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Autores nacionales De Vicente Huidobro a Roberto Bolaño:

La Segunda Guerra en las letras chilenas

domingo, 26 de abril de 2015

Economía y Negocios

El Mercurio

El conflicto bélico ha inspirado hasta hoy crónicas, poemas, cuentos y novelas, aportando perspectivas insólitas y textos controvertidos.



"He pasado trece días en Alemania. No te imaginas qué días, los días más históricos del mundo. Algo vertiginoso. Unos días que valen un siglo de existencia. Llegué al frente con ansias de vengar mis heridas -pistola en mano y con mi Mauser quitado por mí mismo a un oficial alemán", le escribe Vicente Huidobro a su gran amigo el pintor chileno Luis Vargas Rosas en una carta del 17 de mayo de 1945.

Según la Fundación que lleva su nombre, el poeta chileno fue el único corresponsal de guerra de lengua española en los frentes aliados. No solo hacía despachos para diarios, sino también para la BBC y La Voz de América.

En la misiva a Vargas Rosas, Huidobro cuenta que después de la rendición del ejército alemán en Berlín viajó a Berchtesgaden, Baviera, y subió hasta Kehlsteinhaus, el famoso refugio alpino del Führer. "Tu amigo, el autor de 'Altazor', se robó el teléfono de Hitler para su museo particular de recuerdos de la guerra. Otros picaban cosas de valor intrínseco, ¿pero qué puede tener más valor que ese teléfono?, y nadie le dio importancia".

Incorporado a las tropas aliadas en 1944, Huidobro pasó tres meses en el frente del Primer Ejército Francés, entre febrero y abril de 1945, trabando amistad con el general Jean de Lattre de Tassigny, "el liberador de Alsacia, ese gran jefe cuyo nombre pertenecerá en adelante no solo a la historia de Francia, sino a la historia del mundo", como escribió en revista VEA.

Herido dos veces, en Durlac y en el frente del río Elba, tras la toma de Stuttgart, el poeta recibió las condecoraciones francesas Maurice Barrès y la Cruz de Guerra. Pudo vengar sus heridas participando en la captura de seis militares alemanes y dos oficiales de las SS, capitán uno de ellos, cuyo casco trajo a Chile, al igual que otro del ejército estadounidense que se exhibe en la Casa Museo de Cartagena junto al "teléfono de Hitler".

Vicente García-Huidobro Santa Cruz, nieto del poeta creacionista, cuenta que Raquel Señoret, última esposa de Huidobro, le reveló en una oportunidad que los médicos que lo atendieron en Estados Unidos le dijeron que las esquirlas de granada alojadas en su cerebro no eran operables. Le dieron cinco años de vida. Murió, en efecto, el 2 de enero de 1948.

En uno de sus "Últimos poemas" (1948), de edición póstuma, escribe: "Pienso en ellos en los muertos/En los que yo vi caer/En los que están grabados en mi alma/En los que aún están cayendo en mis miradas/Vosotros que seguiréis muriendo/Hasta el día en que yo muera".

Las polémicas simpatías de Edwards Bello

El influyente cronista de La Nación, Joaquín Edwards Bello, siguió el desarrollo de la Segunda Guerra desde Chile. Sus análisis se basaban en cables de los que extraía información para escribir crónicas tan vívidas que en algunos casos parecía haber estado en el lugar de los hechos, como aquella en que narra la evacuación de París ("Cierre del Café de la Paix").

"Jamás salgamos de la neutralidad", escribía el 2 de junio de 1940. Pero hacia el fin del conflicto bélico admitió en "Las desgracias de Alemania" (10 de enero de 1945): "No siento escrúpulos para afirmar que fui admirador de Mussolini". El cronista, sin embargo, le reprochaba la "estupidez" de haber declarado la guerra a Inglaterra y Francia. Con Hitler fue más severo: "Comprendí que no podía ser partidario de un hombre que cruzaba la cara de mi raza y de mis hermanos americanos con el famoso latigazo de 'mestizos corrompidos'. Tampoco pude aceptar la sanguinaria persecución del admirable pueblo judío".

Pablo Neruda siguió la Segunda Guerra desde lejos, pero le dedicó fogosos versos de trinchera: "Canto de amor a Stalingrado", leído en México el año 1942, y luego recogido en su libro "Tercera Residencia" (1947) junto a "Nuevo canto de amor a Stalingrado", escrito tras la victoria soviética de 1943. Los versos de rima consonante en su estrofa final son memorables: "Guárdame un trozo de violenta espuma,/guárdame un rifle, guárdame un arado,/y que lo pongan en mi sepultura/con una espiga roja de tu estado,/para que sepan, si hay alguna duda,/que he muerto amándote y que me has amado,/y si no he combatido en tu cintura/dejo en tu honor esta granada oscura, este canto de amor a Stalingrado".

Desde hoy cuesta entender que recién en 1942 Neruda le dedicara su primer poema a la Segunda Guerra, pero el investigador Hernán Loyola explica: "Inicialmente Pablo está bloqueado por la existencia del pacto nazi-soviético de 1939, que Hitler rompió en 1941 con la Operación Barbarroja. Los comunistas tenían naturalmente una explicación para ese pacto, que circuló al interior del PC, pero que obviamente no podía ser desarrollada al exterior".

Neruda dedicó otros dos poemas a la conflagración: "7 de noviembre - Oda a un día de victorias" y "Canto al Ejército Rojo a su llegada a las puertas de Prusia".

El otro Pablo de la poesía chilena, De Rokha, aludió a la guerra en varios libros, con énfasis también en el papel de la URSS: "Morfología del espanto" (1942), "Canto al Ejército Rojo" (1944), "Los poemas continentales" (1944-1945) y "Carta magna de América" (1941-1948).

