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¿Dónde está la “Hyundai” chilena?

jueves, 11 de julio de 2013

Juan Nagel Beck
Profesor de Ingeniería Comercial, Universidad de los Andes

Hace unos días, el automóvil HCD-14 de la empresa Hyundai ganó el premio al mejor auto de concepto en los North American Concept Vehicle of the Year Awards. El jurado dictaminó que el diseño de la compañía coreana era “impresionante,” y que el auto tiene “estilo” y “presencia,” declarándose “anonadados.”

Este triunfo de una compañía coreana que era un jugador secundario en la industria automotriz hace apenas veinte años nos lleva a preguntarnos si en Chile existen algunos “Hyundai” en potencia. ¿Cómo encontrar la próxima gran empresa chilena? ¿Debemos ayudar a que surjan?

Cuando se discute la promoción directa de ciertas industrias por parte del Estado, muchas veces la discusión se enfrasca en argumentos técnicos o ideológicos. Esto ignora que el debate puede ser enriquecido narrando las historias de las empresas que se han creado gracias a estas políticas. Una de las historias más interesantes es precisamente la de Hyundai.

Lo que hoy se conoce como Hyundai - un conglomerado enorme que incluye automotrices, astilleros y fabricantes de maquinaria pesada – comenzó en un pequeño garaje mecánico en Seúl durante la ocupación japonesa en la II Guerra Mundial. Su creador, el legendario empresario Chung Ju-yung, vio prosperar su negocio de reparaciones rápidamente. Aprovechándose de que los únicos que tenían automóviles en la Corea de la pos-guerra eran el gobierno y los ocupantes norteamericanos, buscó entrar al nicho de la “reconstrucción”.

Chung consiguió importantes contratos para la construcción de infraestructura. Gracias a ellos, y previendo el auge en las exportaciones coreanas, se extendió hacia el negocio de los astilleros a pesar de la guerra de Corea de 1950-1953. En los años 60, aprovechó su conocimiento en la construcción de barcos para convencer al Estado en que lo ayudase a fabricar automóviles.

El apoyo estatal vino con condiciones. A cambio de una ayuda en términos de subsidios, rebajas impositivas y cuasi-monopolios, Hyundai debía demostrar que era viable económicamente, y que además podía extenderse a otros mercados en los que existiese transferencia tecnológica. Luego de varias décadas experimentando, Hyundai ha logrado establecerse como una gran marca de automóviles.

Varios aspectos se conjugaron en el éxito de Hyundai. El modelo coreano exigía a las compañías multinacionales el trabajar con empresas locales, un requisito que ha existido en Japón y en China también. Esto permitió a la Hyundai el asociarse con empresas extranjeras, facilitando así la transferencia tecnológica. Aparte de esto, la ayuda estatal estaba atada al logro de ciertas metas de exportación.

El implementar estas políticas correctamente requiere de cierta paciencia. Por ejemplo, en los años 70, la empresa Samsung producía televisores en blanco y negro baratos gracias a una inversión conjunta con las japonesas Sanyo y NEC. Mientras iba creciendo, Samsung iba abriéndose a la fabricación de otros electrodomésticos. En los años 80 Samsung comienza a fabricar computadores y semiconductores de muy baja calidad, pero siempre buscando innovar tecnológicamente.

En esa época, Samsung comenzó a explorar la fabricación de teléfonos móviles. Los ingenieros coreanos compraban prototipos japoneses o alemanes y trataban de copiarlos, con muy pobres resultados.

Sin embargo, en 1993 vino el éxito. Cuando le presentaron el prototipo del Samsung SH-700 al gerente, éste inmediatamente lo tiró al piso y lo pisó para ver si resistía. Luego de comprobar que sí, realizó con éxito una llamada con el mismo.

El modelo presentado era notable por su bajo peso, su durabilidad, y su tamaño compacto. La calidad en la fabricación era producto del énfasis que Samsung le había puesto al tema – era común que los prototipos que no cumplían con estándares de calidad fueran quemados frente a los demás empleados, con el fin de presionarlos a producir buenos productos.

A partir de ahí, Samsung continuó su ascendencia. En 1992 ya era el líder en el mercado de memorias DRAM, y hoy es uno de los productores de tablets más importantes del mundo. Actualmente la empresa vale alrededor de $200 mil millones, es decir, dos tercios del tamaño de la economía de Chile.

Los casos exitosos en política industrial no se limitan a Asia. Por ejemplo, la empresa aeronáutica brasileña Embraer es la tercera fabricante de aviones más grande del mundo después de Boeing y Airbus. Es la décimo tercera compañía más grande del Brasil y una de sus principales exportadoras, valorada en US$ 17 mil millones, con ingresos por anuales de más de US$ 6 mil millones.

A pesar de que Embraer es una empresa privada, por muchos años fue una empresa estatal. Su desarrollo se benefició de los diseños producidos por el Instituto de Pesquisa e Desenvolvimento de Brasil, por las compras del estado para las Fuerzas Armadas, y por el apoyo del gobierno a la creación de una industria de partes y componentes que alimenten al proceso productivo de la empresa.
¿Existirían empresas como Hyundai, Samsung o Embraer si no fuese por el papel activo del Estado?

Es difícil imaginárselo. La conjunción de ayudas estatales, presión a cumplir metas de exportación, y condiciones que permitiesen la transferencia tecnológica parecieran haber sido determinantes en el éxito de la Hyundai.

Los enemigos de la participación activa del Estado en la promoción de ciertas industrias señalarán estos casos y diran “si, hay éxitos, pero también hay muchos fracasos.” Muy bien. No podemos basarnos en los éxitos para asegurar que la política industrial siempre funciona – eso sería sesgo de selección.

Sin embargo, los éxitos están ahí y no pueden ser ignorados. En vez de continuar enfrascados en su escepticismo, los detractores de la política industrial tienen que señalar qué éxitos similares tienen las políticas dogmáticas de laissez-faire absolutista que predominan en Chile. ¿Dónde están los “Hyundai” chilenos? ¿Qué países se han desarrollado recientemente sin que el Estado haya promovido industrias ganadoras?

La posición de los escépticos se basa en que Chile sea el primer país en los últimos años que llegue al desarrollo sin una política industrial bien pensada, dejando simplemente que los mercados funcionen solos y que el Estado se dedique a la política social.

Puede que esto suceda, pero es poco probable.

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