó el New Deal de Roosevelt e insertó a EE.UU. en el mundo. Apoyó la creación de la ONU, de la Otan y financió un programa de ayuda para la reconstrucción de Europa (el Plan Marshall de 1948).

Lyndon Johnson (1963-1969) Emprendió una serie de reformas legislativas que afectaron a todos los ámbitos sociales. Con la aprobación de la Civil Rights Act favoreció los derechos civiles de la población negra, acabando con la discriminación racial. En lo social, sentó las bases de los seguros de salud para los ancianos (Medicare) y para los pobres (Medicaid).

Jimmy Carter (1977-1981) Dos grandes enemigos en su primer mandato fueron la creciente inflación, la dependencia estadounidense del petróleo extranjero y el desempleo. Su política exterior se basó en el respeto de los derechos humanos y en 1978 estableció las bases para un histórico tratado de paz entre Egipto e Israel, firmado en 1979.

Ronald Reagan (1981-1989) Durante su mandato, invirtió la tendencia negativa de la economía estadounidense, gracias a la adopción de medidas de corte liberal, que dieron paso a una fase de crecimiento. En política internacional, su mandato estuvo marcado por su oposición al totalitarismo soviético, labor para la cual contó con el respaldo del gobierno británico de Margaret Thatcher y del Papa Juan Pablo II. Propició el colapso del régimen de la URSS.

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