En el primero de los títulos mencionados está el poema "Grito de masas en el Oriente", donde Pablo de Rokha canta: "la epopeya de la URSS inmortal, derrama su canasta de cosechas sobre la Humanidad, y/vomita plomo ardidamente rojo, encima de los pechos y los sexos/al revés de los ensangrentados idiotas de Germania".

Hitler en Chile

Habría que esperar años para que un autor chileno acometiera la tarea de escribir una novela sobre la Segunda Guerra. El personaje elegido fue Hitler. Sus últimos instantes en el búnker de Berlín los narró Enrique Lafourcade en "Adiós al Führer" (Bruguera, 1982). El autor demuestra un acabado conocimiento documental, pero da un insólito salto de tiempo imaginando que el protagonista y otros jerarcas nazis viajan al Chile de los 80, donde reciben ayuda de algunos integrantes de la colonia alemana, aunque sobre todo de la hija de un millonario judío. Conducido por la voz de Martin Bormann, el relato deriva hacia la parodia, con un demacrado Hitler perorando en asados interminables, escondido sucesivamente en un hotel abandonado de Llico, una casa patronal en La Ligua y un departamento en el Parque Forestal mientras Goebbels y Rosenberg se embriagan en "Die Kleine Union" (La Unión Chica) y La Última Niebla (la casa de la SECh) intentando captar adeptos para reorganizar el movimiento nazi. Lo insólito es que un "falso Führer", Otto, consigue mucho más éxito que el verdadero. Apenas disfrazado, el personaje no es otro que Miguel Serrano -conocido autor de textos sobre nazismo esotérico y del mito de Hitler en la Antártica-, un seductor que va y vuelve del extranjero, obtiene fondos millonarios de fundaciones para buscar la Ciudad de los Césares y es encarado, a la salida del Regine's, por un Hitler furioso.

Lejos del país, otro chileno se obsesionaba con el nazismo. La atracción literaria que Roberto Bolaño sentía por esta ideología se tradujo tempranamente en "El Tercer Reich", novela escrita en 1989, aunque publicada de manera póstuma en 2010. La acción transcurre en la Costa Brava catalana durante los 80. Su protagonista, Udo, es un alemán experto en juegos de guerra, especialmente en El Tercer Reich. Las atrocidades del régimen se reviven en la partida de Udo contra El Quemado, donde defienden los roles del nazismo y el comunismo respectivamente. Hay también cruces con la historia de Chile de esos años, como los hay también en "La literatura nazi en América" (1996), diccionario de autores ficticios que asociaron su obra a esa ideología.

Nuevas derivas del conflicto

Ediciones B publicó hace cuatro meses "El fin del mundo. Cuentos chilenos de la Segunda Guerra Mundial". Entre los escritores convocados hay varios que habían abordado derivas de la Segunda Guerra. Está Jaime Collyer, con "Danubio pardo", proveniente de "Gente al acecho" (1992): un relato erótico y político sobre los últimos días de Freud en la Viena dominada por los nazis. Francisco Ortega es autor de la novela "El número Kaifman" (2006), best-seller reeditado en una versión corregida con el título "El verbo Kaifman" (2015), conspiración imaginada a partir de un hecho verdadero: la masiva llegada a Chile de tractores alemanes al final de la guerra. Sin embargo, el cuento de Ortega recogido en "El fin del mundo" es la historia de una familia estadounidense cuyo padre es un ingeniero eléctrico que trabaja para la Boeing en el diseño del bombardero B-29, el avión que arrojaría la primera bomba atómica en Japón. Sobre este último hecho es el perturbador cuento de Marcelo Simonetti "Dibujos de Hiroshima". El narrador ya había publicado un cuento acerca de un fotógrafo judío sobreviviente de Bergen Belsen en su libro "El abanico de madame Czechowska" (2002). Sergio Gómez, en tanto, especula en su relato "La delgada figura de la dama" sobre los efectos en Hitler de la horrible muerte de su madre. El autor había seguido en su novela "Patagonia" (2005) los pasos del criminal de guerra Walter Rauff, desde el gueto polaco de Lodz hasta Chile. Otro conocedor de la guerra, Carlos Tromben, recrea en su cuento "El viaje de Andreas Eckhart" las desventuras de un joven nazi valdiviano que llega hasta Alemania para enrolarse en el ejército del Führer. Según comenta Tromben en una nota, el personaje formaba parte de una novela de latinoamericanos involucrados en la Segunda Guerra. El autor abandonó el proyecto, pero otro personaje, una joven peruana reclutada en Londres por la inteligencia británica, sobrevivió como protagonista de la novela "La Casa de Electra" (2010). Años antes, el escritor porteño había aludido en su novela "Karma" (2006) a las penurias de la colonia japonesa residente en Chile durante la guerra.

El costo de apoyar a los aliados

Las consecuencias del conflicto bélico para las familias de inmigrantes son también el tema del sutil relato "El águila de dos cabezas", de Fernando Emmerich, incluido entre los finalistas del Concurso Paula en el volumen "El fotógrafo y otros cuentos" (Ediciones UDP, 2009). A través de la mirada de un niño, Emmerich lleva a la ficción un hecho autobiográfico: el desprecio de buena parte de la colonia alemana de Viña y Valparaíso cuando su padre decidió alinearse con la Alemania Libre y aportar dinero a los Aliados.

Tal vez la Segunda Guerra no cambió la historia de la literatura chilena, pero ha inspirado textos que muestran ángulos inusuales de la conflagración mundial.

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